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VILLA CLARA, Cuba.- A Noelvis se le fue el avión a Moscú. Le apuraba llegar a Amsterdam y no le importaba que Holanda estuviera al oeste de Rusia. Perdió el avión este lunes, aunque el boleto decía que viajaba en marzo, porque el gobierno holandés impuso un requisito para desalentar la migración cubana: visado de tránsito para cualquier escala, no importa si es la más breve.

“La introducción de esta nueva medida se debe al incremento de personas naturales cubanas que, haciendo escala en los Países Bajos hacia otro destino, piden asilo al llegar al aeropuerto de Schiphol”, declaró a Cubanet Bastiaan Engelhard, funcionario acreditado en Cuba por el Reino los Países Bajos.

“Quiero ir a Alemania, no a Holanda”, explica Noelvis, que tiene un amigo en Berlín. “La idea de irme a Holanda surgió porque muchos gais de Santa Clara, de La Habana, de todas partes, están allá”.

“En 2017 tuvimos 258 casos de cubanos pidiendo asilo en nuestro país”, corrobora Engelhard. La cifra es información pública y procede de Immigratie en Naturalisatiedienst (IND), la agencia de migración gubernamental.

La mayoría de los solicitantes se asume parte de la comunidad LGBTI, aunque la proporción exacta sea difícil de establecer con respecto al total, afirma una fuente de La Haya con acceso a una organización que apoya a los migrantes.

Por noviembre de 2017, José Miguel y Ana Estela, dos cubanos de Camajuaní o Yaguajay, vivían en Dronten, un campamento de refugiados.

“No queremos represalias contra nuestras familias”, decía José Miguel para negociar otro nombre. Con un abrigo de mujer, el gorro y los puños de astracán, apura un trago de chocolate en un coffee shop: “Se corrió el rumor de que los holandeses apoyan a los homosexuales. Hasta en provincias nos enteramos”.

Durante 2017 se difundió por Cuba, de boca en boca, que el gobierno holandés es amigable con las personas LGBTI.  Eso creen José Miguel y Ana Estela. Con esa certeza pidió asilo Aleida González Hernández, lesbiana que vivió en el campamento de refugiados de Heerhugowaard hasta el verano.

Santera de Pueblo Nuevo, en Sagua la Grande, en Holanda la llamaban Mevrouw, señora en neerlandés. Volvió a Cuba “cansada de estar sola y muda” y acaso porque tampoco adelantaba su proceso de asilo.

Mevrouw González seguía en los Países Bajos cuando el gobierno denegó la solicitud de Sahir Ahmad, un iraquí que llegó a Europa con su novio, Mustak Nahemy. A Mustak le concedieron protección, pero un juez holandés consideró que Sahir “no demostraba suficientemente” su homosexualidad.

Entre los solicitantes cubanos no faltan algunos dispuestos a declararse homosexuales si hace falta. “Lo que sea para quedarse”, asiente José Miguel, mientras se ajusta el gorro.

“Exageras un poco en la entrevista para pedir asilo”, añade Ana Estela, “mientes si hace falta. La clave es aprenderte lo que cuentas, para repetirlo bien”.

A pesar de estas estrategias, casi ninguno, ninguna, consigue demostrar persecución por orientación sexual o identidad de género. Las discriminaciones ejercidas en Cuba contra las minorías sexuales –homofobia institucional, falta de protección, acoso policial en sitios de cruising– carecen del dramatismo que podría persuadir a las autoridades europeas.

Hace algunos años, por citar un caso, la Audiencia Nacional de España negó el asilo a un homosexual cubano con un escueto argumento. Se presentó una referencia de internet que establecía “la inexistencia de persecución en Cuba”. Cualquier sitio web, acaso afín al gobierno cubano.

La decisión fue documentada como una práctica cuestionable de algunos Estados en el informe Huyendo de la Homofobia, confeccionado por expertos europeos bajo la coordinación de COC Netherlands, una organización no gubernamental, y con el patrocinio del Ministerio de Justicia de Holanda. Varios años después de la publicación del compendio, varios países europeos aún deniegan solicitudes de asilo por razones vagas o problemáticas.

Por escapar a la suerte del iraquí Sahir Ahmad, José Miguel y Ana Estela dejaron Dronten y se marcharon a España un par de semanas después de la charla en el coffee shop. Viven ilegales en la costa del Mediterráneo, en Valencia o Murcia. Mevrouw González volvió a Cuba con algún dinero del gobierno holandés y reparó su casa.

Nuevos caminos para irse

Desde la semana pasada varios cubanos se hallan varados en el aeropuerto de Schiphol, apuntan algunos medios, ante la inminente entrada en vigor del nuevo requisito impuesto por el gobierno holandés. En la última arribada solicitó asilo Víctor Manuel Dueñas, activista LGBTI de Santo Domingo, Villa Clara.

“Somos los últimos en llegar al aeropuerto en Amsterdam”, dijo Dueñas, en alusión al parteaguas que significa el visado de tránsito. “Hay algunos que han llevan aquí cinco días esperando a los funcionarios diplomáticos”.

“Al introducir una visa de tránsito”, explicó Bastiaan Engelhard, las autoridades holandesas pueden determinar con más facilidad las intenciones del solicitante del visado”.

Noelvis perdió el avión a Amsterdam y sabe que no le otorgarán un salvoconducto para el tránsito. España ya aplica la misma medida a los cubanos. “Me voy a Francia, entonces”, se le ocurre. “De todos modos, quiero llegar a Alemania”.

Y tiene razón. Para transitar por el aeropuerto Charles de Gaulle todavía no se requiere una autorización. A París también se va por Moscú.

A Roma se va por Havanatur, sugiere el relato de Roberto García Gordillo, un joven que salió con una visa Schengen incluida en el paquete turístico de un turoperador estatal.

Las rutas de la migración parecían cerradas un año atrás cuando Barack Obama canceló la política de “pies secos, pies mojados”, en pos de acercarse a La Habana. Pero solo se han reinventado.


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