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Un bebé siendo atendido tras sufrir los efectos de un presunto ataque químico en Duma, cerca de Damasco, Siria (AP)

MIAMI, Florida.- Cuando la guerra en Siria parecía estar llegando a un final esperado tras más de siete años de implacables sufrimientos, las esperanzas de un cese del conflicto se alejan. Un nuevo ataque químico atribuido al régimen de Al Assad ocurrido el pasado 8 de abril ha echado combustible fresco a la maquinaria de guerra desatada tras aquella fallida versión de una primavera árabe que pondría punto final a una larga dictadura para dar paso a un proceso democrático de corte occidental. Pero lejos de ello lo que realmente se ha conseguido es el afincamiento del régimen en una nación donde antes del conflicto la gente convivía sin grandes zozobras y ahora se enfrentan al caos total de destrucción, muerte y miseria.

Aunque la escalada de la guerra civil siria tomó un giro alarmante con la entrada en escena de ISIS y su arrolladora ofensiva, los momentos de mayor tensión han tenido como centro medular el empleo de armas químicas en bombardeos atribuidos al ejército de Al Assad. Los tres ataques denunciados a lo largo de esta compleja contienda se caracterizan por una característica común en su incidencia. Todos han coincidido en momentos en que las fuerzas opositoras al Gobierno sufrían grandes pérdidas, estaban al borde de una evidente derrota o tras lanzamientos de advertencia que hacían predecir una intervención militar del bloque de países que tienen en el dictador sirio a un enemigo jurado.

Fue así cuando, durante la presidencia de Barack Obama, el mandatario demócrata dispuesto a resolver por vías políticas situaciones explosivas en el mundo, marcó para Siria una línea roja. La misma pasaba precisamente por el uso de armamento químico. No pasaron muchos días de aquel pronunciamiento cuando las noticias destacaron el despiadado ataque con gas sarín en el suburbio de Guta, Damasco. La agresión costó la vida a centenares de civiles: miles según los datos rebeldes y 300 tras confirmación oficial de expertos neutrales. No se cumplieron entonces las previsiones de la intervención pronosticada, algo que tuvo visos de ocurrir con el cambio de administración en la Casa Blanca al producirse el segundo bombardeo de este tipo en el enclave de Khan Sheikhoun, donde tropas sirias con el apoyo de la aviación rusa tenía al borde de la derrota a un importante número de tropas rivales. Perecieron 87 civiles, muchos de ellos niños y mujeres. Entonces la respuesta de un Donald Trump de lenguaje más duro al frente del Gobierno norteamericano consistió en el lanzamiento de 59 misiles Tomahawk contra una base militar siria, con nueve víctimas. Un gesto con el que Trump pretendió mostrar al exterior su manera de afrontar conflictos externos.

El más reciente episodio de esta naturaleza ocurrió a principios de abril en Duma, donde se concentran los últimos reductos de las fuerzas anti Al Assad, justo tras el anuncio hecho por Donald Trump sobre el inicio de un calendario para la salida de efectivos militares destacados en la región del Medio Oriente. Una notoria coincidencia que se repite por tercera vez respecto a la conveniencia de este tipo de actos y sobre quien es el que en verdad consigue el mayor rédito con las consecuencias: el régimen en triunfal ofensiva para la que acciones de tal magnitud resultan más bien contraproducentes o los que se encuentran a las puertas de una derrota total y precisan de una internacionalización del problema. El otro punto notorio está relacionado con la manera en que los impactos ciegos de estas mortíferas cargas venenosas aciertan sobre civiles sin que se verifiquen pérdidas militares. Como si ellas escogieran el punto álgido en el que deban dejar libres sus mortíferas emanaciones para que las sufran los que están al margen de la lucha y que aportan el rostro más sensible ante los efectos aniquiladores del gas prohibido.

Cualquier pérdida humana, por mínima que sea o lo terrorífico que en ello se implique, debe ser suficiente para despertar sensibilidad, indignación y el deseo de hacer algo útil para evitar que el terror siga arrancando nuevas vidas inocentes, sobre todo si esto es producto de guerras injustas y acciones violentas derivadas de un sistema represivo. Una reacción que debe ser equitativa para todas las circunstancias y ante cualquier culpable. Precisamente por estos días, antes de producirse el presunto ataque en Duma, una agrupación médica reportó indicios del uso de armas químicas perpetrado por tropas turcas en Afrin, enclave sirio controlado por kurdos. Hasta ahora las protestas, si han existido, apenas destacan en las noticias. Algo parecido ocurre con otro conflicto en esta convulsa zona del medio oriente. Amnistía Internacional ha hecho llamados constantes sobre el precio que viene pagando la población de Yemen ante los operativos miliares de una coalición encabezada por Arabia Saudita contra grupos rebeldes en ese país. Desde que se inició esta intervención en 2015 muchos son los civiles muertos a consecuencia de bombardeos salvajes en los que la organización reporta uso de armas prohibidas por convenciones internacionales (mini bombas y proyectiles de racimo fabricados en Brasil, Gran Bretaña y Estados Unidos) y la aplicación de un atroz bloqueo que tiene a 22, 2 millones de personas en un estado crítico, sin acceso a agua, comida y medicinas.

Lynn Maalouf, directora adjunta de investigación en la Oficina Regional de AI en Beirut denunció los daños causados a la población yemení en una intervención militar que lleva tres años ante lo que calificó como un injustificable apoyo político y logístico de potencias externas a su aliado saudita en esa crisis regional. Igualmente el abogado francés Joseph Breham, en representación de grupos de derechos humanos yemenitas, presentó en París una demanda contra el príncipe saudí Mohamed bin Salman, de visita en Francia. La acusación señala complicidad en torturas y violencia en la guerra civil de Yemen, así como en bombardeos despiadados contra objetivos civiles. Todo sin mayores resultados.

El cuestionamiento se hace inevitable. ¿La reacción suscitada por unos hechos incalificables que merecen una investigación seria y neutral, acaso no resulta igualmente válida, aplicable y necesaria en otros escenarios donde el drama de guerras y agresiones se cierne sobre poblaciones indefensas, atrapadas en enfrentamientos cruentos? ¿O es que los altos precios a pagar que se anuncian para unas acciones solo quedan reservados para determinados dictadores y autócratas del mundo mientras otros quedan exentos del pago responsable por crímenes de similares proporciones?


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