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Arsenio Martínez Campos en 1889. El general español es autor de lo que también se conoce como “Paz del Zanjón” (commons.wikimedia.org)

LA HABANA, Cuba.- Este año 2018 es pródigo en la celebración de aniversarios cerrados de importantes acontecimientos de nuestra historia, con énfasis especial en los 150 años del inicio de las guerras de independencia el 10 de octubre de 1868.

En esta ocasión nos referiremos a un suceso que este 10 de febrero arriba a su 140 aniversario: el Pacto del Zanjón. Un acuerdo que puso fin, precisamente, a aquella gesta independentistas iniciada por Carlos Manuel de Céspedes diez años atrás en el ingenio La Demajagua.

Es cierto que, a primera vista, se trató de una derrota para las fuerzas independentistas cubanas, pues se acordaba una paz sin que la isla se sacudiera la tenaza colonialista; un empeño por el que muchos cubanos habían sacrificado sus vidas.

Ese detalle de una paz sin independencia ha sido exaltado sobremanera por la historiografía castrista. A partir de 1959 el discurso oficial solo ha reconocido los aspectos negativos del Pacto del Zanjón, y hoy al acontecimiento se le juzga tan peyorativamente como al advenimiento de la República el 20 de mayo de 1902. El castrismo suele calificar de “zanjoneros” a aquellos que no comulgan con el antinorteamericanismo militante que profesa la cúpula del poder.

Sin embargo, la paz del Zanjón marcó un antes y un después en la vida de los cubanos. Las autoridades españolas comprendieron que no podían seguir gobernando a la isla de un modo tan despótico, y decidieron concederle varios derechos.

En lo adelante los cubanos podían organizarse en partidos políticos; se les permitía realizar propaganda pacífica por medio de la prensa y la tribuna, y estaban autorizados para elegir organismos locales de gobierno.

Así, en el propio año 1878 surgió el Partido Liberal, que unos años después adquirió la denominación de Autonomista. Esta agrupación política propició el destaque de varias figuras que, desde la tribuna, criticaron los defectos del régimen colonial y abogaron por mejoras para la isla. Entre otros, sobresalieron José María Gálvez —presidente del partido—, Eliseo Giberga y Rafael Montoro.

En cuanto a la actividad de la prensa, aparecieron los periódicos El Triunfo y El País, así como las publicaciones Revista de Cuba y Revista Cubana. La época sirvió también para que descollaran intelectuales del calibre de Enrique José Varona y Manuel Sanguily.

Pero, claro, la historiografía castrista tiene como pilar fundamental aquello de que “la historia es una visión del pasado con ojos del presente”. Es decir, que ahora prevalece en la isla una interpretación de la historia que justifique el sistema político imperante.

Y comoquiera que para los gobernantes cubanos no significan nada la pluralidad de partidos políticos, ni la libertad de expresión, ni la existencia de medios de difusión alternativos al poder mediático de las autoridades —para ellos serían algo así como “rezagos” de la sociedad capitalista—, es lógico que el discurso oficial ignore el filón positivo que les dejó a los cubanos el Pacto del Zanjón.

Mas, cuando llegue la democratización política de la isla, también llegará el fin del monopolio gubernamental sobre la escritura de nuestra historia. Entonces es muy probable que acontecimientos como el Pacto del Zanjón sean contemplados de una manera diferente.


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