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LA HABANA, Cuba. – Hay titulares imposibles, noticias que nunca han de aparecer en ningún medio de comunicación y que solo podrían ser fake news, perfectas noticias falsas. Pero imaginemos cómo sonarían: “Indetenible ola migratoria hacia Cuba”, o “10 mil inmigrantes diarios llegan a costas cubanas desde los Estados Unidos”, o “Gobierno cubano ordena cierre absoluto de frontera para frenar inmigración masiva”.

Esos titulares habrían tenido que aparecer forzosamente en los periódicos y noticiarios del mundo si se hubieran cumplido las maravillosas promesas de Fidel Castro que —entre otros métodos— le sirvieron para hacerse con el poder absoluto del país, porque entonces Cuba se hubiera convertido en un modelo de prosperidad y en un ejemplo de progreso social.

Pero el país no solo resultó, desde el mismo principio del experimento socialista, un fracaso que necesitaba ser subvencionado eternamente desde el exterior, sino que a pesar de eso devino “faro de libertad” y guía de justicia social para las naciones de América Latina y aun de más allá.

El frenesí de exportación revolucionaria envió a incontables soldados cubanos hacia otras naciones y trajo a Cuba a miles de extranjeros para el adoctrinamiento militar e ideológico. Hasta aquí vinieron también en busca de refugio seguro muchos prófugos de la justicia que habían cometido crímenes violentos en su país de origen.

Además, en cierta época, llegaron aquí procurando amparo los que huían de las dictaduras de derecha en Chile, Uruguay o Argentina, que en su mayoría, cuando vivieron en carne propia cómo era la existencia cotidiana en la Cuba real —tan lejos del paraíso proletario de las leyendas—, siguieron hacia un exilio más confortable preferiblemente en Europa.

Por otro lado, y también desde el mismo inicio del experimento socialista, nuestro país se convirtió en uno de los mayores emisores de emigrantes del hemisferio occidental, y lo ha seguido siendo incluso cuando actualmente el gobierno de los Estados Unidos y de otros países de la región han impuesto normativas que dificultan mucho la entrada de emigrantes cubanos.

Pero, volviendo al punto ficticio de los titulares imposibles y las grandes fake news de supuestas olas migratorias hacia aquí, imaginemos una incontenible marea de ciudadanos provenientes de Venezuela y de Nicaragua arribando a Cuba para escapar de la violencia, de la miseria y del caos que han provocado en estos dos países las crisis migratorias más preocupantes de esta zona del mundo.

Pensemos sobre todo en Venezuela, de donde han huido millones de personas durante los últimos años, en una diáspora que se acelera diariamente y que ha encendido las alarmas en los vecinos a su alrededor, sobre todo en las pequeñas islas antillanas más próximas, que no tienen capacidad ni condiciones para absorber esa desesperada avalancha humana.

¿Por qué la mayor nación de las Antillas no se inunda de venezolanos? ¿No se trata de dos pueblos hermanos? ¿No son acaso una especie de entidad binacional, eso que muchos llaman Cubazuela? Ni en este caso ni en el de Nicaragua la razón puede ser de índole geográfica, porque los que huyen van hacia Estados Unidos y hacia Europa cuando pueden.

Una razón es que el gobierno cubano prefiere que vengan dineros y personas precisamente de esa Norteamérica y de esa Europa. Por ello, el heraldo oficialista Eusebio Leal advierte que “España no debe perder Cuba por segunda vez”, al tiempo que el mandatario Miguel Díaz-Canel intenta seducir a los empresarios agrícolas norteños: “11 millones de personas no es un mercado a desaprovechar”.

Otra poderosísima razón es que los venezolanos y los nicaragüenses que abandonan su tierra no están tan enloquecidos como para huir precisamente hacia la raíz del mal, hacia el modelo de nación que trataron de imitar la revolución sandinista y la chavista, hacia un país sin futuro. Los decepcionados que huyen de Venezuela y de Nicaragua están huyendo también de Cuba.

Y esto no es precisamente una metáfora. Huyen de un proyecto fracasado del que Cuba es el ejemplo perfecto. Las tres “a” en el nombre de Caracas y Managua son un largo grito de desolación que empezó en las tres “a” de Habana: el alarido de la más dolorosa decepción de la historia americana.

Así lo demuestra el hecho de que, cuando Diosdado Cabello, el hombre fuerte de la banda chavista, quiere poner a salvo de la inminente catástrofe a sus hijos, no los manda a esconderse en el otrora refugio seguro de La Habana, sino en sus antípodas en Pekín, en la remota China. Bien lejos del Socialismo del Siglo XXI.


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