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LA HABANA, Cuba.- Él, quien todavía usa su uniforme azul, se supone un hombre de negocios aunque no tenga una gran oficina en un aparatoso edificio. Asegura con orgullo que “se le escapó al diablo”, y hasta afirma que su primera y gran escurrida aconteció cuando se marchó de oriente. “Es una suerte que los habaneros no quieran ser policías”… Él, se aprovechó de esa “desidia” capitalina.

Cuando habla de la Habana, que para Él es el único “occidente”, lo hace con el mismo entusiasmo que ponen, cuando se refieren a Europa, quienes viven al oeste de la isla. Para los primeros, lo “primero” es conquistar La Habana. Hace cinco años que llegó dispuesto a tomarla, aunque lo trajeran para “defenderla”, para reprimirla. Creyó que ese era el mejor camino; hasta imaginó que embobaría a una habanera. Él, de alguna manera y como tantos, buscaba el “exilio”, ese que al menos lo sacara de la empobrecida “cuna de la revolución”.

Nunca apareció esa habanera, pero sí otras mujeres y hombres de ese oriente que abandonó. La observación siempre fue uno de sus mejores dones, y muy pronto creyó reconocer el propósito de cada uno de sus observados; pero solo miraba y, sobre todo, “se dejaba ver”. Cauteloso siempre, se convirtió, según asegura, en un gran conocedor de la “especie humana”, así dice con alarde y yo consiento disciplinado, como si delante tuviera a Freud. El silencio y la atención dan a veces buenos frutos.

“El sigilo hizo que nunca me fuera con la de trapo”, me dijo, y que no intimó con otros guardias, jamás metió sus narices en lo que hacían, ni siquiera cuando hablaban de sus ganancias. Tenía la certeza de que un buen policía debía ser esquivo con sus iguales, “esa es la clave del triunfo”, la mejor protección. Y a los cinco meses de servicio se fue ¿con la de trapo? Y fue ese día que se dejó “salvar”, así llama Él al soborno. Esa vez descubrió a un distraído chofer de un auto estatal cuando recibía veinte dólares que le pagaron dos extranjeras.

Cuando el chofer, en lugar de mostrar los documentos que le exigía el policía, le ofreció los veinte CUC que había recibido, veloz los guardó en el bolsillo. “Gracias brother, estamos a mano”, dijo el chofer, y así fue. Dos días después el mismo chofer apareció por el mismo sitio y le hizo una propuesta que al policía le pareció un negocio justo. “Necesito que me metas preso”, y Él se carcajeo. No podía entender la propuesta, pero unas palabras le bastaron. Unas “yumas” se lo querían llevar a Trinidad, pero no tenía como justificarse con su mujer. “Si me consigues una notificación que demuestre que estuve detenido en alguna unidad de policía durante cinco días, por un accidente sin muertos, te pago 50 CUC.” Él aceptó sin dudarlo.

Al otro día el hombre tenía la breve notificación con una fecha que adelantaba al almanaque, exactamente, los cinco días que el chofer estaría en Trinidad. El uniformado le contó cómo encontrarlo por si aparecía otra “operación”, y aparecieron muchas más; y me cuenta, en casa de un viejo amigo en la que pasa sus días de descanso, que esa se ha convertido en una de las estrategias de maridos infieles para justificar los adulterios. Así se ganan el dinero que no paga el Estado.

Que protegen “jineteras”, que se prostituyen ellos mismo, ya lo sabemos de memoria, pero hay otras “cosillas”, en las que se enrolan, sin que se les preste atención alguna… Si usted es descubierto con un poco de marihuana, ofrezca dinero de inmediato, pero discretamente…, y si el caso es que eres un “fiestero” que se emborracha a menudo, que escandaliza con la música altísima, y finalmente es denunciado “anónimamente” por un vecino, también puede resolverlo o al menos conocer la identidad del delator. Para conseguirlo solo tiene que buscar al policía exacto, ese que será capaz de reconocer el número del teléfono desde el que se hizo la denuncia “secreta”, y vengarse después de reconocer al “delator”; ese que es un trabajador del barrio que se levanta temprano para ganar unos míseros pesos puede correr el riesgo de sufrir una venganza si el delincuente tiene dinero y da con un “atento” policía, que no son pocos.

Y pagan las prostitutas por un silencio que garantice su libertad, pagan bien los “pingueros”. Ofrece soborno quien trabaja en esos sitios donde se venden materiales a “bajos” precios a los más “desprotegidos”. Son muchos quienes liquidan sus delitos poniendo unos pesos en el bolsillo de un policía. Muchos pagan la sobrevivencia a policías. Y usted se creerá salvado y pagará a los peores delincuentes.

Sin embargo esa prensa oficial silencia esas verdades que no desconoce, evade tales investigaciones, aunque por estos días alardee de su trabajo, y del Congreso que celebrará prontísimo y, seguramente, con la presencia del nuevo “presidente”, ese que se exhibirá con el mismo entusiasmo que demostró en el concierto de Gente de Zona, sobre el fango y bajo la lluvia.

Cincuenta y siete años tiene cumplidos el Ministerio del Interior, y la Policía Nacional “Revolucionaria” es una señora a punto de cumplir sesenta años y que no ha conseguido, a pesar de su “experiencia”, resolver sus propios, y muy graves, embarazos. Pero es experta en represiones.


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