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Hospital en Cuba (granma.cu)

LA HABANA, Cuba.- El gobierno cubano cacarea hacia el mundo sus grandes logros en salud pública. Lejos de las cámaras, en cambio, cada anciano hospitalizado está en peligro de morir por negligencia médica.

El 23 de mayo, la anciana de 80 años y con Alzheimer Ada Álvarez, madre del opositor y caricaturista independiente Ilei de Jesús Urrutia Álvarez, fue ingresada en el hospital capitalino Miguel Enríquez (la Benéfica) por una fractura de cadera. Se le hicieron los análisis pertinentes y todos los resultados fueron satisfactorios.

La mañana del 24 de mayo, el médico a cargo le informó que su operación estaba programada para seis días después. A Ilei le pareció mucho tiempo, si bien a la anciana de al lado, también con fractura de cadera, ocho días después aún no la habían operado.

El viernes 25, sábado 26 y domingo 27, ningún médico se acercó a la cama de Ada (durante el fin de semana solo quedó el personal de enfermería). El lunes 28 Ilei también esperó inútilmente. En la madrugada del martes le comenzó una flema en la garganta que apenas la dejó dormir. Para extraerla, el enfermero de guardia buscó infructuosamente una conexión sana para la aspiradora; en su lugar, tuvo que darle un aerosol que la mejoró solo un par de horas.

El martes 29, al llegar los médicos, Ilei buscó al que atendía a su madre. Cuando le habló de la flema, aquel contestó displicentemente: “Eso es por estar en cama”. Ilei regresó a la habitación a esperarlo, pero el médico jamás pasó. Al mediodía, logró por su cuenta que una enfermera intentara sacarle flema con una aspiradora. No funcionó.

Como la cirugía estaba programada para el siguiente día, por la tarde pasó el anestesiólogo que, después de auscultar a Ada, orientó suspender la operación hasta hacerle una placa de tórax. Se asombró de que no la hubiese visto ya un geriatra y un clínico y recomendó que se hiciera. Se escandalizó cuando supo que a una anciana de 80 años se le estaba suministrando – desde el día que ingresó – una tableta de Clordiazepóxido en la noche y ordenó suspendérsela (el asistente de sala apuntó todo en el primer papelito que encontró a mano). También le prescribió suero, pues estaba deshidratada. Esto último fue lo único que se cumplió de inmediato. A pesar de la suspensión del Clordiazepóxido, esa noche la enfermera se lo trajo, pues nadie le había informado. Bajo su responsabilidad Ilei no se lo dio.

En la mañana del miércoles 30 ¡finalmente! vino a verla su médico, quien, al verse recriminado por el joven por no haber venido en todo aquel tiempo a examinar a su madre, huyó de la habitación diciendo que Ilei le había faltado el respeto. Al rato, un estudiante le tomó la presión a Ada, la auscultó y se esfumó. Diez minutos después se apareció un camillero llamándola por su nombre completo para trasladarla al quirófano, a su cirugía programada de cadera. O sea, la orden de suspenderla que hizo el anestesiólogo el día anterior nunca llegó a destino, como tampoco el requerimiento de la presencia de un clínico y un geriatra.

El geriatra llegó al mediodía, después de que la sobrina de Ilei lo solicitara repetidamente. Le tomó la presión a Ada (ligeramente alta), analizó su nivel de azúcar (normal) y declaró lo evidente: que la anciana estaba muy mal. Esa noche, a las 10:55, víctima de la bronconeumonía bacteriana, dejó de existir.

El envejecimiento poblacional es un desafío para el sistema de salud cubano. No sólo es necesario mejorar la calidad – o presencia – de los medios asistenciales, sino principalmente humanizar, sensibilizar y profesionalizar al personal.


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