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Mariela Castro comiendo langosta con la cantante Pastora Soler.

LA HABANA, Cuba.- El gobierno cubano no se cansa de cacarear que brinda a la población artículos y servicios subsidiados: nos subsidian la exigua y pésima canasta básica, los menos que básicos servicios de salud (en los centros asistenciales hay carteles detallando el costo de cada uno de ellos), la educación (más bien adoctrinamiento infantil y juvenil), los medicamentos, el teléfono, el suministro de agua, el combustible para cocinar, la electricidad, el transporte público, ahora la internet y, para que no nos quejemos, hasta el funeral, y como si fuera poco, por la televisión ponen spots publicitarios de los servicios subsidiados, para que no se nos olvide que somos unos mantenidos dependientes de Papá Estado.

Algunos opinan que el objetivo de la política de subsidios –si además le añadimos la pésima calidad de los servicios y productos en ella comprendidos– es hacernos sentir disminuidos e incapaces, para crearnos la sensación de indefensión y así poder mantener el control absoluto sobre la población. Esos mecanismos diabólicos de dependencia y vigilancia, utilizados durante décadas por la dictadura como método de represión psicológica, han sembrado en muchos el miedo al cambio, a la llegada de la democracia o el capitalismo, pues piensan que con sus exiguos salarios y pensiones se morirían de hambre si se terminara el comunismo en Cuba. El miedo los paraliza y les impide razonar que en una sociedad democrática, en un Estado de derechos donde el gobierno no rija nuestras vidas, además de tener garantizadas nuestras libertades individuales recibiríamos también la justa remuneración por nuestro trabajo.

De ahí que cuando Raúl Castro habló de quitar la libreta de racionamiento, muchos, muy preocupados ante el futuro incierto que se avecinaba, se preguntaban cómo conseguirían la comida, pues alimentos y productos de aseo personal “liberados” no están al alcance de un amplio sector de la población por sus elevados precios, lo que los obliga a depender de la libreta.

Sin embargo, aunque los ciudadanos reconozcan y critiquen la mala calidad de los servicios subsidiados, no les queda otra alternativa que acudir a estos. Hace unos días me visitó una vieja amiga quejándose de los zapatos ortopédicos que traía puestos, rellenos con algodón para que no le hicieran ampollas, porque a pesar de que le tomaron las medidas, se los hicieron un número más grande.

Pero no estoy de acuerdo con Raúl Castro cuando dijo “Así estamos todos”. Y es que existen cubanos cuyo estilo de vida es involuntariamente financiado por Liborio (personaje que representa al pueblo cubano). Me refiero a esos que no tienen que rapiñar para malcomer porque reciben una factura de alimentos mensuales, que no se quejan del transporte público porque tienen buenos carros, combustible y talleres para su mantenimiento, además, tanto ellos como sus acólitos cuentan con esmerada asistencia médica en hospitales de primera a donde no llega el bloqueo imperialista.

Estas personas nunca han tenido que preocuparse por el vestido y el calzado porque siempre han tenido tiendas especiales para adquirirlos, tampoco tienen problemas con sus viviendas, pues el régimen los premió con las mejores cuando se repartió el país que se apropiaron en 1959, y cuyo mantenimiento es pagado también por Liborio. No olvidemos que, como dijera aquel personaje de animados: “Este país, bien robado, es una tacita de oro”.


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