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Motor de lavadora

El Cerro, La Habana, Emaro, (PD) Un ciclón es una fuerte tormenta tropical que pone a girar los vientos a velocidades que llegan a alcanzar los trescientos kilómetros por hora en rachas demasiado prolongadas que destroza todo y aterroriza. También le llamamos huracán si es muy potente. En Asia prefieren el apelativo de tifón y quien sabe cuántos otros nombres locales siempre de mala memoria. Eso lo sabemos todos.

Pero ciclón en Cuba tiene una acepción que no aparece en ningún diccionario y solo la conocemos la generación de cubanos que vivió el llamado Período Especial de Tiempo de Guerra para Tiempos de Paz. Más corto, el cual tomó toda la década de los 90 y que muchos consideramos que nunca ha terminado realmente.

Aquel largo título quiere decir que teníamos las mismas miserias que se generan en los tiempos de guerra, pero sin disparar un tiro; la misma hambre, el mismo destrozo, la paralización casi total de la economía y de la vida como la conocíamos en los ochenta, que no era muy buena, pero tampoco era demasiado mala gracias a la interesada ayuda de los soviéticos. Sentiríamos los desastres de la guerra, pero sin combates y disparos. Los muertos, esta vez, serían por hambre.

Y así fue, aunque no existen estadísticas. El gobierno prefiere olvidar, por eso clausuraron la parte del Museo de la Revolución dedicada al Período Especial. Existió por varios años toda una sala en la planta baja en la zona oeste del edificio donde se mostraba cómo malvivió el cubano de a pie entonces, pero desapareció en una de las restauraciones del inmueble.

Se exhibía allí, entre otras muchas cosas elaboradas gracias al ingenio y la desesperación de los cubanos, un gran ventilador de los llamados ciclones.

Los soviéticos se caracterizaban por construir ingenios muy resistentes, pero por lo general, con no muy avanzada tecnología. Los cubanos les llamábamos “los bolos”, tal vez debido a esta característica. Los japoneses construían una computadora que se podía colocar sobre una mesita. Los bolos construían el artefacto con las mismas funciones y potencialidades, pero necesitaban toda la habitación para acomodarla.

Así, entre otras muchas cosas, diseñaron las lavadoras Aurika modelos 70, 80 y 110. Eran parecidas a las más baratas actuales, aquellas con dos tanques totalmente metálicos y esmaltados, uno para lavar y otro para centrifugar y secar la ropa.

La mejor de todas fue la primera, mucho más robusta. Con los años y la alta corrosión se perforaban los tanques y se chapisteaban algunas o se compraban otra, si es que se podía. Los motores eléctricos eran muy duros y cuando se perforaba el depósito de la centrífuga, este se destinaba a manufacturar un ventilador Ciclón criollo.

Desde los años 60 y hasta cuando comenzaron a abrirse las tiendas en dólares en 1993, los pocos artículos electrodomésticos y de todo tipo, incluyendo la ropa, se vendían racionados y escaseaban.

Los electrodomésticos se vendían solamente a través de cupones que entregaban los sindicatos en los centros de trabajo atendiendo a las horas voluntarias aportadas por el trabajador, su actitud política y laboral, en ese orden. No hubo manera de incentivar la chivatería con más vigor. Se armaban verdaderos combates de sacadera de trapos sucios en público y a gritos entre los contendientes por algún televisor o las codiciadas lavadoras Aurikas entre quienes momentos antes eran amigos.

Los televisores podían ser excelentes Caribe en blanco y negro de ensamblaje nacional, o los Electrones soviéticos, de mucha mayor demanda pues eran en colores, aunque los llamaban Camaleones por su potencial de cambiar de tonos o ajustes cuando les daba la gana, sin intervención humana.

Los Ciclones los los fabricábamos con un pedazo de tubería de a pulgada, o de tres cuartos, lo que apareciera, con un metro a metro y medio de alto, tomábamos cuatro fragmentos de cabillas corrugadas y las doblábamos como patas horizontales forzadas en el hueco de abajo del tubo con regatones de gomas en sus puntas. En el hueco de encima colocábamos el motor de la centrífuga Aurika con un fleje cilíndrico que se ajustaba finalmente con otro tornillo al hueco del tubo vertical. Los artesanos le adaptaban al eje del motor unas aspas de acero o aluminio reforzado y una carcasa de protección mejor o peor hecha.

Aquella cosa alcanzaba una gran cantidad de revoluciones con una potencia enorme y ventilaba fácilmente una habitación, aunque generaba mucho ruido cinético y mecánico, en especial cuando sus rodamientos se desgastaban.

Adquirir un ventilador era algo casi literalmente imposible. Ni hablar de acondicionadores de aire. Tampoco permitían traerlos desde el extranjero. En esta isla de eterno verano sin al menos uno de estos equipos no se puede dormir. El calor y los numerosos e insistentes mosquitos no dejan.

Estos ciclones funcionaban toda la noche sin problemas, pero con el uso llegaba el desgaste y el desajuste, aunque rara vez los motores perdían potencia. Los dueños retiraban la protección de las aspas y aquello se transformaba en un monstruo peligroso que podía caminar por toda la vivienda.
Imagínense un motor como de avión funcionando dentro de su habitación con las aspas de acero descubiertas. Imagínese que usted se despierta en medio de la noche con deseos urgentes de ir al baño y teme levantarse debido a que escucha el intenso rotor, siente su aire, pero no conoce exactamente su ubicación, pues este se traslada de lugar a voluntad. Imagínese si hay algún sonámbulo en la familia.

Algunas personas, hartas de la movilidad del inquieto robot, le colocaban un bloque sobre sus patas para que no se moviera más del lugar.

Las aspas, hechas a mano, nunca estaban muy balanceadas que digamos, y las patas de cabillas hacían de resorte vibrador-trasladador. Usted podía despertarse sudando para comprobar que el caprichoso aparato estaba echando fresco en el cuarto de al lado sin que alguien hubiese intervenido en la magia.

Ya para inicios de este milenio algunas fábricas extranjeras apreciaron la demanda, copiaron la idea y fabricaron sus propios modelos de ciclones potentísimos en metal y en plástico, sobre el suelo o sobre un vástago pero que no caminara ni girara libremente.

El final de estos ciclones ocurrió cuando Fidel Castro se burló en la TV de ellos y de sus poseedores. Esto molestó muchísimo a la población que se sintió ofendida por el desaguisado del dictador, que no fabricaba ni importaba los necesarios o suficientes ventiladores, imprescindibles en este clima. A Fidel le llegó la retroalimentación, se disculpó, y apareció súbitamente aquella Revolución Electroenergética que ya venía organizándose, donde cambiaron todos los ventiladores por otros malísimos, plásticos, de factura china. Se recogió toda la cacharrería que había en los hogares y se repusieron con equipos nuevos de factura también china, baratijas a alto costo pero a plazos.

Recuerdo como mi tía vio con nostalgia como se llevaban su Westinghouse que la vio nacer, aquel refrigerador aún funcionando con una carrocería y motor tan duro como los autos de la misma época, y se lo cambiaban obligatoriamente por un lloviznado chino marca Haier que se rompió a los dos meses.

Ya no debe quedar trabajando ninguno de aquellos ventiladores chinos, pero ahora se venden de cuando en cuando en las tiendas en moneda dura. Ya no se fabrican las inmejorables lavadoras Aurikas y tal vez más de uno añore su irrompible robot ventilador móvil que refrescaban toda la casa, aunque en ocasiones fuesen un peligro mortal.
eduardom57@nuta.cu; Eduardo Maro


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