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Entrevista a Miguel Díaz-Canel en Telesur. Foto Telesur/Rolando Segura

LA HABANA, Cuba- Si algo destaca en la entrevista concedida recientemente a la transnacional Telesur por el presidente (no electo) de Cuba, Miguel Díaz-Canel, es la manera en que se revela la pobreza de su vocabulario, la inconsistencia de sus argumentos, lo trillado de un discurso tan impostado como el propio entrevistado y muy especialmente la fragilidad teórica del supuesto heredero de la antorcha marxista-leninista-martiana-fidelista refrendada como la joya de la corona en el proyecto “constitucionalista” que actualmente –sin penas ni glorias– circula por la Isla.

De hecho, la cháchara del mandatario desborda tanta mediocridad que dedicarse a desmontarla sería un ejercicio casi tan vano y simplista como sus propias argumentaciones. Baste, a manera de ejemplo, destacar la manida defensa del partido único para Cuba bajo el ridículo supuesto de que José Martí  –para mayor despropósito, un liberal y antisocialista contumaz–  fundó un solo partido. Obviamente, solo si el Apóstol hubiese sido bipolar o esquizofrénico hubiese fundado más de un partido. Pero, por supuesto, el Presidente no se detuvo a considerar un detalle tan insignificante. A fin de cuentas, se dirán para sí los amos, este pueblo nunca ha cuestionado las decisiones políticas de la castrocracia y sus heraldos, ¿por qué habría de hacerlo ahora?

Quizás más penoso aún fue el galimatías que introdujo para justificar la eliminación del término “comunismo” como meta de la sociedad en la nueva Carta Magna. “Si uno va al marxismo clásico, el modo de producción al que aspiramos es el comunismo. (…) comunismo y socialismo están íntimamente relacionados. Si quieres construir el socialismo es porque quieres llegar al comunismo”, expresó impertérrito el Presidente. Quizás estaba convencido de que semejante inferencia debería zanjar el asunto. Tanta genialidad dialéctica no puede ser sino fruto de una muy personal y trasnochada interpretación de los clásicos del marxismo (¡Dios nos libre de todos ellos y muy especialmente de sus intérpretes!).

Por demás, toda la entrevista abunda en lugares comunes como el “Bloqueo” del gobierno de EE UU (“una práctica brutal que persigue condenar a nuestro pueblo a morir de necesidades” y que “constituye el principal obstáculo a nuestro desarrollo”), la “violencia” imperialista contra Venezuela y su “presidente obrero”, la defensa de la entelequia llamada “integración latinoamericana”, y otras advocaciones similares.

Aquellos que esperaban que en esta, su primera entrevista oficial –concedida no a un medio nacional sino a uno extranjero, todo un desprecio al gremio de amanuenses nativos– se ofreciera a la opinión pública algún vislumbre de un programa de gobierno, una estrategia para impulsar la maltrecha economía o una especie de plan maestro para (al menos) detener y reducir en un plazo razonable los acuciantes y múltiples problemas de la existencia cotidiana que sufre la población cubana; en fin, los que aspiraban a escuchar las propuestas de un Presidente, se quedaron con las ganas.

No hubo sorpresas. Está claro que Díaz-Canel no iba a apartarse del viejo guion dictado por su tutor y patrón desde las sombras encubridoras del supuesto “retiro” del General, menos aún en tiempos tan inciertos para gobernantes y “gobernados” y para los aliados de la Región. En ello le van el cargo, las siempre condicionadas prebendas y quizás algo más.

No hay que olvidar el tenebroso Artículo 3 del nuevo texto constitucional que establece que “La traición a la patria es el más grave de los crímenes, quien la comete está sujeto a las más severas sanciones” (donde dice “patria”, léase “el Poder”). Y es sabido que cuanto más cerca se está de la cúpula de un poder autocrático, tanto más grave suele considerarse la “traición” y tanto más ejemplar resulta el escarmiento.

Entrevista a Miguel Díaz-Canel en Telesur. Foto Telesur/Rolando Segura

A propósito vale citar las causas números 1 y 2 de 1989, acaecidas en medio del “desmerengamiento” de la URSS y del “campo socialista”, que terminaron con el fusilamiento de varios conspicuos servidores del régimen y con largas condenas a cárcel –no exentas de fatales “accidentes” de salud – para otros. Son la más convincente demostración de este aserto.

Sin embargo, y siguiendo el principio básico de descubrir entre líneas lo que intentan ocultar las palabras, destaca que esta vez no se manifestó  en las palabras del Presidente el desbordante triunfalismo que habitualmente satura los discursos oficiales. En general, hubo énfasis en el tono pero faltó convicción en el mensaje. Díaz-Canel duda incluso cuando pretende afirmar.

Un claro ejemplo de esto es cuando se refiere a la juventud cubana como “activa y antianexionista” –llama la atención la utilización de este segundo término, que no forma parte del léxico del común de los cubanos y parece reflejar más bien una inconfesable preocupación de la casta del Poder que una realidad– y más adelante expresa: “Esta generación es culta y educada (…), no creo que su principal deseo sea estar contra el Partido y la Revolución”.

La sutileza de este mensaje puede resultar invisible a quienes desconocen la realidad cubana; sin embargo, el discurso oficial tradicionalmente se ha referido a la juventud del país, no a partir de lo que “no quiere” o lo que “no es”, sino con términos inequívocos de lo que supuestamente es: “revolucionaria”, “políticamente comprometida”, “intransigente”, “combativa”.

Un detalle que aparentemente no dice mucho, pero constituye un flagrante desliz que no se hubiese cometido impunemente en tiempos de Castro I… O acaso haya sido una involuntaria (e inoportuna) traición del subconsciente. Porque si el Presidente, cuya privilegiada posición le permite tener la más amplia y exacta información acerca de la temperatura social de esta Isla, no parece muy convencido de la militancia revolucionaria de los jóvenes y (lo que parece más grave) considera que los deseos de las jóvenes generaciones actuales “se concentran en que haya más desarrollo, más avances, que los tengan en cuenta, más participación, y que tiene aspiraciones de desarrollo tecnológico y sobre la comunicación social”, en lugar de la sagrada defensa de la Patria Socialista, que era la misión por encargo de las generaciones que les precedieron, ¿qué sentido tendría refrendar en la Ley de leyes una ideología y un sistema sociopolítico con aspiraciones de eternidad que no significan una prioridad para las juventudes actuales, herederas por fatalidad y no por elección propia de un legado fallido?

Sin dudas, el Presidente se ha confundido y eso no debe haber pasado inadvertido para los celosos comisarios políticos. Pretender ser “mediático” puede ser tentador, más aún cuando no se cuenta con suficiente prestigio o con un adecuado pedigrí político, pero también encierra muchos riesgos. Sobre todo cuando se es intérprete de un libreto ajeno, lo que resta verosimilitud a la interpretación y autenticidad al personaje.

Puede que ya a estas alturas el sucesor designado haya recibido la correspondiente llamada telefónica de su tutor, al que considera “un padre”, quien le habrá advertido que en sucesivas presentaciones públicas deberá concentrarse solo en lo que dicta el manual y mostrarse más revolucionariamente  convencido de lo que dice, a fin de no dar pretextos al enemigo para tergiversar las cosas o imaginar flaquezas.

Pese a todo, en días venideros los medios oficiales divulgarán hasta el cansancio la versión original o editada de la referida entrevista. Para ello cuentan, en primer lugar, con la apatía política de una población que, como bien saben, no suele consumir ese tipo de producto. No por casualidad en la programación televisiva de este martes 18 de septiembre se adelantó el horario de la telenovela para, a continuación, transmitir la susodicha entrevista… Con toda seguridad ese será el momento en que, en espontánea unanimidad, la gran mayoría de los cubanos, según sus posibilidades, sintonizarán otros canales, pasarán a “modo paquete” o se sumergirán en los programas “subversivos” de la antena.


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