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Luz Escobar/14ymedio

Para quienes vienen buscando el sabor local, resulta frustrante levantarse con un café colombiano, almorzar un pescado de los lejanos mares del norte europeo y ver que en el bar es más fácil encontrar una cerveza Heineken que una Cristal. En esos alojamientos es más frecuente ver un atún que un pargo, una manzana que un mango y edulcorante antes de que azúcar local.

"Los colchones son cubanos pero toda la ropa de cama, el detergente que se utiliza en lavarla y hasta las servilletas que usamos en el hotel provienen de otro país", lamenta una mucama del céntrico hotel Sevilla, un emblema turístico en el Prado Habanero que según una turoperadora brinda a sus visitantes "un espacio con inspiración morisca y sabor local".

En el bar del céntrico patio, con cerámica de figuras azules en las paredes y un trío que ameniza con clásicos de la vieja trova cubana, se ofrecen aceitunas traídas desde España, vodka ruso, papas fritas made in México y trozos de queso Gouda ensartados en embutidos también importados. Con excepción del ron y la cerveza nacional, el resto parece sacado de un mercado mayorista en el canal de Panamá.

Toallas de Pakistán, yogures españoles y cloro para la piscina importado desde un país latinoamericano son algunos de los productos que permiten el funcionamiento diario del hotel Puntarena de Varadero. Esta situación se repite por toda Cuba, donde la elevada importación de insumos y alimentos para el turismo supone un importante menoscabo para las ganancias del sector.

Desde las minidosis de mantequilla que comen los huéspedes en el desayuno hasta el jugo de naranja que se ofrece para mezclar en los tragos, buena parte de la oferta de estos alojamientos decepciona a los clientes que esperan que el servicio se nutra, fundamentalmente, en productos cubanos

En un sondeo de The Havana Consulting Group, que analizó las evaluaciones que hicieron 347.833 turistas que llegaron a Cuba entre marzo de 2016 y febrero de 2017, entre las quejas más repetidas, junto a los problemas de higiene, estaba la poca diversidad en los alimentos y la preponderancia de productos importados sobre los locales.

Beatriz, una mexicana que se hospedó durante una semana de este verano con su familia en el Puntarena, contó a 14ymedio que la "falta de variedad" en el servicio gastronómico fue "el punto flaco" de su estancia. "Al cuarto día nos tuvimos que ir a comer a un restaurante privado, porque en este hotel no hay cosas tan elementales como un limón o una naranja natural", asegura.

[[QUOTE:En 2013, y después de décadas de prohibición, el Gobierno de Raúl Castro autorizó que los productores privados vendieran directamente a los alojamientos destinados al turismo nacional e internacional]]En 2013, y después de décadas de prohibición, el Gobierno de Raúl Castro autorizó que los productores privados vendieran directamente a los alojamientos destinados al turismo nacional e internacional. Hasta entonces, las despensas de los hoteles se abastecían exclusivamente mediante los contratos con entidades estatales y de lo que pudieran importar desde el extranjero.

Sin embargo, los permisos para lograr esa venta son complejos y varias entidades estatales deben supervisar, aprobar y controlar parte del flujo entre los campos y las mesas buffet.

Aunque prefiere ocultar su nombre verdadero para mantenerse en el proyecto, Carlos es uno de los más de medio centenar de productores de frutas, hortalizas, viandas y granos de la provincia Matanzas que ha recibido el visto bueno de la Empresa Comercializadora de Productos Agropecuarios Frutas Selectas para vender sus cosechas a los hoteles.

Este agricultor posee una parcela dedicada a la siembra de mango, melón, guayaba y frutabomba y ha conseguido llevar sus productos a la mesa de los hoteles de todo incluido.

Carlos tramita parte de su producción a través de la cooperativa a la que pertenece en las afueras de Cárdenas, un municipio que se sostiene económicamente del balneario más famoso de Cuba, Varadero. "Nos han facilitado comprar algunos insumos importantes, como cajas para la recogida de la fruta y semillas pero la verdad es que no ha funcionado bien".

El campesino asegura que "se ha echado a perder mucha buena fruta porque la entregamos pero después la empresa estatal no la hace llegar a tiempo a los hoteles". Tras el paso de la tormenta subtropical Alberto, a finales de mayo pasado, la situación se deterioró. "Fue más lo que perdimos en los almacenes que en los campos", lamenta.

Después de aquella fatídica fecha, en que sus campos se anegaron, Carlos ha cambiado las frutas por las verduras. "Son de más rápida cosecha y recogida, aunque pueden ser más frágiles a la hora de trasladarlas. Muchos hoteles de Varadero optan por las zanahorias procesadas y la col, antes de pagar por una lechuga de aquí mismo", considera.

En medio de toda la cadena de distribución, a pesar de que nominalmente sea entre productores (privados o cooperativos) y la cadena hotelera, "siempre está la mano de las entidades estatales que tienen que certificar la calidad del producto, verificar que se cumplan las calidades contratadas y evitar que el guajiro termine ganando demasiado dinero", describe Carlos.

Los productores asociados a esta cadena de distribución deben afiliarse al Grupo Empresarial Agrícola, pero reciben los recursos para sus cosechas de parte del Grupo Empresarial de Logística del Ministerio de la Agricultura, un enorme mastodonte ineficiente del que los productores desconfían.

[[QUOTE:Los productores asociados a esta cadena de distribución deben afiliarse al Grupo Empresarial Agrícola, pero reciben los recursos para sus cosechas de parte del Grupo Empresarial de Logística del Ministerio de la Agricultura]]"Faltan los centros de compra de productos agropecuarios para facilitar el encuentro entre el productor y las administraciones turísticas", opina Medardo, ingeniero agrícola que se califica como "alguien que si pudiera liberaría todo ese mecanismo".

Medardo considera que hacen falta más mercados y "mayor visibilidad para que los directivos hoteleros sepan dónde están y qué oferta tienen". Tras años de inexistencia o cierre, algunos de estos puntos de venta han sido rehabilitados en provincias como Pinar del Río, Villa Clara, Holguín, Las Tunas y Santiago de Cuba, pero el experto cree que es insuficiente.

"Debe ser como un mercado de abastos, donde los productores lleven sus frutas, viandas y vegetales para ser compradas al por mayor por los hoteles, pero también un lugar para sellar acuerdos de suministro directo, sin intermediarios estatales", puntualiza.

Antes de 1959, Cuba era un exportador neto de productos agrícolas, pero la situación ha cambiado. "Se creó una cultura de ir a buscar fuera todo, desde la mantequilla hasta el mango, fuera de aquí", lamenta Medardo. "Hasta la mayoría de los camarones que se comen los turistas provienen de importaciones del producto congelado y ni hablar de las carnes que son traídas de otros países casi en su totalidad", precisa.

En 2015, cuando el boom del turismo cubano apenas despuntaba tras el deshielo diplomático entre la Isla y Estados Unidos, un estudio publicado por el Centro de Estudio de la Economía ya advertía de la preocupante desconexión entre el turismo y la industria nacional. Esta situación se ha tensado con el aumento del turismo, que en 2017 cerró con más de 4 millones de visitantes, con el consiguiente tirón de la demanda en alimentos y útiles de aseo.

La investigación alertaba de un creciente "traslado de compras -en sentido inverso-, sustituyendo la producción nacional con importaciones" y criticaba los "largos procesos de aprobación de importaciones de insumos y piezas a los productores nacionales", lo cual hacía más fácil y rápido traer ciertas mercancías desde fuera.

Los turistas más avezados se dan cuenta en seguida y pregunta si no hay "tapas locales, con sabor cubano", pero la empleada apenas puede ofrecerle unos frutos secos, como almendras y pasas que vienen en un paquete también de denominación foránea. No hay mariquitas de plátano, mazorcas de maíz asadas, chicharrones de cerdo, ni siquiera el tan criollo tamal.

Sin embargo, a pocos metros del Sevilla, los vendedores informales corean su mercancía de maní tostado, rositas de maíz y todo tipo de fritangas, en lo que parece un mundo totalmente desconectado del interior del hotel. Una lejana galaxia donde los productos nacionales tienen más presencia que los importados.

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