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Carlos Alberto Montaner

El presidente venezolano no consigue aplastar la rebelión popular desatada en su país Continue reading
En Estados Unidos aumenta el clamor a favor de la destitución del presidente Continue reading
Probablemente su éxito garantice la supervivencia de la paz y la democracia en Europa Continue reading
La represión brutal del gobierno chavista no ha conseguido detener las masivas protestas Continue reading
La respuesta del presidente venezolano a la crisis en su país tiene dos aspectos fundamentales Continue reading
El delirio revolucionario de los caudillos y el sueño de unir a ambas naciones Continue reading
América Latina fue un mundo desovado y celosamente guardado por España durante siglos Continue reading

Carlos Alberto Montaner

Chávez comenzó su mandato sometiéndose al consejo constante de Fidel Castro, a quien no tardó en ayudar copiosamente en el terreno económico. Sin embargo, la colaboración entre ambos países dio un salto cualitativo en abril de 2002, cuando las Fuerzas Armadas de Venezuela, en complicidad con factores políticos y con el establishment económico dieron un golpe militar y durante 72 horas estuvo fuera del poder.

Este no es el lugar para explicar lo que sucedió, pero casi milagrosamente Chávez recuperó la presidencia, y con ella la certeza de que muchos de sus compatriotas eran unos traidores, así que en el futuro sólo podía contar con la lealtad del Gobierno cubano, y muy especialmente con la de Fidel Castro, quien durante esos tres días extremó sus maniobras para lograr que Chávez, primero, conservara la vida y, segundo, volviera a la jefatura del Estado.

Tras este episodio cambió el vínculo entre los dos caudillos. Fidel adquirió un total control emocional e ideológico sobre Chávez, y se multiplicaron progresivamente las exacciones de dinero por parte de La Habana, ocultadas bajo el rubro de los servicios de profesionales de la medicina y de otras decenas de actividades comerciales convenientemente infladas, como, por ejemplo, el alquiler de perforadoras de petróleo que serían utilizadas en el lago Maracaibo.

[[QUOTE:Fidel adquirió un total control emocional e ideológico sobre Chávez, y se multiplicaron progresivamente las exacciones de dinero por parte de La Habana]]El comandante había encontrado una fuente casi inagotable de financiamiento y a un discípulo al que le podía entregar la dirección de la "lucha contra el imperialismo yanqui" –el objeto de su vida--, porque no confiaba demasiado en las condiciones intelectuales en su hermano Raúl Castro, aunque no ponía en duda su lealtad absoluta.

A partir de ese momento aumentó el delirio revolucionario de ambos caudillos y comenzaron a soñar con unir a ambas naciones, y hasta crearon unas comisiones de expertos juristas que estudiaron el modo de llevar a cabo la fusión.

En diciembre del 2005, Carlos Lage, vicepresidente de la Isla, entonces gerente del desastre administrativo cubano, declaró que Cuba tenía dos presidentes, Fidel Castro y Hugo Chávez, mientras el ingeniero Felipe Pérez Roque, canciller cubano, dejó dicho en Caracas, en un discurso pronunciado en el teatro Teresa Carreño, que los dos países asumían el reto de dirigir la lucha planetaria por los trabajadores del mundo, ya que la Unión Soviética había traicionado ese objetivo.

Es a tenor de esas palabras y de ese inmenso compromiso que se explica el sistema de alianzas trenzado por ambos países bajo la dirección de Castro.

Chávez llevó de la mano por media América a su "hermano" Ahmadineyad –así le llamaba--, presidente de Irán, y trabó relaciones sólidas y oscuras con los narcoterroristas de las FARC y con grupos similares del Medio Oriente, con los que se congració sosteniendo posturas antisemitas y antiisraelíes.

Para Chávez, arrastrado a la lucha antinorteamericana de Fidel Castro y siguiendo la vieja receta soviética evidenciada en el Movimiento de los No-Alineados, en el que cabía todo, no le importaba pactar con una teocracia islámica, con Corea del Norte, con la dictadura bielorrusa de Aleksander Lukashenko, o con guerrilleros colombianos que dirigían y operaban un enorme cartel narco. Lo único que el tándem Cuba-Venezuela les exigía a sus socios políticos era que fuesen decididamente antiyanquis y asumieran un discurso antioccidental.

Sin embargo, las relaciones personales entre Fidel Castro y Hugo Chávez no eran tan buenas como creía el venezolano. Para Fidel, Chávez era un personaje vulgar y untuoso, un tipo "parejero" –se colocaba parejo al comandante—a quien el cubano rechazaba en el plano humano, aunque sabía que la ayuda venezolana era vital para la subsistencia de la Isla.

[[QUOTE:Las relaciones personales entre Fidel Castro y Hugo Chávez no eran tan buenas como creía el venezolano. Para Fidel, Chávez era un personaje vulgar y untuoso]]Este juicio de Fidel no era nuevo. En el 2001, en Ciudad Bolívar, cuando la periodista venezolana Isa Dobles, su amiga, le preguntó a Castro cómo resistía a semejante patán, el comandante, melancólicamente, le respondió: "Por Cuba, Isa, yo estoy dispuesto a cualquier sacrificio".

Sin embargo, desesperado por las constantes e insufribles llamadas de Chávez, por aquellos años Fidel Castro tomó una decisión radical: se lo quitó de encima el 90% de las veces.

Le comunicó a Chávez, todo lo amablemente de que era capaz, que, debido a lo delicado del momento, tendría que pasarle sus llamadas y vínculos a Carlos Lage y a Pérez Roque, con instrucciones de que lo atendieran con prontitud, ingrata tarea de la que ambos acabaron quejándose amargamente.

Como es notorio, a fines de julio de 2006, Fidel Castro enfermó gravemente con un ataque casi mortal de diverticulitis, aunque no murió, como sabemos, hasta noviembre de 2016, una década más tarde, legitimando el dictum español de que hay enfermos dotados con una mala salud de hierro. Irónicamente, Hugo Chávez feneció víctima de un cáncer antes que su mentor y amigo, supuestamente el 5 de marzo de 2013, sexagésimo aniversario de la muerte de Stalin.

Digo supuestamente porque hay razones para pensar que murió antes, aunque no se anunció su deceso porque previamente Cuba debía solucionar el grave asunto de la sucesión para poder garantizarse que la ayuda siguiera fluyendo de Caracas hacia La Habana.

El elegido para ocupar el trono fue Nicolás Maduro, y parece que fueron Raúl Castro y Lula da Silva los que convencieron a Chávez, ya cerca de la muerte, de que seleccionara como heredero a ese personaje torpe y grandullón que había pasado sin penas ni glorias por la Escuela de Cuadros del Partido Comunista de Cuba. Cualquiera le parecía mejor a los cubanos que Diosdado Cabello, a quien le correspondía ocupar el cargo de acuerdo con la Constitución bolivariana, pero de quien todos desconfiaban.

Raúl Castro entra en escena

Cuando Raúl Castro entra en escena a presidir a los cubanos (de 2006 al 2008 con carácter interino, pero a partir de ese año, de manera oficial y permanente), debía dividir sus responsabilidades con Lage y con Pérez Roque, pero Raúl, en 2009, con la ayuda de los servicios de inteligencia, se las arregló para liquidar a sus dos rivales.

Ambos fueron condenados al ostracismo y a la indignidad, acusados de burlarse de Fidel Castro, pecado mayor en un régimen absolutamente caudillista como el cubano.

Raúl Castro, cinco años más joven, era totalmente diferente a Fidel, quien lo minusvaloraba siempre y lo despreciaba a veces, pero una de las maneras que Raúl tenía de congraciarse con su hermano era ejerciendo la violencia con gran rigor. De ahí esa curiosa declaración de Fidel, en el año 59, en la que advertía que, si lo mataban, su hermano y ya entonces heredero, sería mucho peor, algo que, en cierto modo, era verdad.

Raúl, al contrario de lo que sucedía con Fidel, era un buen padre de familia, aunque carecía de densidad intelectual, lo que lo distanciaba de su hermano. Se sentía bien, en cambio, con los militares que lo rodeaban. Era un tipo organizado, y le gustaba hacer chistes procaces. Chistes de cuartel.

En Cuba, durante años, el poder se dividía entre fidelistas y raulistas, pero no a partes iguales. Los primeros tenían el control de la autoridad y seguían de cerca las iniciativas del Máximo Líder. Los segundos giraban en torno a las Fuerzas Armadas protegidos por el hermano "pequeño".

No obstante, Raúl fue lentamente apoderándose de todo el aparato represivo, primero, en los años 90, fagocitando al Ministerio del Interior, lleno de fidelistas, tras fusilar al general Arnaldo Ochoa y al coronel Tony de La Guardia, y apresar, poco después, al general José Abrantes, ex Ministro del Interior, quien murió sorpresivamente en la cárcel en lo que fue, a todas luces, una ejecución porque sabía demasiados secretos, especialmente los relacionados con el narcotráfico.

[[QUOTE:El poder se dividía entre fidelistas y raulistas. Los primeros tenían el control de la autoridad y seguían de cerca las iniciativas del Máximo Líder. Los segundos giraban en torno a las Fuerzas Armadas protegidos por el hermano "pequeño"]]Pero el zarpazo final fue en el 2009: tras la salida de Lage y de Pérez Roque vinieron la desbandada del llamado Grupo de Apoyo al Comandante y de los personajes revoltosos que figuraban en lo que Fidel Castro llamaba la "Batalla de ideas", un departamento de propaganda y agitación dotado de cuantiosos recursos que se dilapidaban insensiblemente.

A esas alturas de su vida, Raúl Castro tenía serias dudas sobre las iniciativas de su hermano, un personaje que nunca había rebasado la etapa de agitación revolucionaria de sus años universitarios, pero más inquietudes aún le producían el marxismo-leninismo y ese loco proyecto de conquista planetaria iniciado entre Fidel y Chávez.

Raúl, tras ser un rusófilo consumado, abrumado por la experiencia, en la década de los 80 había dejado de creer en el colectivismo marxista, y pidió que rápidamente le tradujeran del ruso el libro Perestroika de Gorbachov.

Posteriormente, el mundo ideológico se le vino al suelo tras la desaparición de la URSS y la comprobación de que el sistema no servía para otra cosa que para mantenerse en el poder a palo y tentetieso.

¿Por qué alguien que hacía años no creía en el comunismo, no respetaba lo más mínimo a Hugo Chávez, y le parecía un disparate dedicarse a batallar contra Estados Unidos, continuaba funcionando como si mantuviera las mismas ideas de su hermano?

Por algo que se puede calificar como "la inercia del poder". Eso exactamente es lo que Raúl Castro quería decir cuando afirmaba que él "no había llegado a la presidencia para enterrar la Revolución". No se trataba de defender el curso ni los basamentos filosóficos de la Revolución, sino de no enterrarla para morirse en paz consigo mismo.

Por supuesto: estaba demasiado anciano y cansado para bajarse del tigre. Era como esos fumadores inveterados que saben que el tabaco los está matando, pero se sienten muy viejos para dejarlo.

[[QUOTE:No se trataba de defender el curso ni los basamentos filosóficos de la Revolución, sino de no enterrarla para morirse en paz consigo mismo]]Conocía que la Revolución había destrozado el aparato productivo, al extremo de que el país sólo se sostenía por recursos que venían del exterior, principalmente de Venezuela, pero no se sentía con fuerzas e imaginación para cortar por lo sano y revertir el proceso.

¿Qué pasará en Cuba si los venezolanos le ponen fin al chavismo, como cada día parece más probable?

Las consecuencias económicas serán terribles. Se reducirá aún más la ya mínima capacidad adquisitiva de los cubanos, volverán las restricciones alimentarias y los apagones, y el país volverá a estar como estuvo en la primera mitad de los años noventa, cuando desapareció la URSS y Cuba perdió súbitamente el mercado artificial, pero obligado, de Europa del Este.

Sin embargo, las peores consecuencias serán las políticas. Esta crisis económica coincidiría con el supuesto retiro de Raúl Castro en febrero de 2018, lo que significa el fin biológico de la generación que hizo la Revolución.

Coincidiría, además, con la presidencia probablemente hostil de Donald Trump, y con el incierto destino de los miles de cubanos que están en Venezuela, cuyo regreso precipitado a la Isla sería un problema semejante al que se presentaría si muchos de ellos deciden quedarse en el país, como ya han hecho centenares de lo que en La Habana llaman desertores.

Más todavía: esa situación, materialmente desesperada y políticamente desmoralizante, iría pareja al descreimiento absoluto en el destino de una Revolución que sólo les ha traído inconvenientes y dolores a los cubanos.

Aunque Raúl Castro pensaba que su función no sería enterrar un proceso en el que ya no creía, verá cómo sucede exactamente lo contrario. Si vive, verá el cambio. Y si le queda algo de la audacia y la decencia juvenil, no tratará de obstaculizarlo.

En todo caso, tras él, y tras la desaparición del chavismo, no vendrá el diluvio, sino la transición a la libertad de la mano de quienes ya no pueden creer en la Revolución porque ésta ha fracasado intensamente y durante mucho tiempo. Demasiado tiempo.

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Carlos Alberto Montaner

Hace más de cuatro décadas, mis amigos Sofía Ímber y Carlos Rangel me llevaron a conocer a Rómulo Betancourt. Les había contado que para mí era una figura mítica a la que estaba especialmente agradecido.

Durante el mandato constitucional de Betancourt, en 1961, cuando yo era un chiquillo de 17 años, me había asilado en la embajada de Honduras, pero, tras ese país romper relaciones con Cuba, Venezuela nos salvó la vida porque la encargada de negocios, Josefina Aché, nos protegió con la bandera venezolana por órdenes, nos dijo, del presidente de su país.

En aquella única entrevista que tuvimos, Rómulo me habló con gran desprecio de Fidel Castro y me contó la historia de cómo el cubano trató de reclutarlo para su particular batalla contra Estados Unidos, fundada, claro está, en la visión antiamericana que le había dejado el marxismo-leninismo al entonces muy joven comandante.

[[QUOTE:Betancourt había sido comunista en su juventud y estaba de regreso de esos dogmas absurdos, a lo que se agregaba que tenía ciertas informaciones muy negativas sobre Fidel Castro]]Betancourt había sido comunista en su juventud y estaba de regreso de esos dogmas absurdos, a lo que se agregaba que tenía ciertas informaciones muy negativas sobre Fidel Castro desde fines de los años 40 por boca de sus amigos cubanos Aureliano Sánchez Arango y Raúl Roa.

Ambos le habían contado que se trataba de un gangstercillo universitario poco recomendable, extremo que también le confirmó Rómulo Gallegos, el gran escritor venezolano, expresidente de su país exiliado en Cuba y México tras el golpe militar de 1948, quien utilizara al joven Fidel como arquetipo del tira-tiros violento y resentido en su novela cubana, La brizna de paja en el viento.

En efecto, el personaje Justo Rigores de esa novela es el alter ego de Fidel Castro, mientras el profesor Rogelio Lucientes, su contrafigura noble, era el propio Raúl Roa, quien le había presentado a Gallegos al joven Castro, no sin antes vacunarlo sobre las características nocivas del personaje.

Cómo y por qué años más tarde Raúl Roa se convirtió en el eficaz canciller de Fidel Castro pertenece al capítulo de la psicopatología profunda de las personas, pero se trata de una cabriola ideológica de muy difícil justificación.

Betancourt, en definitiva, y así me lo refirió, sintió cierta satisfacción en negarle en redondo su ayuda y su complicidad ideológica al comandante. Los cubanos podían estar equivocados en esa época e idolatrar a Fidel Castro, pero el presidente de los venezolanos no se iba a dejar engañar por un sujeto radical empeñado en un camino que les traería graves dificultades a todos los latinoamericanos.

Al fin y al cabo, era la primera vez en la historia de este hemisferio que el gobernante de una nación hispanoamericana asumía como leitmotiv combatir a Estados Unidos, a sus valores, a su organización política y al sistema de economía de mercado fundado en la empresa privada.

Lo que no pudo intuir Betancourt fue la intensidad del odio que esa fallida entrevista provocó en su interlocutor. Desde ese momento, y a lo largo de buena parte de la década de los 60, Fidel Castro hizo lo indecible por destruir la entonces incipiente democracia venezolana y reclutar al país para sus aventuras de conquista imperial al servicio de la URSS y para gloria de sí mismo como cabeza del Tercer Mundo insurgente contra Estados Unidos y contra los principios de Occidente. Él tenía el liderazgo y sabía cómo construir una hermética jaula comunista, pero le faltaban los enormes recursos con que contaba Venezuela.

[[QUOTE:En los 70, ya convencidos de que la vía guerrillera no iba a funcionar en Venezuela y tras la reanudación de relaciones entre los dos países, Cuba inició una eficaz presencia diplomática]]Desde La Habana, con el objetivo de conquistar a Venezuela, "los cubanos" propiciaron la ruptura de la juventud de Acción Democrática, adiestraron y armaron guerrilleros, organizaron desembarcos en los que figuraron oficiales cubanos junto a castristas venezolanos, y se complotaron con militares de izquierda decididos a repetir en Venezuela el episodio de la lucha contra Batista, consistente en derrotar al Ejército y establecer en el país una dictadura unipartidista de corte soviético.

El proyecto le fracasó a Castro por la voluntad de lucha de las Fuerzas Armadas venezolanas y por la decidida resistencia, primero de Rómulo Betancourt y luego de Raúl Leoni. Así que le tocó a Rafael Caldera, tercer presidente de la democracia venezolana tras la derrota total de la insurrección comunista, indultar a los presos políticos y ver cómo algunos exguerrilleros se transformaron en verdaderos demócratas, como sucedió, entre otros, con el abogado Américo Martín.

En los 70, ya convencidos de que la vía guerrillera no iba a funcionar en Venezuela y tras la reanudación de relaciones entre los dos países, Cuba inició una eficaz presencia diplomática enviando, primero, al oficial de la DGI Norberto Hernández Curbelo, y luego a Germán Sánchez Otero, quienes establecieron vínculos amistosos con numerosos personajes de la estructura de poder venezolana que nunca entendieron que aquellos cubanos amables eran los endurecidos representantes de una persistente dictadura que sólo esperaba el momento de saltar sobre la yugular de su valiosa presa.

No obstante, pese al grado de penetración en el país, la diplomacia cubana no fue capaz de detectar el intento del golpe de 1992 en Venezuela, punto de partida del teniente coronel Hugo Chávez en la vida política de su país, de manera que Fidel Castro fue de los primeros jefes de Gobierno en solidarizarse con Carlos Andrés Pérez y criticar ácidamente a los golpistas, como demuestra el telegrama que se aún se conserva.

Sin embargo, en diciembre de 1994, Fidel Castro, disgustado porque Rafael Caldera, en su segundo mandato, comenzado en febrero de ese mismo año, se había reunido con el líder opositor Jorge Mas Canosa, invitó a Hugo Chávez, recién indultado, a dar una conferencia en la Universidad de La Habana, y le dio tratamiento de Jefe de Estado. (Contra el criterio, por cierto, de José Vicente Rangel, hombre cercano a Cuba, quien no cesaba de opinar que Chávez era, realmente, un fascista).

Y algo de eso había: en ese periodo de su vida, Hugo Chávez estaba bajo la influencia del peronista radical Norberto Ceresole, también ideólogo de Gadafi, pero, poco a poco, Fidel Castro fue persuadiendo a Chávez de que la solución de los problemas de América y del mundo no estaba en el galimatías fascista propuesto por el argentino, sino en la doctrina marxista y el modus operandi leninista.

[[QUOTE:Hugo Chávez, con el auxilio del aparato cubano, ganó las elecciones por un amplio margen, y en Cuba, secretamente, le prepararon una serie de charlas sobre cómo gobernar y mantenerse en el poder]]A partir de esa primera reunión, Fidel Castro pensó que si Hugo Chávez llegaba al poder, con la bolsa de Venezuela él podría continuar la lucha contra el imperialismo yanqui y por la conquista del planeta, interrumpida tras el desmantelamiento del comunismo en Europa del Este y la desaparición de la URSS como consecuencia de la traición de Mijail Gorbachov a los ideales comunistas. De manera que puso al servicio del venezolano la considerable experiencia de los operadores políticos de la DGI cubana y del Departamento de América del Partido Comunista.

Finalmente, el 6 de diciembre de 1998, Hugo Chávez, con el auxilio del aparato cubano, que hasta le procuró grandes sumas de dinero, ganó las elecciones por un amplio margen, y en Cuba, secretamente, le prepararon una serie de charlas sobre cómo gobernar y mantenerse en el poder. Los conferenciantes estaban adscritos al Estado Mayor del Ejército cubano y al Ministerio del Interior.

Fidel, muy entusiasmado porque veía los cielos abiertos con el triunfo de su amistoso discípulo, asistiría a algunas de las lecciones e, incluso, a él se debe el consejo a Chávez de que actuara rápidamente, desde la toma de posesión, y que calificara de "moribunda" la Constitución de 1961, algo que el venezolano tomó al pie de la letra cuando se juramentó para comenzar a gobernar el 2 de febrero de 1999.

En diciembre de ese mismo año fue aprobada la nueva Constitución que le abría la puerta a la reelección inmediata, cumpliéndose con ello el primer objetivo del "socialismo del siglo XXI": prorrogar sine die la permanencia en el poder del líder de la revolución.

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Carlos Alberto Montaner

Maduro y el chavismo caerán, pero no por su propio peso, sino por el esfuerzo de sus adversarios. El síntoma inequívoco está en esos millares de jóvenes venezolanos dispuestos a enfrentar a las fuerzas represivas. Los venezolanos menores de 25 años no conocen otro régimen que el confuso guirigay chavista. Si persisten, acabarán por triunfar, como sucedió en Ucrania.

Los Estados totalitarios tienen un tiempo crítico de gestación. Las revoluciones no se pueden hacer en cámara lenta y el manicomio venezolano fue inaugurado en 1999, hace 18 años. Las ingenuas ilusiones de aquel instante fueron progresivamente aplastadas bajo el peso de una nefasta experiencia gerencial que ha destruido al país, trenzada con la corrupción, el narcotráfico y la idiotez.

El tiempo es un factor crítico. Cuando las revoluciones comienzan cuentan con muchos adeptos y con la curiosa expectativa del conjunto de la población, pero los caudillos totalitarios saben que deben actuar rápidamente porque la luna de miel será corta. Lenin tomó el poder en octubre de 1917 y antes de los dos años ya había echado el cerrojo. A Fidel Castro sólo le tomó 18 meses apoderarse de todos los medios de comunicación, de la enseñanza privada y de las grandes y medianas empresas.[[QUOTE:A Fidel Castro sólo le tomó 18 meses apoderarse de todos los medios de comunicación, de la enseñanza privada y de las grandes y medianas empresas]]Probablemente Hugo Chávez tuvo que someterse a otro calendario por la forma en que tomó el poder y porque hizo redactar una Constitución garantista con bastantes elementos de la democracia liberal. Enterró un texto "moribundo", pero parió otro que hablaba de separación de poderes y de libertades, y que dejaba la puerta abierta a la insurrección en caso de que la estructura republicana estuviera en peligro.

¿Cómo se sostiene Nicolás Maduro pese al manifiesto rechazo popular al régimen?

Su poder se fundamenta en la capacidad represiva del régimen y ésta, a su vez, depende de la información que recibe y del daño que les puede infligir a quienes no obedecen. De ahí la importancia del terror. El sistema juega con la ilusión de que conquista el corazón de los ciudadanos, pero no es verdad. Se trata de apoderarse de las vejigas de los súbditos. La intención es que se orinen de miedo.

Como se sabe, la información es poder. Maduro tiene acceso a los informes de la inteligencia cubana, organismo dedicado a explorar la vida y milagro de las personalidades venezolanas –opositores y chavistas–, especialmente de quienes merodean el poder y tienen la posibilidad potencial de descabezar al Gobierno, sustituirlo y darle un vuelco instantáneo a la situación política.[[QUOTE:Maduro tiene acceso a los informes de la inteligencia cubana, organismo dedicado a explorar la vida y milagro de las personalidades venezolanas ]]Luego viene la represión. Los servicios cubanos aprendieron de la Stasi alemana, madre y maestra de la represión, que basta un 0,5% de la población para manejar a cualquier sociedad en la que, además, el Gobierno controle férreamente los tribunales y el aparato propagandístico para construir el relato que le permita perpetrar cualquier canallada.

¿Cómo llegaron los soviéticos y los alemanes a ese porcentaje? Según la leyenda, la cifra surge de la observación de los rebaños ovinos hecha por la eficiente policía política zarista: la temible Okhrana. Bastaba un perro feroz para mantener a raya a 200 temblorosas ovejas. Entre sus actividades estaba, fundamentalmente, la información, la desinformación, la penetración y la disgregación del enemigo.

En Alemania Oriental apenas necesitaron 80.000 personas para sujetar a 16 millones de aterrorizados súbditos. En Cuba son unas 55.000 para 11 millones. En Venezuela se trataría de 150.000 personas dedicadas a maniatar a casi 30 millones.[[QUOTE:Maduro quiere armar una milicia de un millón de paramilitares. ¿Para qué? Porque no se fía de las Fuerzas Armadas]]Sin embargo, en Venezuela no alcanzan, y ahí está "el bravo pueblo" en las calzadas y plazas para demostrarlo. Maduro quiere armar una milicia de un millón de paramilitares. ¿Para qué? Porque no se fía de las Fuerzas Armadas. Esas milicias son para evitar que un día algunos militares se cansen de su incompetencia y de sus necedades, como hicieron con el general Juan Velasco Alvarado en Perú, aunque, en su caso, tal vez termine en un avión rumbo a Cuba, rodeado de los handlers del G-2 isleño, que lo manejaban como a una marioneta inepta que hablaba con los pajaritos y bailaba salsa en medio del naufragio.

La hambruna está a la vuelta de la esquina por la falta de dólares para importar alimentos. La catástrofe es mucho peor en sociedades urbanas, como la venezolana, en las que el 78% de la población carece de habilidades campesinas. Súmese a este cuadro la falta de medicinas, de insecticidas, y de todos los factores que mantienen a raya las enfermedades. El resultado es obvio: Venezuela se hunde si Maduro continúa instalado en Miraflores. Todos los venezolanos, incluso los chavistas, saben que tiene que irse.

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Carlos Alberto Montaner

En Ecuador -afirma el gobierno- las elecciones del 2 de abril las ganó la “revolución ciudadana” y la perdieron los “pelucones”. “Revolución ciudadana” es la forma local de llamarle a la voluntad omnímoda de Rafael Correa. Allí se hace lo que a este señor le da la gana. “Pelucones” son todos los que se oponen a ella. Lo que en Venezuela denominan “escuálidos” y en Cuba “gusanos”.

Pero no sucedió así. Según todos los síntomas, en Ecuador ganó la oposición. Sencillamente, hubo fraude. La trampa estuvo precedida por el prefraude y ahora estamos en la fase del postfraude.

Me explico.

El prefraude es la etapa en la que se crea el clima ideal para consumar el engaño. Se cambia o adapta la legislación, se controlan los órganos electorales, y se introducen métodos electrónicos fácilmente manipulables.

Simultáneamente, se silencian los medios de comunicación independientes, y el dictador, disfrazado de presidente democrático, coopta los poderes legislativo y judicial para acogotar a cualquiera que ose criticarlo. Primero fragua una legislación ambigua, perfecta para iniciar las persecuciones, y luego suelta a los fiscales del Estado, como los cazadores liberan a sus perros de caza, para que acosen y atrapen a quienes se atreven a denunciar la falta de libertades. Algunos de los opositores van a parar a la cárcel o al exilio.[[QUOTE:La mayor parte de las sociedades sometidas a esta violencia propenden a guardar silencio y a la obediencia dócil. Sólo protestan a pecho descubierto los más audaces y comprometidos]]

Naturalmente, se crea una atmósfera de terror. La mayor parte de las sociedades sometidas a esta violencia propenden a guardar silencio y a la obediencia dócil. Sólo protestan a pecho descubierto los más audaces y comprometidos. Los que mejor entienden cuanto sucede.

El fraude es el delito cometido durante el proceso electoral. Primero, se prepara comprando algunas encuestas que dan como virtual ganador al candidato oficialista. Y luego se lleva a cabo mediante el control del registro de votantes –los muertos continúan sufragando, se crean ciudadanos virtuales-, pero el truco mayor es el diseño sofisticado del software.

Es posible graduar exactamente con qué porcentaje se desea triunfar y dónde colocar los votos decisivos. La máquina interpreta los algoritmos programados y ofrece los resultados solicitados de una manera casi imperceptible. Esto se hace en minutos, generalmente cuando, oportunamente, se interrumpe la electricidad. (En todas partes cuecen habas. No sólo en el Tercer Mundo. En el Condado de Dade, en Florida, cuando se decidía en una consulta el destino millonario de los casinos, dos computadoras “mal programadas” invertían los “sí” y “no” para darle la victoria a quienes favorecían la creación de casas de juego fuera de las reservas indias. Las máquinas fueron descubiertas y los resultados invalidados).

En Ecuador estamos en el postfraude. El órgano electoral, obediente y dependiente del poder, para darle a esa “victoria” una apariencia de verosimilitud, ya proclamó el triunfo de Lenín Moreno por una pequeña fracción. Nadie hubiera creído que el oficialismo ganaba por goleada cuando la predicción es que iba a perder. Sucedió lo mismo que en las elecciones venezolanas del 2013, cuando los resultados se acomodaron al éxito de Nicolás Maduro frente a Henrique Capriles, quien, a todas luces, había conseguido prevalecer con cierta holgura.

El postfraude le concede al régimen una pátina de legitimidad suficiente para contentar a los factores internacionales. Todos aquellos elementos –El Departamento de Estado norteamericano, el Vaticano con su papa peronista, la OEA—que prefieren la estabilidad a la verdad impredecible e incómoda de que hubo fraude, probable origen de desórdenes, se sienten aliviados y no vacilan en avalar los resultados. Al fin y al cabo, en muchas elecciones, como en México o Colombia, también hay fraudes.

Pero hay una diferencia. En los países del Socialismo del Siglo XXI (por ahora Cuba, Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua) el fraude –condenable en todas las latitudes- es un instrumento para el mantenimiento de regímenes que nada tienen que ver con las democracias liberales a las que todos esos países (menos Cuba, que es una franca dictadura comunista), dicen pertenecer.

Todos juegan con la apariencia de un Estado de Derecho, dotado de una Constitución que garantiza las libertades, con separación de poderes, partidos políticos libres que participan en comicios abiertos, en el que las transacciones comerciales responden al mercado, y en los que supuestamente funciona la alternancia en el poder, pero todo es una mentirosa ilusión.

La verdad se la leí hace unos años a Salvador Sánchez Cerén, un viejo comunista exguerrillero salvadoreño, hoy presidente de ese país. En esa época era candidato de la oposición a vicepresidente mientras en la nación gobernaba el partido ARENA. Dijo, y cito de memoria, que cuando llegaran al poder terminaría la alternancia. El gobierno totalitario, como el amor, o como el odio, es para siempre. Como se ha visto en Ecuador.

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Donald Trump dijo que lo estremecieron las imágenes de esos "niños hermosos" destrozados por el gas sarín esparcido por la aviación del dictador sirio Bashar al-Assad. Por eso, afirmó, ordenó el lanzamiento de 59 misiles contra la base de donde habían despegado los aviones. Desde el fin de la Primera Guerra Mundial está prohibido el uso de esas crueles armas químicas.

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Carlos Alberto Montaner

Maduro rectificó. La Fiscal General del país, Luisa Ortega Díaz, le facilitó el cambio en bandeja de plata. Seguramente fue pactado. Primero, Nicolás Maduro había eliminado cualquier vestigio de democracia en Venezuela. Sus sicarios en el Tribunal Supremo de Justicia se encargaron de asumir las funciones de la Asamblea Nacional. Era la última maniobra. Continuarían la dictadura, pero sin tapujos y con mano aún más dura. El camino quedaba libre para acusar a los diputados de traición a la patria. O de lo que se les ocurriera.

No pudieron. La resistencia nacional e internacional fue demasiado intensa. Los diputados y los estudiantes se echaron a la calle a protestar. El paso dado era demasiado descarado. Luis Almagro armó rápidamente el frente de la OEA, mientras PPK, en Perú, prácticamente rompía relaciones, y los aliados de Maduro –Leonel Fernández, Rodríguez Zapatero y Martín Torrijos—le advirtieron que no podían acompañarlo en este nuevo espasmo totalitario.

La operación para destruir la Asamblea Nacional comenzó tras la derrota electoral de diciembre de 2015. Era la versión venezolana de la piñata nicaragüense. Fue entonces, en las pocas semanas que faltaban para que el nuevo parlamento comenzara a operar, cuando, a toda máquina, reformaron la composición de la cúpula del poder judicial, pisoteando la Constitución y preparándose para gobernar a palo y tentetieso cuando fuera necesario.[[QUOTE:¿Y qué piensa Raúl Castro de todo esto? Debe preocuparle. Al fin y al cabo, la cabeza del Socialismo del Siglo XXI está en La Habana]]

¿Y qué piensa Raúl Castro de todo esto? Debe preocuparle. Al fin y al cabo, la cabeza del Socialismo del Siglo XXI está en La Habana. Nicolás Maduro es sólo un títere (mal) formado en los cursillos de marxismo-leninismo de la Escuela de Cuadros del Partido Comunista de Cuba, sugerido por Fidel Castro a Hugo Chávez.

Maduro les parecía a los servicios cubanos un bruto noble y dócil que hablaba con los pajaritos, mucho menos corrupto y más manejable, por ejemplo, que Adán Chávez, el hermano del fallecido teniente coronel. No era perfecto, pero, entre los venezolanos disponibles, era el más útil para “los cubanos”, precisamente por sus debilidades.

¿Y qué va a pasar ahora? No demasiado, a menos que los Estados Unidos abandone la ridícula actitud de “Venezuela no es un peligro, sino una molestia”, adoptada desde el gobierno de George W. Bush, y luego continuada por Barack Obama.

El gobierno de Venezuela, aunque caótico y desorganizado, sí es un peligro para la seguridad de Estados Unidos por sus vinculaciones con los terroristas islámicos y por sus lazos militares con Irán y Hezbolá. No tiene ojivas nucleares, pero posee otros medios de perjudicar severamente a su archienemigo.

Es un peligro por sus nexos con el narcotráfico y por la utilización de una parte de sus generales en este comercio asesino. Es un peligro por su militante “antiyanquismo”, siempre a la caza de nuevas conquistas, y por ser una de las naciones más corruptas del planeta.

¿De qué le sirve al Departamento del Tesoro de Washington perseguir por corrupción a los jerarcas internacionales del fútbol,  o a una docena de banqueros por blanqueo de capitales procedentes de la droga, como señala la DEA, si Venezuela es un narcoestado impunemente  dedicado a todos esos menesteres, mientras asiste sin recato a las narcoguerrillas colombianas?[[QUOTE:El gobierno de Venezuela pone en peligro a su propia población, deliberadamente hambreada, mientras el país se aproxima a una terrible catástrofe humanitaria]]

Por último, el gobierno de Venezuela pone en peligro a su propia población, deliberadamente hambreada, mientras el país se aproxima a una terrible catástrofe humanitaria,  por una combinación letal entre el pésimo gobierno y la corrupción. ¿No habíamos quedado en que existía “el deber de proteger” a las víctimas de estos horrores políticos?

Estados Unidos es la única nación de las Américas que posee la visión estratégica, los recursos, el peso material y el sentido de la responsabilidad que se requiere para defenderse de sus enemigos y formular una “hoja de ruta”, como ahora se dice, consagrada a cambiar un régimen que le perjudica intensamente y emponzoña la atmósfera en toda América Latina.

Tal vez no sea inteligente que Estados Unidos elimine las compras de petróleo a Venezuela –la única fuente de cash que ingresa el país-, pero sí sería factible abonar el producto de esas transacciones a una cuenta scrow, hasta que la Asamblea Nacional certifique que el comportamiento de Maduro se adapta a las normas constitucionales. Sería una irresponsabilidad alimentar a un gobierno ilegítimo que usurpa funciones que no le corresponden.

No es verdad que la Guerra Fría terminó totalmente. Desapareció la URSS y con ella se evaporaron los regímenes comunistas de Europa oriental, pero Estados Unidos continúa teniendo enemigos tenaces decididos a combatir al país por todos los medios. Si Washington desea continuar siendo la cabeza del mundo libre no puede evadirse del tema venezolano. Tiene que dar un paso al frente y liderar al Continente. Nadie más puede o sabe hacer esa tarea.

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Carlos Alberto Montaner

Steve King, congresista republicano de Ohio, tuiteó: “No podemos reconstruir nuestra civilización con los hijos de otros países”. A lo que le respondieron, contrariados, dos congresistas cubanoamericanos, también republicanos, Carlos Curbelo e Ileana Ros-Lehtinen. Ileana precisó: “la diversidad es nuestra fuerza”. La polémica fue reflejada en El Nuevo Herald.

Ahí está el núcleo de un debate permanente: la naturaleza humana, es decir, animal, reivindicada por King, frente a la racionalidad artificial surgida en el curso de nuestra civilización. Es la uniformidad contra la diversidad. Son los nexos genéticos frente a las relaciones fundadas en el derecho. Es la lógica de la raza, de la sangre, de Hitler, versus la de los derechos naturales y, si se quiere, la de la tradición judeo-estoica-cristiana.

[[QUOTE:La consigna de hacer “otra vez grande a Estados Unidos” no es sólo una cuestión económica o industrial. Es también que el país sea de nuevo, esencialmente, blanco, norte-europeo y uniformemente angloparlante]]

El racismo, es cierto, aumenta notablemente en el mundo. Se demuestra en los crecientes episodios de antisemitismo. Ocurre en Francia, en Holanda, en España, en Italia. La consigna de hacer “otra vez grande a Estados Unidos” no es sólo una cuestión económica o industrial. Es también que el país sea de nuevo, esencialmente, blanco, norte-europeo y uniformemente angloparlante, como le gustaría al congresista Steve King.

Así era la clase dirigente norteamericana cuando se fundó la República a fines del siglo XVIII, mítica época dorada en la que se dieron cita los Padres Fundadores. Así fue hasta que llegó a la Casa Blanca un señor afro-anglo-americano llamado Barack Hussein Obama, el presidente número 44 de la nación.

Hoy tal vez caben en esa definición estrecha de Estados Unidos, pero menos, los judeoamericanos, los italoamericanos, los grecoamericanos, y el resto de las adherencias que han inmigrado en masa a Estados Unidos en los últimos 150 años, pero el núcleo duro de la identidad estadounidense, el que genera el estereotipo más enérgico, es el mítico anglosajón ilusionado con la victoria de Donald Trump, como le ocurre al congresista Steve King, descendiente de irlandeses, alemanes y galeses.

El racismo es un rasgo inherente a la naturaleza humana. Los niños nacen sin experimentarlo, y así evolucionan durante los primeros años de vida, hasta que, paulatinamente, van adquiriendo una identidad. Ésa es la madre del cordero. Tan pronto se perfila y afianza el yo comienza el impulso ciego por segregar o liquidar al otro, al diferente, al que realmente no forma parte del grupo ni comparte esa identidad primaria.

La identidad nos hace racistas porque vamos dejando de ser individuos en abstracto para formar parte de una tribu que se identifica por el color de la piel, el tipo de cabello, la forma de los ojos,  el idioma que utilizamos, la entonación con que lo hablamos, la gesticulación que empleamos, las creencias religiosas, la mitología o relatos compartidos, y otros mil detalles que van formando y conformando a los miembros del grupo.

El antropólogo José Antonio Jáuregui, un catedrático especialmente inteligente, intuía que ese comportamiento de acercamiento “identitario” formaba parte de una estrategia natural de la especie para poder prevalecer en el complejo y agresivo curso de la evolución.

Las personas integradas en una tribu tienen más posibilidades de reproducirse y entregar sus genes a sus descendientes. Para lograrlo, el cerebro nos guía en la dirección debida por medio de los neurotransmisores con estímulos placenteros o dolorosos. Somos, decía Jáuregui, “esclavos de nuestros cerebros’.

El nacionalismo y el fanatismo deportivo –casi siempre hermanados– serían una expresión de este fenómeno. (Hace pocas fechas, cuando los catalanes ganaron un improbable partido de fútbol con cinco goles, los sismógrafos de Barcelona registraron el triunfo con un punto en la escala de Richter por los saltos de alegría que dieron al unísono decenas de miles de barceloneses felices, súbitamente unificados por el paroxismo provocado por la victoria del equipo local).[[QUOTE:¿Cómo pudo ganar la presidencia un mestizo con nombre árabe y orígenes parcialmente africanos si las sociedades permanecen atadas por esos lazos antiguos e invisibles?]]

¿Cómo pudo ganar la presidencia un mestizo con nombre árabe y orígenes parcialmente africanos si las sociedades permanecen atadas por esos lazos antiguos e invisibles? Porque, al menos provisionalmente, había triunfado la concepción republicana (en el buen sentido de la palabra) de la especie: todos somos iguales ante la ley. Fue el triunfo del republicanismo, un bendito artificio basado en la hermosa superstición de que es el acatamiento de la Constitución lo que hace estadounidenses a los “americanos”.

En eso estamos. Luchando contra un extendido pasado que se pierde en el tiempo para que las personas no sean prejuzgadas por el color de la piel, los dioses en los que creen, los deseos sexuales que los dominan y el resto de los elementos que constituyen la identidad.

Eventualmente se logrará y habremos desterrado el racismo para siempre. Pero necesitamos mucho tiempo para que la razón gane ese combate. Al fin y al cabo fuimos animales millones de años y sólo hace 25 siglos que Zenón el Estoico, un extranjero pelirrojo, pequeño y patizambo, se atrevió a decir en Atenas que las personas tenían derechos más allá del parentesco y del sitio de nacimiento. Apenas un rato.


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Carlos Alberto Montaner

Hay que admitir que el populismo suele estar a la derecha y a la izquierda. The Economist la gran revista británica, describe magistralmente la confusión. El presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, que ha liquidado a cientos de vendedores de drogas, es populista. Pero también lo es, y en grado sumo, el boliviano Evo (Ego) Morales, cocalero inveterado que ha multiplicado por cuatro las tierras dedicadas a ese cultivo.

El populismo son creencias y conductas que hermanan a figuras erróneamente situadas en bandos opuestos. Fidel Castro, comunista hasta el último minuto de su vida, y Juan Domingo Perón, cuasi fascista formado en la Italia de Mussolini, en donde fue attaché militar del gobierno argentino, eran primos hermanos ideológicos y se profesaban una mutua admiración.

El profesor de Princeton Jan-Werner Müller, en su breve libro What is populism, publicado en el 2016 por la University of Pennsylvania Press de Filadelfia, se acerca al tema acertadamente. De sus páginas extraigo once categorías que distinguen a cualquier sociedad populista, pero hago la aclaración de que no todos estos rasgos deben estar presentes para calificar de esa manera a un gobierno.[[QUOTE:Incluso, se puede ser un demócrata, como fueron el argentino Raúl Alfonsín o el primer Alan García (o el primer Carlos Andrés Pérez), y presentar características populistas]]

Incluso, se puede ser un demócrata, como fueron el argentino Raúl Alfonsín o el primer Alan García (o el primer Carlos Andrés Pérez), y presentar características populistas. En todo caso, esos datos aislados no son suficientes para calificar a un gobierno de populista. Es necesario que coincidan seis o siete síntomas de los más graves para determinar que se trata de un régimen de esa naturaleza.

Estos son los once rasgos definitorios:


1.     Antielitismo: se culpa a la élite política, económica, o simplemente urbana, de colocarse de espaldas a las necesidades del pueblo. En Camboya llegaron a ejecutar maestros por saber leer y escribir. En China, durante la Revolución Cultural de Mao, apresaron a personas por llevar lentes. En Cuba hubo épocas, especialmente en los años sesenta, en que el uso de corbatas equivalía a identificarse con la burguesía explotadora.

2.     El exclusivismo: sólo “nosotros” (quienes detentan el poder) somos los auténticos representante del pueblo. Los “otros” son los enemigos del pueblo. Los “otros”, por lo tanto, son unos seres marginales a los que se puede y se debe castigar.

3.     El caudillismo: se cultiva el aprecio por un líder que es el gran intérprete de la voluntad popular. Alguien que trasciende y supera a las instituciones, y cuya palabra se convierte en el dogma sagrado de la patria (Hitler, Mussolini, Perón, Fidel Castro, Juan Velasco Alvarado, Hugo Chávez).

4.     El adanismo: (por Adán) la historia comienza con ellos. El pasado es una sucesión de fracasos, desencuentros y puras traiciones. La historia de la patria se inicia con el movimiento populista que ha llegado al poder para reivindicar a los pobres y desposeídos tras siglos de gobiernos entreguistas, unas veces vendidos a la burguesía local y otras a los imperialistas extranjeros.

5.     El nacionalismo: una nefasta creencia en la propia superioridad que conduce al proteccionismo o a dos reacciones aparentemente contrarias. El aislacionismo para no mezclarnos y contaminarnos con los diferentes, o el intervencionismo para esparcir nuestro “magnífico” modo de organizarnos, lo que da lugar a sangrientas aventuras.

6.     El estatismo: o la acción planificada del Estado, y nunca el crecimiento espontáneo y libre de la sociedad y sus emprendedores, lo que supuestamente colmará las necesidades del pueblo amado, necesariamente pasivo.

7.     El clientelismo: concebido para generar millones de estómagos agradecidos que le deben todo al gobernante que les da de comer y acaban por constituir su base de apoyo.

8.     La centralización de todos los poderes. El caudillo o la cúpula dominante controla el sistema judicial y el legislativo. La separación de poderes y el llamado check and balances son ignorados.

9.     El control y manipulación de los agentes económicos, comenzando por el banco nacional o de emisión, que se vuelve una máquina de imprimir billetes al enloquecido dictado del Ejecutivo.

10.  El doble lenguaje. La semántica se transforma en un campo de batalla y las palabras adquieren una significación diferente. “Libertad” se convierte en obediencia, “lealtad” en sumisión. Patria, nación y caudillo se confunden en el mismo vocablo y se denomina “traición” cualquier discrepancia.

11.  La desaparición de cualquier vestigio de cordialidad cívica asociado a la tolerancia y la diversidad. Se utiliza un lenguaje de odio que preludia la agresión. El enemigo es siempre un gusano, un vende-patria, una persona entregada a los peores intereses.

Ahora le toca a usted, lector, discernir si el gobierno de su país es a) perdidamente populista, b) moderadamente populista, c) nada o casi nada populista. Vale la pena hacer ese ejercicio.


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El 24 de mayo Rafael Correa abandonará la presidencia de Ecuador. Falta poco. No se desesperen. Lo entiendo: ha sido largo y doloroso. Lleva una década en el poder. Ese día comenzará a gobernar quien gane la segunda vuelta del 2 de abril. Si los demócratas de la oposición se mantienen unidos, Guillermo Lasso deberá sucederlo en el cargo.

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Carlos Alberto Montaner

Hace bien el presidente Donald Trump en respaldar a Israel, pero no debe cancelar la idea de la creación de un estado palestino.

El apoyo de Washington ha ido incrementándose con cada gobierno que ha pasado por la Casa Blanca. Eso es moralmente justo y políticamente conveniente. Al fin y al cabo, el Estado judío es la única democracia existente en esa torturada zona del planeta.

Pese al espaldarazo inicial de Truman en 1948 para la creación de Israel y de un estado palestino por medio de una resolución de la ONU, a la que se unió la URSS gobernada por Stalin, acaso entusiasmado por los orígenes socialistas del país que estaba naciendo, la verdad es que en los años de Eisenhower no hubo simpatías especiales por el estado judío. Es a partir de esa administración cuando se inició, realmente, el respaldo a Israel.[[QUOTE:¿Por qué no ha sido posible la solución de dos Estados, uno israelí y otro palestino? Básicamente, por la incapacidad de los árabes de aceptar que los judíos se reinsertaran en ese territorio que un día les perteneció]]

¿Por qué no ha sido posible la solución de dos Estados, uno israelí y otro palestino? Básicamente, por la incapacidad de los árabes de aceptar que los judíos se reinsertaran en ese territorio que un día les perteneció, y al cual volvieron acosados por la inveterada costumbre de sus enemigos de maltratarlos, expulsarlos o asesinarlos a su antojo.

Los judíos más cultos y europeizados, de donde partió el impulso sionista, no llegaron festinadamente a la conclusión de crear en Palestina, en la tierra de sus antepasados, un Hogar judío que acabó transformándose en un Estado judío, sino fue el producto de una amarga necesidad impuesta por siglos de incomprensión y rechazo.

Fue un claro sacrificio realizado por un puñado de idealistas. ¿Quién en su sano juicio abandonaría la vida razonablemente cómoda del Imperio Austro-Húngaro, de Londres o París, incluso de las aldeas de Polonia, por la polvorienta aventura de fabricar un destino mejor en el Medio Oriente pobre e insalubre de finales del XIX y principios del XX?

¿Qué buscaban aquellos primeros sionistas convocados por el periodista Theodor Herzl? Procuraban crear un sitio propio, sin miedo a los pogromos, en el cual ser judío no fuera un estigma, porque estaban hartos de la discriminación, de las persecuciones, de los capirotes y de las miles de injurias y calumnias sufridas a lo largo de los siglos que ya presagiaban lo que luego sería el nazismo.

Para quien quiera entender la historia de lo ocurrido en la llamada Tierra Santa, que bien pudo ser llamada Tierra Sangrienta, le recomiendo un libro titulado Mi tierra prometida, excepcionalmente bien escrito por el periodista Ari Shavit. Me lo recomendó y obsequió mi amiga Alicia Freilich. Es estupendo.

Ahí están todas las claves y todos los hechos. Los asesinatos y las barbaridades cometidos por unos y otros, por los judíos y por los palestinos. No es una obra del choque entre buenos y malos, sino del enfrentamiento entre dos derechos y dos visiones excluyentes que generaban un desencuentro tal vez inevitable.

Netanyahu lo dijo claramente en su visita a Washington: nadie duda que los chinos proceden de China y los japoneses de Japón. ¿Es tan difícil entender que los judíos provienen de Judea?

Pero ahí no termina el razonamiento. Tampoco sirve el argumento de que jamás existió una nación palestina. Existe ahora, surgió en contraposición al sionismo, animada por su ejemplo, y es necesario abrirle un espacio, pero siempre y cuando esa sociedad admita que los judíos constituyeron un Estado con el que deben convivir en paz.

Esto fue lo que la ONU aprobó en 1948, dando por sentado que ambos Estados estaban condenados a entenderse, algo inmediatamente desmentido por la guerra desatada por varios países árabes, milagrosamente derrotados por Israel.[[QUOTE:Los judíos llegaron para quedarse y la existencia de Israel trasciende la idea del hogar de una etnia enquistada en una nación extraña, como pretenden algunos árabes]]

Pero ésa sigue siendo la clave de un conflicto que no comenzará a solucionarse hasta que los palestinos acepten que no pueden extirpar a los israelíes de la faz de la Tierra. Los judíos llegaron para quedarse y la existencia de Israel trasciende la idea del hogar de una etnia enquistada en una nación extraña, como pretenden algunos árabes.

Una patria común palestina sería confinar a los judíos en un nuevo gueto a la espera del pogromo definitivo. Eso no tiene sentido. Tampoco lo tendría al revés. Los palestinos tienen que aprender a ceder y de nada les vale invocar un derecho que, de existir, se tropieza con una realidad inconmovible. No hay otra solución, a largo plazo, que la existencia de dos naciones.

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Carlos Alberto Montaner

Me parece bien que el presidente electo Donald Trump le respondiera la llamada a Tsai Ing-wen, presidenta de Taiwán. Lo cortés no quita lo prudente. Se trata de una mujer educada e inteligente. Taiwán, pese a todo, es una isla aliada de Washington con la que existen vínculos históricos muy fuertes en el orden económico y militar.

En realidad, ese gesto de cortesía no pone en peligro la política de “Una China” proclamada desde tiempos de Jimmy Carter. El presidente de Estados Unidos tiene derecho a hablar con quien desee y la diplomacia China no debiera ser tan quisquillosa y sensible por asuntos simbólicos.

No obstante, resulta mucho más peligroso amenazar a ese país con sanciones económicas y tarifas arancelarias debido a la balanza comercial favorable que China posee con relación a Estados Unidos, como si las transacciones comerciales arrojaran una suma-cero en las que uno gana todo lo que el otro pierde. Francamente, yo pensaba que Donald Trump tenía una mejor comprensión de los fenómenos económicos.

A Estados Unidos, en números grandes, no le perjudica contar con una enorme fábrica en el Pacífico que les suministra bienes a los consumidores norteamericanos, entre un 30 y un 40% más baratos que si fueran productos equivalentes fabricados en Estados Unidos, a cambio de un papel moneda totalmente hegemónico que no tiene otro respaldo que el inmenso prestigio del país emisor.[[QUOTE:La preocupación por la balanza comercial es una manía mercantilista que fue descartada desde fines del siglo XVIII por pensadores como Adam Smith]]

Es verdad que algunos trabajadores norteamericanos pierden sus empleos debido a la competencia china, pero el ahorro por los bienes adquiridos en ese país se transforma en otros empleos creados en Estados Unidos. No en balde el nivel de desocupación de la fuerza laboral norteamericana es de apenas un 4.6%. La globalización de la economía es una bendición general, aunque pueda ser una maldición particular. Si hay un país que no debe quejarse de ella es Estados Unidos.

La preocupación por la balanza comercial es una manía mercantilista que fue descartada desde fines del siglo XVIII por pensadores como Adam Smith. Una parte sustancial de los beneficios que obtienen los chinos (o las compañías norteamericanas que allí fabrican) los emplean en la adquisición de bienes norteamericanos, en la compra de bonos del tesoro de Estados Unidos y en sostener a decenas de miles de estudiantes asiáticos en el sistema universitario norteamericano.

Otra parte muy importante se destina a la adquisición de soja argentina, cobre chileno o petróleo mexicano, entre muchos commodities, países que, a su vez, compran productos norteamericanos, completando un círculo de comercio globalizado que no es posible desglosar claramente. No obstante, ¿es tan difícil entender que el sofisticado escáner o el avión Boeing adquirido por México o Chile en Estados Unidos es la consecuencia de una transacción previa entre ese país y China? La globalización es precisamente eso.[[QUOTE:China es, además, el mayor tenedor extranjero de deuda norteamericana: cerca de un billón y un tercio de dólares]]

China es, además, el mayor tenedor extranjero de deuda norteamericana: cerca de un billón y un tercio de dólares (trillón y un tercio si lo decimos en inglés), seguido de cerca por Japón. Si comenzara una guerra comercial entre Washington y Pekín, y los chinos pusieran a la venta sus bonos o una parte de ellos, Estados Unidos deberá hacer más atractiva su deuda aumentando los intereses, lo que repercutiría terriblemente en el pago total y obligaría al país a aumentar los impuestos para hacerles frente a las obligaciones, dado que la deuda norteamericana ya sobrepasa el 106% del PIB.

Y queda, claro, el ángulo moral. Existe la soberanía del consumidor que el señor Trump, el señor Sanders y todos los proteccionistas deberían aprender a respetar. Si a un consumidor le da la gana de adquirir una camisa o una computadora china, alemana o canadiense, es totalmente injusto y arbitrario obligarlo a desistir de su elección mediante la aplicación de aranceles que encarezcan el bien en cuestión.

Como también es una perversión de la economía de mercado que Trump llame al CEO de Carrier y le ofrezca ventajas económicas para permanecer en Estados Unidos. Esos subsidios, que salen del bolsillo de todos los contribuyentes, son contrarios a la esencia de un sistema basado en la competencia en precio y calidad que rechaza cualquier forma de favoritismo.

El presidente de Estados Unidos no es un monarca absolutista que elige a los cortesanos que desea premiar en detrimento del resto de los productores, como tampoco ostenta la facultad de preferir a unos trabajadores en lugar de otros. Esa nefasta práctica, que tiene mucho de “welfare corporativo”, de “capitalismo de amiguetes” (crony capitalism), y que es una de las peores variantes del populismo clientelista, es contraria a las reglas de la Organización Mundial del Comercio que Estados Unidos contribuyó a crear.[[QUOTE:Asimismo, es absurdo y peligrosísimo que Donald Trump vea a China como un enemigo]]

Asimismo, es absurdo y peligrosísimo que Donald Trump vea a China como un enemigo, y que en el pasado le haya parecido razonable que países como Japón y Corea del Sur fabriquen armas atómicas para defenderse de un hipotético ataque nuclear. La proliferación de este tipo de armamento aumenta exponencialmente el riesgo de una guerra que no se circunscribirá al sudeste asiático: será planetaria.

Graham Allison, profesor de Harvard, le ha llamado La trampa de Tucídides al riesgo de que una gran potencia pretenda aniquilar por temores infundados a una potencia emergente. Fue así, según el general e historiador Tucídides, como Esparta desató contra Atenas la Guerra del Peloponeso hace 2400 años. Ojalá Trump no caiga en esa trampa contra China. Sería devastador para todos. 

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Parece evidente que la Rusia de Putin pasará a ser el gobierno 'amigo' de la nueva administración Continue reading
Carlos Alberto Montaner, 10 December 2016 — Raúl Castro is on his own. Gone is his mentor, his paternal figure, the man who molded his life and led him at gunpoint — literally — from insignificance to the nation’s leadership. But he did so brusquely, reminding him every so often that he despised him for … Continue reading "Raul Castro at the Crossroads / Carlos Alberto Montaner" Continue reading