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LA HABANA, Cuba.- Habrá que esperar hasta octubre de este año para saber cuáles son las propuestas de la Task Force creada por el presidente Trump con el fin de introducir en Cuba otras formas alternativas de acceso a internet.

Nadie sabe si las estrategias, aún por trazarse, lograrán ser efectivas, no obstante, ya abundan las expresiones de temor entre aquellos que saben que el asunto del derecho de los cubanos a la libre información es quizás el punto más débil en un sistema de gobierno basado en el estricto control de los medios y tecnologías de la comunicación.

Así, poca razón llevan tanto aquellos que ven en la iniciativa de la Casa Blanca una especie de “solución final” a corto plazo, como quienes le auguran un fracaso rotundo apenas comience. Dos posiciones inútiles porque no sabemos nada, ni siquiera quienes integran la comisión allá en Washington son capaces de adelantar detalles. Solo queda esperar.

Se sabe que el gobierno cubano cuenta desde hace tiempo con su propio “Grupo de Tarea” y que la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI) existe para desarrollar algo más que softwares inofensivos para los sectores de la salud y la educación, sin embargo, no ha sido el “antídoto” o “respuesta contundente” (de acuerdo con el vocabulario al uso en los medios oficialistas) que se pensó en los inicios y hasta, en ocasiones, ha sido peor el remedio que la enfermedad, en tanto cada egresado ha empleado los privilegios y conocimientos adquiridos de acuerdo con sus necesidades muy personales y que solo excepcionalmente coinciden con las necesidades de un régimen varado en sus propios fracasos, así, este mantiene su interés en la UCI pero solo como un “mal necesario” en una era digital donde el control de las multitudes es algo más que fuerza bruta.

Internet, y sobre todo las redes sociales, con todas las limitaciones y restricciones que existen dentro de la isla, vinieron a cambiar de manera positiva no solo el “teatro de operaciones”, anteriormente mucho más “salvaje” que ahora, sino además las relaciones de fuerza entre oficialistas y disidentes, donde los últimos no tenían ni la más mínima oportunidad mientras la batalla estuviese condicionada por la imposibilidad de tomar unas calles bajo estricto control policial-militar. El internet llegó para crear calles y avenidas virtuales mucho más calientes, complejas e “incontrolables” que las reales.

Han sido las redes sociales, así como los medios de prensa alternativos, tanto los fundadores como los de la nueva ola, quienes fueron forzando a esos cambios en la política del gobierno cubano que, desde afuera y sin conocimiento de la realidad, algunos atribuyen a una “piadosa” voluntad cuando lo cierto es que hay buena dosis de capitulación, más cuando se trata de un régimen que históricamente ha criminalizado cualquier forma de disidencia ideológica y para el cual internet no significa libertad de acceso a la información, libre albedrío, sino un nuevo “campo de batalla”.

Si hubiese sido tecnológicamente posible, hoy Cuba sería una zona muerta más que de silencio en cuanto al uso y penetración de la red de redes pero hasta ahí no alcanzó el poder de quienes, por terquedad, se resisten a aceptar que las reglas del juego comenzaron a cambiar para todos desde que, en los años 60, Lawrence Roberts conectó dos computadoras a través de una línea telefónica.

Ya sea un éxito o un fracaso, de alguna u otra forma, cualquier iniciativa dirigida a ampliar el uso de internet en la isla o eliminar restricciones basadas en el control ideológico provocará un terrible dolor de cabeza al gobierno cubano y lo obligará a emplear un volumen significativo de recursos económicos, así como fuerza laboral, muy escasos, tan solo intentando bloquear las soluciones, persiguiendo a los sujetos de implementación y espiando a los beneficiarios directos e indirectos, lo cual a la larga contribuirá a la sofocación financiera del régimen, ya de por sí en cifras rojas a perpetuidad.

Jóvenes cubanos utilizando una red wifi (Lisette Poole/Wired)

Pero la cosa pudiera tornarse mucho más trágica si, desesperados, los gobernantes cubanos acuden a la opción de solicitar ayuda de rusos y chinos, con lo cual, sin exagerar demasiado, estaríamos presenciando el estallido de una guerra cibernética de proporción global, muy similar a aquella crisis nuclear de aquel otro octubre de los años 60.

Más allá de las discusiones sobre lo ético de un programa o lo que sucederá con nuestros medios periodísticos “no alineados”, cuando casi a fines del 2018 se anuncien las conclusiones de los tanques pensantes y se concreticen o no las acciones, para la prensa alternativa o independiente, como sea que queramos llamarla, siempre será una tarea indeclinable encontrar modos de llevar la información a quienes más la necesitan dentro de la isla, así como analizar a fondo, y de modo comprensible para todos, las malaventuras que viven a diario esos 8 millones de ciudadanos de a pie que aún no tienen acceso a internet y que con los años han aceptado aquello que les enseñó la experiencia: la información es privilegio de unos pocos y, en Cuba, mientras menos averigües, mejor te va.


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