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Carlos Alberto Montaner

Leo en La Patilla, una vibrante web venezolana, que Nicolás Maduro llamó "traidor" a Juan Manuel Santos por haber ido a Cuba a reclutar a Raúl Castro para ponerle fin a la Constituyente que se propone convocar el 30 de julio.

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Raúl Castro y Nicolás Maduro le han ganado la mano Continue reading
¿Cómo se le ocurre al presidente colombiano pedirle ayuda nada menos que a Raúl Castro para salvar al país vecino? Continue reading
Los escenarios del país tras la celebración de la consulta popular Continue reading
La indiferencia de la región hacia los delitos de los políticos es preocupante Continue reading

Lula da Silva ha sido condenado a más de nueve años de cárcel por corrupción y "lavado de dinero". Todavía puede apelar la sentencia y salir absuelto. No creo que lo logre. Sin embargo, Lula continúa siendo el político más popular de Brasil. Y no se trata de que los brasileños pongan en duda que el expresidente se benefició ilegalmente de su cargo, sino que no les importa. A la mayor parte, le da lo mismo.

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Los venezolanos na faltarán a la consulta encaminada a desligitimar la constituyente de Maduro Continue reading

Luis Almagro ha vuelto a la carga. Al secretario general de la OEA, como a medio planeta, le pareció repugnante el asalto de las turbas chavistas a la Asamblea Nacional. Quiere congregar a los embajadores para examinar ese vergonzoso episodio.

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La situación en el país sudamericano ha llegado a límites alarmantes Continue reading
La lista de líderes republicanos preocupados por la falta de decoro del presidente es impresionante Continue reading
El mensaje del presidente de Francia es antifascista y anticomunista Continue reading
Tres cuartas partes del planeta están formadas por naciones cuyas sociedades han practicado diversas formas de corrupción Continue reading
Luis Almagro, secretario general de la OEA, junto a excanciller venezolana, Delcy Rodríguez (EFE)Venezuela y la OEAContinue reading
Tiene razón el presidente cuando afirma que su predecesor no debió haber entregado todas las fichas de EEUU Continue reading
La noticia de ayer fue el intento de asesinato de varios legisladores Continue reading
¿Qué va a pasar? El Gobierno de Ricardo Roselló acudirá a Washington con el resultado 'engañoso' del plebiscito Continue reading
“¡Fuera Maduro!”, es más un mantra que una consigna Continue reading

Luisa Ortega, fiscal general de Venezuela, introdujo un recurso de nulidad ante el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) basado en el carácter inconstitucional de la Constituyente que intenta organizar Nicolás Maduro. Ortega le ha disparado un torpedo a la línea de flotación de un chavismo que ya andaba flaco, fané y descangallado.

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Carlos Alberto Montaner

Luisa Ortega, Fiscal General de Venezuela, introdujo un recurso de nulidad ante el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) basado en el carácter inconstitucional de la Constituyente que intenta organizar Nicolás Maduro. Ortega le ha disparado un torpedo a la línea de flotación de un chavismo que ya andaba flaco, fané y descangallado.

Poco antes de dar ese paso definitivo, Ortega declaró que era una persona que no conocía el miedo y, francamente, lo ha demostrado. La respuesta de algunos chavistas ha sido de un cinismo terrible: pretenden declararla “loca”. Algo así como establecer que todo funcionario que tenga un criterio independiente conforme a la ley es la prueba de que está mal de la cabeza.

Probablemente los jueces del TSJ, que son meros apéndices de la presidencia, rechacen el recurso de la Fiscalía, pero el mero hecho de haber iniciado ese trámite judicial deslegitima totalmente el proyecto de liquidar los vestigios republicanos que quedaban en Venezuela con el objeto de instaurar una dictadura totalitaria calcada del modelo cubano.

La postura de Ortega, súbitamente apegada a Derecho –es mejor tarde que nunca–, coincide con el extraordinario ejemplo de rebeldía civil que están dando decenas de miles de jóvenes en ese país. Era realmente un “bravo pueblo”, como reza el himno de los venezolanos. Ya llevan 67 muertos y continúan repitiendo una consigna tercamente heroica mientras los gasean y balean sin compasión: “Calle sin retorno hasta que Maduro se vaya”.

¿Es eso posible? Puede ser. Maduro apesta. En marzo, el 21,1% de los venezolanos pensaba que Maduro debía terminar su mandato constitucional en 2018. Era poco, pero al menos una quinta parte así lo creía. A principios de mayo, menos de 45 días después, el porcentaje de apoyo se había reducido dos tercios, al 8,08%. Si lo miden en junio, creo que ni Cilia, su mujer, lo respaldaría. Ese país, esa sociedad, no lo quiere. “¡Fuera Maduro!”, es más un mantra que una consigna.[[QUOTE:Según una encuesta auspiciada por la Universidad Católica Andrés Bello, el 89,02% piensa que Venezuela va mal o muy mal y el 79% culpa al Gobierno de esta situación]]

Estos datos provienen de una reciente encuesta nacional, muy bien hecha, auspiciada por la Universidad Católica Andrés Bello. Los números reflejan lo que dicta el sentido común. El 89,02% piensa que Venezuela va mal o muy mal. Pero no se trata de una percepción abstracta. Ocho de cada diez venezolanos estiman que a ellos mismos les va mal o muy mal.

¿Por qué? Sencillo: la escasez de alimentos y medicinas  es pavorosa y creciente. El 79% de los venezolanos culpa al Gobierno de esta situación, incluido el 44% de los que se autocalifican de chavistas. El hambre ha llegado a los cerritos. La indiferente legión de los ni-ni –ni con unos ni con otros– se ha reducido a la mitad. Ergo, el 77% del pueblo respalda las protestas frente a un magro 17% que se opone.

La encuesta es muy larga. Vale la pena examinarla porque pregunta a los venezolanos cuál es la salida del laberinto. Naturalmente, los presos políticos, claro, a la calle. Y, sin duda, consultas verdaderamente democráticas. Nadie quiere una guerra civil. Inmediatamente, elecciones para gobernadores y alcaldes. Luego, la presidencial. El objetivo es enfriar la bomba potencial en una urna.

Mientras todo eso sucede, el 88,4% pide un canal humanitario para que los pobres coman y se curen. (Los pobres, gracias a la estupidez congénita del socialismo, ya son más del 66% del censo y continúan aumentando. Por ahora, se alimentan de las sobras, a veces nauseabundas, del pequeño grupo que tiene ahorros en dólares fuera del país).

Por eso cada día que pasa aumenta el clamor internacional por una intervención humanitaria. En Naciones Unidas, en los años noventa quedó consagrado el "deber de proteger". Basta con examinar las imágenes de los niños desnutridos publicadas por la BBC de Inglaterra para darse cuenta de que ese empobrecido país está a la las puertas de una hambruna que puede matar a un par de millones de personas, como en su momento ocurrió en Corea del Norte.[[QUOTE:Ese empobrecido país está a la las puertas de una hambruna que puede matar a un par de millones de personas, como en su momento ocurrió en Corea del Norte]]

Si Vladimir Padrino López, el general a cargo del manicomio, revisa la encuesta, verá que el Ejército, la policía y los paramilitares están en la cola de los aborrecimientos, sólo superados en esa poco honorable shit list por los chupópteros de los países del ALBA, percibidos como los grandes chulos de la riqueza venezolana.

La plata de los venezolanos fue a parar a los bolsillos de Cuba, Nicaragua, y al resto de las naciones paniaguadas, descontando el enorme caudal que se robaron los bandidos del Socialismo del Siglo XXI, a cambio de respaldo internacional para, precisamente, destruir la economía del país más rico de América Latina. Por supuesto que es para indignarse.  

Ese es el mejor argumento que tiene Padrino para quitarle todo apoyo a Maduro. Los están hundiendo ante un pueblo que antes los admiraba. Los grupos más respetados son los muchachos que luchan y mueren, los empresarios que tratan de crear riquezas nadando contra la corriente, los curas locales, que están junto al pueblo, las redes sociales que transmiten información y no propaganda.

Obviamente, Raúl Castro y sus militarotes intrigan incesantemente para no perder esa fuente de ingresos, pero el chavismo sereno –de que los hay, los hay– tendrá que admitir que no se puede ahogar para salvar a una isla parásita, aferrada a un sistema absolutamente improductivo, empeñada en no crear riqueza y en vivir de la caridad ajena, que lo único que aporta, cobrados a precio de oro, son los planos para la fabricación de una asfixiante jaula implacablemente miserable.

La encuesta termina con una frase certera: la libertad está cerca. ¿Cuándo? No lo dice. Son encuestadores, no magos. 

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Carlos Alberto Montaner

¿Se puede calificar de populista a la Revolución cubana? Se puede y debe hacerse. Enseguida lo veremos.

En diciembre 19 del 2016 The Economist admitía que la palabra populismo significaba muchas cosas. Servía para caracterizar a Donald Trump, presidente de Estados Unidos, al comunista español Pablo Iglesias, líder de Podemos, al violento presidente filipino Rodrigo Duterte, inductor de las ejecuciones de cientos de personas acusadas de narcotráfico, o incluso a Evo Morales, presidente de Bolivia y portavoz de los cocaleros de su país, lo que lo hubiera convertido en víctima de Duterte si hubiera sido filipino.

Esas aparentes contradicciones no deben sorprendernos. El populismo no es exactamente una ideología, sino un método para alcanzar el poder y mantenerse en él.

[[QUOTE:La palabra populismo servía para casi todo. El vocablo, dotado de una sorprendente elasticidad semántica, había evolucionado notablemente desde que fue acuñado en Estados Unidos]]El populismo le sirve a la derecha y a la izquierda, a ciertos conservadores y a los comunistas. Incluso, pueden recurrir a él formaciones democráticas dispuestas a ganar y perder elecciones, como sucede con el peronismo argentino o el PRI mexicano, u otras, como el chavismo venezolano, que lo utilizan para alcanzar el poder y, una vez encumbrados, se afianzan contra todo derecho en la poltrona presidencial y arman verdaderas dictaduras.

En todo caso, la palabra populismo servía para casi todo. El vocablo, dotado de una sorprendente elasticidad semántica, había evolucionado notablemente desde que fue acuñado en Estados Unidos en la última década del siglo XIX para designar a un sector rural del Partido Demócrata adversario de los más refinados republicanos, entonces calificados de elitistas alejados de la realidad del pueblo agrícola norteamericano. En esa época, como ocurría en el resto del planeta, más de la mitad de la población norteamericana obtenía su sustento de tareas relacionadas con el campo.

Pero más que sustituir esa acepción de la palabra –el rechazo a las élites– , se le fueron agregando otras características, sin que desapareciera el desprecio por los intelectuales, por las personas adineradas, los núcleos cercanos al poder, y todo aquel que se desviara del culto por el "pueblo verdadero".

De alguna manera, ese viejo rencor hincaba sus raíces en la Revolución francesa y la devoción popular por los sans-culottes, aquellos jacobinos radicales que odiaban hasta la manera de vestir de nobles y burgueses enfundados en unos ajustados bombachos de seda –los culottes– y pusieron de moda el áspero pantalón de los trabajadores.

Aunque no se llamara populismo, ésa fue la actitud de Stalin cuando recetó e impuso el "realismo socialista" –una fórmula ajena y refractaria a cualquier vanguardia– para proteger la esencia nacionalista del pueblo ruso, lo que lo llevó a calificar de estúpida la ópera Macbeth de Dmitri Shostakóvich porque estaba, decía, infestada de cosmopolitismo.

Lo verdaderamente revolucionario y de izquierda era lo que conectara con la esencia campesina y viril del pueblo ruso.

En ese sentido, en Estados Unidos eran populistas los que se burlaban de los eggheads que rodeaban al presidente John F. Kennedy. O en Camboya los matarifes empleados por Pol-Pot para asesinar o reeducar a millones de estudiantes y maestros procedentes de las ciudades.

[[QUOTE:La Revolución Cubana también tiene algo de ese salvaje primitivismo anti-establishment]]Incluso, fueron populistas los patriotas maoístas que perseguían a los sospechosos de mil desviacionismos, incluidos los que utilizaban gafas para subrayar su superioridad intelectual en la China de Mao durante la Revolución Cultural. (Hasta eso, utilizar lentes, llegó a ser considerado un síntoma de decadencia durante el espasmo maoísta-populista de la Revolución Cultural china).

La Revolución Cubana también tiene algo de ese salvaje primitivismo anti-establishment. Durante décadas fue desechada la corbata burguesa y el trato respetuoso de usted. Lo revolucionario eran la guayabera o la camisa varonil, la ropa de mezclilla de los obreros, la palabra compañero o compañera para dirigirse al otro, porque se había desterrado del lenguaje y de las apariencias todo lo que pudiera calificarse de elitista.

Lo revolucionario, lo propio del "hombre nuevo", algo que los niños aprendían muy pronto en la escuela, era a ser como el Che, una persona que proclamaba como una virtud la falta de aseo.

Es decir, la Revolución prefería a los niños desaliñados, desinteresados de los signos materiales, refractario a las colonias y a los desodorantes, porque un verdadero macho no necesita de esos aditamentos feminoides. La "gente verdadera", que eran los revolucionarios, no sucumbían a esos comportamientos ultraurbanos y pequeñoburgueses de la "gente falsa".

Los diez rasgos universales del populismo

Tal vez uno de los mejores acercamientos al tema, uno de los intentos más certeros de definir de qué estamos hablando cuando mencionamos la palabra populismo, es el del profesor de Princeton Jan-Werner Müller en su breve libro What is populism, publicado en el 2016 por la University of Pennsylvania Press de Filadelfia.

En esencia, se mantiene la definición original de quienes desprecian a las élites corrompidas por la dolce vita de inspiración occidental, pero se agregan otros diez factores como:

1. El exclusivismo: sólo "nosotros" somos los auténticos representante del pueblo. Los "otros" son los enemigos del pueblo. Los "otros", por lo tanto, son unos seres marginales que no son sujetos de derecho.

2. El caudillismo: se cultiva el aprecio por un líder que es el gran intérprete de la voluntad popular. Alguien que trasciende a las instituciones y cuya palabra se convierte en el dogma sagrado de la patria (Mussolini, Perón, Fidel Castro, Juan Velasco Alvarado, Hugo Chávez).

3. El adanismo: la historia comienza con ellos. El pasado es una sucesión de fracasos, desencuentros y puras traiciones. La historia de la patria se inicia con el movimiento populista que ha llegado al poder para reivindicar a los pobres y desposeídos tras siglos de gobiernos entreguistas, unas veces vendidos a la burguesía local y otras a los imperialistas extranjeros.

4. El nacionalismo: una creencia que conduce al proteccionismo o a dos reacciones aparentemente contrarias. El aislacionismo para no mezclarnos con los impuros o el intervencionismo para esparcir nuestro sistema superior de organizarnos.

5. El estatismo: es la acción planificada del Estado y nunca el crecimiento espontáneo y libre de los empresarios lo que colmará las necesidades del pueblo amado, pero necesariamente pasivo.

6. El clientelismo: concebido para generar millones de estómagos agradecidos que le deben todo al gobernante que les da de comer y acaban por constituir su base de apoyo.

7. La centralización de todos los poderes: El caudillo controla el sistema judicial y el legislativo. La separación de poderes y el llamado check and balances son ignorados.

8. El control y manipulación de los agentes económicos, comenzando por el banco nacional o de emisión, que se vuelve una máquina de imprimir billetes al dictado de la presidencia.

9. El doble lenguaje: La semántica se transforma en un campo de batalla y las palabras adquieren una significación diferente. "Libertad" se convierte en obediencia, "lealtad" en sumisión. Patria, nación y caudillo se confunden en el mismo vocablo y se denomina "traición" cualquier discrepancia.

10. La desaparición de cualquier vestigio de "cordialidad cívica". Se utiliza un lenguaje de odio que preludia la agresión. El enemigo es siempre un gusano, un vendepatria, una persona entregada a los peores intereses.

La Revolución cubana encaja perfectamente en ese esquema

El marxismo-leninismo admite estos rasgos populistas sin grandes contradicciones. De alguna manera, la pretensión marxista de haber descubierto las leyes que gobiernan la Historia es una perfecta coartada pseudocientífica para que afloren los síntomas.

Exclusivismo

La revolución cubana es exclusivista. "Fuera de la Revolución, nada", dijo Fidel en 1961 en su discurso Palabras a los intelectuales. Y enseguida apostrofó: "dentro de la revolución, todo". Sus líderes no tienen el menor remordimiento cuando advierten que "la universidad es sólo para los revolucionarios". O cuando cancelan y persiguen toda opción política que no sea la que ellos preconizan. O cuando alientan a las turbas a que persigan y les griten a los desafectos o a los gays que "se vayan", porque los cubanos no tienen derecho a vivir en el país si no suscriben la visión oficial definida por la Revolución o si no tienen la inclinación sexual de los "verdaderos cubanos". Todo el que no es revolucionario es "escoria". Es despreciable y, por lo tanto, extirpable.

En Cuba ni siquiera ha sido posible inscribir verdaderas ONGs extraoficiales (y la oposición lo ha tratado) porque el Gobierno ha estabulado a la sociedad en varias instituciones exclusivas – Comités de Defensa, Federación de Mujeres Cubanas, Confederación de Trabajadores Cubanos, Federación de Estudiantes, etc. --, presididas por el Partido Comunista y su ala juvenil. Ya lo dijo Fidel: "fuera de la Revolución, nada" y "a los enemigos, ni un tantico así".

Caudillismo

El caudillismo es y ha sido la seña de identidad más evidente de la Revolución cubana. Fidel Castro, desde 1959 hasta su forzado retiro en el 2006 debido a una grave enfermedad, hizo lo que le dio la gana con la sociedad cubana. A partir de ese momento, se transformó en la inspiración de su hermano Raúl, escogido por él para sucederlo en el trono, algo que oficialmente ocurrió en el 2008, pero que en realidad no culminó hasta el 25 de noviembre de 2016, cuando Fidel, finalmente, murió tras 90 años de una vida agitada.

Fidel, con la permanente complicidad de Raúl, lo hizo todo de manera inconsulta: desde cambiar el sistema económico del país introduciendo el comunismo, lo que implicó la desbandada de los empresarios y el empobrecimiento de la sociedad, hasta convertir la nación en un nuevo satélite de la URSS, sacando a los cubanos de su hábitat cultural latinoamericano. Ejerciendo su omnímoda voluntad, llevó a los cubanos a pelear en interminables guerras africanas, mientras desarrollaba decenas de "focos" revolucionarios, como el que le costó la vida al Che Guevara en Bolivia en 1967. Fidel, y luego Raúl, no sólo han sido los caudillos. Han sido los amos de una plantación de verdaderos esclavos.

Adanismo

El adanismo ha sido parte esencial del discurso de la Revolución cubana. El sustantivo proviene de Adán, el primer hombre sobre la tierra según el mito bíblico. Nunca hubo verdaderos cubanos, gallardos e independientes, hasta que triunfó la Revolución. Ahí comenzó la verdadera historia de la patria y de los patriotas.

Entre José Martí, muerto en 1895 combatiendo a los españoles, y Fidel Castro, Máximo Líder de la Revolución desde 1959, hay un total vacío histórico. Para subrayar esos nexos, Fidel Castro dio órdenes de que a su muerte lo sepultaran junto a Martí. Así se hizo en noviembre de 2016.

En ese fantástico relato adánico, la Revolución es la única heredera de los mambises independentistas que se enfrentaron a los españoles. La república fundada en 1902 no existe. Fue una pseudorepública fantasmal subordinada a los yanquis, descalificada por la Enmienda Platt que autorizaba la intervención de Washington en caso de que se interrumpiera el curso democrático. (La Enmienda Platt fue derogada en 1934, pero ese dato no obsta para que una de las frecuentes acusaciones a la oposición sea la de plattista).

Los ataques a la pseudorepública se llevaban a cabo en todos los frentes, incluido el del entretenimiento. Uno de los programas más populares de la televisión cubana se titulaba San Nicolás del Peladero, emitido semanalmente por la televisión entre los años 60 y 80 del siglo pasado. Era un pueblo imaginario de la Cuba prerrevolucionaria, gobernado por un alcalde del Partido Liberal, tramposo y deshonesto, pero los conservadores no le iban a la zaga. El propósito era caricaturizar la época y burlarse de la República. Era reforzar en el pueblo la idea de que la historia real y gloriosa del país independiente comenzó en 1959.

Nacionalismo

Fidel Castro y sus cómplices nunca se molestaron en explicar cómo se podía hacer una revolución comunista en Cuba sin renunciar al nacionalismo, pero igual sucedía en la URSS, donde se cultivaban sin tregua ni pausa las raíces de la madre patria Rusia aunque ello fuera profundamente antimarxista.

El nacionalismo, pues, proclamado con fiereza, ha sido una de las señas de identidad de la Revolución cubana, y muy especialmente desde la desaparición de la URSS. Sólo que el nacionalismo conduce inevitablemente al proteccionismo en el terreno económico, aunque en el político el régimen cubano, mientras protesta airado contra cualquier acción o crítica sobre o contra la Revolución, invariablemente calificada como "injerencista", al mismo tiempo proclama su derecho a inmiscuirse en los asuntos de cualquier país mientras repite la consigna de que "el deber de cualquier revolucionario es hacer la revolución".

Estatismo

Hay un estatismo económico, que es el más difundido, que supone, contra toda experiencia, que le corresponde al Estado crear y preservar las riquezas. Ahí se inscriben las expresiones "soberanía alimentaria", control de las "empresas estratégicas", las "nacionalizaciones" (que son, realmente, estatizaciones), o el fin de la plusvalía, como quería Marx, por medio de la transferencia al sector público de las actividades privadas.

La Cuba comunista, como nadie disputa, ha sucumbido a esos planteamientos estatistas al extremo de haber sido la sociedad más estatizada del perímetro soviético, especialmente desde que en 1967 decretó la confiscación de casi 60.000 microempresas (todas las que había) en lo que llamó la Ofensiva revolucionaria. Pero acaso eso, con ser radicalmente injusto y empobrecedor, no es lo más grave. Al fin y al cabo, el populista es casi siempre estatista, especialmente si se coloca a la izquierda del espectro político.

Lo más pernicioso es el razonamiento, fundado en la expresión "razón de Estado", acuñada por Maquiavelo, quien le llamara Arte dello Stato (Discursos sobre la primera década de Tito Livio), que comienza por admitir que a la patria se le sirve "con ignominia o con gloria", lo que lleva a los gobernantes populistas a cometer cualquier crimen o violación de la ley amparándose sin recato en el patriotismo. La revolución es un Jordán que limpia cualquier exceso.

Esa coartada, esa "razón de Estado", les sirve a los gobernantes populistas para cometer toda clase de crímenes. No dicen, como Maquiavelo, que lo primordial es proteger al Estado, sino algo muy parecido porque la idea de revolución se ha confundido, a propósito, con la de nación, caudillo, y pueblo.

En Cuba todo se justifica con proteger a la Revolución, sinónimo de Estado. Y ese todo incluye desde encarcelar a decenas de miles de ciudadanos, como el Comandante Huber Matos, hasta asesinar a Oswaldo Payá o a decenas de personas que huían a bordo de una vieja embarcación llamada 13 de marzo, en la que viajaban numerosos niños. Para ellos son gajes del oficio, peccata minuta que se redimirá en el futuro radiante que les espera a los cubanos cuando llegue el comunismo.

Clientelismo

Fidel Castro, lector de Mussolini e imitador de su discípulo Perón, sabía que lo primero que debe hacer un gobernante populista es crearse una base de apoyo popular asignando privilegios a sabiendas de que a medio plazo eso significará la ruina del conjunto de la sociedad.

En 1959 comenzó por congelar y reducir arbitrariamente el costo de los alquileres y de los teléfonos y electricidad en un 50%, al tiempo que decretaba una reforma agraria que transfería a los campesinos en usufructo (no en propiedad) una parte sustancial de las tierras.

Esto le ganó, provisionalmente, el aplauso entusiasta de millones de cubanos (que era lo que perseguía), aunque destruyó súbitamente la construcción de viviendas y paralizó las inversiones en mantenimiento y expansión, tanto de la telefonía como de las redes eléctricas y de la conducción de agua potable, lo que luego sería una catástrofe para la casi totalidad de la sociedad. (Lo de "casi" es porque la nomenklatura, acaso el 1% de la población, suele estar a salvo de estas carencias tercermundistas).

Fue entonces, a partir del primer reclutamiento clientelista, cuando en cientos de miles de viviendas los cubanos agradecidos comenzaron por colocar en sus hogares letreros que decían "Fidel, esta es tu casa", a los que luego agregaron otro más obsequioso que demostraba que le habían entregado al caudillo cualquier indicio de juicio crítico: "Si Fidel es comunista, que me pongan en la lista".

En todo caso, esa primera fase sería provisional, en la medida en que se creaba el verdadero sostén de la dictadura: los servicios de inteligencia, para lo que tuvo abundante ayuda soviética. En 1965 ya la contrainteligencia controlaba totalmente a la sociedad cubana, dedicada a desfilar bovinamente en todas las manifestaciones, mientras la inteligencia se dedicaba a fomentar los focos revolucionarios en medio planeta.

El clientelismo revolucionario, por supuesto, no se consagró solamente a los cubanos. Los extranjeros útiles como caja de resonancia (Sartre, García Márquez, por ejemplo), o por los cargos que desempeñaban (el chileno Salvador Allende, el mexicano López Portillo, entre cientos de casos) eran cortejados y ensalzados en una labor de reclutamiento tan costosa como eficaz a la que le asignaban decenas de millones de dólares todos los años. A su manera, también eran estómagos o egos agradecidos.

Centralización de poderes

En Cuba no existe el menor vestigio de separación de poderes. Durante los primeros años de la Revolución el Consejo de Ministro, cuyo factótum era Fidel, se ocupaba de legislar al tiempo que despedían a los jueces independientes y nombraban a "compañeros revolucionarios" en esos cargos.

Los comunistas no creen en la separación de poderes. Los cubanos le llaman a la Asamblea Nacional del Poder Popular, el Parlamento de la nación, los niños cantores de La Habana. Se trata de un coro afinado y obsecuente que jamás ha discutido una ley o hecho una proposición crítica.

Son convocados dos veces al año por periodos muy breves para refrendar las decisiones del Ejecutivo, que hoy son, claro está, las de Raúl, como hasta su muerte fueron las del Comandante. De acuerdo con la famosa frase mexicana atribuida al líder sindical oficialista Fidel Velázquez con relación al PRI: "el que se mueve no sale en la foto".

El Poder Judicial es, igualmente, una correa de transmisión de la autoridad central. Si el pleito tiene algún componente ideológico, la sentencia se estudia y genera en la policía política. Incluso, cuando se trata de un delito común, pero el autor es un revolucionario o un desafecto connotado, esa circunstancia se toma en cuenta.

Cuando el comandante Universo Sánchez, un líder histórico de la Revolución, asesinó a un vecino por un pleito personal, la condena fue mínima, dados los antecedentes políticos del delincuente. En Cuba todos son iguales ante la ley ... menos los héroes revolucionarios o los opositores.

Control económico

En Cuba no hay el menor factor económico aislado de las órdenes de la cúpula dirigente. Como no existe el mercado, el Gobierno decide el salario y el precio de las cosas y servicios. Y como el Banco Central o Nacional es un apéndice del Ministerio de Economía, sin la menor independencia, ahí se fija arbitrariamente el valor de la moneda, el monto de los intereses o la cantidad de papel moneda que se imprime.

Por otra parte, las empresas extranjeras que operan en el país, siempre asociadas al Gobierno, tienen que reclutar a sus trabajadores por medio de una entidad oficial que les cobra en dólares, pero paga los salarios en pesos, confiscando a los trabajadores hasta el 95% de lo que obtienen.

Asimismo, el país posee dos monedas: el CUC y el peso corriente y moliente. El peso convertible o CUC, equivalente al dólar americano, es canjeado a 24 pesos por CUC, lo que quiere decir que los trabajadores cubanos perciben un salario promedio mensual de 20 dólares, el más bajo de América Latina, Haití incluido. A esto se agrega un elemento terrible: el 90% de los bienes o servicios que los cubanos aprecian sólo se pueden adquirir en CUC.

Doble lenguaje

La utilización del doble lenguaje está en la raíz misma de la Revolución. Eso quiere decir que la palabra justicia en una sociedad como la cubana quiere decir el derecho del "pueblo combatiente" a aplastar como si fuera una alimaña a cualquier compatriota que se atreva a criticar a la Revolución.

Quiere decir recurrir a los eufemismos más descarados. La "libreta de racionamiento" pasará a llamarse "libreta de abastecimientos". Los campesinos enfrentados al régimen serán denominados "bandidos". Durante el prolongado periodo de falta de combustible que detuvo a los pocos tractores y obligó al Gobierno a volver a la carreta tirada por bueyes se calificó como "el regreso a las gloriosas tradiciones agrícolas".

Pero ese doble lenguaje a veces se convierte en mentiras puras y duras, como las que se vierten en las estadísticas oficiales para tratar de maquillar el desastre económico introducido por el castrismo.

Fin de cualquier signo de "cordialidad cívica"

El concepto de "cordialidad cívica" es consustancial a la democracia. Consiste en respetar a quien tiene ideas diferentes a las nuestras. En Cuba la noción de cordialidad cívica es tabú.

En un régimen como el cubano no existe (ni puede existir) una oposición respetable. Y no la hay para poder negarle el derecho a utilizar cualquier tribuna o para evitar cualquier forma de negociación con la oposición. ¿Cómo tratar con personas tan singularmente malvadas? Ése es el propósito de desacreditarlas.

Todos los disidentes son vendepatrias y gusanos al servicio del imperialismo yanqui. Cualquier grupo de personas que desee agruparse para defender una idea diferente a las que el gobierno preconiza oficialmente, inmediatamente es vilipendiado y ofendido.

En Cuba, además, la ofensa personal es parte del primer círculo represivo. La mayor parte de las personas rehuye el enfrentamiento verbal, y mucho más si éste constituye el preludio a la agresión, como suele suceder antes de los actos de repudio, verdaderos pogromos organizados por la policía política contra los opositores.

Colofón

Reitero lo dicho. No puede haber la menor duda. La dictadura cubana encaja perfectamente en el molde del populismo de izquierda. Basta repasar esas diez categorías. Lo comunista no quita lo populista.

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Nota de la Redacción: Este texto es parte del libro colectivo El Estallido del Populismo, que se presentó el pasado martes en la Casa de América, en Madrid. Los coautores son, entre otros, Álvaro Vargas Llosa, Yoani Sánchez, Mauricio Rojas, Roberto Ampuero y Cayetana Álvarez de Toledo.

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Carlos Alberto Montaner

Puro papel mojado. De nada sirvió la Carta Democrática Interamericana solemnemente firmada en Lima en 2001 por los 34 países miembros de la OEA. Sesenta muertos, cientos de heridos y torturados y más de dos mil detenidos, pero la Organización de los Estados Americanos no pudo ponerse de acuerdo para condenar al régimen de Venezuela tras la deriva totalitaria adoptada por Nicolás Maduro.

Casi todos los países del CARICOM, que son aproximadamente los mismos de Petrocaribe, la Odebrecht venezolana, corrompidos a punta de petrodólares, le vendieron al chavismo la conciencia democrática y la compasión por los muchachos que luchan y mueren por la libertad.

Formaron un club de estómagos agradecidos, secretamente coordinados en este evento por la cancillería venezolana controlada por los hábiles operadores políticos de la Dirección de Inteligencia cubana, presidida por el general Eduardo Delgado Rodríguez, para oponerse a la resolución presentada por EE UU, Canadá, México, Perú y Panamá, aportando una declaración alterna, totalmente anodina, que no tenía otro objeto que impedir la mayoría calificada que exigía el reglamento de la OEA para forjar una declaración conjunta.

La población combinada de los 15 Estados afiliados al CARICOM es apenas un 5% del censo de las naciones decididas a censurar a Maduro, pero la ficción democrática que impera en la OEA determina que el voto de Monserrat, una excrecencia geológica con menos de 6,000 habitantes poseedores de una bandera, un himno, una gasolinera y dos farmacias, vale lo mismo que el de Brasil.[[QUOTE:Fueron secretamente coordinados por la cancillería venezolana, controlada por la Dirección de Inteligencia cubana, para oponerse a la resolución presentada en la OEA]]

Es decir, Raúl Castro y Nicolás Maduro súbita y hábilmente dotaron de política exterior a unos minúsculos países que carecían de ella, con el objeto de bloquear la acción de unas naciones que pretendían cumplir con el compromiso moral contraído por todos en la Carta Democrática Interamericana.   

Este resultado era predecible. La OEA es una institución geográfica que surgió impulsada por la Guerra Fría. No obstante, su arquitecto, Estados Unidos, perdió interés en el organismo. Especialmente desde que, en diciembre de 1989, la institución se le escapó de las manos y condenó a Washington por la invasión a Panamá, efectuada para terminar con la narcodictadura criminal del general Manuel Antonio Noriega.

Los hechos se precipitaron tras el asesinato de un oficial norteamericano destacado en la Zona del Canal y la violación de la esposa de otro por cuenta de los militares norieguistas. La invasión, finalmente, le trajo la democracia al país. Pocos meses después, el Gobierno legítimo de Guillermo Endara, inspirado por el vicepresidente Ricardo Arias Calderón, desmilitarizó a Panamá, cancelando para siempre unas Fuerzas Armadas que sólo habían servido para tiranizar al pueblo y estimular el tráfico de drogas.

Deberían existir sanciones para los diplomáticos y los Estados miembros que violan los compromisos que habían jurado defender. No es posible que funcionarios y políticos comprometidos con el cumplimiento de los derechos humanos y las reglas de la democracia liberal acaben respaldando a la dictadura de Maduro por un puñado de barriles de petróleo y otros oscuros negocietes.[[QUOTE:No es posible que funcionarios y políticos comprometidos con las reglas de la democracia liberal acaben respaldando a la dictadura de Maduro por un puñado de barriles de petróleo]]

Fue premonitoria la reciente amenaza del senador Marcos Rubio a República Dominicana, Haití y El Salvador si no respaldaban posturas democráticas dentro de la OEA. Tras el reciente espectáculo, acaso algunos legisladores republicanos y demócratas propicien en Estados Unidos la aprobación de una ley bipartidista por la que se castigue de oficio a quienes ignoran o traicionan los compromisos previamente contraídos en las instancias internacionales.

Ya se sabe que negarles las visas de acceso a Estados Unidos a los políticos y funcionarios corruptos, la confiscación de sus recursos mal habidos, o decretar la imposibilidad de adquirir propiedades en el país, tienen un fuerte efecto disuasorio sobre las conductas reprobables de estos bandidos de cuello blanco. Sería una forma legítima de contribuir a la decencia y a la seriedad de la región.  

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Carlos Alberto Montaner

Chávez comenzó su mandato sometiéndose al consejo constante de Fidel Castro, a quien no tardó en ayudar copiosamente en el terreno económico. Sin embargo, la colaboración entre ambos países dio un salto cualitativo en abril de 2002, cuando las Fuerzas Armadas de Venezuela, en complicidad con factores políticos y con el establishment económico dieron un golpe militar y durante 72 horas estuvo fuera del poder.

Este no es el lugar para explicar lo que sucedió, pero casi milagrosamente Chávez recuperó la presidencia, y con ella la certeza de que muchos de sus compatriotas eran unos traidores, así que en el futuro sólo podía contar con la lealtad del Gobierno cubano, y muy especialmente con la de Fidel Castro, quien durante esos tres días extremó sus maniobras para lograr que Chávez, primero, conservara la vida y, segundo, volviera a la jefatura del Estado.

Tras este episodio cambió el vínculo entre los dos caudillos. Fidel adquirió un total control emocional e ideológico sobre Chávez, y se multiplicaron progresivamente las exacciones de dinero por parte de La Habana, ocultadas bajo el rubro de los servicios de profesionales de la medicina y de otras decenas de actividades comerciales convenientemente infladas, como, por ejemplo, el alquiler de perforadoras de petróleo que serían utilizadas en el lago Maracaibo.

[[QUOTE:Fidel adquirió un total control emocional e ideológico sobre Chávez, y se multiplicaron progresivamente las exacciones de dinero por parte de La Habana]]El comandante había encontrado una fuente casi inagotable de financiamiento y a un discípulo al que le podía entregar la dirección de la "lucha contra el imperialismo yanqui" –el objeto de su vida--, porque no confiaba demasiado en las condiciones intelectuales en su hermano Raúl Castro, aunque no ponía en duda su lealtad absoluta.

A partir de ese momento aumentó el delirio revolucionario de ambos caudillos y comenzaron a soñar con unir a ambas naciones, y hasta crearon unas comisiones de expertos juristas que estudiaron el modo de llevar a cabo la fusión.

En diciembre del 2005, Carlos Lage, vicepresidente de la Isla, entonces gerente del desastre administrativo cubano, declaró que Cuba tenía dos presidentes, Fidel Castro y Hugo Chávez, mientras el ingeniero Felipe Pérez Roque, canciller cubano, dejó dicho en Caracas, en un discurso pronunciado en el teatro Teresa Carreño, que los dos países asumían el reto de dirigir la lucha planetaria por los trabajadores del mundo, ya que la Unión Soviética había traicionado ese objetivo.

Es a tenor de esas palabras y de ese inmenso compromiso que se explica el sistema de alianzas trenzado por ambos países bajo la dirección de Castro.

Chávez llevó de la mano por media América a su "hermano" Ahmadineyad –así le llamaba--, presidente de Irán, y trabó relaciones sólidas y oscuras con los narcoterroristas de las FARC y con grupos similares del Medio Oriente, con los que se congració sosteniendo posturas antisemitas y antiisraelíes.

Para Chávez, arrastrado a la lucha antinorteamericana de Fidel Castro y siguiendo la vieja receta soviética evidenciada en el Movimiento de los No-Alineados, en el que cabía todo, no le importaba pactar con una teocracia islámica, con Corea del Norte, con la dictadura bielorrusa de Aleksander Lukashenko, o con guerrilleros colombianos que dirigían y operaban un enorme cartel narco. Lo único que el tándem Cuba-Venezuela les exigía a sus socios políticos era que fuesen decididamente antiyanquis y asumieran un discurso antioccidental.

Sin embargo, las relaciones personales entre Fidel Castro y Hugo Chávez no eran tan buenas como creía el venezolano. Para Fidel, Chávez era un personaje vulgar y untuoso, un tipo "parejero" –se colocaba parejo al comandante—a quien el cubano rechazaba en el plano humano, aunque sabía que la ayuda venezolana era vital para la subsistencia de la Isla.

[[QUOTE:Las relaciones personales entre Fidel Castro y Hugo Chávez no eran tan buenas como creía el venezolano. Para Fidel, Chávez era un personaje vulgar y untuoso]]Este juicio de Fidel no era nuevo. En el 2001, en Ciudad Bolívar, cuando la periodista venezolana Isa Dobles, su amiga, le preguntó a Castro cómo resistía a semejante patán, el comandante, melancólicamente, le respondió: "Por Cuba, Isa, yo estoy dispuesto a cualquier sacrificio".

Sin embargo, desesperado por las constantes e insufribles llamadas de Chávez, por aquellos años Fidel Castro tomó una decisión radical: se lo quitó de encima el 90% de las veces.

Le comunicó a Chávez, todo lo amablemente de que era capaz, que, debido a lo delicado del momento, tendría que pasarle sus llamadas y vínculos a Carlos Lage y a Pérez Roque, con instrucciones de que lo atendieran con prontitud, ingrata tarea de la que ambos acabaron quejándose amargamente.

Como es notorio, a fines de julio de 2006, Fidel Castro enfermó gravemente con un ataque casi mortal de diverticulitis, aunque no murió, como sabemos, hasta noviembre de 2016, una década más tarde, legitimando el dictum español de que hay enfermos dotados con una mala salud de hierro. Irónicamente, Hugo Chávez feneció víctima de un cáncer antes que su mentor y amigo, supuestamente el 5 de marzo de 2013, sexagésimo aniversario de la muerte de Stalin.

Digo supuestamente porque hay razones para pensar que murió antes, aunque no se anunció su deceso porque previamente Cuba debía solucionar el grave asunto de la sucesión para poder garantizarse que la ayuda siguiera fluyendo de Caracas hacia La Habana.

El elegido para ocupar el trono fue Nicolás Maduro, y parece que fueron Raúl Castro y Lula da Silva los que convencieron a Chávez, ya cerca de la muerte, de que seleccionara como heredero a ese personaje torpe y grandullón que había pasado sin penas ni glorias por la Escuela de Cuadros del Partido Comunista de Cuba. Cualquiera le parecía mejor a los cubanos que Diosdado Cabello, a quien le correspondía ocupar el cargo de acuerdo con la Constitución bolivariana, pero de quien todos desconfiaban.

Raúl Castro entra en escena

Cuando Raúl Castro entra en escena a presidir a los cubanos (de 2006 al 2008 con carácter interino, pero a partir de ese año, de manera oficial y permanente), debía dividir sus responsabilidades con Lage y con Pérez Roque, pero Raúl, en 2009, con la ayuda de los servicios de inteligencia, se las arregló para liquidar a sus dos rivales.

Ambos fueron condenados al ostracismo y a la indignidad, acusados de burlarse de Fidel Castro, pecado mayor en un régimen absolutamente caudillista como el cubano.

Raúl Castro, cinco años más joven, era totalmente diferente a Fidel, quien lo minusvaloraba siempre y lo despreciaba a veces, pero una de las maneras que Raúl tenía de congraciarse con su hermano era ejerciendo la violencia con gran rigor. De ahí esa curiosa declaración de Fidel, en el año 59, en la que advertía que, si lo mataban, su hermano y ya entonces heredero, sería mucho peor, algo que, en cierto modo, era verdad.

Raúl, al contrario de lo que sucedía con Fidel, era un buen padre de familia, aunque carecía de densidad intelectual, lo que lo distanciaba de su hermano. Se sentía bien, en cambio, con los militares que lo rodeaban. Era un tipo organizado, y le gustaba hacer chistes procaces. Chistes de cuartel.

En Cuba, durante años, el poder se dividía entre fidelistas y raulistas, pero no a partes iguales. Los primeros tenían el control de la autoridad y seguían de cerca las iniciativas del Máximo Líder. Los segundos giraban en torno a las Fuerzas Armadas protegidos por el hermano "pequeño".

No obstante, Raúl fue lentamente apoderándose de todo el aparato represivo, primero, en los años 90, fagocitando al Ministerio del Interior, lleno de fidelistas, tras fusilar al general Arnaldo Ochoa y al coronel Tony de La Guardia, y apresar, poco después, al general José Abrantes, ex Ministro del Interior, quien murió sorpresivamente en la cárcel en lo que fue, a todas luces, una ejecución porque sabía demasiados secretos, especialmente los relacionados con el narcotráfico.

[[QUOTE:El poder se dividía entre fidelistas y raulistas. Los primeros tenían el control de la autoridad y seguían de cerca las iniciativas del Máximo Líder. Los segundos giraban en torno a las Fuerzas Armadas protegidos por el hermano "pequeño"]]Pero el zarpazo final fue en el 2009: tras la salida de Lage y de Pérez Roque vinieron la desbandada del llamado Grupo de Apoyo al Comandante y de los personajes revoltosos que figuraban en lo que Fidel Castro llamaba la "Batalla de ideas", un departamento de propaganda y agitación dotado de cuantiosos recursos que se dilapidaban insensiblemente.

A esas alturas de su vida, Raúl Castro tenía serias dudas sobre las iniciativas de su hermano, un personaje que nunca había rebasado la etapa de agitación revolucionaria de sus años universitarios, pero más inquietudes aún le producían el marxismo-leninismo y ese loco proyecto de conquista planetaria iniciado entre Fidel y Chávez.

Raúl, tras ser un rusófilo consumado, abrumado por la experiencia, en la década de los 80 había dejado de creer en el colectivismo marxista, y pidió que rápidamente le tradujeran del ruso el libro Perestroika de Gorbachov.

Posteriormente, el mundo ideológico se le vino al suelo tras la desaparición de la URSS y la comprobación de que el sistema no servía para otra cosa que para mantenerse en el poder a palo y tentetieso.

¿Por qué alguien que hacía años no creía en el comunismo, no respetaba lo más mínimo a Hugo Chávez, y le parecía un disparate dedicarse a batallar contra Estados Unidos, continuaba funcionando como si mantuviera las mismas ideas de su hermano?

Por algo que se puede calificar como "la inercia del poder". Eso exactamente es lo que Raúl Castro quería decir cuando afirmaba que él "no había llegado a la presidencia para enterrar la Revolución". No se trataba de defender el curso ni los basamentos filosóficos de la Revolución, sino de no enterrarla para morirse en paz consigo mismo.

Por supuesto: estaba demasiado anciano y cansado para bajarse del tigre. Era como esos fumadores inveterados que saben que el tabaco los está matando, pero se sienten muy viejos para dejarlo.

[[QUOTE:No se trataba de defender el curso ni los basamentos filosóficos de la Revolución, sino de no enterrarla para morirse en paz consigo mismo]]Conocía que la Revolución había destrozado el aparato productivo, al extremo de que el país sólo se sostenía por recursos que venían del exterior, principalmente de Venezuela, pero no se sentía con fuerzas e imaginación para cortar por lo sano y revertir el proceso.

¿Qué pasará en Cuba si los venezolanos le ponen fin al chavismo, como cada día parece más probable?

Las consecuencias económicas serán terribles. Se reducirá aún más la ya mínima capacidad adquisitiva de los cubanos, volverán las restricciones alimentarias y los apagones, y el país volverá a estar como estuvo en la primera mitad de los años noventa, cuando desapareció la URSS y Cuba perdió súbitamente el mercado artificial, pero obligado, de Europa del Este.

Sin embargo, las peores consecuencias serán las políticas. Esta crisis económica coincidiría con el supuesto retiro de Raúl Castro en febrero de 2018, lo que significa el fin biológico de la generación que hizo la Revolución.

Coincidiría, además, con la presidencia probablemente hostil de Donald Trump, y con el incierto destino de los miles de cubanos que están en Venezuela, cuyo regreso precipitado a la Isla sería un problema semejante al que se presentaría si muchos de ellos deciden quedarse en el país, como ya han hecho centenares de lo que en La Habana llaman desertores.

Más todavía: esa situación, materialmente desesperada y políticamente desmoralizante, iría pareja al descreimiento absoluto en el destino de una Revolución que sólo les ha traído inconvenientes y dolores a los cubanos.

Aunque Raúl Castro pensaba que su función no sería enterrar un proceso en el que ya no creía, verá cómo sucede exactamente lo contrario. Si vive, verá el cambio. Y si le queda algo de la audacia y la decencia juvenil, no tratará de obstaculizarlo.

En todo caso, tras él, y tras la desaparición del chavismo, no vendrá el diluvio, sino la transición a la libertad de la mano de quienes ya no pueden creer en la Revolución porque ésta ha fracasado intensamente y durante mucho tiempo. Demasiado tiempo.

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Carlos Alberto Montaner

Hace más de cuatro décadas, mis amigos Sofía Ímber y Carlos Rangel me llevaron a conocer a Rómulo Betancourt. Les había contado que para mí era una figura mítica a la que estaba especialmente agradecido.

Durante el mandato constitucional de Betancourt, en 1961, cuando yo era un chiquillo de 17 años, me había asilado en la embajada de Honduras, pero, tras ese país romper relaciones con Cuba, Venezuela nos salvó la vida porque la encargada de negocios, Josefina Aché, nos protegió con la bandera venezolana por órdenes, nos dijo, del presidente de su país.

En aquella única entrevista que tuvimos, Rómulo me habló con gran desprecio de Fidel Castro y me contó la historia de cómo el cubano trató de reclutarlo para su particular batalla contra Estados Unidos, fundada, claro está, en la visión antiamericana que le había dejado el marxismo-leninismo al entonces muy joven comandante.

[[QUOTE:Betancourt había sido comunista en su juventud y estaba de regreso de esos dogmas absurdos, a lo que se agregaba que tenía ciertas informaciones muy negativas sobre Fidel Castro]]Betancourt había sido comunista en su juventud y estaba de regreso de esos dogmas absurdos, a lo que se agregaba que tenía ciertas informaciones muy negativas sobre Fidel Castro desde fines de los años 40 por boca de sus amigos cubanos Aureliano Sánchez Arango y Raúl Roa.

Ambos le habían contado que se trataba de un gangstercillo universitario poco recomendable, extremo que también le confirmó Rómulo Gallegos, el gran escritor venezolano, expresidente de su país exiliado en Cuba y México tras el golpe militar de 1948, quien utilizara al joven Fidel como arquetipo del tira-tiros violento y resentido en su novela cubana, La brizna de paja en el viento.

En efecto, el personaje Justo Rigores de esa novela es el alter ego de Fidel Castro, mientras el profesor Rogelio Lucientes, su contrafigura noble, era el propio Raúl Roa, quien le había presentado a Gallegos al joven Castro, no sin antes vacunarlo sobre las características nocivas del personaje.

Cómo y por qué años más tarde Raúl Roa se convirtió en el eficaz canciller de Fidel Castro pertenece al capítulo de la psicopatología profunda de las personas, pero se trata de una cabriola ideológica de muy difícil justificación.

Betancourt, en definitiva, y así me lo refirió, sintió cierta satisfacción en negarle en redondo su ayuda y su complicidad ideológica al comandante. Los cubanos podían estar equivocados en esa época e idolatrar a Fidel Castro, pero el presidente de los venezolanos no se iba a dejar engañar por un sujeto radical empeñado en un camino que les traería graves dificultades a todos los latinoamericanos.

Al fin y al cabo, era la primera vez en la historia de este hemisferio que el gobernante de una nación hispanoamericana asumía como leitmotiv combatir a Estados Unidos, a sus valores, a su organización política y al sistema de economía de mercado fundado en la empresa privada.

Lo que no pudo intuir Betancourt fue la intensidad del odio que esa fallida entrevista provocó en su interlocutor. Desde ese momento, y a lo largo de buena parte de la década de los 60, Fidel Castro hizo lo indecible por destruir la entonces incipiente democracia venezolana y reclutar al país para sus aventuras de conquista imperial al servicio de la URSS y para gloria de sí mismo como cabeza del Tercer Mundo insurgente contra Estados Unidos y contra los principios de Occidente. Él tenía el liderazgo y sabía cómo construir una hermética jaula comunista, pero le faltaban los enormes recursos con que contaba Venezuela.

[[QUOTE:En los 70, ya convencidos de que la vía guerrillera no iba a funcionar en Venezuela y tras la reanudación de relaciones entre los dos países, Cuba inició una eficaz presencia diplomática]]Desde La Habana, con el objetivo de conquistar a Venezuela, "los cubanos" propiciaron la ruptura de la juventud de Acción Democrática, adiestraron y armaron guerrilleros, organizaron desembarcos en los que figuraron oficiales cubanos junto a castristas venezolanos, y se complotaron con militares de izquierda decididos a repetir en Venezuela el episodio de la lucha contra Batista, consistente en derrotar al Ejército y establecer en el país una dictadura unipartidista de corte soviético.

El proyecto le fracasó a Castro por la voluntad de lucha de las Fuerzas Armadas venezolanas y por la decidida resistencia, primero de Rómulo Betancourt y luego de Raúl Leoni. Así que le tocó a Rafael Caldera, tercer presidente de la democracia venezolana tras la derrota total de la insurrección comunista, indultar a los presos políticos y ver cómo algunos exguerrilleros se transformaron en verdaderos demócratas, como sucedió, entre otros, con el abogado Américo Martín.

En los 70, ya convencidos de que la vía guerrillera no iba a funcionar en Venezuela y tras la reanudación de relaciones entre los dos países, Cuba inició una eficaz presencia diplomática enviando, primero, al oficial de la DGI Norberto Hernández Curbelo, y luego a Germán Sánchez Otero, quienes establecieron vínculos amistosos con numerosos personajes de la estructura de poder venezolana que nunca entendieron que aquellos cubanos amables eran los endurecidos representantes de una persistente dictadura que sólo esperaba el momento de saltar sobre la yugular de su valiosa presa.

No obstante, pese al grado de penetración en el país, la diplomacia cubana no fue capaz de detectar el intento del golpe de 1992 en Venezuela, punto de partida del teniente coronel Hugo Chávez en la vida política de su país, de manera que Fidel Castro fue de los primeros jefes de Gobierno en solidarizarse con Carlos Andrés Pérez y criticar ácidamente a los golpistas, como demuestra el telegrama que se aún se conserva.

Sin embargo, en diciembre de 1994, Fidel Castro, disgustado porque Rafael Caldera, en su segundo mandato, comenzado en febrero de ese mismo año, se había reunido con el líder opositor Jorge Mas Canosa, invitó a Hugo Chávez, recién indultado, a dar una conferencia en la Universidad de La Habana, y le dio tratamiento de Jefe de Estado. (Contra el criterio, por cierto, de José Vicente Rangel, hombre cercano a Cuba, quien no cesaba de opinar que Chávez era, realmente, un fascista).

Y algo de eso había: en ese periodo de su vida, Hugo Chávez estaba bajo la influencia del peronista radical Norberto Ceresole, también ideólogo de Gadafi, pero, poco a poco, Fidel Castro fue persuadiendo a Chávez de que la solución de los problemas de América y del mundo no estaba en el galimatías fascista propuesto por el argentino, sino en la doctrina marxista y el modus operandi leninista.

[[QUOTE:Hugo Chávez, con el auxilio del aparato cubano, ganó las elecciones por un amplio margen, y en Cuba, secretamente, le prepararon una serie de charlas sobre cómo gobernar y mantenerse en el poder]]A partir de esa primera reunión, Fidel Castro pensó que si Hugo Chávez llegaba al poder, con la bolsa de Venezuela él podría continuar la lucha contra el imperialismo yanqui y por la conquista del planeta, interrumpida tras el desmantelamiento del comunismo en Europa del Este y la desaparición de la URSS como consecuencia de la traición de Mijail Gorbachov a los ideales comunistas. De manera que puso al servicio del venezolano la considerable experiencia de los operadores políticos de la DGI cubana y del Departamento de América del Partido Comunista.

Finalmente, el 6 de diciembre de 1998, Hugo Chávez, con el auxilio del aparato cubano, que hasta le procuró grandes sumas de dinero, ganó las elecciones por un amplio margen, y en Cuba, secretamente, le prepararon una serie de charlas sobre cómo gobernar y mantenerse en el poder. Los conferenciantes estaban adscritos al Estado Mayor del Ejército cubano y al Ministerio del Interior.

Fidel, muy entusiasmado porque veía los cielos abiertos con el triunfo de su amistoso discípulo, asistiría a algunas de las lecciones e, incluso, a él se debe el consejo a Chávez de que actuara rápidamente, desde la toma de posesión, y que calificara de "moribunda" la Constitución de 1961, algo que el venezolano tomó al pie de la letra cuando se juramentó para comenzar a gobernar el 2 de febrero de 1999.

En diciembre de ese mismo año fue aprobada la nueva Constitución que le abría la puerta a la reelección inmediata, cumpliéndose con ello el primer objetivo del "socialismo del siglo XXI": prorrogar sine die la permanencia en el poder del líder de la revolución.

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Carlos Alberto Montaner

Maduro y el chavismo caerán, pero no por su propio peso, sino por el esfuerzo de sus adversarios. El síntoma inequívoco está en esos millares de jóvenes venezolanos dispuestos a enfrentar a las fuerzas represivas. Los venezolanos menores de 25 años no conocen otro régimen que el confuso guirigay chavista. Si persisten, acabarán por triunfar, como sucedió en Ucrania.

Los Estados totalitarios tienen un tiempo crítico de gestación. Las revoluciones no se pueden hacer en cámara lenta y el manicomio venezolano fue inaugurado en 1999, hace 18 años. Las ingenuas ilusiones de aquel instante fueron progresivamente aplastadas bajo el peso de una nefasta experiencia gerencial que ha destruido al país, trenzada con la corrupción, el narcotráfico y la idiotez.

El tiempo es un factor crítico. Cuando las revoluciones comienzan cuentan con muchos adeptos y con la curiosa expectativa del conjunto de la población, pero los caudillos totalitarios saben que deben actuar rápidamente porque la luna de miel será corta. Lenin tomó el poder en octubre de 1917 y antes de los dos años ya había echado el cerrojo. A Fidel Castro sólo le tomó 18 meses apoderarse de todos los medios de comunicación, de la enseñanza privada y de las grandes y medianas empresas.[[QUOTE:A Fidel Castro sólo le tomó 18 meses apoderarse de todos los medios de comunicación, de la enseñanza privada y de las grandes y medianas empresas]]Probablemente Hugo Chávez tuvo que someterse a otro calendario por la forma en que tomó el poder y porque hizo redactar una Constitución garantista con bastantes elementos de la democracia liberal. Enterró un texto "moribundo", pero parió otro que hablaba de separación de poderes y de libertades, y que dejaba la puerta abierta a la insurrección en caso de que la estructura republicana estuviera en peligro.

¿Cómo se sostiene Nicolás Maduro pese al manifiesto rechazo popular al régimen?

Su poder se fundamenta en la capacidad represiva del régimen y ésta, a su vez, depende de la información que recibe y del daño que les puede infligir a quienes no obedecen. De ahí la importancia del terror. El sistema juega con la ilusión de que conquista el corazón de los ciudadanos, pero no es verdad. Se trata de apoderarse de las vejigas de los súbditos. La intención es que se orinen de miedo.

Como se sabe, la información es poder. Maduro tiene acceso a los informes de la inteligencia cubana, organismo dedicado a explorar la vida y milagro de las personalidades venezolanas –opositores y chavistas–, especialmente de quienes merodean el poder y tienen la posibilidad potencial de descabezar al Gobierno, sustituirlo y darle un vuelco instantáneo a la situación política.[[QUOTE:Maduro tiene acceso a los informes de la inteligencia cubana, organismo dedicado a explorar la vida y milagro de las personalidades venezolanas ]]Luego viene la represión. Los servicios cubanos aprendieron de la Stasi alemana, madre y maestra de la represión, que basta un 0,5% de la población para manejar a cualquier sociedad en la que, además, el Gobierno controle férreamente los tribunales y el aparato propagandístico para construir el relato que le permita perpetrar cualquier canallada.

¿Cómo llegaron los soviéticos y los alemanes a ese porcentaje? Según la leyenda, la cifra surge de la observación de los rebaños ovinos hecha por la eficiente policía política zarista: la temible Okhrana. Bastaba un perro feroz para mantener a raya a 200 temblorosas ovejas. Entre sus actividades estaba, fundamentalmente, la información, la desinformación, la penetración y la disgregación del enemigo.

En Alemania Oriental apenas necesitaron 80.000 personas para sujetar a 16 millones de aterrorizados súbditos. En Cuba son unas 55.000 para 11 millones. En Venezuela se trataría de 150.000 personas dedicadas a maniatar a casi 30 millones.[[QUOTE:Maduro quiere armar una milicia de un millón de paramilitares. ¿Para qué? Porque no se fía de las Fuerzas Armadas]]Sin embargo, en Venezuela no alcanzan, y ahí está "el bravo pueblo" en las calzadas y plazas para demostrarlo. Maduro quiere armar una milicia de un millón de paramilitares. ¿Para qué? Porque no se fía de las Fuerzas Armadas. Esas milicias son para evitar que un día algunos militares se cansen de su incompetencia y de sus necedades, como hicieron con el general Juan Velasco Alvarado en Perú, aunque, en su caso, tal vez termine en un avión rumbo a Cuba, rodeado de los handlers del G-2 isleño, que lo manejaban como a una marioneta inepta que hablaba con los pajaritos y bailaba salsa en medio del naufragio.

La hambruna está a la vuelta de la esquina por la falta de dólares para importar alimentos. La catástrofe es mucho peor en sociedades urbanas, como la venezolana, en las que el 78% de la población carece de habilidades campesinas. Súmese a este cuadro la falta de medicinas, de insecticidas, y de todos los factores que mantienen a raya las enfermedades. El resultado es obvio: Venezuela se hunde si Maduro continúa instalado en Miraflores. Todos los venezolanos, incluso los chavistas, saben que tiene que irse.

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Carlos Alberto Montaner

En Ecuador -afirma el gobierno- las elecciones del 2 de abril las ganó la “revolución ciudadana” y la perdieron los “pelucones”. “Revolución ciudadana” es la forma local de llamarle a la voluntad omnímoda de Rafael Correa. Allí se hace lo que a este señor le da la gana. “Pelucones” son todos los que se oponen a ella. Lo que en Venezuela denominan “escuálidos” y en Cuba “gusanos”.

Pero no sucedió así. Según todos los síntomas, en Ecuador ganó la oposición. Sencillamente, hubo fraude. La trampa estuvo precedida por el prefraude y ahora estamos en la fase del postfraude.

Me explico.

El prefraude es la etapa en la que se crea el clima ideal para consumar el engaño. Se cambia o adapta la legislación, se controlan los órganos electorales, y se introducen métodos electrónicos fácilmente manipulables.

Simultáneamente, se silencian los medios de comunicación independientes, y el dictador, disfrazado de presidente democrático, coopta los poderes legislativo y judicial para acogotar a cualquiera que ose criticarlo. Primero fragua una legislación ambigua, perfecta para iniciar las persecuciones, y luego suelta a los fiscales del Estado, como los cazadores liberan a sus perros de caza, para que acosen y atrapen a quienes se atreven a denunciar la falta de libertades. Algunos de los opositores van a parar a la cárcel o al exilio.[[QUOTE:La mayor parte de las sociedades sometidas a esta violencia propenden a guardar silencio y a la obediencia dócil. Sólo protestan a pecho descubierto los más audaces y comprometidos]]

Naturalmente, se crea una atmósfera de terror. La mayor parte de las sociedades sometidas a esta violencia propenden a guardar silencio y a la obediencia dócil. Sólo protestan a pecho descubierto los más audaces y comprometidos. Los que mejor entienden cuanto sucede.

El fraude es el delito cometido durante el proceso electoral. Primero, se prepara comprando algunas encuestas que dan como virtual ganador al candidato oficialista. Y luego se lleva a cabo mediante el control del registro de votantes –los muertos continúan sufragando, se crean ciudadanos virtuales-, pero el truco mayor es el diseño sofisticado del software.

Es posible graduar exactamente con qué porcentaje se desea triunfar y dónde colocar los votos decisivos. La máquina interpreta los algoritmos programados y ofrece los resultados solicitados de una manera casi imperceptible. Esto se hace en minutos, generalmente cuando, oportunamente, se interrumpe la electricidad. (En todas partes cuecen habas. No sólo en el Tercer Mundo. En el Condado de Dade, en Florida, cuando se decidía en una consulta el destino millonario de los casinos, dos computadoras “mal programadas” invertían los “sí” y “no” para darle la victoria a quienes favorecían la creación de casas de juego fuera de las reservas indias. Las máquinas fueron descubiertas y los resultados invalidados).

En Ecuador estamos en el postfraude. El órgano electoral, obediente y dependiente del poder, para darle a esa “victoria” una apariencia de verosimilitud, ya proclamó el triunfo de Lenín Moreno por una pequeña fracción. Nadie hubiera creído que el oficialismo ganaba por goleada cuando la predicción es que iba a perder. Sucedió lo mismo que en las elecciones venezolanas del 2013, cuando los resultados se acomodaron al éxito de Nicolás Maduro frente a Henrique Capriles, quien, a todas luces, había conseguido prevalecer con cierta holgura.

El postfraude le concede al régimen una pátina de legitimidad suficiente para contentar a los factores internacionales. Todos aquellos elementos –El Departamento de Estado norteamericano, el Vaticano con su papa peronista, la OEA—que prefieren la estabilidad a la verdad impredecible e incómoda de que hubo fraude, probable origen de desórdenes, se sienten aliviados y no vacilan en avalar los resultados. Al fin y al cabo, en muchas elecciones, como en México o Colombia, también hay fraudes.

Pero hay una diferencia. En los países del Socialismo del Siglo XXI (por ahora Cuba, Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua) el fraude –condenable en todas las latitudes- es un instrumento para el mantenimiento de regímenes que nada tienen que ver con las democracias liberales a las que todos esos países (menos Cuba, que es una franca dictadura comunista), dicen pertenecer.

Todos juegan con la apariencia de un Estado de Derecho, dotado de una Constitución que garantiza las libertades, con separación de poderes, partidos políticos libres que participan en comicios abiertos, en el que las transacciones comerciales responden al mercado, y en los que supuestamente funciona la alternancia en el poder, pero todo es una mentirosa ilusión.

La verdad se la leí hace unos años a Salvador Sánchez Cerén, un viejo comunista exguerrillero salvadoreño, hoy presidente de ese país. En esa época era candidato de la oposición a vicepresidente mientras en la nación gobernaba el partido ARENA. Dijo, y cito de memoria, que cuando llegaran al poder terminaría la alternancia. El gobierno totalitario, como el amor, o como el odio, es para siempre. Como se ha visto en Ecuador.

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Donald Trump dijo que lo estremecieron las imágenes de esos "niños hermosos" destrozados por el gas sarín esparcido por la aviación del dictador sirio Bashar al-Assad. Por eso, afirmó, ordenó el lanzamiento de 59 misiles contra la base de donde habían despegado los aviones. Desde el fin de la Primera Guerra Mundial está prohibido el uso de esas crueles armas químicas.

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Carlos Alberto Montaner

Maduro rectificó. La Fiscal General del país, Luisa Ortega Díaz, le facilitó el cambio en bandeja de plata. Seguramente fue pactado. Primero, Nicolás Maduro había eliminado cualquier vestigio de democracia en Venezuela. Sus sicarios en el Tribunal Supremo de Justicia se encargaron de asumir las funciones de la Asamblea Nacional. Era la última maniobra. Continuarían la dictadura, pero sin tapujos y con mano aún más dura. El camino quedaba libre para acusar a los diputados de traición a la patria. O de lo que se les ocurriera.

No pudieron. La resistencia nacional e internacional fue demasiado intensa. Los diputados y los estudiantes se echaron a la calle a protestar. El paso dado era demasiado descarado. Luis Almagro armó rápidamente el frente de la OEA, mientras PPK, en Perú, prácticamente rompía relaciones, y los aliados de Maduro –Leonel Fernández, Rodríguez Zapatero y Martín Torrijos—le advirtieron que no podían acompañarlo en este nuevo espasmo totalitario.

La operación para destruir la Asamblea Nacional comenzó tras la derrota electoral de diciembre de 2015. Era la versión venezolana de la piñata nicaragüense. Fue entonces, en las pocas semanas que faltaban para que el nuevo parlamento comenzara a operar, cuando, a toda máquina, reformaron la composición de la cúpula del poder judicial, pisoteando la Constitución y preparándose para gobernar a palo y tentetieso cuando fuera necesario.[[QUOTE:¿Y qué piensa Raúl Castro de todo esto? Debe preocuparle. Al fin y al cabo, la cabeza del Socialismo del Siglo XXI está en La Habana]]

¿Y qué piensa Raúl Castro de todo esto? Debe preocuparle. Al fin y al cabo, la cabeza del Socialismo del Siglo XXI está en La Habana. Nicolás Maduro es sólo un títere (mal) formado en los cursillos de marxismo-leninismo de la Escuela de Cuadros del Partido Comunista de Cuba, sugerido por Fidel Castro a Hugo Chávez.

Maduro les parecía a los servicios cubanos un bruto noble y dócil que hablaba con los pajaritos, mucho menos corrupto y más manejable, por ejemplo, que Adán Chávez, el hermano del fallecido teniente coronel. No era perfecto, pero, entre los venezolanos disponibles, era el más útil para “los cubanos”, precisamente por sus debilidades.

¿Y qué va a pasar ahora? No demasiado, a menos que los Estados Unidos abandone la ridícula actitud de “Venezuela no es un peligro, sino una molestia”, adoptada desde el gobierno de George W. Bush, y luego continuada por Barack Obama.

El gobierno de Venezuela, aunque caótico y desorganizado, sí es un peligro para la seguridad de Estados Unidos por sus vinculaciones con los terroristas islámicos y por sus lazos militares con Irán y Hezbolá. No tiene ojivas nucleares, pero posee otros medios de perjudicar severamente a su archienemigo.

Es un peligro por sus nexos con el narcotráfico y por la utilización de una parte de sus generales en este comercio asesino. Es un peligro por su militante “antiyanquismo”, siempre a la caza de nuevas conquistas, y por ser una de las naciones más corruptas del planeta.

¿De qué le sirve al Departamento del Tesoro de Washington perseguir por corrupción a los jerarcas internacionales del fútbol,  o a una docena de banqueros por blanqueo de capitales procedentes de la droga, como señala la DEA, si Venezuela es un narcoestado impunemente  dedicado a todos esos menesteres, mientras asiste sin recato a las narcoguerrillas colombianas?[[QUOTE:El gobierno de Venezuela pone en peligro a su propia población, deliberadamente hambreada, mientras el país se aproxima a una terrible catástrofe humanitaria]]

Por último, el gobierno de Venezuela pone en peligro a su propia población, deliberadamente hambreada, mientras el país se aproxima a una terrible catástrofe humanitaria,  por una combinación letal entre el pésimo gobierno y la corrupción. ¿No habíamos quedado en que existía “el deber de proteger” a las víctimas de estos horrores políticos?

Estados Unidos es la única nación de las Américas que posee la visión estratégica, los recursos, el peso material y el sentido de la responsabilidad que se requiere para defenderse de sus enemigos y formular una “hoja de ruta”, como ahora se dice, consagrada a cambiar un régimen que le perjudica intensamente y emponzoña la atmósfera en toda América Latina.

Tal vez no sea inteligente que Estados Unidos elimine las compras de petróleo a Venezuela –la única fuente de cash que ingresa el país-, pero sí sería factible abonar el producto de esas transacciones a una cuenta scrow, hasta que la Asamblea Nacional certifique que el comportamiento de Maduro se adapta a las normas constitucionales. Sería una irresponsabilidad alimentar a un gobierno ilegítimo que usurpa funciones que no le corresponden.

No es verdad que la Guerra Fría terminó totalmente. Desapareció la URSS y con ella se evaporaron los regímenes comunistas de Europa oriental, pero Estados Unidos continúa teniendo enemigos tenaces decididos a combatir al país por todos los medios. Si Washington desea continuar siendo la cabeza del mundo libre no puede evadirse del tema venezolano. Tiene que dar un paso al frente y liderar al Continente. Nadie más puede o sabe hacer esa tarea.

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