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SANTA CLARA, Cuba.- Los años, con su indetenible marcha, le han nublado la vista a María del Carmen Puig. A sus 81 años, los objetos se le dibujan borrosos y sus actuales espejuelos son incapaces de mostrarle nítidos a quienes la rodean. Ya sabía que padecía catarata (enfermedad oftalmológica caracterizada por la opacidad parcial o total del ojo), pero había preferido olvidarla.

Unos días atrás un dolor ocular le clavó la preocupación, lo que la llevo a hablar con unas antiguas amistades para que su hija, quien es oftalmóloga, la atendiera. “Si no tienes amigos que te puedan ‘resolver’, nadie te hace caso. Eso, o llevas un regalito”, se lamenta María del Carmen.

Fijado el día, se dirigió al área de consultas del Hospital Provincial Arnaldo Milián Castro, de Villa Clara. Una vez allí, pensó estar en el lugar equivocado, pues la sala de espera estaba totalmente desolada. “Algo no anda bien”, pensó María. Cuando estaba a punto de regresar, una voz conocida la llamó.

Consulta adentro

“Casi me iba, como no vi a nadie por todo esto…” dijo, mientras la doctora la invitaba a pasar. Se saludaron alegremente e hicieron las acostumbradas preguntas de cortesía. María no lucía nerviosa, más bien cómoda con la atención de una profesional cercana, de confianza. “La consulta está muy arreglada –añade- con equipos nuevos, muy limpia y la doctora es muy atenta”.

Ante su cuadro clínico le indicaron una refracción y otras pruebas para analizar a profundidad el tamaño de la afectación. “Cuando entré a la consulta de refracción, una sala pequeña, oscura y toda cerrada, le pregunté a la doctora si allí no tenían aire acondicionado, porque la verdad el calor era insoportable y me dijo que no, que hacía dos meses no tenían aire, pero que tenían que seguir atendiendo a las personas”.

La situación, admirable y patética a la vez, se repitió en cada cubículo donde fue atendida. María del Carmen no pudo evitar preocuparse por el resto de los pacientes, por el personal médico que allí labora, incluso por el peligro que corren los costosos equipos del servicio oftalmológico. Fue en ese entonces cuando se recordó a sí misma que estaba en Cuba y retornó a la consulta de su amiga con las pruebas realizadas.

La especialista confirmó el diagnóstico: catarata en ambos ojos. Reunía todos los criterios para ser operada, pues la enfermedad se encuentra en un estado bastante avanzado. “En ese momento le pedí a la doctora que no me ubicara la operación en el mes de julio, porque iba a recibir visita de mi familia del extranjero y no podía complicarme con eso, pues no era algo tan urgente”, afirmó María.

La oftalmóloga disipó su preocupación al contarle que para las operaciones de cataratas había una lista de espera de 2000 personas. María no podía creerlo y enseguida indagó los porqués de tanta demora. “Es por el aire acondicionado, que tampoco tenemos en el salón de operaciones y llevamos un retraso de dos meses”, respondió un poco apenada la especialista.
“Me apuntó en una lista, una nueva que está haciendo, que va detrás de la de los 2000 pacientes. Se quedó con mi teléfono y me dijo que me llamarían cuando me tocara el turno”, narra María, profundamente decepcionada.

“No entiendo cómo por una simple climatización, que debe arreglarse rápido, está detenido un servicio tan demandado dentro de ese hospital”, se cuestiona para inmediatamente añadir, con toda la carga irónica que la frase merece: “menos mal que somos una potencia médica”.

Antes de salir de la consulta la especialista le prescribió las recetas de los medicamentos necesarios para la operación y una sugerencia fue casi la despedida: “¡Cómpralos ahora que hay, después se pierden y es peor!”, le aconsejó la doctora.

“Y así hice –refiere María-. Ahora, a seguir esperando. La medicina cubana brilla afuera, pero aquí dentro estamos jodidos”.

Más ancianos, más catarata

La literatura médica ubica la edad como la causa más común de la catarata, de ahí que la gran mayoría de los pacientes aquejados con este padecimiento superen las seis décadas de vida, en una nación donde, según datos oficiales, la esperanza de vida ronda los 75 años.

Villa Clara ocupa uno de los escaños cimeros dentro de las provincias más longevas del archipiélago, al registrar una cifra superior a las 170 000 personas con más de 60 años, lo que representa el 21,9% de sus habitantes, informó el diario Granma.

Le siguen, como territorios altamente envejecidos, La Habana, Sancti Spíritus y Holguín. Tal situación convierte a estas provincias en las zonas más vulnerables a poseer un elevado porcentaje de pacientes con cataratas.

Según el Anuario Demográfico de Cuba, el país ha transitado desde un 11,3% de personas de 60 años y más en 1985, hasta un 15,9% al cierre del 2006, lo que indica que en un lapso de 20 años el envejecimiento se ha incrementado en 4,6 puntos porcentuales, que de mantenerse la tendencia y los factores presentes, sobrepasaría el 20% en un plazo aún menor.

Dado que las estadísticas no son muy optimistas en este aspecto, debería ser una prioridad del Estado mantener en óptimas condiciones servicios como estos. Al parecer, el presupuesto del sector sanitario para este 2018, ascendente a 10 565 millones de pesos, se ha quedado por debajo de las necesidades.

En casa del herrero…

Mientras los servicios se deterioran en la Isla y una lista de espera para operarse de cataratas se infla considerablemente en el centro del país, el sistema de salud cubano se vanagloria en los medios de comunicación de la Misión Milagro, que le ha devuelto la visión a más de 4 millones de pacientes en Venezuela, Latinoamérica, Islas del Caribe, África y Europa.

Tales atenciones internacionales, en detrimento del cuidado oftalmológico en una envejecida provincia al interior del país tiene su explicación: Los servicios profesionales cubanos en el exterior son la principal fuente de divisas del gobierno cubano y representan un estimado de $11,543 millones, según informes de la prensa oficial.

Llegan a ese monto con la extorsión de más de 50 000 expertos de la salud, que trabajan en unos 60 países en todo el mundo, pues el estado cubano se queda con entre el 50 y el 75 por ciento de los ingresos de cada profesional, quienes reciben poco más del 30% de sus salarios.

El secretario ejecutivo de la Unidad, Ramón Guillermo Aveledo, denunció en una ocasión que el Gobierno cubano se “embolsilla” 130.000 dólares anualmente, por cada médico que envía al país, como parte del convenio Cuba-Venezuela, suscrito por ambas naciones desde el año 2000. Si adicionamos también que ese acuerdo con el país sudamericano llena con petróleo las hambrientas arcas del archipiélago, el negocio es redondo.

Según el presidente Nicolás Maduro, Venezuela ha invertido más de $250,000 millones en los convenios de servicios médicos entre ambas naciones desde 1999. Evidentemente, la atención médica fuera de fronteras genera jugosos dividendos, la de adentro, pérdidas.

Con razón, María del Carmen Puig y los más de 2000 pacientes en la lista de espera del hospital villaclareño Arnaldo Milián Castro no entienden nada. No comprenden a dónde van los millones recaudados, y mucho menos son capaces de interiorizar cómo su propia tierra atiende con calidad a otros y descuida a su gente.


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