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Plaza, La Habana, Jorge Luis González, (PD) Hace poco tiempo monté en un “almendrón” que era una joya. El automóvil parecía recién comprado en la agencia de ventas. Todo el interior era original, incluso su caja de velocidad.

Esa gran cantidad de vehículos norteamericanos en tal estado de conservación que aun ruedan por nuestro país, pertenecen a personas que los heredaron de sus antecesores y que gastan fortunas para mantenerlos en óptimas condiciones.

Cualquier individuo de clase media podía antes de la revolución adquirir un automóvil nuevo. Pagaba una cantidad inicial de dinero y el resto lo amortizaba en plazos o letras por convenio. El valor estaba en dependencia de la marca, modelo y características que tuviera el carro.

Las dos grandes empresas fabricantes fueron la General Motors y la Ford Motor Company. Además existía la Chrysler. La primera comercializaba los Chevrolet, Corvear, Osmobile, Buick, Cadillac, entre otros. La segunda tuvo el Ford, el Edsel, el Falcón, el Thunderbird y algunos más que se fabricaban en Inglaterra.

Cada una de estas marcas tenía varios modelos que se modificaban todos los años y daban un toque de elegancia distintiva a cada tipo. La gran variedad daba la posibilidad de obtener aquello que más se ajustara al poder adquisitivo, las necesidades, gustos y comodidades del futuro propietario.

Entre los tipos de Chevrolet estaban el Impala y el Biscayne. El Obsmobile contaba con el 88. Buick y Cadillac se identificaban por el año de fabricación. Los Ford contaban con el Farlaine 500 y el Custom Sedan, entre los más conocidos.

Chrysler fabricaba autos de lujo. Sus marcas más reconocidas fueron el Lincoln y el Packard. Estos automóviles los compraban bastantes personalidades ligadas a la política o altos cargos empresariales, pues representaban un sello de distinción para sus poseedores. Aun se fabrican y mantienen en el mercado.

Hubo una fábrica que no tuvo mucha aceptación por la calidad de sus producciones, el Studebaker, el cual el vulgo llamó: “studesgracia”, porque sus piezas de repuesto eran exclusivas y sus roturas frecuentes, lo cual hacía difícil su reparación.

Otra marca que no tuvo en Cuba mucha aceptación fue Rambler, con su otro modelo, el Nash. Esta empresa que tenía una subsidiaria en Argentina dejó de producir sus autos en 1983.

Recuerdo los salones de exhibición de las principales marcas de autos del consorcio Ambar Motors en La Habana. Sus amplias vidrieras mostraban sus más recientes ofertas. Este lugar se encontraba en la misma esquina de 23 e Infanta, en La Rampa, en el edificio del mismo nombre. Allí se encuentra hoy el Ministerio de Comercio Exterior y permanecen los estudios de televisión que pertenecieron al canal 2, propiedad de Amado Barletta y Gaspar Pumarejo.

La Ford tenía su agencia en Vía Blanca y Primelles. Ahora, después de muchos años de prestar diferentes funciones, se encuentra en manos de la firma francesa Peugeot y volvió a tener el mismo uso para lo cual se concibió.

Una anécdota poco conocida por las nuevas generaciones es la siguiente. Al llegar la Revolución al poder, todos los autos Obsmobile del año que llegaron al país, fueron incautados por Fidel Castro y Celia Sánchez para su uso exclusivo. Así, viajaban junto a sus escoltas en estos, para poder controlar sus piezas y reparaciones necesarias en un taller especial destinado a tal efecto. Mayor privilegio es inconcebible.

Cuba tiene el orgullo de ser el mayor museo rodante de autos antiguos, la mayoría norteamericanos.

Aunque muchos propietarios no preservan su diseño exterior original y no los cuiden como merecen, prestan un servicio indispensable al transporte de pasajeros a nivel nacional, algo digno de agradecer.

El poseer esta riqueza invaluable que son los autos antiguos, es signo del gran desarrollo económico que teníamos en la República. Salvar en lo posible lo que resta de estos vehículos es también salvar nuestra historia.
jorgelibrero2012@gmail.com; Jorge Luis González


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