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(Archivo)

LA HABANA.- Los que siguen lo que acontece en Cuba conocen que la situación política, económica y social está pasando por una profunda crisis que la lleva a estar al borde del colapso. Puedes abrir cualquier gaveta del sistema que está llena de cucarachas, porque lo que se guarda dentro, se pudre. Pero hay algunos problemas más sensibles que otros y entre ellos está la salud pública.

Con el mismo lenguaje virtual que ha caracterizado la dictadura durante estos 60 años, el ministro de Salud Pública cubano, Dr. Roberto Morales Ojeda, ofreció a la Organización Mundial de la Salud (OMS): experiencias, recursos humanos, universidades y hasta los productos de la industria farmacéutica y biotecnológica.

Al describir las bondades del sistema de salud cubano, hizo mención a la esperanza de vida; sin embargo, no mencionó lo que significa en estos momentos para cualquiera dentro de la isla, la “esperanza de estar muerto”.

Primero que todo habría que decir que se busca hacer espacio en los cementerios que en la mayoría de los casos no pueden extender sus terrenos y no se hace viable realizar exhumaciones, por carencia de osarios (cajas de restos); aunque producto de las ineficiencias del sistema, tampoco –con las posibilidades existentes- se programa debidamente el desentierro de los cadáveres.

En todo el país existen 805 cementerios, algunos de ellos con alto valor patrimonial, como son: la necrópolis de Colón, en La Habana; San Carlos de Borromeo, en Matanzas; Reina en Cienfuegos; Cristo del Buen Viaje, en Camagüey y Santa Ifigenia en Santiago de Cuba, donde se encuentra “La Piedra”.

La capital del país está entre las provincias más afectadas, ya que de los 24 cementerios existentes el 83% está imposibilitado de ampliarse. Aunque como dice el refranero popular: “Para morirse solo hay que estar vivo”, la probabilidad que fallezca una persona de la tercera edad es mayor que la de un niño, y la población cubana cada vez está más envejecida, en particular en La Habana. Más del 20% de los ciudadanos está por encima de los 60 años de edad.

Otras provincias confrontan situaciones bien difíciles; para poner solo un ejemplo: Holguín, tiene un cementerio que se inunda por la cercanía de una presa, cinco están colapsados, sin posibilidad de ampliación, en otros cinco no se pueden realizar inhumaciones, por lejanía de los asentamientos poblacionales y 99 son de bóvedas particulares.

La actividad de Comunales es la que atiende los servicios necrológicos, y de todos es conocido la cantidad de hechos delictivos que se cometen dentro de los cementerios, en particular en el de La Habana, que tiene un patrimonio cultural basado en sus mausoleos y esculturas, que atrae a turistas de diferentes países. Se pueden ver cajas y féretros saqueados, se llevan los búcaros para flores de las tumbas, desvisten los muertos y también comercializan los huesos para algunas religiones que los utilizan para trabajos vinculados a sus creencias.

Si los muertos han disminuido “la esperanza” de ser enterrados en Cuba, por la situación física que tienen los camposantos, habría que decir que los familiares pasan lo suyo cuando tienen que velar a cualquier difunto.

Cada vez que se anuncia en la televisión cubana el deceso de un general, se dice que según su última voluntad fue cremado; pero eso no es válido para el resto de los ciudadanos del país, porque solo existen nueve crematorios a lo largo de la isla, lo que implica que es imposible satisfacer todas las solicitudes.

Sin embargo, de forma general –como tradición- los cubanos velan a sus muertos, durante toda la noche, en las funerarias. Algo que en estos momentos hace de ese último recuerdo con el fallecido una tortura, ya que la mayoría de los servicios mortuorios que se ofrecen en todo el país, están en recintos que se pueden calificar como una falta de respeto.

Se podría empezar por los sarcófagos, con una confección muy mala, la madera de cualquier tipo y ni siquiera forrados con tela gris o negra, lo que pone en peligro cuando se mueven que se salga el fallecido, por ser muy inestables. El colmo es que, por falta de cristales, en algunos pueblos del país, ponen uno, incrustado en un pedazo de madera, que después retiran a martillazos, antes del entierro.

Por no dejar de haber problemas, también las flores son insuficientes. En ocasiones limitan las coronas a una o dos, muy mal hechas por cierto y con flores como girasoles que atraen las abejas que en ellas polinizan. Más humillante para las familias es el hecho de que por falta de flores frescas, tienen que poner coronas confeccionadas con flores de papel.

Los muebles en las funerarias, donde las personas pasan toda la noche, no están en buenas condiciones, y qué decir de los baños y la limpieza en general; así como el trato de los empleados para con aquellos que en esos momentos pasan por un gran dolor. ¿Y qué pasa con el transporte para acompañar el féretro al cementerio? Insuficiente, y los choferes siempre apurados… porque se paga en moneda nacional.

Estos son algunos de los problemas que están vinculados al sistema de salud en Cuba que Morales Ojeda trató de vender a la OMS. Existen situaciones muy dolorosas también, con casos específicos de enfermedades de niños y ancianos; es de conocimiento general la escasez de medicinas y productos farmacéuticos, así como la corrupción de algunas personas con batas blancas. Cuando todo esto se une, sale un coctel que corroe la joya que caracterizaba “la corona” de los “logros” de la Revolución.


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