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Votación en la Organización de Naciones Unidas. Foto ONU

LA HABANA, Cuba.- Después de la barahúnda solariega en el pleno del Consejo Económico y Social (ECOSOC) en la Organización de Naciones Unidas (ONU), al parecer juzgada como un desliz infantiloide y no como una flagrante violación de las normas éticas que deberían regir cada reunión auspiciada por el mencionado organismo internacional; y por otro lado el triunfo abrumador de la resolución presentada cada año contra las medidas punitivas de carácter económico impuestas por Estados Unidos desde 1960, el gobierno de la Isla está de plácemes.

En cuanto al grotesco arrebato en el ECOSOC frente a las diversas intervenciones a favor de los presos políticos cubanos, presentadas por la delegación estadounidense, sin que existan indicios de correctivos para quienes protagonizaron el cóctel de gritos y amenazas durante cerca de dos horas, es lícito pensar que la ONU dista de ser el espacio donde ventilar divergencias en un ambiente de respeto y tolerancia.

Tal conclusión llega desfasada, porque lejos de constituir un hecho aislado, el boicot a través de la violencia, verbal y física, ha sido un método empleado, reiteradamente y con total desparpajo, por las delegaciones de la Isla en el seno de algún encuentro programado o en los pasillos aledaños.

La disposición a usar los puños en vez del diálogo sereno como establecen los manuales de la diplomacia es una acción estimulada desde las más altas instancias del poder.

Si en la ONU no se miden para repartir golpes e insultos a cualquier crítico, cuestionar públicamente el discurso oficial, dentro de las fronteras nacionales, sobre todo en la vía pública, es casi un suicidio.

La pasividad del cubano promedio y la vigencia de las unanimidades en torno a las políticas gubernamentales tienen muy bien delineados sus fundamentos.

Aparte de la retahíla de trompadas y puntapiés por cualquier acto contrario a los intereses del partido, propinados diligentemente por las Brigadas de Respuesta Rápida y los siempre dispuestos miembros de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana (ACRC), entre otras entidades parapoliciales, están los juicios exprés y el confinamiento prolongado sin libertad condicional.

Ante el cúmulo de evidencias, la ONU precisa de una reformulación de su papel frente a las diversas problemáticas del mundo.

Es lamentable que el tema del embargo, más allá de los posicionamientos a favor y en contra, ocupe la atención de los casi 200 países representados, en detrimento de lo que ocurre dentro de un estado policial, decidido a mantener el apoyo popular a través de un amplio surtido de medidas coercitivas.

No son infundios ni palabrería vana, se trata de un escenario marcado por el miedo a expresarse con libertad y por la negación del Estado a no solo permitir sino estimular el progreso económico individual.

No hay dudas de que el embargo tiene su impacto, pero gran parte de la escasez y el racionamiento se debe a la rigidez de una economía basada en el centralismo, que adquirió notoriedad en los manuales marxistas-leninistas, y a la inquina patológica del gobierno hacia los llamados trabajadores por cuenta propia.

La avalancha de votos favorables al documento, que denuncia los efectos de las medidas que impiden los acuerdos comerciales y financieros entre ambas naciones, era algo esperado.

El fracaso en la introducción de las enmiendas, que buscaban un planteo más realista y objetivo del documento al incluir, junto con los puntos de vista del gobierno cubano respecto al embargo, algunos asuntos relacionados con la institucionalización del ambiente represivo al interior de la Isla, demuestra la improbabilidad de cambiar las esencias de un consenso a nivel internacional.

Por otra parte, el contexto sirvió para calibrar la vigencia y posible ampliación del distanciamiento entre Bruselas y Washington. Y los países del bloque europeo decidieron no secundar las correcciones que hubiesen cambiado las perspectivas sobre el tema.

Sin el apoyo de otros, y me refiero a varias decenas de países, Estados Unidos no podrá alterar la formalidad de una votación que protege y legitima a la élite verde olivo.

Hasta el momento, el embargo no ha servido como palanca para impulsar cambios en Cuba. Más de medio siglo es suficiente tiempo para determinar su funcionalidad o viceversa. Pero tampoco el fugaz intento de deshielo, liderado por Obama, rindió frutos, aunque para sus defensores se trataba de una estrategia a largo plazo.

Lo cierto es que el castrismo está próximo a cumplir su sexagésimo aniversario y no se avizoran transformaciones medulares en sus estructuras en el futuro mediato.

La mano tendida o el silencio cómplice siguen llegando de los cinco continentes.

Nicolás Maduro mantiene las entregas de petróleo, Vladimir Putin le abre las puertas del Kremlin a Díaz-Canel y Xi Jinping se compromete al menos a entregarle todo el apoyo político que necesite sin descartar alguna ayuda económica de emergencia.

Tres razones para sospechar que el fin del totalitarismo criollo no está lo suficientemente cerca, tangible. Todavía es una idea perdida entre un montón de dudas y pesadumbres.


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