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SANTA CLARA.- Son las nueve de la noche en Santa Clara. Es domingo, y un grupo de muchachos que lucen largas melenas sobre los ojos, vestimentas negras, y pulsos con motivos satánicos se aglomeran en un punto común. No sobrepasan los 16 años y conversan alrededor de una botella de vino casero, adquirida en algún callejón oscuro, y expendida por el único señor que no anda con miramientos cuando se trata de mantener su negocio.

El muro al costado del Teatro La Caridad, el coliseo financiado por Marta Abreu de Estévez en 1885, se atesta de un grupo variopinto de gente, de tribus urbanas, de universitarios, de pobres, marginales y adolescentes rebeldes. Cada cual tiene su espacio, cada secta con su música, cada loco con su tema.

Al muro le llaman “el malecón”, aunque carezca totalmente de agua, aunque a metro y medio solo destaquen sus oprimidos adoquines que lucen atiborrados de cajetillas de cigarro, desde populares “rompe pulmones” hasta Hollywood de menta, junto a botellas vaciadas por los propios concurrentes del lugar. Su calificativo se debe, quizá, a esa añoranza irremediable que tienen los santaclareños con el entorno marino. Otros aseguran que responde a la “función social” del pedazo de concreto, similar a su homólogo habanero, en menor escala, y con un paisaje mucho menos halagador.

Es el sitio en Santa Clara para muchos de los que no pueden acceder a los bares ni a la lista VIP de los caros centros nocturnos, el pabellón para los menores de edad, que no cuentan con un espacio donde aglomerarse los fines de semana para hacer vida generacional. Es, también, zona para encuentros entre parejas de homosexuales, travestis y cazadores de turistas. Mientras el denso humo blanquecino se levanta entre la multitud, va creciendo el bullicio y la pluralidad de temas musicales provenientes de las bocinas ambulantes.

“Yo vengo aquí a ahogar las penas”, comenta María Ocaña, una jovencita que se refugia a la sombra del teatro a punto de mediodía. “Me gusta sentarme, compartir con mis amistades, coger aire, tomar vino. Es donde está la juventud de Santa Clara, de todo tipo, de todas las edades, principios y mentalidades. Los conozco que vienen porque no tienen otro lugar verdaderamente donde estar. Todo el mundo no puede entrar a los bares ni pagarse un trago de veinte pesos, con eso mismo te compras un pepino de vino”.

Cerca de las dos de la madrugada se percibe el vaho a orine, a alcoholes diversos, a colillas recién apagadas. Inician, entonces, las rondas de los policías que piden documentación a los universitarios que tocan guitarra, las reyertas repentinas entre borrachos que discuten de política internacional, la algarabía de travestis que partirán solos a sus cuartos de alquiler sin un medio en el bolsillo. “Hoy la cosa está mala”, protesta uno de ellos que se retira con los zapatos de tacón entre las manos cual diva sin aplausos.

Alberto, que ni siquiera se llama así pero insiste en ocultar su identidad, sabe que se irá a casa al menos con cinco CUC en el bolsillo. “Yo no soy jinetero ni nada de eso”, aclara. “Yo vengo, y si me encuentro a alguien que me pague me lo llevo pa’ una esquina y le hago lo que me pida. Si te hablo de la cantidad de machitos por ahí que vienen a pescar por las noches no me lo vas a creer”.

En el malecón cada quien ocupa una parcela específica: raperos, skaters, frikis, hipsters, trovadores, estudiantes becados, almas en desgracia, gente que no tiene donde “matar el tiempo”, alcohólicos, deambulantes, perros callejeros, muchachitas a la espera de un extranjero que les resuelva la vida o las invite a una botella de Havana club.

Algunos asumen la teoría de que la movida alrededor del conocido muro comenzó cuando abrieron El Rápido, el establecimiento estatal situado al frente que expende comida rápida y, sobre todo, bebidas alcohólicas hasta entrada la madrugada. Otros aseguran que se debe a una prohibición esgrimida por las autoridades en cierto momento que vetaba la ingestión de ron en los bancos del parque, a la par de la proliferación de chichinguacos y totíes en los árboles de la plaza, una plaga de pájaros que suelen ensuciar sobremanera a quien transita de noche por estas veredas.

“A ver, mira, es que aquí es donde se encuentra la gente un poco culta, que se yo. Por ejemplo, vienen muchos universitarios. Ese es el tipo de gente que me gusta”, explica Mary Ángel, con solo 15 años.

“Por lo menos aquí siento un poco de libertad, arguye Ignacio, otro jovenzuelo postrado en una de las escaleras. Si yo no tengo dinero para ir a la discoteca o comprarme unos tenis converse ni una cerveza para especular, pues vengo para aquí y sé que nadie me va a estar criticando, porque todos están en las mismas, sin un quilo prieto partío por la mitad. Lo que tenemos, lo compartimos en el grupo, como si es vino dulce y los cigarros populares de menudeo. Después nos comemos una hamburguesa de a dos pesos y ya. Esa es la historia. Hay quienes dicen que somos la juventud perdida, la escoria de la sociedad, tal vez por eso viene la policía constantemente a pedirnos los carnés, en vez de ocuparse de otras cosas que son más importantes. A lo mejor es porque pensamos diferente y eso les molesta”.

Sobre las cuatro de la tarde comienzan a llegar los skaters al malecón. Se lanzan con sus patinetas improvisadas entre los grupos de muchachos que conversan en la sombra. Hasta ese momento nadie los ha molestado. Cruzan los dedos para no tener que pagar ninguna multa y se lanzan a la adrenalina.

“Dónde vamos a patinar si no hay otro lugar para eso en Santa Clara”, cuestiona Cristian González sin parar de dar vueltas sobre su tabla con ruedas“. Al menos nadie nos critica la forma de vestir ni lo que escuchamos de música. En el malecón nadie nos mira mal, ni nos rechazan, porque aquí está todo lo que es fuera de lo común, lo raro, lo exótico. A veces la policía viene y nos meten multas por estar patinando, pero, bueno, seguimos haciéndolo porque no hay pista pa’ eso, y en las calles tampoco se puede. A un amigo mío le metieron 200 tablas en estos días. Si a mí me ponen esa multa no sé qué haré, porque ni trabajo tengo por ahora. Pa’ mí es un abuso porque si no estamos aquí, a dónde vamos a ir”.

“En el parque hay mucho sol, mucha gente con dinero que nos miran con desprecio”, apunta otra muchacha que escucha la conversación. “Además, es el único lugar donde puedes beber hasta el amanecer”

Carlos Alba, célebre rockero de la ciudad, fue de los primeros que decidió sentarse en el quicio del malecón. “Primero iban los gays”, narra”, y a la gente no le gustaba quedarse ahí por eso. Eso fue allá por el 2002. Después empezó a llenarse poco a poco, porque era un lugar más informal y cada cual cogió el espacio que más le cuadraba. Los frikis iban para el pasillo, y las jineteras, por ejemplo, para la parte de La Marquesina del teatro. Aquí se sienta el que le da la gana y hacen lo que quieren. Lo mejor es que no te metes con nadie ni nadie se mete contigo”.

A pesar de que el malecón de Santa Clara resulta sumo conocido en toda Cuba por su heterogeneidad, las autoridades de la provincia se han quejado en múltiples ocasiones por el daño al teatro que provoca la estancia de varias tribus urbanas que suelen pintar carteles en las paredes contiguas y por el bullicio que interrumpe constantemente los espectáculos nocturnos. No obstante, la gente se niega a moverse hacia otro sitio. “Si quieren que nos vayamos de aquí, que nos den más opciones. Aunque le metan una cerca de dos metros yo voy a seguir viniendo”, responde Yuniesky, otro de los jóvenes asiduos al malecón. En una ciudad aparentemente abierta y tolerante, el “malecón” sin agua se trasmuta en una especie de tubo de escape a la tediosa y precaria vida de muchos. Es, a golpe de fuerza, el ágora de la juventud santaclareña.


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