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LA HABANA.- El grupo matancero de teatro conocido como El Portazo, a secas, pero que en realidad se llama Cuban Cofee El Portazo’s Cooperative (CCPC) se presenta poco en La Habana. Hace tres años estrenaron La Colonia, primera entrega de una ambiciosa trilogía que rescata la tradición del teatro musical, el cabaret y cuánto vale la pena aprovechar de la cultura cubana en su sentido más abarcador.

Sus puestas en escena pueden ser consideradas, dentro de los modestos estándares del teatro cubano, como súper producciones; con la integración de todos los recursos estéticos —artes plásticas, audiovisuales, danza, repentismo— en función de deconstruir la historia patria.

Son tan escasas y aclamadas por el público las presentaciones de El Portazo, que cuando se supo de la presentación de La República Light —segunda parte de la trilogía— en La Habana, el Café Teatro Bertolt Brecht se convirtió en un hervidero de gente deseosa de acceder a los dos únicos espectáculos, ofrecidos en el marco de Mayo Teatral, los días 18 y 19 de mayo pasados.

Con la pequeña sala abarrotada y muchísimo público de pie, subió al escenario el carismático transformista William Quintana para presentar, con una décima picante y muy subida de tono, el cabaret en tres “bloques” que dio cabida a toda clase de contrapunteos sobre el largamente dilatado y contraído asunto de la Patria.

El bombardeo de texto e imágenes puso en jaque al intelecto. Y es que las producciones de Pedro Franco —director de El Portazo— van de lo espectacular y grandioso a lo esencial, proponiendo visiones de una “cubanosofía” actualizada, polisémica, inclusiva; restándole gravedad, pero no demasiada, para evitar que se convierta en la llana gozadera a que el público cubano se ha acostumbrado.

Tal como se esperaba, la gente no paró de reír desde los versos iniciales, declamados con intencionalidad y algarabía dignas del teatro bufo; mientras el brazo de cada actor iba ceñido con la cinta del luto, como en otros tiempos la llevara José Martí para expresar su dolor por Cuba española. En medio de una orgía de kitsch político-ideológico se mezclan las dos repúblicas con su contingente de putas, sus federadas neuróticas, el súper héroe con su antítesis, el interminable harakiri en nombre de un ideal y la bandera transformada en atavío de drag queen.

La República Light es un collage escénico donde se yuxtaponen teatro del absurdo, realismo socialista, parodias hilarantes, códigos de la cibercultura y un cubaneo que bordea el cliché sociológico. Es un vigoroso performance que activa la sinergia entre actores y público, partes iguales de un drama colectivo que encierra terribles contradicciones.

Ver la Patria desnuda, confiscada por dos repúblicas que a veces parecen espejo una de otra, producía aleatoriamente tristeza, desconcierto e indignación. El Portazo es un “exorcismo teatral” que revisa el pasado, presente y futuro, aunque en el caso de Cuba la noción de temporalidad sea más bien oscura. Una de las premisas que sostiene la obra es que el pasado se halla tan comprometido como el porvenir, habiendo sido tantas veces desmantelado, ocultado y manipulado con el propósito de reducir el presente a  “pan, colegio y la boquita cerrada”.

Algo deben las producciones de Pedro Franco a Carlos Díaz y teatro El Público; pero no cabe dudas de que es un director muy original, dispuesto a asumir riesgos al frente de un elenco versátil donde coexisten recién graduados y talentos cultivados fuera de la Academia. En este sentido, justo es resaltar la calidad de las actuaciones, especialmente de los transformistas y las actrices Betiza Bismark y María Laura Germán quien es, además, dramaturga. Su rol de pionera llevó la función a un punto climático, recitando una seguidilla de su autoría que encendió en el auditorio algo parecido a la irreverencia de otras épocas, cuando teatros como el Villanueva o el Alhambra influían en el sino de los acontecimientos.

Cuban Cofee El Portazo´s Cooperative se desbordó en esta segunda entrega que no tuvo nada de light, pese al derroche de humor y el guiño al homo videns contemporáneo que ha reemplazado la palabra por los hashtags y emoticones, arsenal simbólico de nuestras repúblicas online.

Quedaron los ánimos favorablemente predipuestos en espera de La Revolución, última parte de la trilogía. Sin acomodarse al concepto de “teatro comercial”, Pedro Franco y su compañía han descubierto la fórmula para divertir hasta el llanto, dejando siempre algo más que un resquicio para la esperanza.


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