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De izquierda a derecha, Teresa Díaz Canals (moderadora), Ovidio D’Angelo, Dmitri Prieto y Manuel Calviño (espaciolaical.com)

LA HABANA, Cuba.- La revista Espacio Laical reproduce las intervenciones de los participantes en el debate público “En Diálogo”, que tuvo como título: “Venturas y desventuras del cubano de hoy. ¿Somos felices aquí?” En esa recopilación que acaba de salir de imprenta, con cierto retardo, aparece la intervención que hice aquella tarde, en ese espacio al que convocó la publicación, y donde intenté explicarme a través de las realidades que he vivido en la historia cubana más reciente, y donde tuvieron un especial protagonismo las injusticias y manipulaciones a las que me sometió el gobierno cubano. Aquella tarde conté de mi prisión, y de cómo en ella, a pesar de las injusticias, fui un hombre feliz, comprometido con mí país.

Al leer la revista me resultó curioso el hecho de que la publicación, después de reproducir mi intervención, colocara una nota en la que deja claro su inconformidad con el hecho de que utilizara yo ese espacio como tribuna personal para expresar asuntos que no se correspondían con el tema que ellos habían elegido: ¿Somos felices aquí?

Ellos convocaron a dar respuesta a esa interrogante, y yo respondí. Ellos querían saber si los concurrentes éramos o no felices, y yo me expresé, correspondí al requerimiento, pero a ellos no les gustó la respuesta, lo que me hizo pensar que más que debate,  soñaron con una relatoría de momentos felices aquí; sin dudas debieron eliminar los signos de interrogación, o advertir que solo coincidirían con las intervenciones que respondieran afirmativamente a la interrogante.

Fue esa interrogante la que me hizo moverme hasta aquel sitio de encuentro, donde supuse una enorme diversidad de criterios; voces pletóricas de felicidad y otras disidentes, que negarían una vida placentera. Creí que me encontraría con la loa y la denuncia, me equivoqué. Allí solo hubo espacio para el elogio.

No son muchas las veces en las que somos convocados a responder esa pregunta en Cuba, y el deseo de responder me movilizó para, junto a otros cubanos, reflexionar sobre la posibilidad de conseguir la felicidad aquí. Resultaba tentador el asunto, por atrevido, y luego descubrí que mi intervención fue acotada, que la revista se lavaba las manos, y cómo aquella interrogación tentadora era despojada de los signos de interrogación para convertirse en afirmación.

Aquello jamás estuvo diseñado para decir o escuchar la verdad, para reflexionar juntos. Los editores me dejaban totalmente aislado, asegurando, lo que era obvio, que yo hablaba por mí. Al parecer ellos creyeron que hablaría por la revista y por sus conveniencias, que no sería el relator de tantas injusticias que ocurren en este país.

Asistí antes a alguno de esos “debates públicos”, siempre invitado por alguno de los organizadores. Una de esas veces se habló de economía, y como no soy un especialista en eso, ni en nada, me mantuve callado; pero esta vez podía hablar, porque aun reconozco lo que puede ser un estado de felicidad, aunque tantas veces se empeñaran en hacerme sentir lo contrario.

Y tomé el micrófono, hice saber mis consideraciones. Ahora, después de la nota aclaratoria del Consejo Editorial, me pregunto, ¿creía la revista que no era mi derecho reconocer mi infelicidad aquí? Gustavo Andújar, el presentador, aseguró que el espacio “En diálogo” estaba dedicado a temas polémicos y de actualidad, nos invitó a debatir, a hablar desde nuestras perspectivas.

Los ponentes, psicólogos y sociólogos, demostraron su capacidad para “jugar béisbol” con pelota de goma, y supieron transitar por el tema sin salpicarse mucho con la realidad cubana, citando las vidas de Jesús Cristo, José Martí, los evangelio, San Lucas…, que aunque no nos resultan ajenos no vivieron jamás en “este” contexto cubano.

El profesor Manuel Calviño se decidió por las parábolas y explicó supuestas reuniones de dioses del olimpo, citó a Silvio Rodríguez, explicó sus viajes, experiencias que nunca lo pusieron entre rejas, y la editorial no se vio obligada a sacar “tarjeta roja. Su discurso decía, sin decir, pero sobre todo sin molestar.

La revista debía reconocer que todo el discurrir de los cubanos es político, y que solo se acepta si ese camino coincide con el que se impuso desde hace casi sesenta años. Y no pensemos solamente en el disentimiento político. Cuba, la del “comunismo” no permite que hagamos notar lo que pensamos de nuestro entorno, y si hablamos del pasado será para denigrarlo, y si nos decidimos por el futuro es para pensarnos en el más delicioso de los comunismos. Cualquier discurso que se salga de lo que está previsto, tendrá, en el mejor de los casos, una nota al pie que advierta que la publicación no coincide con los criterios del discursante.

“Espacio laical” tiene deudas con la policía política, esa que decide lo que puede o no ser publicado, y de ello depende que vaya o no a la imprenta, que circule o no ese número de la publicación. Es cierto que el “Granma” no publicaría mi intervención, y también que “Espacio laical” juega a no ser el “Granma”, pero publica para advertir que no coincide, que es una manera de estar junto al “Granma”. ¿Y con quién coincide? ¿Con el lobo o con un pelo del lobo? Comulga con los que no disienten, con quienes no ponen en riesgo su publicación.

¿Cuál es la felicidad en este país? ¿Es coincidir con los Castro? ¿Es comulgar con el desastre que son los hospitales y la industria nacional? ¿La felicidad es aplaudir la subordinación del sistema educativo a la política? La felicidad para ellos es coincidente con la que esgrime el gobierno. Por eso respondí hablando de mí, porque a eso nos convocaron. Respondí sin miedo al totalitarismo del gobierno.

Yo, un opositor a la dictadura de los Castro, me sentí convocado porque soy cubano, porque aquí he buscado la felicidad, a riesgo de perder la libertad. Eso no sucedió con los panelistas, expertos asistiendo a “debates” en los que salen ilesos, sin acotaciones ni notas editoriales. El periodista independiente Boris González Arena, me aseguró que aún con esa nota, el espacio era valiente, pues el comentario no tenía otra finalidad que “salvar la revista”, “aparentar inconformidad para continuar jugando con la reglas del régimen totalitario”. Yo vuelvo a disentir, y no veo estrategias en ese miedo diseminado por todas las instituciones cubanas, incluso en esa iglesia católica, que paga la revista.


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