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Bar-restaurante El Gato Tuerto (Foto: Ana León)

LA HABANA.- A una pareja de amigos los sorprendió el reciente Día de San Valentín sin saber qué hacer o adónde ir. Providencialmente, alcanzaron una reservación de última hora para una noche de concierto en el piano-bar de El Gato Tuerto, un popular sitio que pertenece al Estado, pero donde todavía se pueden apreciar muy buenos espectáculos.

Según les habían dicho, el cover de entrada era de 5 CUC (125 pesos moneda nacional) por persona, sin cóctel incluido; no obstante, lo excepcional de la fecha y la posibilidad de escuchar a la cantante Yaima Sáenz en vivo desvaneció los juicios cicateros. Llegados al lugar, la primera sorpresa fue descubrir que la entrada no costaba 5 CUC, sino 10 CUC (250 pesos) —según precisó el dependiente en la puerta—, y la carta del bar exhibía precios propios del sector privado, más que de un establecimiento estatal.

A esas alturas las opciones eran pagar el exorbitante cover, o volver a casa con el peor recuerdo del Día del Amor. Contrariados, pagaron los 20 CUC (500 pesos) —sin derecho siquiera a un mojito— y ocuparon la mesa donde esperarían, durante una hora más, la actuación de Yaima Sáenz.

Verla cantar acompañada nada menos que por el pianista Emilio Morales (Van Van) y jóvenes músicos muy talentosos, mitigó la terrible sensación de estafa. Desde el punto de vista artístico, la velada fue inmejorable, con la carismática intérprete Natasha Hernández abriendo el show, y coronada por una excelente descarga al piano de Isabel Íñigo.

Más allá de lo caro de las ofertas gastronómicas y la coctelería, lo que disgustó enormemente a la pareja fue que en el Día de los Enamorados, un centro nocturno estatal fijara precios tan desconsiderados. En un país donde el salario promedio mensual ronda los 600 pesos, solo los turistas pueden permitirse opciones culturales y recreativas que deberían ser más asequibles.

No hay excusa para la vulgaridad, pero no es de extrañar que la gente se conforme con el reguetón y una botella de ron en el muro del malecón. Escuchar sones, guarachas, blues y canciones cubanas en El Gato Tuerto puede costar al menos 50 CUC (1250 pesos) si se suman el cover, el consumo -aunque sea mínimo- y el taxi para ir y regresar. Es una oferta para adinerados y extranjeros, que convierte el patrimonio musical cubano en un privilegio casi elitista.

La pareja que ofreció este testimonio tuvo que volver a casa a pie, pasadas las dos de la madrugada. Pero el insultante descubrimiento sobrevino a la mañana siguiente, cuando revisando en su monedero la novia halló el recibo que le dieran al momento de pagar la entrada, y que fue presentado a CubaNet como prueba de que los trabajadores de El Gato Tuerto son, cuando menos, deshonestos e inescrupulosos.

Recibo del precio de entrada. Las víctimas se dieron cuenta demasiado tarde que les habían doblado el precio (Foto: Ana León)

Los novios fueron embaucados por el empleado a la entrada del piano-bar, pues el cover era, en efecto, de 5 CUC. Al parecer, el “sindicato” elevó el precio por su cuenta, aprovechando que en noche de San Valentín la gente anda tan trastornada por el alcohol y el romance que ni siquiera se fija en el comprobante de pago.

Si se pondera que en el piano-bar hay aproximadamente treinta mesas para cuatro personas cada una, y que siendo 14 de febrero el lugar estaba repleto, un rápido cálculo arroja la cifra promedio de 120 asistentes que pagaron 10 CUC per cápita. La mitad del total recaudado nada más con el cover (1200 CUC) corresponde al Estado. ¿Y el resto?

Es una vergüenza que extorsionen a nacionales y turistas; incluso si para estos últimos tales dineros representan una minucia. El proceder del personal de El Gato Tuerto delata un profundo desprecio hacia los cubanos no solo por el acto mismo de robarles descaradamente, sino por arrogarse el derecho de encarecer una alternativa cultural demandada y agradecida por un público que cada vez dispone de menos espacios para pasar un rato agradable.

Ese auditorio que prefiere gastar su dinero en conciertos donde hay cabida para la memoria musical de Cuba, quizás sea más culto y exigente, pero ello no significa que sea rico. Asumir que la sensibilidad artística y el nivel cultural son proporcionales al poder adquisitivo deviene, al cabo, en un acto de discriminación.

Fue precisamente eso lo que hicieron los “dueños” de El Gato Tuerto en la noche de San Valentín: discriminar a todo el que no sea extranjero, o no venga acompañado de un extranjero o un pariente emigrado, dispuesto a derrochar en ese lugar emblemático lo que un cubano asalariado no se puede permitir.


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