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Marcelo Hernández

El oficial miró con cara de preocupación las dos bolsas de polvo blanco que Laura Acuña llevaba en su maleta cuando se disponía a viajar desde Bogotá a La Habana. "Fue difícil explicarle que llevaba dos kilos de sal a una isla", recuerda esa cubana residente en Colombia que había recibido el encargo de su madre.

Desde finales del año pasado se ha vuelto difícil conseguir sal tanto en los mercados de distribución racionada como en los comercios de venta liberada en moneda nacional. Se consigue aún en las tiendas en moneda convertible pero a un precio mucho más elevado.

Recurrir al mercado negro también sigue siendo una opción, pero hasta las redes de comercio informal han empezado a resentirse. La situación se agrava mientras pasan las semanas y los almacenes estatales -de donde se desvía la mayor parte de la mercancía para el comercio ilegal- no reciben nuevo abastecimiento.

Según el Anuario Estadístico de Cuba, elaborado por la Oficina Nacional de Estadísticas, la producción de sal cayó en los últimos años. La extracción de "sal en grano" (no refinada) pasó de un poco más de 280.000 toneladas en 2011 a 248.000 en 2016. Las razones oficiales para esa disminución han sido los problemas climatológicos y la "obsolescencia técnica" de la industria.

La producción de sal fina, la realmente consumida por la población, también se ha reducido desde las 93.700 toneladas en 2012 hasta 76.100 en 2016, según el Anuario.[[QUOTE:La producción de sal fina, la realmente consumida por la población, se ha reducido desde las 93.700 toneladas en 2012 hasta 76.100 en 2016, según el Anuario]]Aun con esta caída en la producción, la industria en teoría es capaz de suministrar este producto a toda la población, ya que según las autoridades los cubanos consumen de media 10 gramos de sal al día (el doble de la dósis recomendada por la OMS), lo que supone un consumo de 40.800 toneladas al año. Pero el excedente de 35.300 toneladas de sal no aparece en las tiendas.

"Todos los días llega gente preguntando si tengo sal, pero en esta bodega no ha entrado desde enero", cuenta Lisandra, una empleada de un pequeño mercado de la calle Monte en La Habana donde se distribuye la canasta básica. "Nos quedaba un poco, bastante húmeda, pero hasta esa se vendió".

De las seis salinas que existen en la Isla cinco de ellas se encuentran en funcionamiento y todas se ubican en la región central y oriental del país. En septiembre pasado el huracán Irma afectó seriamente al menos a tres de ellas, paralizando la producción y dejando incontables toneladas del producto perdidas.

El director del Grupo Empresarial Geominsal, Fabio Raimundo Paz, explicó entonces a la prensa oficial que las zonas de producción que habían sufrido los mayores daños fueron las de Puerto Padre en Las Tunas, la de Santa Lucía en Camagüey y Bidos, localizada en el municipio de Martí en Matanzas.

La sal que estaba en las mesetas de secado y en los llamados cristalizadores se perdió en su totalidad, mientras que el producto almacenado y listo para distribuir se dañó en un 5%, precisó el funcionario. El efecto de aquellos destrozos demoró semanas en sentirse sobre la mesa de los consumidores.[[QUOTE:Recientemente la alarma llegó a la prensa local de Sancti Spíritus, donde desde el mes de octubre se interrumpió el suministro de sal en los comercios liberados]]Con el paso de los meses y a pesar de que las autoridades del sector aseguraron que se había recuperado la "disponibilidad del producto" y que las bolsas de 1 kilo de sal que se distribuyen de manera racionada estaban "garantizadas", el condimento empezó a escasear.

Recientemente la alarma llegó a la prensa local de Sancti Spíritus, donde desde el mes de octubre se interrumpió el suministro de sal en los comercios liberados, "que eran de unas 50 toneladas mensuales", según el semanario Escambray. Ahora "solo se cumple con las cantidades dirigidas a la canasta básica y a determinadas actividades del consumo social", agregó.

"Normalmente la sal es un producto que tiene poca movilidad en esta tienda", explica a 14ymedio un empleado del almacén de la Plaza de Carlos III, el principal centro comercial en moneda convertible de la capital cubana. "La gente que compra ese producto aquí son casi siempre extranjeros que están de visita en la ciudad o propietarios de paladares", señala.

El empleado ha notado un repunte en la demanda de las bolsas de sal, con un valor de 1,50 CUC (25 veces más que el precio subvencionado del racionamiento). "Empezaron a llevarse la sal por cantidades y ahora mismo no tenemos", precisa. "Le tocó el turno a la sal porque hasta hace poco el problema que teníamos era el papel sanitario".[[QUOTE:En los teléfonos de información del Ministerio de Comercio Interior la respuesta es parca: "estamos esperando que llegue más suministro", explican, sin indicar la fecha prevista]]En los teléfonos de información del Ministerio de Comercio Interior la respuesta es parca: "estamos esperando que llegue más suministro", explican, sin indicar la fecha prevista. En las plantas productoras las quejas se dirigen a la falta de organización y las dificultades para trasladar la mercancía hacia su punto de venta.

"Nos están golpeando varios problemas, especialmente la transportación a través del ferrocarril", contó a este diario un empleado de la salina El Real, en Camagüey, y que prefirió el anonimato. La planta, fundada en 1919, tiene un plan anual de producción de 20.000 toneladas de sal. "Aunque tenemos las mesetas bien surtidas, perdimos parte del techo de la zona de almacenaje con el huracán", agrega.

"Ahora estamos contrarreloj porque cuando empiece el período de lluvias, que normalmente se inicia en mayo, tenemos que parar casi toda la producción ", agrega el trabajador. "Con las precipitaciones se hace frecuente la contaminación de la salmuera que se nos llena de agua dulce y también de polvo", detalla.

En el sector hotelero y turístico el problema también supone una mayor demanda de alimentos y genera un estrés adicional a algunos empleados. "Hasta hace poco le poníamos a los clientes unas minidosis de sal de producción nacional", asegura uno de los meseros del Hotel Inglaterra, frente al Parque Central.

"Hemos tenido que poner saleros y vigilarlos porque la gente los vacía, además hay que agregar granos de arroz al producto porque está muy húmedo", cuenta. "Antes teníamos que estar pendientes de que no se llevaran los cubiertos o los vasos, pero ahora también hay que estar mirando la sal".

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