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Federico Hernández Aguilar

Creo que, sin darnos cuenta, los salvadoreños estamos viviendo la peor campaña presidencial de nuestra historia. Jamás tanta medianía y suciedad se había acumulado en el ambiente político en sustitución de verdaderos liderazgos y propuestas serias. La gran "anécdota" del actual proceso electoral no pasa de ser la riesgosa apuesta de alguien que pretende ser la alternativa de los históricos ARENA y FMLN mientras exhibe lo más despreciable de ambos partidos. Es duro tener que decirlo a menos de un mes para los comicios —a celebrarse el próximo 3 de febrero—, pero si algo hemos de sacar en limpio de la presente coyuntura es que la política salvadoreña necesita a gritos de una cirugía mayor.

Cuatro alternativas se presentan a los votantes del más pequeño país de la América continental en este proceso: el oficialista FMLN lleva como candidato a Hugo Martínez, quien estuviera por ocho años a cargo de la cartera de Relaciones Exteriores; ARENA, principal partido de oposición, propone a Carlos Calleja, joven empresario cuya familia dirige la cadena de supermercados más grande del país; GANA, la agrupación política fundada por el expresidente Tony Saca —ahora en prisión por delitos de corrupción—, impulsa al exalcalde de San Salvador, Nayib Bukele, expulsado por el FMLN en octubre de 2017; y finalmente un partido de nueva creación, VAMOS, que empuja la candidatura del líder evangélico Josué Alvarado, migrante de gran éxito empresarial en Estados Unidos.[[QUOTE:Solo ARENA tiene, en este momento en que escribo, la posibilidad real de ganar en primera vuelta el domingo 3 de febrero]]

Desde mi punto de vista, solo ARENA tiene, en este momento en que escribo, la posibilidad real de ganar en primera vuelta el domingo 3 de febrero. Los otros tres partidos no pueden con seriedad aspirar a eso: GANA porque está lejos del millón de votos que se necesita para lograrlo, el FMLN porque arrastra un desgaste enorme y ya no puede recuperar el respaldo electoral que una vez tuvo, y VAMOS porque todavía es demasiado nuevo para convertirse en una alternativa potable.

Pero que ARENA sea el único contendiente con opciones reales de ganar en primera vuelta no significa que vaya a hacerlo. De hecho, si me preguntan a mí, el partido que gobernó por 20 años (entre 1989 y 2009) lleva varios meses rehusándose a afianzar las ventajas que le ofrecía el descalabro electoral de su principal adversario, el FMLN. Si bien cuenta con la estructura territorial necesaria, ARENA está hoy al borde de un ataque de nervios, comiéndose hasta la cutícula de las uñas, en virtud de la popularidad que sostenidamente le ha venido disputando, y por amplios márgenes en todas las encuestas, el candidato Bukele, sin duda el "tercerista" más exitoso que ha parido la política salvadoreña desde la firma de los Acuerdos de Paz en 1992.

El polémico aspirante de GANA, sin embargo, tampoco las tiene todas consigo. Más allá de los números alegres que los sondeos de opinión le permiten hacer —y que, por cierto, ha sabido explotar hasta la náusea—, Nayib Bukele es el vivo retrato del populista moderno. Sus "méritos" no son tales, sino la consecuencia de la terrible mediocridad que impera en el escenario político salvadoreño. El tipo no ha hecho más que ondear la bandera de la antipolítica en momentos de histórica decepción partidaria. Tan desprovisto de sustancia se halla su discurso, que hasta se ha dado el lujo de liderar una campaña sin adscribirse a ninguna ideología identificable.[[QUOTE:El mesianismo en política es, ya se sabe, la habilidad para hacerle creer a un número grande de personas que el destino de un país y el liderazgo de un político son la misma cosa]]

El mesianismo en política es, ya se sabe, la habilidad para hacerle creer a un número grande de personas que el destino de un país y el liderazgo de un político son la misma cosa. "Ya no soy un ser humano: soy una idea", dijo el año pasado Lula da Silva, sin mucha originalidad, a las puertas de la cárcel. Bukele ha dicho: "Yo solo soy la punta de lanza, pero este movimiento ha nacido del pueblo salvadoreño y será del pueblo salvadoreño". Nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que semejante cosa significa, pero es claro que este aspirante no solo quiere llegar al final de la campaña sin definirse, sino que ambiciona a que el electorado le compre esa indefinición como virtud política.

Así pues, en estos comicios van a ponerse a prueba numerosas tesis. Una de ellas postula que un candidato tercerista puede romper para siempre la bipolaridad ideológica del país sin proponer ningún ideario como alternativa. Este planteamiento olvida un detalle no menor, y es el hecho que el desgaste sufrido por los dos partidos mayoritarios se debe, en gran medida, a que estuvieron lejos de consolidar en el tiempo una identidad ideológica coherente.

Otra tesis que será probada en las elecciones presidenciales se relaciona con la verdadera penetración de las redes sociales en el imaginario colectivo salvadoreño. La virtualidad, entendida como sustitución de la presencia tangible de quien envía un mensaje de cercanía, construye imágenes y apariencias que en un principio pueden subyugar, pero que a la larga terminan jugando en contra de esa misma "realidad", precisamente porque está edificada sobre cimientos ilusorios y frágiles. La digitalización de la política ha procurado sonoros triunfos en algunos países, pero es evidente que tiene sus límites. También en El Salvador.

Pese a la erosión que ha producido en ellos el tiempo y la mutua confrontación, tanto ARENA como el FMLN poseen todavía grandes oportunidades de reinvención. A contrapelo de los resultados que arrojan las encuestas, el candidato de GANA hasta podría llevarse una amarga sorpresa en ese desafío que ha hecho a los proyectos históricos de areneros y efemelenistas. Pero ello implica que ambos conglomerados hagan con solvencia la "tarea" de la definición, esto es, que en esta última etapa de campaña arriesguen el peso de sus respectivas narrativas en la apropiación de conceptos y símbolos que fortalezcan su imagen partidaria, pero modernizándola y volviéndola atractiva para quienes no están clamando por saltos al vacío cuando manifiestan su hartazgo de la política.

De momento, en El Salvador, lo que flota en el aire es la incertidumbre.
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*Federico Hernández Aguilar es un escritor y analista político salvadoreño

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