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Protesta masiva en La Habana, 13 de septiembre de 2017 (foto Liu Santiesteban/Facebook)

HARVARD.- Tal y como atestiguan los hechos, la crisis económica permanente combinada con un eficiente aparato de control social, dan las claves de una estabilidad política que amenaza con extenderse por tiempo indefinido y así dejar en suspenso las enmascaradas ansias de libertad de la mayoría del pueblo cubano.

Frente a esas realidades, se hace imposible vislumbrar las señales de una transición, aún invisible entre las neblinas de un continuismo adornado con algunos remiendos publicitarios y un inusitado aumento de las acciones represivas.

La miseria administrada, a conveniencia, por el Estado, ha sido, es y continuará siendo un instrumento fundamental de poder.

Por tanto, todo lo que provenga del programa aperturista, supervisado por Raúl Castro, como el trabajo por cuenta propia, entre un puñado de iniciativas lastradas por las limitaciones, serán poco menos que fuegos artificiales. En el fondo prevalecerán las esencias de un fundamentalismo ideológico, cuyos principios siguen marcados por la conservación de las unanimidades en torno a las directivas elaboradas en las oficinas de los mandamases y su séquito de obedientes burócratas.

No es necesario exprimirse mucho las neuronas para saber que las soluciones a los graves problemas socioeconómicos, proseguirán al ritmo de las consignas patrioteras, las pancartas aludiendo la eternidad del socialismo y de los simposios donde se reciclan viejas promesas de lograr éxitos rotundos en todas las áreas de la economía, además de servir como plataforma para la habitual mezcla de bostezos y gestos aprobatorios.

El movimiento hacia adelante que pregona desde las tribunas y las páginas de la amarillista prensa estatal, la única que cuenta con el beneplácito de la élite, es pura ilusión.

En realidad, el país marcha en sentido opuesto a la lógica con todo lo que eso representa en materia de agobios para miles de familias que sobreviven a duras penas con salarios enclenques y condiciones laborales paupérrimas.

Los intentos de cubrir tan solo parte de las necesidades básicas, habría que calificarlos como un agotador y perenne desafío, una prioridad que apenas deja fuerzas para otros menesteres.

La situación se complica con la obligatoriedad de procurarse tales recursos mediante un número ilimitado de acciones en el mercado negro.

La permisividad relativa de estos trámites, funcionan como válvula de escape en una economía en estado crítico y también como instrumento de coerción.

De ahí, la nada casual existencia de una red de informantes, cuyos servicios responden a un previo chantaje policial, ocurrido a partir de las recurrentes e impostergables actividades ilícitas presentadas, con lujo de detalles, en el tiempo que dura el interrogatorio en los predios de un cuartel.

Así que no deben asombrar las marchas multitudinarias convocadas por las organizaciones progubernamentales y otras posturas que denotan una fidelidad, sin límites, a los responsables de haber convertido a la Isla en una suma de ruinas.

Callar y vivir de las apariencias es un ritual, cuyas bases se encuentran en la anulación de la voluntad de varias generaciones por medio del terror policial y la escasez.

Un viaje a la cárcel, con una breve escala en cualquier tribunal, donde las posibilidades de absolución son más ilusorias que un aguacero torrencial en el Sahara, es una perpetua amenaza para cada cubano, hombre o mujer, que exceda las corredizas fronteras de la tolerancia.

Hasta el momento no ha sido posible quebrar los moldes de una convivencia lastrada por el conformismo, la mediocridad y la certeza de que no vale la pena alzar la voz para demandar, tan siquiera algunos derechos fundamentales.

Esperar por un milagro redentor o simplemente marcharse al exterior, por las vías más expeditas sin importar el destino, son dos de las alternativas que la mayoría baraja.

Y el asunto es que la libertad no llegará por arte de magia. Simplemente hay que conquistarla y para eso se precisa de determinación y sacrificios.

¿Cuántos cubanos estarían dispuestos a asumir su responsabilidad?

Sin ánimos de rendirle culto al pesimismo, creo que no los suficientes. Pensarán, como ya se ha hecho costumbre, que es más rentable guardar silencio para evitarse problemas adicionales en un ambiente donde abundan las suspicacias y el miedo regularmente convertido en pánico.

No siempre es imprescindible el número para alzarse con una victoria, pero en este caso, si el pueblo mantiene su pasividad, habrá dictadura para rato.


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