We run various sites in defense of human rights and need support in paying for servers. Thank you.


Cubaverdad on Twitter

Miami, USA, Alfredo Cepero, (PD) Jeff Sessions tiene los atributos pero no cuenta con el carácter para enfrentarse a una izquierda empecinada en destruir a Trump y a todo el que lo rodee.

Cuando Donald Trump bajó la suntuosa escalinata de Trump Tower el 16 de junio del 2015 y declaró al mundo con su estilo bombástico que aspiraba a la presidencia de los Estados Unidos muy pocos lo tomaron en serio. Cuando fue oficialmente postulado por el Partido Republicano el 26 de mayo del 2016 la totalidad del Partido Demócrata y la prensa parcializada que repite su mensaje corrosivo no le daban la más mínima probabilidad de salir electo. Hasta la maquinaria tradicional del Partido Republicano le enfiló los cañones con la intención de descarrilar su campaña electoral.

Pero el vitriolo fue mucho más allá. En una alianza sin precedentes, los corruptos de ambos partidos se unieron en la batalla miserable de defender el pantano en el que habían hecho fortuna y compartido el poder durante muchos años. En cuanto a los republicanos, no podían permitir que este advenedizo sin credenciales conservadoras se robara el partido de Abraham Lincoln y Ronald Reagan. Por ende, para todo político republicano que se respetara a sí mismo y quisiera mantener su preeminencia dentro del partido, Donald Trump se convirtió en un personaje radiactivo.

Dentro de esa pantomima política hace una entrada inesperada Jefferson Beauregard Sessions III, Jeff Sessions para sus colegas en el Congreso y sus coterráneos de Alabama que lo habían reelegido tres veces al Senado Federal durante los últimos 20 años. Para los elementos conservadores, Sessions es la personificación del más rancio conservadorismo. A través de su carrera se ha distinguido en la defensa de valores familiares, morales y religiosos. Ha propuesto una política migratoria en que se respeten las leyes y se promuevan los intereses nacionales de los Estados Unidos. Ha sido un campeón en la defensa de derechos fundamentales garantizados por la constitución como el derecho a portar armas. Y ha denunciado con energía el financiamiento del aborto indiscriminado con fondos gubernamentales.

En un momento crucial de su aspiración a la presidencia Trump recibió un apoyo que necesitaba con urgencia para ser aceptado por la derecha. Pero Sessions no sólo lo apoyó sino se convirtió en un factor constante y apasionado de una campaña a la que muy pocos le daban probabilidades de resultar victoriosa. Cuando, contra todo pronóstico, Trump resulto electo el 8 de noviembre del 2016, un presidente agradecido le ofreció el cargo que Sessions había deseado toda su vida: Fiscal General de los Estados Unidos.

Pero muy pronto esta luna de miel terminaría en discordia. A pesar de sus méritos personales, su limpia historia política y sus credenciales conservadoras Sessions no ha sido capaz de confrontar con éxito la hostilidad destructiva desatada contra él y contra su presidente. Jeff Sessions tiene los atributos pero no cuenta con el carácter para enfrentarse a una izquierda empecinada en destruir a Trump y a todo el que lo rodee. Acorde con su formación de consumado jurista, Sessions ha querido desempeñar su cargo haciendo cumplir las leyes y la constitución en la búsqueda de la justicia. Lamentablemente, esas armas, aunque éticas y dignas de admiración, no son suficientes para ganar la guerra nuclear que ha sido declarada por los enemigos jurados del presidente.

En ese sentido, los veinte años de Jeff Sessions en ese club exclusivo que es el Senado de los Estados Unidos lo han acostumbrado más a la negociación que a la confrontación. No está preparado para enfrentar a las alimañas dejadas por Obama en el Departamento de Justicia y en el Buró Federal de Investigaciones. Unos pocos ejemplos para ilustrar lo que he dicho.

Cuando Sessions, cediendo a la presión del Partido Demócrata, de la izquierda y de la prensa zurda, renunció a participar en la investigación sobre la falsa conspiración de Trump con los rusos le entregó el timón de la nave de justicia a su subalterno Rod Rosenstein. El mismo Rosenstein que, en más de una ocasión, sin aclarar que el mentiroso documento de Christopher Steele había sido financiado con dinero de los Clinton, lo presentó ante los jueces de FISA para obtener varias órdenes de vigilancia contra los miembros de la campaña de Trump. Un delito castigado con años de privación de libertad a pesar del cual Rosenstein continua en su cargo contaminando la investigación.

En otra de sus estratagemas, Rosenstein hizo causa común con el narcisista James Comey nombrando a Robert Mueller como Procurador Especial para investigar la fantasmagórica conspiración de Trump con los rusos. Ante la imposibilidad de establecer nexo alguno entre la campaña de Trump y los rusos, Mueller anda investigando ahora supuestas actividades de países de Europa que, desde los tiempos de la campaña, buscaban favores en un futuro gobierno de Trump. Si Trump no conspiró con los rusos, conspiró con los belgas, con los aborígenes australianos o hasta con los esquimales del Ártico. El objetivo es destruir a Donald Trump aunque, en el proceso, destruyan a la nación americana.

Otro personaje siniestro que todavía es funcionario del Departamento de Justicia es Bruce Ohr, cuya esposa Nellie trabajó para Fusion Gps en la preparación del informe de Christopher Steele. Otra situación inaudita es la de Peter Strzok y su amante Lisa Page, quienes continúan devengando sueldos del FBI aún después de la revelación de sus prejuicios contra Trump durante la campaña electoral.

Todo esto demuestra que el actual Departamento de Justicia y el FBI, donde siguen mandando funcionarios nombrados por el Mesías Obama, no están interesados en la verdad o en la justicia sino en su agenda ideológica, en su preponderancia burocrática y en la protección del presidente al que deben sus cargos. Una conducta muy similar a la seguida por fiscales generales de anteriores administraciones demócratas. Por ejemplo, cuando la masacre de la Secta Davidiana en Waco, Texas, el 28 de febrero de 1993, la Fiscal General Janet Reno protegió al entonces Presidente Clinton asumiendo toda la responsabilidad por la muerte de 75 hombres, mujeres y niños.

Otro acontecimiento bochornoso fue el encubrimiento del desastroso plan de “Rápido y Furioso” por Eric Holder, autoproclamado protector de su hermano ideológico Barack Obama. Dicho plan, cuyo objetivo fue desmantelar los carteles de la droga, autorizo la venta de 2,000 armas automáticas a criminales mexicanos. Pero un resultado inesperado fue la muerte de centenares de ciudadanos mexicanos y la del agente norteamericano de fronteras Brian Terry. Cuando el Congreso quiso investigar, Eric Holder se negó a declarar ante el mismo, hizo que su amigo Obama invocara “privilegio ejecutivo” y se convirtió en el único fiscal general que ha sido declarado en rebeldía ante la Cámara de Representantes en toda la historia de los Estados Unidos.

La misma actitud de parcialidad y prevaricación fue la mostrada por la Fiscal General Loretta Lynch con respecto a la investigación de la destrucción de correos electrónicos por Hillary Clinton. Esta fiscal obstruyó la justicia, instruyó a James Comey que no hablara de “investigación” sino de “asunto” y se reunió en privado con Bill Clinton, el esposo de la acusada, un mes antes de las elecciones. Lynch llegó a decirle a Amanda Rentería, activista de la campaña de Hillary, que la investigación “no iría demasiado lejos”. Los tres fiscales–Reno, Holder y Lynch– regresaron a sus actividades profesionales sin sufrir consecuencia legal alguna por sus delitos. La lección es clara: una justicia para los poderosos y otra para el ciudadano promedio.

Donald Trump está tratando de cambiar todo esto y, por ello, está pagando un alto precio. Parte del mismo es la frustración con su amigo Jeff Sessions, a quien ha atacado a través de su medio favorito del Tweet, por su lentitud en investigar los delitos de Hillary Clinton y de Barack Obama. En un mensaje a sus 48 millones de seguidores, Trump se quejó de que Sessions pusiera la investigación en manos del Inspector General del Departamento de Justicia, Michael Horowitz, alegando que este funcionario no cuenta con poderes de enjuiciar delincuentes. Propuso, por lo tanto, que estos delitos fueran investigados por abogados del Departamento de Justicia, quienes si tienen la autoridad para someter a juicio a quienes violan las leyes.

Concluyo con la convicción de que a Trump se le han acabado las opciones con respecto a un fiscal general que ha demostrado una supina incapacidad de combatir el fuego con el fuego. Tiene que seguir el consejo del General George S. Patton sobre la mejor forma de hacer la guerra: “Nadie ha defendido nada exitosamente. El éxito está en atacar, atacar y seguir atacando”. Por el bien de la nación Jeff Sessions tiene que irse.
alfredocepero@bellsouth.net; Alfredo M. Cepero
Tomado de: www.lanuevanacion.com; lanuevanacion@bellsouth.net
*Director de www.lanuevanacion.com; http://twitter.com/@AlfredoCepero


Go to article


Go to Source Site

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *