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Carlos Manuel de Céspedes y García Menocal. Foto tomada de Internet

GUANTÁNAMO, Cuba.- Hoy 3 de enero se cumple el quinto aniversario de la desaparición física de monseñor Carlos Manuel de Céspedes y García Menocal, uno de los sacerdotes católicos más polémicos del período revolucionario.

Nació en La Habana el 16 de julio de 1936, y durante su vida eclesial ocupó importantes responsabilidades, entre ellas la de Vicario General de la Archidiócesis de La Habana.

Después de haber realizado estudios en Roma regresó a Cuba en 1963 y tuvo una activa participación en la vida cultural del país, aunque sus resonancias siempre fueron limitadas por los dirigentes del sector, al extremo de que solo en años recientes comenzaron a ser publicados sus libros en Cuba, por la Editorial Boloña -a cargo de la Oficina del Historiador de La Habana- en tiradas que nunca satisfacen la demanda de los lectores.

Descendiente del Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes y de Mario García Menocal, Presidente de la República Democrática entre 1913 y 1921, aunque nunca fue obispo, monseñor Carlos Manuel de Céspedes y García Menocal recibió ese título en señal de respeto a la actividad que desempeñó dentro de la Iglesia.

Poco tiempo después de su muerte, ocurrida el 3 de enero de 2014, fue puesto a la venta un libro titulado “Monseñor Carlos Manuel de Céspedes se confiesa”, el cual recoge varias entrevistas que le realizaron los periodistas Luís Báez y Pedro de La Hoz, y algunas de las declaraciones que aparecen en ese texto resultan sumamente controvertidas.

Por razones de espacio no puedo referirme en detalle a todas ellas, pero sí a algunas. Por ejemplo, en una de esas entrevistas aseguró que “una vez alcanzada la independencia de Cuba se iniciaría la transformación socioeconómica y política por las rutas del liberalismo más avanzado, con ribetes de un socialismo naciente que tanto Céspedes como Martí conocían”. Una expresión desconcertante por varias razones. La primera, porque es muy afín con la de la propaganda castrista, que coloca a Martí como paradigma del sistema de partido único. La segunda, quien dijo eso no fue un hombre inculto, todo lo contrario. Conocía perfectamente la historia del Padre de la Patria y del documento conocido como “Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba”, el cual recogió la voluntad democrática de quienes se levantaron en armas contra el gobierno español.

Igualmente debió haber leído las críticas de Martí a las ideas socialistas, y debió conocer los textos de las constituciones mambisas. Por tanto, si la frase que dijo ante los periodistas fue cierta -lo cual no pudo desmentir el entrevistado por lo dicho- es totalmente inconsecuente con las ideas de su ascendiente y las del Apóstol.

Así mismo, resulta incomprensible la posición que asumió con respecto al mensaje de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, dirigido a todo el pueblo cubano, y fechado el 8 de septiembre de 1993. Titulado “El amor todo lo espera”, el documento abordó con objetividad la situación por la que atravesaba el país en la difícil y triste década de los noventa del pasado siglo, e hizo un llamado al gobierno para que reparara en las consecuencias de la crisis e hiciera lo necesario para revertirla. En ese entonces monseñor calificó el documento de “inoportuno”, aunque declaró que estaba de acuerdo con casi todo lo que en él se expuso.

Sin embargo, fue muy crítico con respecto a la creación de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), engendro neofascista aplicado en Cuba en la década de los años sesenta contra personas consideradas enemigos potenciales, conglomerado en el que coexistieron religiosos, homosexuales, hippies, vagos y desafectos al proceso revolucionario. Según la respuesta ofrecida por monseñor, lo de la UMAP fue “algo muy triste, totalmente inexplicable y cruel”.

Más allá de alguna que otra posición adoptada con relación a nuestra historia y a los líderes de la dictadura cubana, la desaparición física de Monseñor Carlos Manuel de Céspedes y García Menocal constituyó un fuerte golpe para la cultura nacional y para la Iglesia, que sin dudas perdió a un gran sacerdote.

Es una lástima que los líderes a los que siempre tendió su mano y ofreció su mediación nunca permitieran que sus obras literarias llegaran a tiempo a todo el pueblo cubano. Si eso hubiera ocurrido, hoy podríamos conocerlo mucho mejor, porque en el caso de monseñor Carlos Manuel de Céspedes -como el de tantos otros significativos escritores y artistas cubanos- su obra siempre fue más conocida en el extranjero que en su propio país.

Ahora, cuando ya está muerto, quizás eso comience a revertirse.


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