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Luz Escobar

Ir a vivir debajo del puente de La Lisa es la amenaza que recibe cualquier habanero a punto de ser desalojado. Sinónimo de desamparo para muchos, el enclave ha sido para otros el escenario perfecto para improvisar una residencia. Uno de los asentamientos espontáneos levantados allí ha sido bautizado como El Hueco, un lugar que hace honor a su nombre por sus cuatro costados.

Hay dos formas de llegar hasta El Hueco. Una es caminando desde la avenida 51 hasta la calle 150 que lo atraviesa, pero también se puede hacer tomando una de las escaleras laterales del puente de La Lisa. Siguiendo la ribera del río Quibú, o lo que queda de él, solo queda pasar por debajo del puente Negro y dejar atrás las enormes montañas de basura que arrastra la corriente los días de lluvia. Nada más dejar atrás el río se está frente a varias casitas improvisadas con portales de tierra cercados con lata.

[[QUOTE:Unas casas son mejores que otras, pero "todas legales y con papeles", aclara con rotundidad Xiomara Espinosa, vecina de El Hueco]]Unas casas son mejores que otras, pero "todas legales y con papeles", aclara con rotundidad Xiomara Espinosa, vecina de El Hueco.

El humo del carbón se percibe nada más poner un pie en estas tierras de suelo negro y trozos de madera picada. Más adelante se encuentran hornos preparados y otros que ya arden.

"Aquí se vive del carbón", dice Osvaldo Fernández, que se presenta ante la cámara como alguien nacido y criado en El Hueco. "Salimos en carretones de caballo a buscar la madera. Desde que nací siempre hemos hecho carbón", dice. Cuenta que "es duro hacerlo" pero que viene de familia. Su padre, su madre y sus abuelos siempre hicieron carbón en esa zona.

"Siempre tenemos un terrenito con tierra prieta, traemos la madera, picoteamos y empezamos a hacer el horno, lo tapamos con hierba y después con la tierra prieta". La madera que utilizan la mayoría de las veces para su faena es "la que pica la forestal por la calle" cuando hace la poda, una materia prima que ellos recogen en sus carretones de caballo.

"Según el tamaño que le demos al horno es la cantidad de días que debe quemar, si le metemos dos o tres camiones de madera se echa más o menos quince días", dice Fernández.

La explicación a los "camiones de madera" de los que habla este carbonero de 42 años y piel curtida por el sol la tiene Carlos Alberto Sánchez, residente también en El Hueco y que dice ser vendedor de carbón, no productor.

[[QUOTE:"A veces los camiones de la forestal llegan con la poda y, antes que botarlo en el basurero de 100, antes de que se pudra le sacan un beneficio y una ganancia. Así todo el mundo vive"]]"A veces los camiones de la forestal llegan con la poda y, antes que botarlo en el basurero de 100, antes de que se pudra le sacan un beneficio y una ganancia. Así todo el mundo vive", justifica. Sánchez, que pasa las horas sentado al pie de la puerta de su casa a la espera de un cliente, cree que así incluso "ahorran combustible".

En el negocio del carbón también hay mujeres. María Eloisa Gerardo Linares es una de ellas. "Casi todos los que vivimos aquí hacemos carbón, yo hace 34 años que vivo aquí abajo y nosotros hacemos mucho carbón. Pagamos una licencia que nos permite venderlo donde uno quiera, en la plaza, cuando llega fin de año, o aquí abajo cuando hacemos una contrata con pizzerías o jamoneras particulares", explica a este diario.

Al menos tres paladares a las que 14ymedio tuvo acceso confirmaron que el lugar ideal para encontrar carbón en La Habana es La Lisa. Un empleado del restaurante privado Al Carbón señaló que es en El Hueco dónde se puede ir "al seguro" a comprarlo. También La Fontana, en el municipio Playa, y La parrilla, ubicado en Miramar, se nutren de este carbón vegetal.

Osvaldo Fernández dice que los productores como él prefieren venderlo a negocios privados, porque pueden sacar 100 pesos por saco, mientras el Estado paga solo15. asegura que el carbón "no es un gran negocio", pero se sobrevive.

Carlos Alberto Sánchez confirma que nadie en El Hueco tiene convenio con el Estado. "Ellos nada más compran carbón de marabú y en Ciudad Habana no hay, solamente en la periferia", explica. El Gobierno paga bien, sostiene, porque lo exporta a los países europeos, pero en su opinión la diferencia no es significativa. "La gente está equivocada con eso. Hay otras maderas, como el anoncillo, por ejemplo, que tienen las mismas condiciones del marabú. Hay otras plantas que son duras y que dan buen carbón", opina.

[[QUOTE:Nadie en El Hueco tiene convenio con el Estado. "Ellos nada más compran carbón de marabú y en Ciudad Habana no hay, solamente en la periferia"]]El carbón de marabú tiene una gran aceptación en los mercados internacionales por su elevado poder calórico y energético, el sabor que aporta a la comida y el menor impacto medioambiental que supone, al ser una planta invasiva. Cuba exporta entre 40.000 y 80.000 toneladas de este producto y realizó, en enero de 2016, su primera exportación a Estados Unidos después de cincuenta años de pausa, cuando vendió unas 40 toneladas de carbón vegetal artesanal por 420 dólares la tonelada.

En El Hueco no preocupa demasiado el impacto para la salud humana y el medio ambiente que tiene la producción artesanal de carbón vegetal. En muchos países esta labor está considerada un delito ambiental y se persigue a quienes elaboran este combustible, muy utilizado en el entorno doméstico y empresarial para asados y parrillas.

Según el artículo Nuevas tecnologías de producción de carbón vegetal, del investigador holandés Hubert E. Stassen, esta técnica artesanal implica riesgos para la salud humana y contamina el ambiente con la emisión de alquitranes y gases venenosos. El monóxido de carbono (CO), producto de la combustión del carbón, es un gas altamente tóxico. Este experto propone facilitar el acceso en los países productores a recipientes de acero o retortas que se llenan con leña presecada y se colocan en un horno de carbonización de ladrillo. Esta tecnología, asegura, aprovecha más los gases contaminantes y el calor, reduce las emisiones y obtiene un kilo de carbón vegetal por cuatro de leña.

Pero para Carlos Alberto Sánchez, quienes se dedican a ese oficio lo hacen porque "por lo general, tienen bajo nivel cultural y se refugian en el carbón, que es muy cotizado en la ciudad. Es como una dinastía, los viejos enseñan a los nietos, los nietos a los hijos. Así resuelven la vida", afirma.

"Este es un barrio proclive al delito pero mientras estén encaminados y entretenidos haciendo carbón, nadie piensa en robar una gallina", dice este hombre delgado y de hablar reposado.

[[QUOTE:"Este es un barrio proclive al delito pero mientras estén encaminados y entretenidos haciendo carbón, nadie piensa en robar una gallina"]]Sánchez añade, en todo caso, que se trata de una labor "infrahumana" y muy peligrosa porque a veces cuando el horno es muy alto hay que subir por una escalera para tapar la boca y se corre el riesgo de caer al fuego.

Osvaldo Fernández confirma la dureza del trabajo. "En los días que el horno está prendido hay que velarlo, porque si se abre una boca se derrite el carbón. Lo velo yo solo. Si el horno va a estar diez días, diez días lo velo yo, día y noche", explica.

Además, como otros carboneros del país, el productor lamenta no tener la posibilidad de comprar una motosierra u otros instrumentos que harían más humana su labor. "El carbón a hacha es duro, tienes que picar miles de palos. Para poder hacer un horno de cincuenta sacos de carbón tienes que dar mucha hacha y es pesado. Si yo tuviera la facilidad de comprar una motosierra en la tienda para mi fuera una felicidad pero valen más de mil dólares, de dónde voy yo a sacar esa cantidad, tengo que seguir con el hacha. Son cinco muchachos que mantener, tengo que seguir guapeando", dice.

Mientras habla, su niña pequeña, que ha tenido sus primeros días de escuela en el grado de preescolar, no para de dar saltos y espantar a las gallinas con sus chancleticas. Luego aparta una de las sillas del patio, arrebata un teléfono móvil de las manos de su hermano y se pone a jugar tratando de llamar la atención. El niño mayor es de pocas palabras pero no pierde el tiempo para mostrar orgulloso uno de los tesoros de la casa, una yegua y su potro, que nació hace unos días, mientras madre e hijo se alimentaban en un pequeño establo.

[[QUOTE:La joven explica que en fin de año llegan personas de otras provincias y montan su "quita y pon" para armar un horno y ganar unos pesos]]Quienes viven del carbón coinciden en que siempre se vende, pero los picos en la demanda se producen, sobre todo, los días festivos.

Lisbet Vergara, residente en la calle 150 de El Hueco, considera que su barrio es tranquilo y que lo único malo llega los fines de año, cuando se produce más carbón y el humo molesta a los vecinos. La joven explica a 14ymedio que en esas fechas llegan personas de otras provincias y montan su "quita y pon" [viviendas improvisadas con latas y cartón] para armar un horno y ganar unos pesos durante esos días de alta demanda.

"Empieza enero, es un mes muerto. Después llega febrero con el día de los enamorados, viene marzo, el día de la mujer; viene abril, que es muerto también... Y así sucesivamente hasta el día de las madres y el de los padres o el fin de año", repasa Sánchez mientras cuenta con los dedos de las manos los meses del año mientras alardea de El Hueco como "lugar fuerte" del carbón en Ciudad Habana. "Aquí generalmente todo el mundo vive de eso, son unos 60 o 70 carboneros y todos viven de eso. Ah, y todos pagan impuestos".

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