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Lancha de Regla (Cuba Journal)

LA HABANA.- Nunca sabremos lo qué recordaron, frente al pelotón de fusilamiento, Lorenzo Enrique, Bárbaro Leodanis y Jorge Luís. Ya pasaron quince años desde aquel día en el que fueron espiados por las mirillas de unos fusiles y que los pusieron al alcance de las balas. Bastarían las órdenes de apuntar y disparar para que desaparecieran los últimos recuerdos, para que se esfumaran los deseos.

Solo once días transcurrieron desde que aquellos muchachos secuestraron la lancha Baraguá y ya la pena de muerte era cumplida. Vertiginoso el proceso que acabó con la vida de tres jóvenes de los que nada se dice en Cuba, a quienes únicamente se les menciona en voz muy baja y todavía con miedo. Once días que se convertirían en un infierno para los familiares de esos hombres que quisieron abandonar el país, y para conseguirlo secuestraron una lancha que debía llevarlos luego hasta las costas de Florida.

No se habían completado los diez años de aquel horror que terminó con la vida de cuarenta y una personas, entre ellos diez niños, tras el hundimiento del trasbordador “13 de marzo”, cuando se condenó a muerte a esos tres jóvenes, por querer vivir en otro sitio, por secuestrar una lancha para conseguirlo. Dos días después de que el gobierno recordara, y con mucho respeto, a los caídos en la huelga general del 9 de abril de 1958, serían fusilados esos tres jóvenes cubanos a quienes jamás mencionan los medios oficiales, esos medios que alaban “la noche de las cien bombas” en La Habana.

Casi cincuenta años antes de que estos tres muchachos fueran condenados a muerte, un grupo de jóvenes cubanos, con armas en sus manos, asaltaba el Cuartel Moncada en Santiago de Cuba; algunos murieron en el enfrentamiento, otros serían ajusticiados luego, pero unos cuantos salieron con vida tras una prisión muy breve. Cincuenta años después las cosas para estos tres cubanos serían diferentes, y las condenas no fueron trasformadas, no habría “perdón”, no habría piedad para ellos.

No sé dónde estará hoy la hija de Lorenzo Enrique, aquella niña que quedó huérfana cuando solo tenía once años. No sé nada de esa muchacha que vivió sus años más importantes sabiendo que su padre estaba muerto, por secuestrar una lancha que lo ayudara a conseguir luego las costas de la Florida.

Ella miró a su padre, por última vez, tras las rejas, y puedo imaginar lo que debió pensar cuando en las clases de historia le hablaron de la rebeldía cubana, de sus ansias libertarias, y de lo que se hizo para conseguirla. ¿Qué habrá pensado cuando su maestra relató la llegada del Granma, cuando le explicaron de Alegría de Pío, del Asalto al Palacio Presidencial? ¿Qué pensará está mujer cada vez que se cumple un año de la muerte de su padre? ¿En manos de quien pondrá la razón la hija de Lorenzo? ¿Se habrá casado? ¿Extrañará la ausencia de su padre en sus últimas fotos? ¿Qué dirá a sus hijos si los tiene?

¿Esta joven mujer será miembro de esa “sociedad civil” cubana que por estos días hizo el viaje desde Rancho Boyeros hasta Lima? ¿Qué diría si le permitieran subir al podio? Hoy esa prensa oficial cubana está muy ocupada en la Cumbre de Las Américas y en las tribunas a las que tendrá acceso su “sociedad civil”, cuyos miembros decide el Partido Comunista, y entre los que no habrá nadie capaz de destacar los nombres de Lorenzo Enrique, Bárbaro Leodánis, y Jorge Luis, ni sus vidas truncadas.

Esos tres jóvenes vieron como se les venía encima la muerte definitiva. Quizá la reconocieron en una bala, en una inyección letal, en…, sabrá Dios cómo les llegó, porque nosotros no. Ellos no tuvieron un periodista que se interesara en sus suertes, en sus últimos anhelos. Ellos no tuvieron, como Aureliano Buendía, quien relatara esos recuerdos que aparecen en la última de todas las horas, y que en el caso de estos muchachos pudo ser la familia o la escapada definitiva, aunque tuvieran la certeza de que ya no iban a conseguirla, a menos que fuera con la muerte.


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