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Banderas nacional y LGBTI ondeando juntas en un desfile por la no discriminación por orientación sexual (Foto: Marcelo Álvarez)

LA HABANA.- Alguna vez, hace ya tiempo, conocí la censura en texto propio después de que un jurado decidiera recompensarme con el Premio “David”, ese que aún entrega la UNEAC a escritores jóvenes. Lapsus calami se llama ese cuaderno de textos breves en los que ficcionaba con el acto de la escritura, y que la dirección de la institución decidió censurar, pero no serían esos “breves textos” los causantes de la reprobación.

En aquel cuaderno había una pieza discordante. Primero por la extensión, si es que se la comparaba con la fugacidad del resto, y también porque fue considerada hostil. Ese cuento flirteaba, a través del título, con El retrato de Dorian Gray, quizá el relato más reverenciado y emblemático de entre todos los que escribió Oscar Wilde; pero en mi cuento, el Gray perdía la segunda consonante, la virilidad “estereotipada” de la r de “rabo”, para convertirse en Gay, en Dorian Gay.

La censura respondió porque en ese texto, escrito en primera persona, se relata el erotismo que despierta en Dorian la figura retratada de José Martí que presidía su casa y su imaginario. “El libro no sale a menos que quites ese cuento”, así dijeron las autoridades de la institución, y propusieron, entre sonrisas cínicas, que cambiara el objeto del deseo, que en lugar de Martí, el Gay se enamorara de Estrada Palma.

Quedaba claro, según las exigencias de ese discurso oficial y heterosexista, que Martí no podía despertar deseos en un homosexual, pero sí podían permitir que construyera el imaginario erótico de la “loca” con otro patricio, aquel demonizado por los comunistas que fuera presidente de la República en Armas. Con tal concesión todo quedaría resuelto y se publicaba el libro de inmediato.

La propuesta me hacía pensar en lo útil que podía ser el gay a esa “revolución” que se había encargado de bajar a Estrada Palma de los pedestales en los que lo colocara la voluntad popular y el erario público. El Gay podía entrar entonces en el negocio revolucionario si era capaz de “amonestar” a un patricio que el poder despreciaba. El gay podía resarcir su “atrevimiento” sirviendo al poder, ofreciendo una nueva imagen de aquel patriota bayamés que jamás sirvió al discurso oficial de la “revolución”. El gay servía para demonizar, más, al desechado. Y el cuento no se publicó nunca, al menos en la Isla, porque Dorian, el gay, no sirvió a la revolución.

En el cuento se hacen evidentes los deseos que el apóstol, el macho, provoca en Dorian, y en el sexo del héroe ve también los “fundamentos de la poesía y de patria”. Dorian sucumbe ante los pies del poeta mambí, aquellos que resultaban “el sostén del amante, el apoyo del poeta, el calzo de la nación”. Dorian, que tenía encuentros eróticos a escondidas y en los lugares más insospechados —en medio de la maleza o en el baño pestilente de un cine—, reclama a la patria, que en ese caso es Martí. El gay ama a la nación que es Martí, y pretende que la misma nación lo ame.

Aquel encuentro amatorio resultaba, más que todo, un diálogo del gay con una nación que marginaba a sus hijos, que no era la nación con la que, para los cubanos, soñó Martí. Dorian le contaba a la nación que Martí es de todos los cubanos, incluso de los “maricones”. Y recordemos que fue José Martí quien pidió a otro grande, al mayor general Serafín Sánchez Valdivia, que escribiera de los héroes humildes de la guerra. Y la “revolución” olvida que Serafín Sánchez cumplió, como también Martí.

Quizá uno de los intentos más gloriosos en la reivindicación de los homosexuales cubanos lo propició el Apóstol, y sucedió un 9 de febrero de 1894. En el periódico “Patria” fue reinterpretado un personaje con el que la nación está obligada a comulgar. Serafín Sánchez contó, y Martí lo publicó, de aquel personaje bautizado con el nombre de Manuel Rodríguez, al que todo Sancti Spíritus llamaba “La Brujita”. Aquel gay mambí deslumbró a Serafín Sánchez. Aquel “macho” despertó la admiración del mayor general. Esa “Brujita” que Cuba olvida voluntariamente despertó admiraciones en Sánchez y Martí.

En su pueblo natal “La Brujita” fue únicamente reconocida como el “paria”, como el “condenado de la colonia esclava”, pero Sánchez Valdivia, vio “al libre, al bravo, al tigre, al héroe, al hombre”. El patriota espirituano, en el siglo XIX, reivindicó al guerrero homosexual, pero en esta Cuba del siglo XXI el gay sigue sin la mirada buena, sin la protección que merece. Este (ya viejo) gobierno debería leer al militar espirituano. Este añejo gobierno debía interesarse por las tantas “Brujitas” que pululan por la Isla y que corren el riesgo de quedar muertas en cualquier lugar por culpa del discurso homofóbico del gobierno de una “revolución” que se encargó de negar esas reverencias que hicieran Sánchez y Martí hace ya mucho.

Me pregunto si alguna vez conoceremos de “Las Brujitas” que bajaron al llano, en 1959, desde la sierra. Cuándo sabremos de las muchas brujitas que hicieron guerras en África. Yo sé de muchas que son vejadas cada día en esta Isla, y unas cuantas son también las muertas. Conozco a “una” que es enfermero, y que siempre lleva consigo un bisturí, sujeto a un cabo, que consiguió en el salón de operaciones. “¡Y si me pican pico!”, dice esta nueva “Brujita” que va a gozar a la “manigua redentora”.

Así se defienden muchos. Yo escribí aquel cuento para defenderme, para advertir que Martí no es solo patrimonio de los “machos”, y para exigir respeto al gobierno de una nación fundada por Martí, Serafín Sánchez, Maceo, y quizá un montón de “Brujitas”. Ojalá este gobierno recuerde que Martí, en “Patria”, hizo reverencias a “La Brujita”, y que ahora las congéneres de aquel valiente mambí, pierden la vida por la indiferencia, el desprecio, del gobierno. Y ya Sánchez y Martí no están vivos, por eso hay que escribir, chillar, e incluso cargar el bisturí para defenderse.


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