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El Cerro, Cuba, Jorge Prieto, (PD) En el pequeño poblado neozelandés Tokoroa, próximo al fin del mundo, un médico busca un colega que le alivie la numerosa carga laboral. Ofrece cuatro días a la semana de labor, 300 mil dólares al año y tres meses de vacaciones para gastarlos. Aun así no se ha presentado candidato.

Por su parte, los médicos estadounidenses, rivales filosóficos de los médicos cubanos, sin moverse de su cinturón residencial, ostentan, de la sanidad mercantil, un salario promedio de más de 80 dólares la hora, según la Oficina de Estadísticas Laborales de EE.UU. Es decir, más de 640 dólares al día, similar a lo que devenga un galeno cubano ¡en casi un año de trabajo!

“Somos un país socialista, por lo que acudimos sin miramientos ante cualquier lamento, no importa fronteras ni retribuciones ni tiempo de servicio”, dijo el Dr. Cárdenas, epidemiólogo cubano que recién regresaba de la selva africana, de Liberia, donde enfrentaban el letal brote de ébola.

Y parece ser cierto lo del espíritu social de los médicos cubanos porque ahora mismo las autoridades dicen que 50 000 trabajadores de la salud, más de la mitad médicos, están prestando servicios en más de 60 países.

También parece ser cierto que “no importan las retribuciones,” porque los médicos cubanos ostentan el cuestionable honor de ser los médicos más mal pagados del mundo civilizado, incluso menos que algunos seudo-terapeutas, espiritistas, curanderos y brujos de remotas localidades.

Se llama en Cuba “misión” a que el médico se aliste en una brigada o contingente y se instale en un gabinete en otro país a diagnosticar y curar. Estos colaboradores están dispuestos a ser enviados a lugares inhóspitos, o como la brigada Henry Reeve destinada desde el 2011 a enfrentar expeditamente las consecuencias de cualquier tipo de desastre natural o epidemiológico alrededor del mundo.

Desde luego, los médicos internacionalistas, monetariamente hablando, antes de la caída del Muro de Berlín eran unos y son otros después de la implosión del socialismo real y luego el quebranto del socialismo del siglo XXI.

Los primeros iban por solidaridad socialista, no cobraban, solo seguían devengando el salario de plantilla de su clínica en la Isla y se les concedía algun que otro reconocimiento o prebenda institucional cuando regresaban. Por ejemplo, se les autorizaba (gran privilegio nacional) la compra de un auto.

“Provengo de una familia de clínicos”, dijo el Dr. Grau. “Mi padre antes de retirarse fue por 10 años el jefe del team médico de cardiología del emblemático Hospital Calixto García de La Habana. Yo, apenas recién graduado de dentista, cumplí misión en Etiopía en el año 1978. Cuando regresé, debía desviarme cada mañana rumbo a la clínica para dejar a mi padre en el hospital en mi nuevo Moskvich (decía mi hermanita traviesa que un Moskvich no llegaba a ser un carro). Porque a los internacionalistas, en aquellos tiempos, nos situaban un automóvil, a los que no, ¡no!”. Decía mi padre, irónico, que negaban el auto aunque uno fuera un cardiólogo emérito, pero sin misión”.

Pensándolo bien, los médicos internacionalistas de hoy siguen cobrando similar a los de antes de la caída de la URSS, al menos por los mismos conceptos, lo que sí cambió diametralmente fue que el estado revolucionario echando a un lado lo que fuera una de las bases de su discurso, la gratuidad de los cuidados médicos y la solidaridad desinteresada con los pueblos hermanos.

Se denominó asistencia técnica compensada, en ocasiones bajo la tutela de la Organización Mundial de la Salud, como Mais Médicos, que se firmó con Brasil, o por contrato directo de gobierno a gobierno, como la Operación Barrio Adentro con Venezuela y la Operación Milagro que luego se extendió por toda el área. El caso es que el alquiler de servicios sanitarios es hoy la mayor fuente de ingresos del Estado.

Pero una pregunta salta: ¿Qué mueve a estos médicos alejarse de su gente e internarse en intrincados territorios de la angustia y la desventura humana, para plantar el báculo médico de la esperanza?

El discurso oficial lo explica de este modo: “Responden a su esencia solidaria, al altruismo y su desprendimiento proletario”.

Pero bien distinto piensa uno de los 8 000 desertores del personal sanitario: “Acepté la misión porque la vi como una oportunidad única. Cuando llegamos nos quitaron el pasaporte y nos vigilaban como a reclusos. Estaba harto. Nuestros colegas del país receptor ganaban cómodamente tres veces más que nosotros ¡y nosotros teníamos que andar barrio adentro entre toda índole de peligrosidades! Y eso que nos habían subido el importe de la dieta de bolsillo, pienso que para contrarrestar lo del programa de Cuban Medical Professional Parole de George W. Bush. Con aumento seguía siendo una explotación, por lo que yo partí a los Estados Unidos”.

Una doctora confesó: “Esta es mi tercera misión, ya tengo contactos. Pude reparar toda mi casa y a mis hijos me puedo dar el lujo de mandarles el último capricho informático. Ahora estoy aspirando a un carro; son de uso los que nos asignan para la venta, pero algo es algo, mis colegas en la Habana andan con su bata blanca palidecida al hombro, un ratico a pie y otro caminando”.

A la brigada Henry Reeve la querían proponer para el Nobel de la Paz. Todos están encantados con los colaboradores, muchas personas de otros países el único contacto que han tenido con un profesional de la salud es con un médico cubano. Pero me pregunto, ¿qué país toleraría un líder que dispone del presupuesto del estado, gradúa muchísimos más médicos que los que podría asumir, luego los sube a bordo en un avión, los expone a insalubridad, plagas, criminalidad y miseria, les paga con cierta dieta de bolsillo y cuando cumplen la misión, un reconocimiento y puede que un auto de uso?
jorgeprieto19@yahoo.es: Jorge Prieto


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