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LA HABANA, Cuba.- En 1959 comenzó en Cuba una de las historias más sangrientas y crueles del mundo, cuando Fidel y su hermano Raúl Castro crearon las prisiones políticas para los enemigos del comunismo y ese año se fusiló a más de 360 de ellos.

Las condiciones requeridas para lograr el tenebroso objetivo fueron varias: Se suspendió el derecho de habeas corpus, se estableció la pena de muerte por fusilamiento para quienes realicen actividades en contra de la dictadura y por último la Constitución de 1940 se convirtió en un fantasma.

Contra toda esperanza

Uno de los primeros testimonios sobre los plantados aparece en el libro Contra toda esperanza, de Armando Valladares, en 1985, cuando desde más de veinte años atrás la población penal de Cuba estaba compuesta por  decenas de miles hombres y mujeres.

Era tanto el horror que describía Valladares sobre los fusilamientos en las prisiones de La Cabaña y las celdas de confinamiento de Boniato, que muchos dentro y fuera de Cuba lo pusieron en duda, hasta que en 1988 la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, compuesta por embajadores de numerosos países, encabezada por el delator especial para “el caso Cuba”, Alioune Sene, después de investigar  lo que sucedía en las cárceles cubanas ofrecieron un informe de 400 páginas, dando como resultado 137 casos de tortura, siete desaparecidos, asesinatos políticos y violaciones de los artículos de la Declaración de los Derechos Humanos.

El libro de Valladares contaba la verdad. También el de Jorge Valls, Veinte años, Rehenes de Castro, de Ernesto Díaz Rodríguez, Cómo llegó la noche, de Húber Matos, libros prohibidos en las bibliotecas del régimen castrista, pero que andan de mano en mano clandestinas en una población que ya sabe toda esta historia.

Cuándo surgen los plantados

“La historia del Presidio Político de Cuba está escrita con sangre. Describir tanto  horror, tanta tragedia humana es tarea penosa”, dice Ernesto Díaz Rodríguez en su libro Rehenes de Castro.

Poeta y escritor, cumplió 22 años de cárcel. Tenía la disyuntiva de olvidar, “de borrar de un tirón los amargos recuerdos de la prisión”, pero no pudo. Prefirió, cuando obtuvo su libertad el 23 de marzo de 1991, continuar su lucha, tal como se había propuesto toda su vida.

Hoy, con 78 años de edad y en ocasiones enfermo, conserva los mismos bríos de aquellos años cuando formaba parte de los quince mil plantados, renuentes todos a aceptar el régimen penitenciario y el uniforme de preso común; rebeldes ante las arbitrariedades, las represalias,  torturas psicológicas, golpizas, bayonetazos, celdas de castigo, huelgas de hambre, frío. Firmes para sobrevivir como héroes.

La historia de los micrófonos

“Escapados del mito y la leyenda”, como dijo un colega periodista, los presos plantados fueron protagonistas de historias dignas de llevarse a un filme de una peculiar trascendencia histórica: el descubrimiento de los micrófonos, instalados en los calabozos de los presos por sugerencia de Fidel Castro, para saber cómo pensaban, hablaban y qué planes tenían aquellos hombres de edad avanzada, condenados a largos años de prisión.

Fue el preso Onofre Pérez quien descubrió el primer micrófono, bien oculto en la lámpara del techo de su celda. Onofre había sido condenado a treinta años en la causa donde fusilaron a los comandantes Jesús Carrera y al norteamericano Williams Morgan. En poco tiempo el resto de los plantados lograron desinstalarlos todos. Descubierta la hazaña, las autoridades de Seguridad del Estado (G2), junto a las tropas especiales del Ministerio desataron una serie de medidas represivas contra los plantados en un vano intento para impedir que alguno de los micrófonos fueran utilizados como prueba del espionaje que se hacía contra los presos en las cárceles de Cuba.

El triunfo fue de los plantados. Ernesto Díaz pudo enviar dos micrófonos al Comité Cubano Pro Derechos Humanos, presidido por Ricardo Bofill, para que fuera enviado a la Comisión de Derechos Humanos, en Ginebra, como prueba irrefutable de violación a la privacidad de los presos.

Otro micrófono fue presentado por el plantado José Pujals Mederos, liberado después de 27 años de cárcel, en agosto de 1988, en un acto celebrado en los salones de Of Human Rights, organismo de Estados Unidos  presidido por el viejo luchador Frank Calzón.

Las rabietas de Fidel Castro no tenían límites.

Los últimos plantados

Convertidos todos en verdaderos héroes invencibles de la libertad, Mario Chanes de Armas y Ernesto Díaz Rodríguez fueron los últimos plantados en los que Fidel Castro descargó toda su ira y su venganza y como represalia a las osadías de ambos, los dejó para último.

El resto de los plantados ya habían sido desterrados.

Fidel no perdonó que Ernesto se hubiera burlado de las invictas barreras de Seguridad del Combinado para hacer llegar dos micrófonos a las Naciones Unidas y que Mario Chanes contara en junio de 1988, en una entrevista grabada hecha por Ernesto en su misma celda y transmitida días después por Radio Martí, sus planes traicioneros y truculentos del dictador para salvar su vida luego del ataque al Moncada.

Mario había cumplido ya su condena de treinta años. Era entonces y es hoy el preso político con más años cumplidos. Ernesto, con cuarenta, vio abiertas las rejas de su celda el 23 de marzo de 1991.

En solitario permanecieron estos dos valientes durante meses en el Combinado del Este, la prisión más grande de Cuba, construida por los hermanos Castro para sus presos políticos, a pocos kilómetros del centro de la capital habanera.


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