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El Cerro, La Habana, Emaro, (PD) “Si el pueblo es soberano tiene que tener los medios de comprender los actos del gobierno que actúa en su nombre y de expresar su opinión sobre estos actos”, advertía el decreto emitido por las Cortes de Cádiz en 1810, y que fue recogido en la Constitución de 1812, donde bajo la influencia de la Revolución Francesa, se establecía por primera vez en España la libertad de prensa.

Este bello concepto parece que nunca llegó a Cuba. Comenzamos con una larga lista de Capitanes Generales, todos déspotas en busca de promociones y dinero y le siguió una república atiborrada de dictadores y corruptos desde el mismo principio y hasta hoy, cuando tampoco la corrupción parece acabar.

Hay que ver la gran cantidad de altos funcionarios que residen en enormes viviendas heredadas, más bien robadas, de los ricos de antaño y apreciar los caros automóviles que se gastan, adquiridos seguramente no con sus salarios e importados discretamente de alguna manera por encima de las leyes, que son más bien para los de a pie.

Si existiera esa libertad de prensa de la que se hablaba hace casi tres siglos, yo publicaría esto en alguna revista de alta tirada impresa dentro de Cuba y que llegara a todos los nacionales, sin los repetidos sustos de que tenebrosas agencias al servicio del gobierno me acosen precisamente por decir lo que todos conocemos o suponemos.

Asimismo, publicaría que me sentí humillado cuando para el cumpleaños de mi nieta más pequeña, necesitaba adquirir un cake que le engalanara el día. Montado en mi bicicleta china Forever (de verdad que son duras) recorrí varias panaderías y dulcerías, pero no se estaban haciendo cakes, solo el pan nuestro de cada día, porque escasea la harina, que usualmente se importa de Canadá.

En la intersección de Lacret, Vía Blanca y Vento vi una panadería-dulcería donde había una pequeña cola. Frené y me percaté que se expendían solo panes. Justo al lado existe un establecimiento perteneciente a una cadena estatal llamada Silvain. No habían cakes pero sí noté unas gaceñigas bien hechas, con pasitas secas dentro, envasadas en sus bellas y alargadas cajas amarillas.

Contaba en la billetera trescientos cup. Este dulce en una panadería normal cuesta precisamente diez cup. Cuál no sería mi humillación cuando la bonita empleada, celular en mano, observó mi dinero y me dijo, algo despreciativa, sin moverse de su silla: “Aquí no se aceptan cup.” Y continuó en lo suyo. La gaceñiga costaba 1.30 cuc.
Está de más decir que mi nieta se quedó sin su cake de los tres añitos. No lo encontré. La harina también comienza a escasear, pero nadie dice absolutamente nada.

Me quedé con los deseos de ver en nuestros medios reflejada la noticias de que viajará próximamente al espacio extraterrestre una cubano-americana, o de que hace unos días, una muy valiente y atlética norteamericana recorrió el Estrecho de la Florida remando sobre una tabla de surfing y para esto gastó 28 horas de su vida.

Para nada, esas no son noticias importantes para los cubanos. Tampoco por ejemplo hablar sobre la salud de la única sobreviviente del accidente aéreo de mayo pasado. ¿A quién podría interesar eso, verdad?

A lo mejor si existiera libertad de prensa yo tuviera mi propia revista y publicaría esas boberías que a nadie le importan. Tendría una sección para publicar todo lo que piensa la gente, sin censuras. Solo que cada quien se tendría que hacer responsable de lo que dice.

Entonces habría publicado que ya de retorno a mi casa, sobre mi Forever, sudando como un buey halando una carreta repleta de cañas, me detuve en un estanquillo de prensa para adquirir una revista Bohemia, aquella que en algunas épocas pasadas fue tan valiente e independiente, pero la empleada vio mi único cuc, metálico, brillante y me dijo, también algo irónica: “Solo moneda nacional, por favor.” Miré perplejo a la monedita y quise decirle a la señora que aquello también es moneda nacional, pero supuse que ella lo sabría.

Seguí en mi Forever, con mi alma un poco machucada por las cosas locas de mi país, sin haber podido ver la cara de alegría de mi nietecita y sin poder haber adquirido una revista para leer en algún momento de ocio.

El periódico Granma que estaba a la venta en el estanquillo tenía dos días de atraso.

Ya va para cerca de un año, tal vez más, que no se publica ninguna revista literaria de las autorizadas, como La letra del Escriba o El Caimán Barbudo. Se producen online pero en Cuba casi nadie tiene Internet para leerlas…

¡Son tantas las libertades que no tenemos! Puede que esto de la libertad de prensa no importe tanto y le estoy dando una trascendencia que no tiene. Puede que tampoco importe mucho la libertad de expresión, o las otras muchas libertades que no tenemos aquí.

Cómo contarles estas cosas cotidianas y nimias a mis conciudadanos, si a ellos, inmersos en su Revolución, no parecen preocuparles las cosas que mis colegas y yo describimos. ¡Qué pena!
eduardom57@nauta.cu; Eduardo Maro


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