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Maduro fue chofer de ómnibus del transporte público en Venezuela

LA HABANA, Cuba.- De manera sistemática, los órganos de prensa del castrismo y el chavismo, emplean una frase acuñada por ellos mismos para referirse al señor Nicolás Maduro: “El presidente obrero”. Aluden así a los antecedentes laborales del personaje, el cual, como es sabido, en sus años mozos se desempeñó como chofer de un ómnibus de transporte público.

La expresión no deja de resultar sorprendente. Al hablar de “países socialistas” —ya sean del Siglo XX o del XXI—, uno esperaría que el origen trabajador de sus dirigentes constituyera la regla; que sólo por excepción pudiésemos encontrar a algún líder proveniente de otros segmentos de la sociedad. ¿No es acaso la “dictadura del proletariado”!

Sin embargo, la vida nos enseña que hay más verdad en la afirmación contraria. Desde el surgimiento mismo de la secta, a su frente marchó un intelectual acomodado: Carlos Marx, un personaje de quien no se conoce que haya tenido un solo amigo obrero o que, al menos, en alguna ocasión haya visitado una fábrica; un señor que le exigía a su criada no sólo servicios domésticos, sino también sexuales.

Junto a él, Federico Engels, un burgués de la rama industrial, con buen número de trabajadores asalariados. ¿Habrá obtenido de ellos plusvalía o solamente plustrabajo! Cualquiera que fuere el caso, de ese dinero vivían no sólo el mismo “capitalista rojo”, sino también su compinche Marx.

Carlos Marx, un intelectual acomodado, ideólogo del sistema socialista.

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En la “revolución socialista” en Rusia —primera del mundo—, el liderazgo del movimiento anti-sistema fue asumido de inicio por Lenin y Trotsky; y más adelante, por Stalin. Como los tres eran enemigos consecuentes de la ley y el orden establecidos (el último incluso en la modalidad de salteador de bancos), resultaban más conocidos por sus respectivos alias.

Sería una tarea vana buscar entre ellos o los otros dirigentes del ala bolchevique del flamante Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia a alguien que hiciera honor al nombre de esa fuerza política. Los tres mencionados, por ejemplo, eran respectivamente hijos de un burócrata del sistema educativo zarista, un campesino acomodado y un pequeño empresario exitoso (aunque caído después en la pobreza).

Tras la ocupación de la Europa Oriental por el Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial, se creó el llamado “Campo Socialista”. En 1949 a él se sumó la República Popular China. Lo integraban más de una docena de países, pero la regla, entre sus dirigentes, no era que hubiesen sudado la camisa.

Lo más frecuente es encontrar entre ellos a personajes conocidos en el argot bolchevique como “revolucionarios profesionales”: delicado eufemismo que describe a burócratas del Partido Comunista sin contacto alguno con la producción de bienes o servicios. Ejemplo señero de ello es el búlgaro Jorge Dimítrov, quien encabezó durante más de un decenio el macabro Komintern.

Joseph Stalin. Dictador ruso, fundador del ejército rojo y del campo socialista.

Aunque tal afirmación cause sorpresa, varios de esos jefes estuvieron muy vinculados en su momento a distintas denominaciones religiosas, como es el caso del mismísimo Stalin, que fue seminarista, y del polaco Boleslaw Bierut, quien estaba destinado a serlo.

Los orígenes familiares de muchos de los dirigentes del “campo socialista” ocasionan asombro. Entre los progenitores de esos “líderes proletarios” hay bodegueros (como ocurrió con el húngaro Matías Rákosi), sastres (el alemán Walter Ulbricht), comerciantes en telas (el albanés Enver Hoxha), campesinos ricos o medios (Mao Zedong y Kim Il-Sung) e incluso magistrados imperiales o mandarines (el también chino Zhou Enlai, el vietnamita Ho Chi Minh).

Otros prohombres del marxismo leninista eran militares de carrera. Y desde luego que no estamos hablando del Ejército Rojo ni de formaciones similares de los otros “países socialistas” (que aún no existían), sino de las fuerzas armadas de “sociedades explotadoras”. Entre éstos se cuentan el mongol Damdinii Sükhbaatar (a quien antes conocíamos como Sujé-Bator), el yugoslavo Josip Broz Tito, el checo Klement Gottwald y —más cerca en tiempo y espacio— el venezolano Hugo Chávez.

Y ya que derivamos hacia el socialismo carnívoro —más bien caníbal— en América Latina, los ejemplos paradójicos se reproducen: En Cuba tenemos a los hermanos Castro, vástagos de un terrateniente (colonialista, por más señas). En Ecuador, al irascible Rafael Correa, quien reconoce su origen “de clase media”, y que después se hizo economista en exclusivas universidades extranjeras.

Fidel y Raúl Castro. Los hermanos Castro, hijos de un terrateniente acomodado del oriente cubano.

En Nicaragua están los hermanos Ortega, que sí nacieron en el seno de una familia trabajadora, aunque ellos mismos saltaron del pupitre a los campos de entrenamiento guerrillero creados por Castro. El único que sí puede invocar un origen muy humilde (aunque en modo alguno obrero) es el boliviano Evo Morales.

Vale decir: Las hipótesis postuladas por Marx (la supuesta primacía del proletariado), esos enunciados teóricos de los ideadores del prometido “paraíso terrenal”, no se confirmaron en la práctica. La presunta preeminencia obrera es sólo una entelequia, un concepto evanescente que, en la vida real, no ha constituido la regla en los estados a los que se alude con esa expresión políticamente correcta: “países socialistas”.

El solo hecho de usar de modo sistemático, para calificar a Maduro, la frase que da título al presente trabajo, así lo demuestra. El exguagüero constituye la clásica excepción que confirma la regla.

Y forzoso es comentar: A la vista del desastre que él y su régimen han entronizado en la martirizada Venezuela, es razonable conjeturar que los pueblos que sufrieron el llamado “socialismo real” se congratulen de no haber tenido que padecer el liderazgo de otros proletarios. Esos ciudadanos pensarán fundadamente que, gracias a esa circunstancia, no tuvieron que enfrentar calamidades aún mayores que las que sí conocieron en abundancia.

Entonces, a todos esos comunistas que, al presentarse como “defensores frenéticos de los desamparados”, hacen realidad la sabia premonición martiana, les viene de perillas la acertada frase popular: Dime de qué presumes y te diré de qué careces.


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