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cuba beisbol acuerdo mlbHiginio Vélez (izq.) y Robert Manfred (Foto Prensa Latina)

LA HABANA ,Cuba. – El “Duque Hernández” debió reconocer los riesgos de lanzarse a ese mar agitado que separa nuestra Isla de las costas de Estados Unidos y, sin embargo, decidió desafiarlo. Solo el estrecho de la Florida lo alejaba de sus sueños, razón por la que, y asumió los riesgos. El “Duque Hernández” pudo ser uno de los tantísimos cubanos que fueron tragados por unas aguas inclementes o abatido por la turbulencia de vientos despiadados, pero aun así decidió navegarlo y vencer la distancia que estorbaba a sus sueños.

Afortunadamente, el gran beisbolista tuvo éxito, pero su historia pudo ser otra. El pelotero corrió el riesgo de convertirse en solo un número de esa larga lista de muertos que no lograron vencer la maldita distancia que imponía el mar, pero llegó y jugó en las grandes ligas, como aquel grande al que mencionan todavía los cubanos, Orestes Minnie Miñoso, leyenda de los “Tigres de Marianao”, de los “Indios de Cleveland” y  de los “Medias Blancas de Chicago”. El “Duque Hernández desafió a la dictadura comunista cuando decidió abandonarla, cuando creyó que su consagración debía ser, únicamente, en las grandes ligas, porque ese era su destino.

Y luego muchos otros siguieron sus pasos probando suerte en el mejor béisbol del mundo. Por tal razón, fueron denostados en la Isla y tildados de traidores, aunque cabe decir que los cubanos “de a pie”, esos que siguen fervorosos el béisbol cubano y cualquier otro certamen de envergadura reverenciaran sus decisiones, sus corajes y virtudes. No pocos fueron tras la estela de Miñoso y del Duque buscando conseguir el triunfo en la Gran Carpa. Sin embargo, en ese camino también conocieron el desprecio de un gobierno que les impidió volver al país donde nacieron.

Ahora, esos mismos que los desecharon, que los denigraron, se han puesto al frente de una comedia triste, de una burda representación que autoriza a los peloteros a jugar en equipos de las Grandes Ligas de Estados Unidos. ¿Podemos creer en la “buena voluntad” de un gobierno que tanto desdeñó a quienes, hasta hace muy poco, no eran más que traidores? Produce rabia aquel veto, aquel divorcio ahora convertido en matrimonio, que impidió a los beisbolistas cubanos jugar en las grandes ligas desde que Fidel Castro se convirtió en el hombre que todo lo decidía; en beisbol, en voleibol, en el tiro, en gimnasia, en ajedrez, pimpón, e incluso en el dominó.

Resulta que ahora la Federación Cubana de béisbol (FCB) y las Grandes ligas de Estados Unidos (MLB) llegaron a un acuerdo que permite la contratación de peloteros cubanos para que formen parte de las plantillas de esos equipos norteamericanos con los que podrán jugar a partir del año próximo. Sin dudas, esto puede ser en extremo provechoso para los comunistas cubanos, que seguirán llenando sus arcas a costa del sudor ajeno con solo mover el índice, siempre advirtiendo al “pelotero” que le dará permiso para salir y entrar si cumple con lo pactado.

Supongo que habría sido bueno que tomaran una decisión idéntica en el caso de los médicos que ofrecían sus servicios en el Brasil de selvas y favelas, esos pobrecillos que volverán a la miseria tras las absurdas políticas de un poder delirante y grosero, que exigió, caprichosamente, la “vuelta a casa” sin que consiguieran todo lo que habían soñado traer a la Isla.

Muy mal deben andar las arcas de un gobierno que ahora toma una decisión que lo aleja de la vieja retórica que exaltaba las bondades del amateurismo. Quizá, los comunistas cubanos ya no están seguros de que Nicolás Maduro pueda durar mucho más tiempo en el poder. Ahora, que el Partido de los Trabajadores no regirá los destino de Brasil y que ciertos proyectos de asociación regional perdieron toda su “sustancia” -lo que traerá fatales consecuencias para la economía cubana- habrá que “lucharse” el petróleo o la harina de pan en otro lado. Y aunque los ingresos que vendrán con esos nuevos contratos con las Grandes Ligas no den para mucho, seguramente, servirán para algo.

Resulta curioso que el mismo gobierno que desterró el profesionalismo que propiciaba la mercantilización del deporte, se deslumbre ahora con esas posibilidades. Raúl Castro y Díaz-Canel deben haber pensado, con mucho detenimiento, en el dinero que va a los bolsillos de esos “desertores”. Turulatos debieron quedar con los 110 millones que pagan los Mets de Nueva York a Yoeni Céspedes y con los que el granmense podría comprar, a no dudar, medio Bayamo.

No creo posible que los “dictadores del proletariado” pasaran por alto los ochenta y seis millones que pagarán los Yankees de Nueva York a Aroldis Chapman en cinco años, ni los 14,4 que entraron a los bolsillos de Yulieski Gurriel el año pasado. Ellos suponen que muchos de los que están todavía en la Isla también conseguirán cifras millonarias, como las que consiguen Kendry Morales, Yasmani Tomás y Yasiel Puig.  Entonces, no será recomendable confundir esas pataletas de ahogado con la buena voluntad. Este nuevo “hacer” viene sin dudas del “padecer”, de la amoralidad de un régimen totalitario que nunca tuvo la voluntad de hacer distinciones entre el bien y el mal y que impidió a sus hijos consumar sus derechos aunque vivieran dentro de la Isla.

Supongo que por estos días no se haga referencia alguna a aquella pública “reflexión” de Fidel Castro en la que denigraba a esos deportistas que se decidían por el exilio, esa vez que, como tantas otras, los denigró, advirtiéndoles que no podrían regresar para exhibir sus lujos conseguidos con la infamia. Traidores y “vendepatrias” los llamaba el “comunista mayor”, exigiendo, ya no el buen desempeño en el deporte, sino la reverencia incondicional y ciega al comunismo coartador. Me pregunto, entonces, qué “reflexión” haría hoy Fidel Castro después de que Raúl y Díaz-Canel, sin consultar a nadie, aprueben ese matrimonio entre las Grandes Ligas y la Federación Cubana de Béisbol.


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