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Miami, USA, Juan A. Muller, (PD) Cuando por primera vez visité a Isla de Pinos en plano de turista fue en 1974. Había estado anteriormente en tres ocasiones en los años 60, visitando a mi padre que cumplía una condena de 20 años por conspirar contra “los poderes del estado”, simplemente un miembro del Movimiento 26 de Julio que se alzó con el Ejército Rebelde y que comprendió que con Fidel Castro se avecinaba el caos para nuestro país y luchó contra ello.

Me sorprendió la belleza de la isla, lo que no me había interesado en mis viajes anteriores.

Nos íbamos de vacaciones sistemáticamente a Cienfuegos, al Hotel Jagua, o a Varadero, al Hotel Internacional o al Kawama, pero en 1974 quisimos probar algo diferente y reservamos para el Hotel Colony.

Después de un corto viaje en avión, y de otro no tan corto de Nueva Gerona, la capital de la jsla hasta el Hotel, situado a unos cincuenta kilómetros, pudimos disfrutar de un paisaje paradisíaco en dos aspectos: por la belleza del paisaje y porque el hotel estaba prácticamente vacío. Ello conllevaba prácticamente todos los servicios y la playa para mi esposa y yo y otra pareja. Así que pudimos disfrutar de comidas excelentes, entre ellas bisté de caguama y unos exquisitos vinos chilenos de botella barrigona que desde hacía unos años abundaban en Cuba pero que con la caída de Salvador Allende ya iban en proceso de extinción.

En una ocasión, años después fuimos a conocer el Motel Las Codornices, cercano al aeropuerto, en un lugar bonito pero no comparable con el entorno del Colony.

Isla de Pinos es la quinta isla caribeña en extensión del archipiélago de las Antillas Mayores. Junto a más de 600 cayos e islotes, conforman el Archipiélago de los Canarreos, en la parte sur-occidental de Cuba justo al sur del Golfo de Batabanó, aproximadamente a 60 kilómetros de la isla de Cuba y a 142 kilómetros de la ciudad de La Habana.

La isla fue descubierta y bautizada como La Evangelista por Cristóbal Colón el 13 de junio de 1494, durante su segundo viaje al continente descubierto por él (no sé que descubrió porque millones de autóctonos pobladores vivían en esas tierras).

A la Isla se la ha conocido con distintos nombres como Isla de las Cotorras, Colonia Reina Amalia, Isla de los Piratas, Isla de los Deportados e incluso Isla del Tesoro, en tanto que sus primeros habitantes la conocieron también como Siguanea, Camaraco y Guanaja y la más usual, Isla de Pinos, como aparece por primera vez en el mapa de Diego Rivera en 1529 y que hizo que sus habitantes fueran denominados “pineros”. Pero el afán de borrar la historia del gobierno revolucionario hizo que le cambiaran el nombre por Isla de la Juventud.

Al decidirse por los colonizadores en el siglo XIX su explotación y desarrollo, se funda Nueva Gerona, su capital en diciembre de 1830.

A comienzos del siglo XX la Isla de Pinos fue el centro de una disputa con Estados Unidos, hasta que, en 1907, dicho gobierno reconoció la soberanía de Cuba sobre la isla mediante el Tratado Hay-Quesada, ratificado en 1925, bajo gobierno de Gerardo Machado. Pero durante esos años fue notable la aparición de asentamientos de norteamericanos en la isla.

Hay que decir que el golfo de Batabanó es un amplio golfo del Mar Caribe que se encuentra en la costa sur del extremo occidental de la isla de Cuba, limitado por la península de Zapata y por la isla de Pinos y con una profundidad de 2 a 4 metros, que alcanza en el centro hasta 6 a 10 metros, por lo que existen bajos fondos que evitan los grandes oleajes.

Aparte de ser un puente marítimo entre La Habana e Isla de Pinos, el golfo de Batabanó tiene una gran importancia en el campo de la pesca y la extracción de esponjas asentadas en el banco submarino que rodea la zona, aunque ya prácticamente desaparecidas por la sobreexplotación, y la langosta y camarones, siendo el principal alimento y fuente de comercio de los pobladores y pescadores de la zona.

Después de la revolución se creó una fuerte actividad de producción de cítricos, que también está virtualmente perdida.

La Isla tiene muchos sitios de interés, a los que nos referiremos brevemente para acercarnos al tema de los americanos en la isla.

El Hotel El Colony, al que ya nos referimos, es sin duda un lugar impresionante que se puede considerar casi vírgen. Ahora existe allí un Centro Internacional de Buceo, que no es mi fuerte, pero supongo que tenga excelentes condiciones para ello.

La Playa Bibijagua, famosa por sus arenas negras, se diferencia de las otras existentes en toda Cuba, por el color completamente negro de forma natural de sus arenas, formadas por la acción erosiva de las olas sobre las rocas de mármol que abundan en la Isla. Es sitio con un ambiente sosegado, sano, oxigenado y familiar para quienes prefieren el contacto directo con la naturaleza. Este color de sus arenas contrasta con la transparencia de sus aguas, lo que la hacen aún más encantadora.

Las Cuevas de Punta del Este, por suerte en un lugar apartado de los mayores asentamientos humanos del territorio, y por ende con un alto grado de conservación, es considerada la Capilla Sixtina del arte rupestre caribeño, y contiene gran cantidad de pictografías aborígenes. Y está el tristemente famoso Presidio Modelo.

Del llamado “Presidio Modelo”, el que tuve la desgracia de conocer para ir a visitar a mi padre cuando a las autoridades se les ocurría autorizarlo –tuvo 3 visitas en ocho años-, tiene el triste récord de estar entre los peores recuerdos de mi vida.

No era solo el ambiente opresivo y deprimente que allí se vivía. Todo comenzaba cuando en un ómnibus atestado, íbamos desde La Víbora, en La Habana, hasta Surgidero de Batabanó, de donde salía el ferry Isla del Tesoro, un buque con los motores rotos y que era tirado por un remolcador, lo que hacía que el viaje fuera de más de seis horas. Allí en el barco la gente estaba hacinada por miles, muchos vomitaban, otros se quejaban de la crueldad del presidio político y al final no había otra opción sino irse hacia la cubierta, también atestada y tirarte donde pudieras y dormitar al aire libre. Después venía la larga cola para tomar un taxi colectivo hasta el presidio y una vez allí, hacer otra interminable cola compuesta por miles de personas, esperar a que te revisaran detalladamente y al final, casi 24 horas después de haber salido de tu casa, poder estar unas pocas horas con tu familiar. El llanto colectivo era algo dramático y cuando lo sumabas a tu no poco llanto, se convertía en una imagen para no olvidar nunca.

Desde tiempos remotos la isla sirvió de prisión o destierro para aquellos patriotas que disentían de la colonia española. Un ejemplo de ello fue José Martí, desterrado a la isla a la hacienda El Abra hasta su posterior deportación a España.

Un caso interesante fue cuando el 26 de julio de 1896, Evangelina Cossío Cisneros, de 17 años, encabezó un osado levantamiento en Isla de Pinos, en el que jóvenes revolucionarios deportados y entusiastas locales pretendieron unirse a las tropas de Maceo previa captura del jefe de la plaza y declararla independiente de España. Escogieron la fecha de la fiesta de Santa Ana, cuando supuestamente los soldados no estarían acuartelados y sí celebrando en las calles, cuestión que Fidel Castro trató de repetir cuando el asalto al cuartel Moncada en Santiago de Cuba con uno de sus primeros fracasos, de lo que haría en su vida una gran cosecha ininterrumpida.

La patriota fue hecha prisionera pero se fugó hacia Estados Unidos eludiendo una sentencia de 20 años de cárcel en Ceuta.

El general Gerardo Machado, presidente de Cuba, en 1925 decidió construir a cuatro kilómetros del centro de Nueva Gerona, una prisión en la que se pudieran reeducar a los delincuentes más peligrosos. Ello provocó un gran rechazo e incluso muchas familias norteamericanas residentes en la Isla decidieron regresar a los Estados Unidos. Para ello se realizó una investigación sobre el sistema penal de Estados Unidos a fin de decidir qué tipo de construcción carcelaria se podía ajustar a las condiciones de Cuba. Finalmente fue seleccionada una situada en Illinois, conocida como cárcel de Joliet, con un diseño llamado panóptico con cinco edificios circulares, cuatro para los presos y uno para comedor, que es donde se recibían la visita de los familiares.

El lugar donde se construyó el Presidio Modelo fue sede de una prisión militar española donde habían sido recluidos muchos insurgentes, condenados a trabajar en una cantera de mármol próxima al lugar donde cumplían su sanción.

La inauguración del Presidio Modelo tuvo lugar el 16 de septiembre de 1931. La capacidad de albergue de cada edificio era de 465 reclusos, cada uno en una celda, es decir, cinco pisos con un total de 93 celdas por circular.

Se calcula que a partir del primero de enero de 1959 y hasta 1967, fueron numerados en la oficina de archivo del penal aproximadamente 15,500 individuos, todos por causas políticas. Pasó a llamarse Reclusorio Nacional para los Delitos contra la Seguridad del Estado.

Como curiosidad, entre 1931 a 1958, fueron fichados 22 mil reclusos, casi todos por delitos comunes.

Podemos imaginar el tremendo hacinamiento existente para aquellos que se opusieron a la llamada revolución.: en la celda concebida para uno había hasta cuatro presos.

En el proyecto original estaba considerada una torre en el centro del comedor, esta se comunicaría con el sótano por el que entrarían los militares sin tener contacto con los presos. Los penados, en principio, podían ingresar al comedor desde las circulares por unas galerías cubiertas y cerradas.

El proyecto original incluía un pabellón de castigo que fue remozado y ampliado después de la revolución y adonde eran llevados los presos llamados “plantados” o simplemente los que no le caían bien a los custodios. Estos pabellones fueron escenarios de asesinatos, severas golpizas y de huelgas de hambre.

El Plan Especial Camilo Cienfuegos para que los reclusos trabajaran, se caracterizó por la brutalidad de los sicarios que lo dirigían. Los presos políticos eran brutalmente castigados, golpeados, acuchillados con bayonetas y hasta asesinados por los custodios. Los que se negaban trabajar o a continuar trabajando eran severamente golpeados y reducida su alimentación y el acceso al agua. Las golpizas a estos “Plantados” eran sistemáticas.

Se conoce una única fuga exitosa en la que los evadidos pudieron salir de la isla y del país, fue la de Juan Ortega González y Manuel de Jesús Parrado Pérez, los que navegaron durante 13 días hasta que fueron rescatados por un barco y conducidos a Estados Unidos.

Otra fuga de éxito abortada a última hora, la realizó Reinaldo “El Chino” Aquit, quien con gran audacia, vestido de militar, abordó un yate en el puerto de Nueva Gerona, llegó a Cuba pero meses después fue delatado por un alto funcionario consular de México.

Tanto durante la invasión de Bahía de Cochinos o Playa Girón, como cuando la Crisis de los Misiles o Crisis de Octubre, el presidio fue minado completamente y a los reclusos se les amenazaba continuamente con que al primer intento de atacar a la Isla ellos volarían en pedazos.

Pero este no fue el único evento relacionado con estas situaciones.

En la Segunda Guerra Mundial el presidio fue utilizado para custodiar alemanes y japoneses, presos por el simple hecho de proceder de esas naciones.

En el penal fueron encarcelados Fidel Castro y 25 de sus compinches que asaltaron los cuarteles Moncada, de Santiago de Cuba y Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo, pero a pesar de toda la historia fantástica que crearon alrededor de su cautiverio, éstos no estaban en circulares, sino en pabellones con muchas comodidades, comidas especiales y libros. Constituyeron prácticamente unas vacaciones. Batista cometió un error que mucho dolor le ha costado al pueblo cubano: dejarlos en libertad poco más de un año después.

En un momento a la isla se le llamó Isla de las Cotorras por la cantidad de esas aves que existían en ella. Era famoso el llevar a La Habana cotorras de contrabando desde la Isla, a las cuales se las narcotizaba y una de ellas la teníamos en mi casa, donde no paraba de repetir las malas palabras que le enseñaban.

Y otro nombre que nunca se le dio a la Isla, pero que podía haber sido, es la Isla del Mármol. Se cuenta que un francés de apellido Chueaux buscaba oro en la Sierra Caballos en 1834 -todavía existe una mina de oro en la Isla, la cual en una ocasión, mientras trabajaba en el Ministerio de la Industria Básica que abarcaba la minería, provocó la muerte por intoxicación por arsénico que muchas veces acompaña esos yacimientos. El francés no halló el oro, pero descubrió el mármol que rellena las entrañas de Isla.

Desde aquella primera cantera establecida en la ribera del arroyo Brazo Fuerte hasta las grandes que hoy se explotan, el mármol es presencia constante en Gerona y otras ciudades del territorio pinero.

El mármol, producto local, abarata el costo para los pineros y se encuentra en lápidas, como indicador de dirección en las calles, como asientos de parques, como esculturas de artistas, se vuelve un material cotidiano.

En la Isla hay canteras de mármol blanco, negro y jaspeado de varios colores y de excelente calidad.

El mármol negro, que se extrae de las canteras ubicadas en la zona norte de la isla.

También la isla es rica en caolín, materia esencial para la porcelana y la industria cerámica, y sus tierras y su clima muy propios para el cultivo de cítricos.

Y algo que me asombra es que Isla de Pinos pertenecía a Bejucal. En 1864 la población contaba ya con 2,067 personas. Su término municipal fue creado en 1874, segregado de Bejucal, a cuya jurisdicción pertenecía. En noviembre de 1908 se hizo por acuerdo del ayuntamiento la división territorial. Y preciso que Bejucal está situado a 140 kilómetros de la Isla de la Juventud: 37 hasta Surgidero de Batabanó y de allí 103 kilómetros hasta Nueva Gerona).

Aunque yo nací en Bejucal, estoy seguro de que mucha gente de mi pueblo no conoce este dato, que a primera vista resulta increíble.

Cayo Largo del Sur fue hasta hace pocos años un rincón apartado de Cuba. Una especie de paraíso terrenal con un colorido particular, sus playas y paisajes constituyen un espacio digno para el turismo y la protección ambiental. Se trata de un cayo con unos pocos metros sobre el nivel del mar y una superficie de 38 kilómetros cuadrados, con 27 kilómetros en su porción más larga, casi toda de playas. Hoy en día es uno de los principales destinos turísticos, aunque la oferta, por las características del lugar es limitada, pero con mucha demanda.

Destaca el Refugio Natural de Fauna Cayo Campos-Rosario, cayería frente a Punta del Este, con hermosos cayos e islotes totalmente despoblados, excepto Cayo Largo. Todos ellos constituyen un ideal refugio para valiosas especies de flora y fauna y playas de blancas y finas arenas, que permanecen vírgenes.

Entre los más interesantes están Cayo Campos y Cayo Cantiles, con gran diversidad de su hábitat, entre los que destacan los cangrejos rojos, que en determinadas épocas del año se encuentran en cualquier parte en cantidades increíbles. Esta maravilla de la naturaleza solamente la he visto en la carretera entre Cienfuegos y Trinidad, pegada a la costa, donde proliferan estos cangrejos, que son aplastados por el tráfico por miles.

Y un poco más al norte y al este, ya no perteneciente a Isla de Pinos, se encuentra Cayo Piedra, una pequeña isla situada en las afueras de la Bahía de Cochinos, donde Fidel Castro contaba con una isla privada con todas las comodidades propias para millonarios, con fondos marinos casi vírgenes y donde muchos fines de semana acudía el comandante a su isla de ensueño, con protección militar, lanchas rápidas y un helicóptero y a donde llevaba a sus invitados, casi todos extranjeros, como al ex presidente colombiano Alfonso López Michelsen, al empresario francés Gérard Bourgoin, conocido como el “rey del pollo”, el entonces propietario de la CNN Ted Turner o al dictador de la República Democrática Alemana Erich Honecker, pero los más habituales eran Antonio Núñez Jiménez y su incondicional, el escritor Gabriel García Márquez. Allí se degustaban los más finos manjares y los mejores y más caros vinos y bebidas, mientras el pueblo continuaba su calvario de escaseces.

Desde su colonización española en 1494, la Isla de Pinos siempre fue considerada como parte integrante del territorio cubano, al igual que todas las islas, cayos e islotes que rodean a Cuba, pero al terminar el dominio español en 1898 con la ocupación militar norteamericana, surgieron interrogantes respecto a su estatus futuro. Estados Unidos, mediante la Enmienda Platt, le otorgaba soberanía a ese país sobre ella, apoyándose en la utilidad que podía prestar su territorio en la defensa del Canal de Panamá. Después de la independencia de Cuba en 1902, el territorio pinero fue devuelto a Cuba por el Tratado Hay-Quesada, pero no fue hasta 1925 que se logró la ratificación de dicho tratado y con ello la verdadera soberanía cubana sobre este territorio.

En ese entretiempo, el comerciante norteamericano S. H. Pearcy, radicado en La Habana, adquirió varios miles de hectáreas de terreno en la isla, lo que le permitió la venta de lotes a clientes españoles, fundando en 1901 la Isle of Pines Company. En sociedad con otros inversionistas coterráneos suyos crearon varias empresas como: Santa Fe Land Company, Isle of Pines Land and Development Company, Almacigos Springs Land Company, Canadian Land and Fruit Company y otras, con las que se hicieron dueños de casi toda la isla.

La propaganda refería que Isla de Pinos era un nuevo y prometedor territorio de los Estados Unidos, lo que atrajo a una gran masa de colonos norteamericanos, agricultores y ganaderos en su mayoría, que se asentaron en los núcleos poblacionales ya existentes, a la vez que crearon nuevos pueblos, como Columbia, Port Jucaro, McKinley, San Pedro, Los Indios, Santa Bárbara, Los Almácigos y San Francisco de las Piedras. Hacia 1913 residían allí más de 1 600 estadounidenses. Casi tantos como los pineros.

En 1925 la inmensa mayoría del territorio pinero era propiedad de estadounidenses, los que se dedicaron a explotar extensas plantaciones de cítricos y frutales, que con el tiempo llegarían a ser el principal sostén económico de la isla.

Los colonos trajeron con ellos todas las comodidades y lujos del sistema de vida norteamericano, los que reprodujeron, en la medida posible, en la Isla de Pinos para lo que construyeron hoteles y jardines, iglesias y bancos, avenidas y embarcaderos, y sus casas en las afueras de los pueblos.

Los colonos norteamericanos tuvieron mucho éxito en el cultivo de cítricos, el que desarrollaron hasta obtener ganancias extraordinarias por encima de otros rubros alimentarios, que ni siquiera eran producidos para cubrir las necesidades del consumo local.

Pero al dictaminar el Tribunal Supremo de los Estados Unidos en 1907 que la isla era territorio cubano y nunca había formado parte del país norteño, se fueron acabando los ánimos de los colonos, por lo que muchos vendieron sus tierras y regresaron a su país de origen, y fueron pasando tierras y negocios a manos cubanas o españolas.

Fue tan importante el impacto, que a casi un siglo de distancia, la huella norteamericana en Isla de Pinos sigue existiendo.

En la Isla hay dos cementerios norteamericanos, uno en Santa Bárbara y el otro en Columbia, los que nos muestra la cantidad y la dispersión de los colonos en el territorio insular. El de Columbia, en la cercanía de La Fé, se conserva limpio y podado, como una forma de preservar la memoria de unos 280 norteamericanos sepultados allí.

El primer colono enterrado en “el cementerio de los americanos” se llamó Freeman Cooper, un alemán que ingresó en Cuba desde los Estados Unidos y que falleció el 30 de noviembre de 1907. Su hijo Frank, administró la necrópolis hasta 1976, cuando regresó a su país.

Yacen también allí míster Pierce, presidente de Isle of Pines Company, y míster Mills, dueño de otra empresa importante.

El “Cementerio Americano”, en Columbia, también guarda los restos de 29 hombres que iban a bordo del vapor Nicolás Castaño, que viajaba entre La Habana y Cienfuegos y que en el sur de la isla en Carapachibey, chocó contra las rocas a causa de la explosión de sus calderas el 23 de agosto de 1908.

Dicen que tras la Guerra Hispano- Cubano- Americana, los colonos empezaron a desembarcar masivamente en Isla de Pinos, para ir echando las bases demográficas para consumar en algún momento la anexión del territorio a los Estados Unidos.

Estos cementerios atestigua el número de los estadounidenses que vivieron, trabajaron y murieron en esta pequeña isla, antaño refugio de piratas, después colonia penal y posteriormente una fuente de productos agrícolas para vender en Cuba y en Estados Unidos.

La lápida con el nombre de Estefania Koenig, la última norteamericana que vivió y murió en la Isla, indica la longitud de la presencia norteamericana. Ahora solo quedan como mudos testigos las ruinas de negocios, escuelas, hoteles y viviendas, así como los restos de una mina de oro, pero la mejor muestra nos la dejan los cementerios de los que un día estuvieron a punto de cumplir un sueño en una nueva tierra.

A Isla de Pinos también llegaron los japoneses

Solamente vamos a hacer un esbozo de la presencia japonesa en Isla de Pinos, porque realmente el tema es tan interesante que merece abordarlo con mayor profundidad.

Entre 1924 y 1926 se produjo el arribo del mayor número de inmigrantes japoneses a Cuba, cuando una compañía de viajes se encargó de promover estos viajes.

Esta primera oleada de emigración japonesa estaba compuesta básicamente por hombres. Algunos formaron familia con cubanas. Se adaptaron a la comida local, ya que muchos ingredientes de la cocina japonesa resultaban imposibles de conseguir en la isla.

Sin dudas, el asentamiento japonés más conocido en el país es el de Isla de Pinos, en el que tuvo un papel principal el agricultor Mosaku Harada, llegado en 1924 acompañado de 36 personas, con quienes creó una productiva asociación agrícola.

La comunidad japonesa creció rápidamente pero tuvo difíciles años durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la emigración japonesa fue paralizada y los japoneses que vivían en Cuba, siguiendo lo que habían hecho en los Estados Unidos, fueron detenidos en campos de concentración dentro del Presidio en La Isla de Pinos desde el año 1942 hasta 1945, por lo que la colonia japonesa se nutrió de los familiares de los que injustamente fueron encarcelados.

Como siempre ocurre con los japoneses, su ejemplo de decencia, laboriosidad e ingenio, nutrieron de beneficiosa savia a la Isla de la Juventud. Pero esta historia merece que se aborde con mayor profundidad.

Nicolás Duarte, propietario de toda la Isla, al hacer su testamento el 22 de abril de 1760, dividió en siete hatos para dejar a cada hijo, uno de esos territorios y Joseph Duarte recibió en herencia el hato Santa Bárbara Las Nuevas.

Don Juan Costa, a finales del siglo XIX, era el propietario de 1700 caballerías (unas 65 700 hectáreas) de las mejores tierras de este lugar, las cuales transfiere por 120 mil dólares en 1901, al norteamericano Samuel Pearcy, de la compañía Isle of Pines.

Al llegar en 1902 los norteamericanos a Nueva Gerona cubrieron la etapa de los 20 kilómetros que la separaban de su nuevo hogar, para ellos una tierra prometida que para Washington era imprescindible poblar de su gente primero para luego anexarla a su país. En Santa Bárbara edificaron un poblado al estilo nórdico, al estilo de los bungalows y utilizando el abundante pino local y llegaron a poseer casi la totalidad de las tierras cultivables de esa zona.

A pesar de la laboriosidad de los norteamericanos, también utilizaban mano de obra no especializada para la construcción pinera, pero para trabajos en las granjas o tareas domésticas, preferían a los caimaneros y jamaicanos porque su lengua era el inglés.

A principios del siglo XX un censo registró en Santa Bárbara a más de 200 estadounidenses, 70 caimaneros, 28 jamaiquinos, 25 alemanes, 17 japoneses, 11 británicos, ocho chinos, y en menores cantidades, húngaros, polacos, yugoslavos, irlandeses, letones, rusos, holandeses, suecos, portugueses, canadienses y hondureños. Como curiosidad, entre las nacionalidades no se incluía a las familias españolas que se quedaron a residir en el pueblo posterior a la independencia de Cuba.

Y ya en 1920 la cifra llegó a 403 habitantes, habiéndose incrementado levemente la cantidad de norteamericanos pero ya había 17 japoneses, 8 chinos, 25 alemanes y 11 ingleses, dándole al poblado un toque cosmopolita impresionante, que debe haber sido mayor por la cantidad de gente que no fue registrada o que trabajaban allí esporádicamente.

Los norteamericanos desarrollaron la agricultura citrícola aplicando tecnologías y alto nivel de mecanización con la asesoría del Departamento de Agricultura de la Florida, El cultivo principal era el de naranjas y toronjas, se valoraba en ese tiempo a la inmensa cifra de casi 2 millones de dólares.En 1931 se comercializaron 215 000 cajas de toronjas, considerada la mayor exportación de toronjas realizada en la etapa republicana de Cuba, con independencia de los grandes volúmenes exportados de naranjas, pimientos, berenjenas, pepinos, piñas y melones.

La existencia de caolín también hizo desarrollarse la industria de la cerámica, de la que fue gran promotora la ceramista norteamericana Harriet Wheeler. Y también otro atractivo de Santa Bárbara es que cuenta con excelentes aguas minero-medicinales.

Los ciclones de 1907, 1915 y 1917 habían afectados las cosechas y las edificaciones en su paso por la Isla, pero el de 1926, el peor del siglo XX, lo destruyó todo. Este fatídico huracán destruyó muchas de las instalaciones que se habían construído y afectó grandemente la agricultura, no solo de la ciudad, si no la de toda la Isla. Ello sumado a la crisis de los años 1929-1933, provocaron un descenso de la producción y el consiguiente éxodo de una parte de la población norteamericana y a que Santa Bárbara se convirtiera casi en un pueblo fantasma.

Con el afán de la revolución de borrar el pasado, en 1968 se procede el cambio de nombre de Santa Bárbara por el de La Demajagua, en honor al Padre de la Patria, pero nunca la bonanza que un día tuvo ese lugar no volvió a brillar.

Al llegar al poder Fidel Castro, se pretendieron emprender sin previos estudios ni contemplar su negativo impacto ambiental, pero por suerte la falta de financiamiento para ejecutarlos los paralizó o impidió su realización.

El primero relacionado con Isla de Pinos (realmente el primero fue la absurda desecación de la ciénaga de Zapata) consistía en crear un dique en la punta de la Ensenada de la Broa para desecar al Golfo de Batabanó, el mar bajo que existe entre la Isla de Cuba e Isla de Pinos, pero que constituye una riquísima zona de producción de productos marinos, como peces, camarones y langostas, así como esponjas, actualmente extinguidas prácticamente.

Por suerte no se ejecutó, pero la afectación a la fauna de la zona no pudo evitarse completamente, pues se construyeron varios centros porcinos y ganaderos, situados demasiado cerca de la costa, y que vierten sus residuales al mar, sobre todo en el sur de la antigua provincia de La Habana, que junto con los residuales químicos de la agricultura, envenenaron el Golfo de Batabanó, limitando las poblaciones de peces y mariscos en tan rica zona pesquera de antaño.

También el fallido Plan Costa Sur pretendía extraer el agua de la ciénaga de Zapata y poder emplear esta zona cenagosa para la siembra de cultivos varios, pero lo único que logró fue salinizar enormes extensiones de tierra cultivable.

Años después se abandonó el proyecto, con el triste resultado de la salinización de enormes extensiones de tierra fértil.

Isla de Pinos estuvo en gran peligro cuando la crisis de los misiles o crisis de Octubre, uno de los hechos que puso el mundo entero al borde de una guerra nuclear, en octubre de 1962.

En la cercanía del Hotel Colony, en la ensenada de Siguanea se emplazaron los cohetes. La Unión Soviética había trasladado a Cuba potentes armamentos nucleares y convencionales, a solicitud del gobierno revolucionario y como parte de ello se ubicó una Brigada de Artillería Coheteril Costera formada por 4 Grupos Coheteriles de la clase Sopka (Colina) entonces poderosa arma de la Marina para la lucha contra un posible desembarco naval.

Estos grupos coheteriles fueron ubicados en la Isla en las direcciones operativas más factibles para el desembarco naval, siendo las Lomas de la Siguanea, en Isla de Pinos, uno de ellos. Otro cubría la costa norte de las provincias orientales en Punta Las Mulas en Banes, otro en Santa Cruz del Norte, para cubrir el este de la capital y el cuarto en Minas, al sur de la playa Guanabo, con facilidad para trasladarse a cualquier punto del país, como después se hizo llevándolo a Punta Gavilanes, en Cienfuegos.

Después de la crisis de Octubre se realizaron pruebas de lanzamiento del cohete S-2 Sopka, el primero desde Siguanea en Isla de Pinos en 1963, que resultó fallido, y después en 1965, hundiendo a un buque y el tercer lanzamiento en 1969 con cuatro cohetes que no dieron en el blanco por lo que se determinó desactivar esta técnica, que aparecía en todos los desfiles militares y que se daba casi por la octava maravilla del mundo.

Ya en 1945 en los alrededores de Santa Fe, se había desmantelado una base de zeppelines del gobierno norteamericano, la cual después fue convertida en un aeropuerto.

La Gloria y Omaja

A finales de 1899 la Cuban Land and Steamship Company envió hacia el territorio de Camagüey a un equipo de ingenieros agrimensores encabezado por el ingeniero J.C. Kelly, los que estuvieron parcelando durante meses grandes territorios desde la Sierra de Cubitas hasta el mar, y limitados por el río Máximo, el de los famosos “cangilones”, accidente natural conformado por rocas calizas que cubren unos 350 metros a lo largo del río, que lo convierten en piscinas naturales, utilizadas como balnearios, y a cuya extensión llamaron “Valley of Cubitas” y comenzaron la fundación de una de las primeras colonias norteamericanas en Cuba, “La Gloria Colony”.

A partir de una campaña en los Estados Unidos para estimular la colonización de vastas extensiones de tierras cubanas que, por su fertilidad la hacían presa codiciada, la Cuban Land perseguía el objetivo de llenar la isla con colonias de ciudadanos norteamericanos. En Cuba el proyecto comenzó casi simultáneamente en treinta y siete localidades entre ellas estaban la Gloria City y una serie de poblados del Valle de Cubitas, tales como Garden City, City of Piloto, Columbia City, Washington City, New Port, y Port Viaro, esta última una playa pantanosa llena de manglares. En este grupo estaban otros proyectos como los de Ceballos, Ciego de Ávila, Barthe, Omaja en Las Tunas y las ya citadas en Isla de Pinos y una curiosa en Pinar del Río.

El 4 de enero de 1900 entró en la bahía de Nuevitas el vapor “Yarmouth” con doscientos pasajeros y entre ellos una mujer. Muchos pasajeros no bajaron pues se dieron cuenta de que la promesa de encontrarse con una ciudad con todas las comodidades era falsa, por lo que solamente 160 colonos llegaron a la supuesta ciudad de La Gloria, tras pasar por millas de fangosos pantanos, plantando tiendas de campaña el 9 de enero en los lugares donde debía construirse la ciudad.

Hay una leyenda sobre el caso que cuenta que después de varios días abriéndose camino entre los manglares, los colonos estaban tan contentos de encontrar un lugar en el que el fango no les llegara hasta las rodillas y que no estaba lleno de mosquitos que se sintieron en la gloria al llegar a ese sitio y de ahí su nombre. En la primera oleada de colonos llegaron cuatro médicos, un abogado, un periodista, varios comerciantes, contadores, maquinistas, mecánicos, albañiles, carpinteros, campesinos, un juez, un pastor y por supuesto exmilitares, expresidiarios, y aventureros de cualquier calaña.

Al igual que hicieron en Isla de Pinos, desarrollaron una comunidad vigorosa, cultivando cítricos y vegetales, y ya en 1914 contaba con unos 3000 norteamericanos junto con decenas de alemanes, polacos, daneses, italianos y unos cientos de cubanos, españoles y jamaicanos que trabajaban como peones.

La Gloria llegó a su máximo esplendor en esos tiempos, y contaban con juzgados, policía, guardia rural, alcaldía, correos, teléfono y telégrafo, biblioteca, luz eléctrica, alumbrado público, cantinas y fondas, lechería, panadería, fotógrafos, farmacias, médicos, diversos oficios, hoteles, fábricas de cerveza y servicios religioso. Y hasta un ingenio con un trapiche modernizado. Muchísimos pueblos en Cuba no contaban con tantos servicios y vida económica.

Como siempre ocurre, la mayoría de los que se establecieron en La Gloria City eran gente laboriosas y emprendedoras pero también vinieron pistoleros, prostitutas, prófugos de la justicia, jugadores y delincuentes de toda clase, pero por suerte la comunidad no se destacó por estas escorias de la sociedad.

Pero a partir del 1917, muchos colonos abandonaron el lugar y solo quedaron allí los campesinos condenados a morir, pero nada por ellos hizo la Cuban Land. Al igual que ocurrió con los asentamientos norteamericanos en Isla de Pinos, la ley norteamericana que prohibía la entrada al país de frutas que procedieran del extranjero, le dió un golpe mortal a la colonia.

William Stokes, el último americano en Cuba.
Grandes cantidades de tierras fueron compradas por capitalistas norteamericanos o cubanos que propiciaron el monocultivo, el latifundio y la migración de campesinos cubanos hacia las ciudades. Y con el ciclón del 32 llegó la destrucción de lo que quedaba del ya decadente pueblo de “Glory City”.

Aún se encuentra en lo alto de la colina, el cementerio de los últimos norteamericanos que se quedaron y decidieron vivir allí, unidos a la decadencia de La Gloria City. El último de ellos fue William Stokes. William Stokes era un bebé cuando sus padres llegaron a Cuba. Se casó, creó una familia y vivió en este pueblo toda su vida, inclusive después que sus hijos emigraron y su negocio quebrara. Al morir en 1974, Stokes era el único de los colonos originarios que seguía en la isla, por lo que le llamaban “el último americano en Cuba”.

Y como asentamiento importante, también se encuentra el poblado de Omaja. El poblado de Omaja, en Majibacoa, Las Tunas, zona oriental de Cuba, tiene una historia muy interesante. Lo construyeron al estilo del oeste norteamericano y hasta sus calles tenían nombres en inglés, y era lógico pues sus primeros habitantes llegaron allí procedentes de los Estados Unidos en 1906.

Los recién llegados lo llamaron Buenavista Fruit Company y eran tierras de muy bajo costo, pues eran zonas de pleno monte, pero a su vez plagado de maderas preciosas y apto para la siembra de cítricos.

El nombre de Omaja es toda una historia interesante. En 1910 el ferrocarril central de Cuba llegó al lugar y a la estación se le puso por nombre Majibacoa, como se conocía por los lugareños. Los norteamericanos lo cambiaron por el de Omaha, tribu de indios pieles rojas de norteamérica.

Así estuvo la discrepancia por un tiempo. De noche los colonos estadounidenses lo cambiaban el Majibacoa por Omaha, y al día siguiente los cubanos hacían lo mismo, pero trocando Omaha por Majibacoa. A lo mejor ninguno de los dos bandos se dio cuenta de que estaban defendiendo nombres indios. El final es que se cubanizó el nombre y se cambió la H por la J y quedó Omaja, que aparentemente no es lo mismo que Omaha, que se identifica con la ciudad de ese nombre en el estado de Nebraska.

Ya en 1919, Omaja tenía 2381 habitantes, la mayoría norteamericanos, pero también suecos, canadiense y finlandeses y con una buena vida económica y social, comercios, tres hoteles, teléfonos, cine, panaderías, aserríos y ebanisterías, agencia de autos Ford y hasta se daba el lujo de contar con dos cementerios, uno de ellos para norteamericanos.

En este caso su declive no vino como consecuencia de ley alguna, sino porque la Carretera Central en su trazado no pasaba por Omaja, así que muchos se mudaron a otros poblados cercanos por donde esa importante vía de comunicación cruzaba, por lo que en los años 30 el pueblo fue feneciendo.

Herradura City, un pueblo americano en Pinar del Río. Los ambiciosos planes de colonización de la Isla por parte de compañías norteamericanas hicieron surgir pueblos enteros como los de Isla de Pinos y los de Camagüey, pero también en . Pinar del Río. Allí surgió el llamado Herradura City.

La empresa que tuvo esta iniciativa se llamó “The Herradura Land Company of Cuba” y comenzó sus operaciones en el territorio que hoy ocupa el municipio de Consolación del Sur, a finales del año 1904 y solamente un año después, en diciembre de 1905, se fundaría la colonia de Herradura City.

Las producciones fundamentales fueron el cultivo de los cítricos, sobre todo naranjas, con destino a Estados Unidos. Estos colonos fueron de los primeros que introdujeron en Cuba el uso de los abonos químicos para mejorar el rendimiento de las tierras, para lo que también fueron pioneros en un análisis científico de los suelos. Estos estudios abarcaron los suelos de Herradura y parte de los de San Diego de los Baños y beneficiaron notablemente a la agricultura en estos lugares.

Aparte de ser excelentes productores, fueron preciosistas en la presentación de sus mercancías, al punto de que trasladaban sus productos en vagones climatizados para que no perdieran frescor durante la travesía hacia los mercados norteamericanos.

Mantuvieron sus hábitos de vida haciendo que las mujeres, como en las típicas granjas de los Estados Unidos, fueran las encargadas de alimentar las gallinas, los cerdos y demás animales y diversificaron sus producciones con la elaboración de queso, mantequilla, vinos que se vendían y tenían muy buena aceptación en Cuba y en Estados Unidos.

Es conocida la historia de algunos de sus primeros pobladores, cuando en la primera década del siglo XX, Leon Charles Scott y Rosa Holton Scott llegaron a Pinar del Río por las bondades del clima y en busca de un nuevo comienzo. Con ellos venían sus hijos Harold, Vivian, Leona y el pequeño Theodore. Procedentes de Dakota del Norte vendieron la tienda que poseían para embarcarse en esta aventura. Leon Scott creó la finca Montevista, con sus extensos naranjales y vivió parte de la década del 20 en Estados Unidos donde cursó la enseñanza media, además de la Universidad en Virginia, donde se graduó de ingeniero.

Ya antes se habían producido otros empeños similares de colonización en la Isla y en todos los colonos comenzaban fundando una ciudad al más rancio estilo estadounidense y traer con ellos sus más arraigadas costumbres. Y en todos los casos, sabiendo que con ellos venía la prosperidad, vinieron también personas de muchas nacionalidades, en el caso que nos ocupa, alemanes, canadienses, ingleses y chinos. El cementerio fue construido en 1906 e inicialmente era solamente para norteamericanos.

Los norteños compraron parcelas que, con tiempo y trabajo, se convirtieron en fincas prósperas que producían frutales y cítricos, berenjenas, remolachas, pimientos, tomates, zanahorias, pastos para el ganado vacuno y silos verticales para el heno. Hasta la década de 1920, los productos de la zona eran muy demandados en Estados Unidos y el ferrocarril era el centro del trasiego de mercancías, la que después iba por barco a al país del norte.

Las construcciones se hicieron al estilo norteño como el Royal Palm Hotel y el chalet American Society, centros de la vida social y las festividades, como las del 4 de Julio, y los hábitos del país incluyeron que en poco tiempo llegara la electricidad y los autos Ford.

Pero comenzó el declive cuando varias familias se marcharon y muchas de las tierras no eran muy fértiles para los frutales y la salinización iba en aumento. Las leyes estadounidenses y los productores en territorio norteamericano comenzaron a dominar la venta de frutas, lo que sumado al crack bancario y la crisis de 1929 le dio el golpe de gracia a Herradura City.

Para los años 40 los perdedores se habían marchado de Herradura, solo quedaban los triunfadores como Mr.Gerse y aquellos que como Theodore Scott se habían acogido al agradable ambiente de aquel lugar, al que llegó siendo aún muy pequeño. Theodore vivió sus días finales en casa de Rosa, escuchando emisoras norteamericanas y leyendo las revistas traídas por su hermana Vivian en las visitas a Cuba.

Pero a pesar del fracaso de Herradura City, la hacienda Montevista mantuvo su vitalidad y buenos dividendos. El norteño compraba las producciones de los demás, las vendía primero, y después, con la escasez, daba salida a las suyas. Con un camión distribuía las naranjas en los hospitales y otros centros de Pinar del Río.

Hay escasos rastros de lo que fuera una próspera colonia en Cuba, pero algunos historiadores dicen que las tierras son poseedoras de un tipo de herencia histórica. El pueblo actual posee la fama de ser un “pueblo de dinero”, de gente emprendedora y trabajadora, una herencia posible, de la savia estadounidense que se fundió con los lugareños y otros emigrantes, y que mantiene viva la esencia de la desaparecida colonia.

Y como ocurre en toda Cuba, los habitantes de este lugar y de todas las colonias norteamericanas que existieron en Cuba, emigran ahora buscando la fortuna y sobre todo la libertad en suelo americano, de donde vinieron los colonos allá por los primeros años del siglo XX. Ahora los itinerarios están invertidos, los destinos se buscan a la inversa, pero en la historia de Cuba siempre va a quedar la influencia que nos trajeron las colonias norteamericanas en nuestro país, parecidas a la huella que han dejado los cubanos en el vecino del norte, en particular en el estado de la Florida y sobre todo en la ciudad de Miami, demostrando que pese a la distancia y el tiempo, no somos tan diferentes.
juaam226@gmail.com; Juan Antonio Muller


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