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La Iglesia Católica del Sagrado Corazón de Jesús, en La Habana (Reuters)

GUANTÁNAMO.- Hace unos años, en la clausura de uno de los períodos de sesiones de la actual legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros y primer decretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, general de ejército Raúl Castro Ruz, instó a combatir los males que golpean a nuestra sociedad y pidió a las instituciones religiosas que se involucraran en las imprescindibles acciones que hay que ejecutar en contra de la vulgaridad, las indisciplinas sociales y los delitos.

El discurso del más alto gobernante del país fue recibido con beneplácito por amplios sectores de la población. Sin embargo, ocurrió lo que tantas otras veces: la arenga quedó en la mera enunciación de los problemas pues jamás se ha implementado un programa concreto tendente a extirpar lo que se ha convertido en un hecho de magnitudes alarmantes.

Algunos de los frutos del control absoluto del Estado

Cuando Fidel Castro se decantó por implantar en Cuba un sistema copiado cuasi miméticamente del modelo estalinista, la ideología marxista y la ausencia de libertades se convirtieron en ucases para toda la sociedad. Quien no aceptara esas imposiciones quedaba excluido del proyecto y era considerado enemigo de la revolución.

En aras de la formación del “hombre nuevo” el castrismo debilitó a la familia cubana, obligándola a valorarlo todo según su tamiz ideológico. Los hijos quedaron fuera del control de los padres al ser internados en becas convertidas en laboratorios de adoctrinamiento ideológico, donde asumieron como normales comportamientos nada ortodoxos.

La Iglesia, que con sus defectos y virtudes jugó un extraordinario papel en la formación histórica de la familia y la sociedad, fue presentada como enemiga de la revolución y portadora de ideas que eran consideradas “el opio de los pueblos”.

La policía, en vez de mantener como funciones principales la protección a la sociedad y velar por el respeto de los buenas costumbres, se convirtió esencialmente en una fuerza de vigilancia y represión política; corruptela que se mantiene, al extremo de que cuando un ciudadano solicita la intervención de este cuerpo armado pidiendo su protección o la de sus bienes, casi siempre recibe la callada por respuesta u orientaciones que lo lanzan a un deambular agotador por insensibles vericuetos burocráticos. Hoy la policía cubana y otros cuerpos represivos son los principales violadores de la Constitución, las leyes y los derechos humanos.

La gran mayoría de los niños y jóvenes cubanos pertenecen a familias harto permisivas, desconocedoras de qué hacen sus hijos en la escuela, con quiénes se reúnen y cuáles son sus ocupaciones fuera de ella.

Niños de apenas cuatro o cinco años se entrometen en las conversaciones de los mayores, dicen malas palabras como si fuera una gracia y ofenden a los adultos cuando estos últimos los regañan. Muchos padres también aprecian como normal que esos pequeños canten las letras soeces de los reguetones o participen en cumpleaños donde, luego de adoptar la posición perruna, reproducen con su complacencia gestos groseros, de evidente connotación sexual.

No asombra entonces que sea una moda entre los adolescentes y jóvenes tener en sus celulares videos pornográficos que comparten sin ningún pudor en cualquier lugar, incluidos actos sexuales practicados con sus novias. Hasta el creciente consumo de marihuana está considerado por algunos padres como un experimento pasajero.

La banalidad y estupidez de los reguetones que se reproducen constantemente en discotecas, bares y centros nocturnos tiene importancia decisiva en la propagación de estos hábitos y expresiones marginales. Los medios oficialistas critican mucho eso y el uso de equipos reproductores de esa música en espacios públicos, pero resulta un contrasentido cultural y político que el fenómeno siga ocurriendo sin que el Gobierno acabe de adoptar acciones concretas contra ese flagelo. ¿O será que esa inacción persigue anular la innata rebeldía de la juventud favoreciendo un fenómeno de connotada degradación espiritual?

El libro, objeto de probada eficacia en el desarrollo de la inteligencia y la cultura humana carece de un programa nacional que incida sobre niños y jóvenes, el sector más vulnerable ante la multiplicidad de ofertas de las nuevas tecnologías de la información, porque carece de una sólida formación cultural. ¿Cómo luchar eficazmente contra esto si hasta en la televisión reconocidos conductores de programas presentan a cualquier chuchumeco como un “maestro”, sólo porque logró formar una banda para cantar sandeces junto a muchachas semidesnudas?

La Iglesia como actor social

Lo que se necesita es que el Gobierno se emplee a fondo con un programa concreto que contemple a todos los actores sociales, entre ellos la Iglesia.

Pero tenemos una con muchos sacerdotes conservadores, que se espantan cuando algún feligrés pretende involucrar a la institución en acciones que apunten más allá de los templos, y una feligresía que teme más al Gobierno y a sus represalias que adoptar una postura simuladora y cobarde, contraria a las enseñanzas del Evangelio. Esa feligresía tiene el derecho humano de educar a sus hijos en escuelas religiosas pero no hace absolutamente nada para lograrlo, y continúa aceptando como normal las inmoralidades que sus hijos aprenden en las escuelas estatales y la imposición de una doctrina centrada en el odio. Podrán venir cuarenta papas a Cuba, pero si no interiorizamos que optar por la libertad es una opción personal jamás creceremos como personas, mucho menos como cristianos.

La Iglesia tiene el deber de participar en la solución de este problema, que atañe a toda la sociedad. Para hacerlo es imprescindible que reclame el espacio social y los medios de comunicación de los que fue privada y el derecho a que sus fieles eduquen a sus hijos en escuelas religiosas, como reconoce la Convención sobre los Derechos del Niño y la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Sólo cuando todos los actores sociales puedan actuar con libertad y ejecutar eficazmente su rol podrá resolverse un problema tan agudo como la indecencia que acosa a todos los cubanos.


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