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Burdeos, Francia, Luis Tornés, (PD) Hace unos días visité la ciudad de Memphis, en Tennessee, EE.UU. Fui hasta allá por aquello de perderme en los tugurios del blues, esos bares donde la gente va a tomar cerveza y a recibir el batacazo de una música que viene del corazón. Allí no mediaba color de piel ni estatus social y la descarga duró hasta que el dueño del bar, sin previo aviso, subió a la tarima y le dijo, tanto al público como a los músicos, algo así como «señores, esto se acabó y cada uno pa’su casa». Como yo venía de lejos quise impregnarme del alma del lugar, fui el último en salir.

La puerta del establecimiento da directamente al río. A cinco metros está el agua del Mississippi. Todos se habían ido, la tentación de un chapuzón fue grande, pero fugaz, porque me faltó la ya lejana ardentía de la juventud.

Aquella noche, el Mississippi brillaba como un espejo bestial cuyo límite era una difusa línea de oscuridad en la orilla de enfrente.

Al día siguiente, me marché de Memphis por la carretera vieja, la 61. Mil veces me detuve para hablar con la gente y tratar de apresar el duende de aquellas tierras.

Íbamos rumbo al golfo nuestro de cada día, el de México. Dos días nos costó llegar a Natchez, otro pueblo de río abajo que hace las veces de mirador, en lo alto de un barranco. Frente a Natchez, su majestad hace un recodo para que todos se humillen, para que nadie se atreva a decir que él no es el padre de todos los ríos de América. Volveré.
igta58@gmail.com, Luís Tornés Aguililla


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