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Migrantes protestan en la frontera entre México y EEUU (AFP)

WEST PALM BEACH, Estados Unidos.- Las conmovedoras imágenes de decenas de niños centroamericanos retenidos en instalaciones federales de EE UU, después de ser separados forzosamente de sus padres al ser éstos detenidos como inmigrantes ilegales por la Guardia Nacional tras cruzar la frontera mexicana-estadounidense, han estado por estos días colmando los medios de prensa y las redes sociales, agitando las emociones y promoviendo enconados debates.

Según ha reconocido el propio gobierno estadounidense, desde mediados de abril y hasta finalizar el mes de mayo, alrededor de 2 mil menores de edad han sufrido de esta manera la división familiar, un trauma que se suma al de las penurias experimentadas en sus países de origen y al de los peligros y sobresaltos propios del recorrido a través de Centroamérica y México en pos del tentador sueño americano.

La política de cero tolerancia a la inmigración ilegal aplicada a rajatabla por el actual residente de la Casa Blanca está suscitando un aluvión de opiniones que suelen situarse en dos polos diametralmente opuestos: en un extremo, los que apoyan de manera absoluta y acrítica ésta (y generalmente todas) las disposiciones del muy mediático mandatario; en el extremo contrario, los que se lanzan al ataque contra cualquier iniciativa de la actual administración. No hay matices en ninguno de estos dos  bandos de quiebra-lanzas “trumpistas” y “antitrumpistas” cuyo denominador común es el imperio de las emociones.

Y en medio de las políticas gubernamentales, los debates y las emociones, están el drama de las familias de migrantes y las tensiones que crea la migración irregular al interior de los países receptores; un fenómeno que ha devenido crisis y está afectando las políticas internas en los principales focos de desarrollo del mundo occidental: Europa y Estados Unidos.

De la solidaridad que despierta el desamparo de los migrantes no caben dudas. Pero, ¿qué tal si momentáneamente nos situamos al otro lado del espectro, es decir, de la parte receptora de toda esa avalancha migratoria? ¿Quién asumirá los costos sociales de una entrada incontrolable y masiva en su territorio? Y. puestos a mirar los detalles, ¿Quién es el responsable directo del destino de esos menores retenidos en la frontera de EE UU?

¿Demonización de los migrantes en la era de Trump?

Es sabido que el problema de los inmigrantes ilegales –“irregulares”, para evitar herir susceptibilidades– que penetran por las porosas fronteras estadounidenses es un asunto de larga data y de una complejidad tal que supera el simple enfrentamiento político entre presidentes de un partido u otro o de los intereses políticos de demócratas y republicanos.

De hecho, la causa fundamental de las migraciones desde Latinoamérica hacia EE UU se encuentra en las crisis económicas, políticas y sociales de los países emisores y no –o al menos no directamente– en las acciones “pro-inmigrantes” o “anti-inmigrantes” de los sucesivos gobiernos estadounidenses. Y es precisamente por esto que la solución del mal empieza por los respectivos países de origen de los migrantes, con independencia de las políticas migratorias de la Casa Blanca.

En todo caso, ninguna nación, por desarrollada y rica que sea; y por mucha o poca extensión territorial que tenga se puede permitir el imparable ingreso de inmigrantes irregulares que han estado manteniendo las fronteras estadounidenses, sometidas a un virtual acoso.

Por otra parte, si bien una nación poderosa y rica como EE UU está en capacidad de absorber una enorme cantidad de inmigrantes del mundo entero, no es menos cierto que el muy socorrido “derecho de emigrar” termina allí donde vulnera el soberano derecho de cada nación a aceptar o no la entrada de un aluvión de inmigrantes de disímiles culturas y costumbres a su territorio. Y esta es la lógica inversa que aplican los gobiernos más reacios a permitir un infinito flujo de inmigrantes.

Al ritmo de los conflictos bélicos, las guerras de pandillas, las crisis económicas y políticas, las epidemias, las hambrunas y todo un infinito rosario de calamidades que se ciernen sobre las naciones pobres –antes llamadas “tercermundistas” y en la actualidad, eufemísticamente, “países subdesarrollados o en vías de desarrollo”– centenares de miles de seres humanos se enfrentan cada año a los peligros del éxodo y cruzan ilegalmente o se amontonan en las fronteras de los mismos países que casi siempre son llamados “enemigos injerencistas” cuando intervienen en las políticas internas de las “patrias” de los migrantes, pese a que muchos de estos se consideran a sí mismos refugiados políticos y colocan sobre Europa y EE UU la responsabilidad de sus desgracias nacionales, sin considerar que ellos mismos constituyen, de entrada, una carga sobre las economías de esos países a los que aspiran ingresar.

Otro punto es la irresponsabilidad que implica enrolar a los hijos menores en una aventura tan peligrosa como incierta, prácticamente utilizándolos como moneda de cambio o chantaje emocional a fin de conseguir la regularización de su estatus migratorio. Es lo que ocurre en la frontera de EE UU. Curiosamente, en ninguna de las fronteras o naciones intermedias se produjo un escándalo mediático ni una ola de protestas por la situación de esos menores. Tampoco el ejército de familias cuasi indigentes de migrantes parece haber hecho colas para solicitar asilo ante las embajadas de paraísos proletarios como Cuba, Venezuela o Bolivia, países que presumen de ser sociedades donde imperan la igualdad y la justicia social. No; ellos marchan derechitos hacia el abominable imperio de la xenofobia, la discriminación, el racismo y la exclusión social… ¡Masoquistas que son los desposeídos de nuestras naciones latinoamericanas!

Y conste que no soy en lo absoluto una partidaria o simpatizante de Trump y de sus políticas, sino más bien lo contrario. Solo que la extrema polarización de la crisis migratoria en las fronteras estadounidenses que se simplifica en la imagen del migrante (siempre) bueno y el gobierno (siempre) malo resulta demasiado esquemática y maniquea frente a las complejidades que caracterizan la realidad del mundo actual, y no permiten una salida razonable al problema de los millones de migrantes que se ven forzados a buscar lejos de sus naciones de origen las oportunidades de vida y prosperidad a las que –como derecho elemental– aspiran.

Cierto que Trump no lo dice ni lo hace de la mejor manera; pero es incuestionable que a EE UU como nación –y no exactamente a Obama, a Trump ni al presidente que vendrá después– le asiste todo el derecho a regularizar la entrada de migrantes a su territorio, más allá de las tragedias nacionales de nuestros respectivos paisitos, ya sean emporios de dictaduras o democracias de cartulina.


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