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LA HABANA, Cuba.- La última vez que vio a su familia fue el día que cumplió los 16 y recibió del abuelo, como regalo, la cantidad de 100 dólares. Una suma que al chico le pareció una fortuna, acostumbrado a vivir del salario de sus padres que, entre ambos, apenas rebasaba los 20.

Hoy Yoandri tiene 19 y lleva tres años viviendo en La Habana, en un cuarto de alquiler compartido con dos muchachos que, como él, llegaron desde otras provincias a la capital buscando cambiar la suerte.

Vivía en Providencia, un pueblito recóndito de la provincia Granma, en la zona oriental de Cuba, donde las oportunidades de prosperar económicamente son muy escasas y los jóvenes, como es norma en el interior de la isla, tienden a emigrar hacia las cabeceras provinciales o a la capital apenas cumplen la mayoría de edad.

Yoandri usó el dinero de su cumpleaños para escapar de aquel lugar donde solo podía aspirar a repetir la misma historia de sus progenitores, enfocada en librar una batalla diaria por poner un plato de comida a la mesa y esperar, frente al televisor, a que las cosas cambien.

“Agarré el tren y vine para La Habana. He tenido que vivir en mil lugares y hacer cosas buenas y malas para comer pero no regreso a Providencia ni muerto”, dice este joven que, aunque logró dejar de ser un “ilegal” al comprar bajo soborno el permiso de residencia, prefiere ganarse la vida por su cuenta.

“Compré la residencia no para trabajar al Estado sino para que la policía me deje tranquilo, además, si le trabajo al Estado no puedo pagar alquiler, comer, vestirme, salir a pasear”, señala en su peculiar modo de hablar quien hoy labora como bicitaxista pero que no se ruboriza al confesar que se ha prostituido con extranjeros y hasta protagonizado pequeñas estafas con tal de realizar sus sueños.

Aunque su comportamiento pudiera escandalizar a algunos, Yoandri no ha forzado las reglas del juego. Por el contrario, es de los cientos de miles de adolescentes y jóvenes que hoy en Cuba han sido arrastrados por una corriente de contingencias políticas y económicas que han venido a dinamitar un sistema de valores éticos y morales afincados en un proyecto de sociedad que jamás cristalizó y, por tanto, incapaz de asegurarles ya no el éxito sino la mera subsistencia.

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“Parecen estar enajenados con sus audífonos y bocinas, con sus películas y videojuegos pero es el modo de lidiar con algo que los supera. Se acabó aquella época donde vivimos de promesas que jamás fueron cumplidas. Ahora saben que no hay nada más parecido a la mentira que una promesa y su rebelión es la indiferencia”, comenta vía internet el sociólogo Félix Lozano, otro joven que, habiendo ejercido como profesor universitario e investigador, no hace mucho decidió marcharse de Cuba definitivamente.

“¿Qué diferencia puede haber entre esa muchacha que se va con el turista por un par de dólares, incluso que se casa por un precio y el profesor que pasa horas en Facebook haciendo “amigos” para sacarse una beca o una invitación que pudiera terminar en contrato o casamiento? ¿Y el tipo que le pone un traspié al colega para viajar, fingiendo ser el más revolucionario de todos o el que copia de internet para sacar una maestría, incluso un doctorado, aprovechando que el acceso a internet es restringido? ¿Quién en Cuba, a su modo, no se ha visto en esos casos?”, me escribe Félix intentando explicarme su decisión de marcharse.

Por su parte, sin haber estudiado apenas hasta el nivel secundario y habiendo vivido con su mochila a las espaldas, durmiendo en donde pudiera, Rainel coincide con Félix en que sus estrategias de sobrevida no han sido muy diferentes a las de cualquier otro joven cubano.

Rainel se vio obligado a abandonar los estudios cuando cumplió los 14 años, buscando dejar de ser una carga para sus padres, agobiados por la miseria a pesar de tantos años de trabajo en un central azucarero de Matanzas.

“No quería seguir estudiando, no podía, ¿para qué? Veía a mis amigos que tenían teléfonos, ropas de afuera, buena merienda y yo con los mismos chupameao (zapatos) de cuando estaba en la primaria, rotos, apretados (…), muchos recibían dinero de afuera o los padres robaban a las dos manos (…), cuando terminé 7mo., me fui en las vacaciones a trabajar con mi papá y me convencí de que eso no me iba a sacar del hueco”, nos cuenta Rainel quien tiene hoy 22 años y es “jinetero”, lo cual le ha servido, dice, para “llevar una vida normal”, con lo cual confirma que no es él la excepción de una regla social donde no es el trabajo convencional la fuente de prosperidad y realización personal.

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“No tengo casa pero no importa, hoy vivo en un lugar y después en otro. Hoy me despierto en Guanabo y mañana en Varadero (…), tengo toda la ropa que nunca tuve y tengo dos yumas (extranjeros) que me mandan mi dinerito. Cuando reúna lo que quiero me voy (…), aunque sea en una tiñosa pero me voy (…), cuando te pones a ver, todo el mundo hace lo mismo, no importa si eres escritor o limpiapisos, todo el mundo está en lo mismo, ya nadie se asombra de nada”, concluye Rainel.

Son tres jóvenes cubanos con experiencias de vida en apariencia normales pero a la vez tres destinos de aciago trasfondo, en tanto han funcionado durante décadas como denominador común de varias generaciones para las cuales las opciones de cambio no implican participación sino adaptabilidad y evasión, ya que todo cuanto huele a forcejeo con el poder solo les resulta una pérdida de tiempo y, por qué no, de dinero.

No obstante, a diferencia de los cubanos de otras épocas no tan lejanas, se pudiera afirmar que los jóvenes cubanos de hoy son quienes, fundamentalmente, han captado con mayor facilidad las verdaderas dimensiones de una debacle social y económica, consecuencia de una profunda crisis política, aunque su forma de enfrentar la situación sean la evasión, la indiferencia y hasta la irreverencia, como la de esa mujer pinareña que hace un par de días interpeló a Miguel Díaz-Canel con esa frase que revela la decadencia de un poder: “Mira, cariño… aquí lo que pasa es que la gente tiene miedo a hablar”.

Difíciles de manipular por ideologías poco seductoras que solo llaman al sacrificio personal por la gloria de unos pocos, sin ofrecer satisfacciones inmediatas y, sobre todo, gracias a la existencia de internet, los jóvenes han encontrado fórmulas de adaptación y resistencia mucho más eficientes que la de padres y maestros que quedaron atascados, física y mentalmente, en un pasado de fracasos que solo fue memorable en las consignas.

Lo positivo es que, lejos del compromiso y afincados en la más absoluta individualidad, va retrocediendo entre las nuevas generaciones el temor a hablar o al menos a llamar las cosas por su nombre.


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