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LA HABANA, Cuba.- Quién sustituirá a Raúl Castro dentro de unos días es algo que pareciera no preocupar a la mayoría de los cubanos que viven en la isla. No es que no se hable del tema en las calles, es la ausencia de fe, justificada, en que la persona designada por el Partido Comunista pueda marcar una diferencia de signo positivo.

Se sabe que el papel del “sustituto” será más bien el de un conservador, un guardián, que, ante la carencia de un verdadero liderazgo, para colmo de males deberá cargar sobre sus hombros el peso de molestos fantasmas y, peor aún, la peligrosa responsabilidad de simular que es capaz de resolver un rompecabezas político-económico del cual se han extraviado quizás la mitad de las piezas.

De acuerdo con la escasa información que ha trascendido, así como los sobrados augurios que circulan, de las figuras que se barajan solo alguna que otra proviene de la vieja casta militar, con lo cual sería la primera vez, en más de medio siglo, que la cúpula gobernante, al menos la que será más visible, abandonará el uniforme verdeolivo, un detalle que pudiera parecer poco significativo pero que posiblemente pasará a conformar el núcleo de futuras crisis políticas internas.

De cierto modo, la maquinaria del control político-ideológico, diseñada y controlada por militares, además de basada en las propias estructuras de mando castrenses (y castristas), comienza a correr el riesgo de convertirse en insegura al pasar a ser encabezada por sujetos que aunque han recibido adiestramiento militar como requisito indispensable para ejercer algún tipo de poder político en Cuba, no son considerados como verdaderos “miembros del mismo club”.

Aunque la cúpula militar, en el actual contexto, necesita urgentemente de un camuflaje o de una maniobra efectista que proyecte al exterior la imagen de un “blanqueamiento político” que les permita continuar sin contratiempos la migración casi total hacia los terrenos económicos (de militares a empresarios); por otra parte también está urgida de continuar enviando señales de estabilidad a aquellos inversionistas extranjeros y gobiernos interesados en la explotación de ese “potencial económico” que sería Cuba si el modelo dictatorial adquiriera aquellos matices necesarios para poder pasar como democrático ante los organismos internacionales.

Hemos visto en muy poco tiempo cómo cierto informe elaborado en Washington durante la gestión de Barack Obama señalaba por qué los militares cubanos eran una buena contraparte para el diálogo; o también cómo la Unión Europea se complace con muy poco, basada en aquel viejo proverbio de que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Así, un tribunal de La Haya, en Países Bajos, quizás el más importante socio comercial de Cuba en el Viejo Continente, ha dicho recientemente que Cuba se convertiría “en un lugar mejor”, y lo ha sentenciado como parte de la negativa de asilo a uno de los tantos cubanos en estampida por el mundo.

La historia lo ha demostrado de manera suficiente. Es posible hacer grandes negocios con las dictaduras, sea cual sea el signo de estas, pero están a la vez obligadas a un cambio de imagen que, si manejado con poca pericia, pudiera desembocar en una catástrofe.

Sin dudas ha sido esta una de las cuestiones que ha mantenido ocupadas las mentes de quienes aún no se deciden por quién habrá de ser seleccionado para actuar como figura principal en esa superproducción llamada gobierno cubano.

Falta apenas unos días para que se descorra el telón y ninguno de los actores llamados al casting puede asegurar que la obra, aunque de contenido amargo, continuará siendo exitosa.

Exitosa para quienes la disfrutan en trasmisión remota desde la comodidad de sus hogares felices, allende los mares; decepcionante para quienes la viven desde el fastidio de una butaca desvencijada por el paso de los años y en esa platea oscura que son las calles de la isla.

El país que recibirá en “administración” quien gane finalmente el concurso, más que a una nación se parece a una caldera hirviente y con muy pocas válvulas de escape.

Para salvar su vida, el “elegido” habrá de garantizar que el contexto continúe siendo favorable para que se acelere la transformación de los militares en empresarios, una fórmula inteligente que les ha servido para lograr esa invulnerabilidad que, desde una visión realista, no les puede ofrecer un pacto militar con gobiernos enemigos de los Estados Unidos ni la modernización del armamento.

En ese sentido, la tendencia ha sido disminuir efectivos a la mínima expresión, suavizar el tono de confrontación, fortalecer la diplomacia, así como desmovilizar altos y medianos oficiales para colocarlos al frente de empresas y organismos estatales de carácter civil.

A pesar de que algunos afirman que no habrá grandes diferencias entre un Raúl Castro y quien lo sustituya, es preciso señalar que sea quien sea el seleccionado o la seleccionada, sería la primera vez que, en sesenta años, la primera figura de la nación sea vista por la cúpula militar como un verdadero advenedizo y quizás también sea la primera vez que la cabeza más visible del país sienta que, con la corona heredada, además estrenará una cuerda alrededor de su cuello.


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