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Turistas observan La Habana desde crucero (telemundo.com)

LA HABANA, Cuba.- En casi todos los barrios de La Habana existe una panadería estatal que brinda servicios diferenciados. Por una puerta se accede a los productos que se venden en pesos cubanos (CUP), y por la otra, a los que están valuados también en pesos cubanos, pero “convertibles” (CUC).

Con excepciones en zonas donde suele haber muchos extranjeros, la primera de ellas es donde la fila de personas es mayor, a pesar de que se vende un solo tipo de pan y, en ocasiones, algún dulce de escasa calidad.

Como contraste, la segunda puerta de la panadería suele abrirse para unos pocos, a pesar que es el lugar donde más opciones tendrá el cliente y donde la atención será superior en muchos sentidos, convirtiendo en ironía el eslogan de bienvenida donde la palabra “familiar” intenta trasmitir un espíritu de “accesibilidad para todos los bolsillos” incompatible con la realidad que se vive a solo una puerta de distancia.

Nos hemos acostumbrado tanto a tales dicotomías económicas, sociales y políticas que no reparamos en qué medida los cubanos llevamos una vida colmada por las dualidades e incluso por las “dobleces”.

Algo que para nada estaría condicionado por la doble moneda sino que este absurdo de la banca cubana también se desgaja de lo que pareciera una maldición.

Así, tenemos dos Habanas, una a cada lado del Estrecho, y hasta dos nacionalidades con dos pasaportes para poder vivir dos vidas muy diferentes, a pesar o a propósito de los dos bloqueos, el interno y el externo.

Tenemos dos de casi todas las cosas, una mala y otra un poco menos. Una asequible a fuerza de sacrificios y la otra inalcanzable.

Así, por ejemplo, en la Tierra del Habano pocos cubanos amantes de los cigarros han logrado llevar un Cohíba a la boca, mientras que de esa que dicen es la playa más hermosa del mundo solo escuchan en la televisión como si se tratara no de Varadero, una localidad de Matanzas, sino de algo tan lejano como Estambul.  Y es porque existen dos Cuba y lo hemos aceptado con toda naturalidad, o al menos así le parece a casi el mundo en pleno. Es nuestra doble y retorcida vida nacional.

Es por esto que escuchamos a ciertos dirigentes cubanos lamentarse ante el daño causado por el embargo económico en cuestiones como la salud y la educación especial mientras, embriagados por la doble moral, casi todos fingen ignorar a una caterva de altos funcionarios que, en sus constantes viajes al exterior, jamás usan los kilogramos de equipaje permitidos por las aerolíneas para importar, como artículos personales, muchas de aquellas cosas de las cuales carecen los hospitales y las escuelas especiales no exclusivamente por las restricciones comerciales de los Estados Unidos.

Cuando se ha querido, se ha podido. Y si no indaguemos qué alto dirigente cubano o familiar cercano de este ha muerto o padecido por falta de un medicamento.

Ministros, viceministros, directores y demás “cuadros” del Partido Comunista no dejan de reclamar sacrificios a los ciudadanos en pos de un socialismo próspero mientras se van de “shopping” por Nueva York, Pekín, Moscú, Panamá o hasta por Haití para importar televisores, acondicionadores de aire, motos eléctricas, ropas, perfumes, alimentos, bebidas y cigarrillos de marca y tantas otras cosas más pero solo con el fin egoísta de hacer feliz a su círculo familiar en un país “benditamente bloqueado”.

A esto algunos llamarían doble moral pero no sé cómo definirla desde una jerga de la “extrema izquierda”, tan semejante a la de la “extrema derecha”, y a la de cualquier otro extremismo.

Cuando a alguno de ellos se les pregunta en privado, suelen justificarse con una broma fundada en la idea de que los tiempos y el mundo han cambiado y que no se puede continuar siendo tan “extremistas”, como si de la doble moral emanara el espíritu de un único partido político que, a diferencia de otras épocas, ya no elige ni el carril de la izquierda ni el de la derecha sino continuar dando bandazos pero por una oscura y torcida “calle del medio”, esa misma vía que siempre en el refranero popular fue sinónimo de “en muy malos pasos” y “a la Bartola”.

Sin embargo, la irónica, persistente y casi endémica dualidad que sufrimos los cubanos no se limita a esa hipocresía ideológica que tanto molesta a quienes se reconocen subyugados, también se extiende a todos sin importar bandos, filiaciones, simpatías o antipatías políticas.

A solo un par de cuadras del Centro Comercial Carlos III es posible ser testigos de un drama muy común por estos días en Cuba (foto del autor)

Están los que se van y los que se alejan porque no encuentran lugar en la tierra donde nacieron pero también están los que lo hacen para desentenderse de Cuba, ya sea de manera temporal o para siempre. A veces para tomar un respiro pero otras para jugar el mismo juego pero de lejos, a resguardo, e incluso sacándole provecho a las crisis y hasta a las disidencias.

Viven mucho más afuera que adentro, subiendo y bajando de tantos aviones que pudiera decirse que, literalmente, viven en el aire, es decir, en las nubes, y hasta les cuesta poner los pies en la tierra cuando hablan sobre Cuba y de la realidad que les ha tocado enfrentar a los cubanos de a pie.

Se debaten entre gritar o escribir “no” mientras mascullan un “sí” cuando se trata de pasar un fin de semana en un hotel de Varadero o acarrear baratijas desde Guyana, Cancún y hasta Miami, para revenderlas a precio de boutique en sus barrios con el único fin de poner agua caliente en el baño y un acondicionador de aire en la habitación, dos elementos indispensables para hacer del comunismo una realidad más llevadera.

Una dualidad infierno-paraíso que se extiende y penetra nuestras vidas hasta el punto de hacernos dudar qué somos realmente y qué deseamos hoy y para el futuro de un país que cada día se transforma en dos entidades muy diferentes, antagónicas, donde unos no tienen nada, ni siquiera esperanza, mientras otros fingen tenerla solo porque el destino les ha granjeado algunas monedas o prebendas de más junto a una ceguera o miopía políticas permanentes.


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