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Carlos Alberto Montaner

No hay criatura más peligrosa que quien nos dice: “soy representante del gobierno y vengo a solucionarle sus problemas” Continue reading
Irma ha servido, al menos, para recordarle a los cubanos lo que es vivir en un sistema fallido Continue reading

Carlos Alberto Montaner

Llegué a Panamá a los pocos días de la invasión norteamericana de diciembre de 1989. Mayín Correa, quien luego sería la popularísima alcaldesa de la capital, me había conseguido una entrevista con el general Marc Cisneros, jefe de las fuerzas estadounidenses. Quería saber cómo había logrado vencer prácticamente sin lucha a los feroces partidarios de la dictadura.

No tuve tiempo de prepararme, así que comencé por preguntarle cuándo había llegado a Estados Unidos, o si ya había nacido en territorio americano. Me miró con la educada paciencia de quien está acostumbrado a periodistas impertinentes que no han hecho su tarea con esmero.

Yo no llegué a Estados Unidos. Estados Unidos llegó a mi familia. Nosotros estábamos antes en ese territorio. Llegamos ahí cuando era España. Estábamos ahí cuando era México. Seguíamos ahí cuando surgió Texas y poco después cuando se transformó en Estados Unidos. Yo soy la décima o undécima generación establecida en el oeste de la nación.[[QUOTE:Muchos norteamericanos, influidos por injustos estereotipos presentes en todas las latitudes, viven secretamente molestos por la presencia en el país de millones de personas que hablan español]]Los países son elásticos. Crecen o se reducen. Lentamente, pero sucede. España en algún momento incluía Portugal o el Rosellón. En otro, perdieron esos territorios, como después les sucedió con Filipinas, Cuba o Puerto Rico. Alsacia y Lorena han sido francesas, alemanas, y francesas nuevamente. Chile creció 120.000 kilómetros a costa de Bolivia, pero en los mismos años se encogió 750.000 entregándole a Argentina una buena parte de su geografía en la Patagonia. No hay ninguna nación del planeta que en el 2017 posea el mismo contorno de hace 180 años.

Unas veces los cambios son inducidos por los poderes políticos o por las guerras, pero otras es la consecuencia de la demografía. La frontera entre Estados Unidos y México tiene una extensión de más de tres mil kilómetros. Todos los años más de 50 millones de personas cruzan legalmente en una u otra dirección. En México radican un millón de estadounidenses, muchos de ellos jubilados, y en Estados Unidos viven treinta y cinco millones de mexicanos-americanos, casi todos llegados en las últimas décadas o hijos o nietos de esos inmigrantes.

Muchos norteamericanos, influidos por injustos estereotipos presentes en todas las latitudes, viven secretamente molestos por la presencia en el país de millones de personas que hablan español, tienen y exhiben valores y actitudes diferentes a los presentes en el mainstream, son fundamentalmente distintos y poseen, según ellos, un IQ menor que los "blancos".

Otros estadounidenses, en cambio, más realistas y, en general, mejor educados, comprenden que es imposible ignorar la presencia de los latinos, aunque sólo sea porque son más de 600 millones en el Nuevo Mundo, y celebran la diversidad étnica como una virtud social apreciable o, al menos, como un destino inevitable.

Al fin y a la postre, estos estadounidenses ilustrados conocen las tendencias demográficas del país y saben que a mediados del siglo XXI serán 100 millones, pero en el 2117, a una escasa centuria, dadas las diferencias en la tasa de fecundidad, ya habrá tantos hispanos como anglos en Estados Unidos.[[QUOTE:Estados Unidos posee síntomas clarísimos de grandeza pero si la Casa Blanca quiere preservarlos, lo inteligente no es erigir muros contra los latinos y cerrarles las puertas, sino tender puentes]]Esa circunstancia, lógicamente, tendrá consecuencias sociales. No todos las grupos generan los mismos resultados. Eso se puede observar en el mosaico étnico de Estados Unidos. La segunda generación de inmigrantes hindúes, libaneses, judíos, griegos, armenios, japoneses, coreanos y chinos obtienen mayores ingresos y más altos niveles de escolaridad que la media blanca norteamericana.

Ello debería precipitar a la sociedad estadounidense a volcarse en la educación e integración de los hispanos. Lejos de regatearles la estancia en el país a los dreamers o soñadores, nada menos que 800.000 latinos traídos por sus padres clandestinamente a Estados Unidos cuando eran niños, muchos de ellos estudiantes universitarios culturalmente estadounidenses, incluso sin lazos emocionales o lingüísticos con sus países de origen, lo sensato sería tenderles puentes y estimularlos para que permanezcan en el país.

Uno de los argumentos esgrimidos en los debates parlamentarios de Washington contra la inmigración asiática, hace casi 100 años, era que esas personas tenían una mínima capacidad intelectual. Hoy se les atribuye un IQ superior a la media blanca y es abrumadora su presencia en las facultades científicas de las mejores universidades de la nación.

Es evidente que los Estados Unidos, la primera potencia del planeta en nuestro tiempo, posee síntomas clarísimos de grandeza –no tiene que recuperar lo que todavía no ha perdido–, pero si la Casa Blanca quiere preservarlos, lo inteligente no es erigir muros contra los latinos y cerrarles las puertas, sino tender puentes, abrirles las casas de estudio y alentarlos a desempeñar un brillante papel en el país para beneficio de todos.

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Llegué a Panamá a los pocos días de la invasión norteamericana de diciembre de 1989. Mayín Correa, quien luego sería la popularísima alcaldesa de la capital, me había conseguido una entrevista con el general Marc Cisneros, jefe de las fuerzas estadounidenses. Quería saber cómo había logrado vencer prácticamente sin lucha a los feroces partidarios de la dictadura.

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Sería irónico que el aislacionista Donald Trump atacara preventivamente a Corea del Norte, pero existe una alta probabilidad de que eso ocurra. Él mismo lo ha dicho. En abril envió al vecindario coreano un portaviones y los barcos de guerra que lo acompañan.

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Dilma Rouseff, Raúl Castro, Nicolás Maduro y Evo Morales (noticiaaldia.com)Gastos electorales y corrupciónContinue reading

Carlos Alberto Montaner

El general John Kelly impidió que Donald Trump cometiera un error. A los marines les gusta terminar ordenadamente su trabajo. Su flamante Jefe de Gabinete convenció al presidente de que Estados Unidos, por difícil que fuera, no debía abandonar a Afganistán sin tratar de robustecer al Gobierno de ese país y marginar a los talibanes.

Con toda probabilidad no se lo dijo, pero seguramente lo pensó: su hijo Robert había muerto en la guerra afgana por el estallido de una mina. Empacar e irse con las manos vacías hubiera sido una forma brutal de decirle que su sacrificio había sido en vano, y se sabe que los marines no abandonan a sus hombres en medio del combate.

Como parte del proceso de educación de Trump, Steve Bannon fue alejado de la Casa Blanca. Era demasiado aislacionista y tenía en su imaginativa cabecita mil fantasías conspiratorias. No sólo pensaba que Estados Unidos era el mejor país del planeta –a lo que tenía derecho–, sino que debía preservar para sí toda la riqueza que creara. No advertía que el egoísmo no es una virtud en el terreno internacional.

El razonamiento de Roosevelt-Truman durante y tras el fin de la Segunda Guerra mundial continúa vigente. Estados Unidos no podía sobrevivir como una sociedad libre y próspera en un planeta dominado por modelos y criterios que conducen al totalitarismo. Para protegerse, Estados Unidos tenía que asociarse con otras naciones y compartir su riqueza. El altruismo era, en gran medida, una actitud defensiva. En consecuencia, todo el aparato gubernamental relacionado con el exterior fue diseñado con arreglo a ese criterio.[[QUOTE:Estados Unidos no podía sobrevivir como una sociedad libre y próspera en un planeta dominado por modelos y criterios que conducen al totalitarismo]]

El Departamento de Estado creó maneras de colaboración con las naciones afines y desarrolló fórmulas mediante el sistema de premios y castigos para atraer al llamado “mundo libre” a las que se podía y penalizar a las adversarias. Todo comenzó con el generoso Plan Marshall –otro general brillante y comprensivo– y siguió con el rediseño institucional de Alemania y Japón con el objeto muy exitoso de “cambio de régimen” en esos países.

Con el paso del tiempo fueron agregándose nuevos peligros: el narcotráfico, el terrorismo islamista o de cualquier índole, el tráfico de personas en las fronteras, la delincuencia organizada, la corrupción pública y privada, casi siempre coludidas. Y a estos desafíos se les trató por el mismo procedimiento: se les enfrentó mediante convenios internacionales, listas de personas y empresas malditas, como la Lista Clinton, y a la labor habitual de los cuerpos de inteligencia se agregó la búsqueda de información de esta naturaleza (por ejemplo: “Los papeles de Panamá”), incorporándose a la lucha la DEA, el FBI y el Departamento del Tesoro.

¿Falta algo en la educación de Trump para que pueda dirigir a la primera potencia del mundo? Faltan muchas lecciones, como se desprende del penoso discurso pronunciado en Arizona el 22 de agosto ante un grupo de militantes enfervorizados.

Es urgente, por ejemplo, que el presidente Trump comprenda que para continuar siendo grande y próspero, Estados Unidos necesita comerciar intensamente con todas las naciones del globo, y debe abandonar la absurda actitud de amenazar con alejarse de los tratados de libre comercio (como ya hizo con el que se gestaba en el Pacífico), comenzando con el que el país suscribió con Canadá y México. Tal vez esa actitud proteccionista le permita ganarse la buena voluntad de algunos trabajadores afectados por la competencia, pero va en detrimento del conjunto de la sociedad.[[QUOTE:EE UU necesita comerciar intensamente con todas las naciones y debe abandonar la absurda actitud de amenazar con alejarse de los tratados de libre comercio]]

Ese lenguaje contraproducente utilizado por Trump, que es el de los empresarios mercantilistas que medran “a la sombra del proteccionismo” –como denuncia el economista mexicano Luis Pazos–, repetido por una izquierda comunistoide anclada en el desconocimiento de cómo funciona la economía, incapaz de entender que en las actividades comerciales todas las partes ganan, porque no se trata de transacciones de suma cero, donde lo que uno obtiene el otro lo pierde, sino de la operación esencial de la economía de mercado que potencia el crecimiento constante del capita l porque todos se benefician.

Como remata Pazos en su artículo (Trump: proteccionismo igual que izquierda): “Los resultados de 22 años de vigencia del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, más allá de dogmatismos, muestran que ambos países se benefician con el TLCAN. Si Trump insiste en cumplir la promesa de campaña de aplicar más aranceles al comercio México-EUA, beneficiará a ciertos sindicatos de EUA y perjudicará a la mayoría de las empresas y consumidores de Norteamérica”.

Lo que sucederá, además, es que China ocupará esos espacios que Estados Unidos abandona. Ya se ha sugerido con el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) y volverá a ocurrir con el TLCAN. Pero esta vez será en el vecindario americano.

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Ningún país esté exento de partirse en facciones rivales que acaban a tiros Continue reading

¿Sancionar o no sancionar? Ese es el dilema. El embargo a Cuba declarado por John F. Kennedy en 1962 suele utilizarse como ejemplo del fracaso de las sanciones económicas. Pasan las décadas, nos despertamos cada día, y el dinosaurio sigue ahí al pie de la cama.

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La tensión entre EEUU y Corea del Norte ha alcanzado un punto crítico Continue reading
Guardia bolivariana (EFE)En Venezuela el desenlace pasa por los cuartelesContinue reading

Circula por Internet una divertida parodia de Despacito, la exitosa canción de Luis Fonsi, ridículamente bailada por Raúl Castro, su hijo Alejandro, coronel formado en Moscú en las escuelas de inteligencia del KGB, y el nieto y guardaespaldas del general-presidente, Raúl Guillermo, apodado "El Cangrejo".

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Donald Trump (AP)¿Se retira USA como policía del planeta?Continue reading
Fraude Constituyente escrito con billetes en Caracas (EFE)¿A cuánto asciende el fraude electoral venezolano?Continue reading

Carlos Alberto Montaner

Venezuela se rompe en pedazos y las FARC van a crear un partido político. Lo anunciaron a bombo y platillo. ¿Para qué? Para repetir la agonía venezolana. Para las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia la política es la guerrilla por otros medios. Es esa cosa electoral que se hace cuando fracasan los empeños violentos. En Colombia se habían hundido. Siguen la lección que les dejó Hugo Chávez. Se renuncia a la táctica, pero no a los objetivos.

Sólo que hay que responder tres preguntas más inquietantes aún. Primero, ¿pueden las FARC llegar al poder? Segundo, ¿cómo? Y, tercero, ¿qué harán si lo logran?

Comencemos.

Por supuesto que pueden llegar al poder. La cocaína es una mina de oro y las FARC disponen de una colosal fortuna. Siembran, producen, distribuyen la droga localmente y la exportan. Dominan toda la cadena. La negociación con Santos les ha servido para duplicar la superficie de siembra en los últimos 18 meses. El informe de Washington, basado en los ojos implacables de los satélites, asegura que hoy existen 180.000 hectáreas despiadadamente cultivadas. Probablemente son más, dada la habilidad de las FARC para esconderlo todo: los laboratorios para procesar la coca bajo la frondosa vegetación, el dinero en la banca internacional, las tropas y las armas en Venezuela, y por supuesto, sus intenciones.[[QUOTE:Para las FARC la política es la guerrilla por otros medios. Es esa cosa electoral que se hace cuando fracasan los empeños violentos]]

En cambio, no hay interés en ocultar los vínculos internacionales y las zonas de apoyo. Eso se airea. Todos los partidos comunistas del planeta son solidarios con las FARC, y por ende sus brazos armados, como el Frente Patriótico Manuel Rodríguez de Chile, asesino del senador Jaime Guzmán tras la llegada de la democracia.

Entre los respaldos, se incluye, en primer lugar, el de Cuba, orquestado por Raúl Castro.  El de Podemos, la formación del español Pablo Iglesias y de sus cómplices Juan Carlos Monedero e Íñigo Errejón. También, muchos de los partidos rojos y verdes, agavillados en el Grupo Confederal de la Izquierda Unitaria Europea del Parlamento Europeo. El PSUV de Nicolás Maduro y Diosdado Cabello, y todos los grupos, movimientos y adláteres presentes en el Foro de Sao Paulo. Son muchas siglas y saben hacer ruido. Menuda tropa.

¿Cómo llegarían las FARC al poder en un país como Colombia? Tal vez sería más fácil que en Venezuela. La compra de votos, sobre todo en la costa, posee una larga tradición, y las FARC, para su flamante partido, tendrán muchos coca-dólares disponibles. Sólo necesitarán un candidato idóneo, “progresista y moderno”, joven y carismático, cuyo nombre no se asocie con hechos terribles de sangre. Junto a él, para que obedezca y no se desvíe, situarían a un comunista duro procedente de la guerrilla.

Sería la misma fórmula empleada por el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en El Salvador en el 2009: Mauricio Funes, un periodista muy conocido como presidente, y el comandante de la guerrilla comunista, Salvador Sánchez Cerén, como su vice. Las FARC lo aportaría todo: la plata, los cuadros, los parlamentarios. El candidato a presidente se limitará a poner su cara sonriente en los pasquines. Hoy Funes está en Managua refugiado, acusado de corrupción, mientras gobierna Sánchez Cerén, tras ganar las elecciones en el 2014.[[QUOTE:¿Cómo llegarían las FARC al poder en Colombia? Sería la misma fórmula empleada por el FMLN en El Salvador en el 2009: Mauricio Funes, un periodista muy conocido como presidente, y el comandante de la guerrilla comunista, Salvador Sánchez Cerén, como su vice]]

La campaña se hará criticando certeramente todo lo que el país percibe como negativo: la pobreza, la desigualdad, la corrupción, los pésimos sistemas públicos de salud y educación, el desalmado comportamiento de las multinacionales y la entrega de tajadas de soberanía a Estados Unidos. El guión está claro.

Lo que no comentarán es cómo combatirán esos males. Lo harán, como siempre, aumentando brutalmente el gasto público para crear un ejército de estómagos agradecidos. Será la fase de gestar la clientela política y de la gran inflación. De ahí saldrán las bayonetas para sostener el poder. Como creen en la lucha de clases, una superstición esencial de los marxistas, echarán a unos colombianos contra otros, y no les importará arruinar en el camino a cientos de miles de empresarios, grandes y pequeños, o terratenientes de todas las dimensiones, aunque disloquen la economía. Eso no importa.

Es la fase de crear la revolución. Es la etapa ilusionada de la demolición de la vieja Colombia, de enterrar a la burguesía arcaica y procrear a la nueva sociedad, feroz y combativa, con cuadros económicamente dotados por el Estado nuevo que surgirá de las cenizas en la desgastada patria de Santander.

¿Por qué las FARC tropezarán con la misma piedra? Sencillo: porque la evaluación de la catástrofe es otra. Carece de sentido llegar al poder para atraer capitales, fomentar el mercado, controlar los factores macroeconómicos (inflación, gasto público, corrupción) e imitar a las 25 naciones más exitosas del planeta, todas ellas regidas por la existencia de empresas privadas y sujetas a una legislación que garantiza la existencia de derechos humanos, gobierno limitado y alternancia en el poder. Lo suyo es hacer la revolución, no la paz social y el progreso sosegado. Para las FARC sería absurdo llegar al Palacio de Nariño para repetir lo que hacen, por ejemplo, los holandeses o los suecos. El grito será ¡Viva Chávez! Lo de siempre.


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“¡Fuera Maduro!”, es más un mantra que una consigna Continue reading

Luisa Ortega, fiscal general de Venezuela, introdujo un recurso de nulidad ante el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) basado en el carácter inconstitucional de la Constituyente que intenta organizar Nicolás Maduro. Ortega le ha disparado un torpedo a la línea de flotación de un chavismo que ya andaba flaco, fané y descangallado.

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Carlos Alberto Montaner

Luisa Ortega, Fiscal General de Venezuela, introdujo un recurso de nulidad ante el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) basado en el carácter inconstitucional de la Constituyente que intenta organizar Nicolás Maduro. Ortega le ha disparado un torpedo a la línea de flotación de un chavismo que ya andaba flaco, fané y descangallado.

Poco antes de dar ese paso definitivo, Ortega declaró que era una persona que no conocía el miedo y, francamente, lo ha demostrado. La respuesta de algunos chavistas ha sido de un cinismo terrible: pretenden declararla “loca”. Algo así como establecer que todo funcionario que tenga un criterio independiente conforme a la ley es la prueba de que está mal de la cabeza.

Probablemente los jueces del TSJ, que son meros apéndices de la presidencia, rechacen el recurso de la Fiscalía, pero el mero hecho de haber iniciado ese trámite judicial deslegitima totalmente el proyecto de liquidar los vestigios republicanos que quedaban en Venezuela con el objeto de instaurar una dictadura totalitaria calcada del modelo cubano.

La postura de Ortega, súbitamente apegada a Derecho –es mejor tarde que nunca–, coincide con el extraordinario ejemplo de rebeldía civil que están dando decenas de miles de jóvenes en ese país. Era realmente un “bravo pueblo”, como reza el himno de los venezolanos. Ya llevan 67 muertos y continúan repitiendo una consigna tercamente heroica mientras los gasean y balean sin compasión: “Calle sin retorno hasta que Maduro se vaya”.

¿Es eso posible? Puede ser. Maduro apesta. En marzo, el 21,1% de los venezolanos pensaba que Maduro debía terminar su mandato constitucional en 2018. Era poco, pero al menos una quinta parte así lo creía. A principios de mayo, menos de 45 días después, el porcentaje de apoyo se había reducido dos tercios, al 8,08%. Si lo miden en junio, creo que ni Cilia, su mujer, lo respaldaría. Ese país, esa sociedad, no lo quiere. “¡Fuera Maduro!”, es más un mantra que una consigna.[[QUOTE:Según una encuesta auspiciada por la Universidad Católica Andrés Bello, el 89,02% piensa que Venezuela va mal o muy mal y el 79% culpa al Gobierno de esta situación]]

Estos datos provienen de una reciente encuesta nacional, muy bien hecha, auspiciada por la Universidad Católica Andrés Bello. Los números reflejan lo que dicta el sentido común. El 89,02% piensa que Venezuela va mal o muy mal. Pero no se trata de una percepción abstracta. Ocho de cada diez venezolanos estiman que a ellos mismos les va mal o muy mal.

¿Por qué? Sencillo: la escasez de alimentos y medicinas  es pavorosa y creciente. El 79% de los venezolanos culpa al Gobierno de esta situación, incluido el 44% de los que se autocalifican de chavistas. El hambre ha llegado a los cerritos. La indiferente legión de los ni-ni –ni con unos ni con otros– se ha reducido a la mitad. Ergo, el 77% del pueblo respalda las protestas frente a un magro 17% que se opone.

La encuesta es muy larga. Vale la pena examinarla porque pregunta a los venezolanos cuál es la salida del laberinto. Naturalmente, los presos políticos, claro, a la calle. Y, sin duda, consultas verdaderamente democráticas. Nadie quiere una guerra civil. Inmediatamente, elecciones para gobernadores y alcaldes. Luego, la presidencial. El objetivo es enfriar la bomba potencial en una urna.

Mientras todo eso sucede, el 88,4% pide un canal humanitario para que los pobres coman y se curen. (Los pobres, gracias a la estupidez congénita del socialismo, ya son más del 66% del censo y continúan aumentando. Por ahora, se alimentan de las sobras, a veces nauseabundas, del pequeño grupo que tiene ahorros en dólares fuera del país).

Por eso cada día que pasa aumenta el clamor internacional por una intervención humanitaria. En Naciones Unidas, en los años noventa quedó consagrado el "deber de proteger". Basta con examinar las imágenes de los niños desnutridos publicadas por la BBC de Inglaterra para darse cuenta de que ese empobrecido país está a la las puertas de una hambruna que puede matar a un par de millones de personas, como en su momento ocurrió en Corea del Norte.[[QUOTE:Ese empobrecido país está a la las puertas de una hambruna que puede matar a un par de millones de personas, como en su momento ocurrió en Corea del Norte]]

Si Vladimir Padrino López, el general a cargo del manicomio, revisa la encuesta, verá que el Ejército, la policía y los paramilitares están en la cola de los aborrecimientos, sólo superados en esa poco honorable shit list por los chupópteros de los países del ALBA, percibidos como los grandes chulos de la riqueza venezolana.

La plata de los venezolanos fue a parar a los bolsillos de Cuba, Nicaragua, y al resto de las naciones paniaguadas, descontando el enorme caudal que se robaron los bandidos del Socialismo del Siglo XXI, a cambio de respaldo internacional para, precisamente, destruir la economía del país más rico de América Latina. Por supuesto que es para indignarse.  

Ese es el mejor argumento que tiene Padrino para quitarle todo apoyo a Maduro. Los están hundiendo ante un pueblo que antes los admiraba. Los grupos más respetados son los muchachos que luchan y mueren, los empresarios que tratan de crear riquezas nadando contra la corriente, los curas locales, que están junto al pueblo, las redes sociales que transmiten información y no propaganda.

Obviamente, Raúl Castro y sus militarotes intrigan incesantemente para no perder esa fuente de ingresos, pero el chavismo sereno –de que los hay, los hay– tendrá que admitir que no se puede ahogar para salvar a una isla parásita, aferrada a un sistema absolutamente improductivo, empeñada en no crear riqueza y en vivir de la caridad ajena, que lo único que aporta, cobrados a precio de oro, son los planos para la fabricación de una asfixiante jaula implacablemente miserable.

La encuesta termina con una frase certera: la libertad está cerca. ¿Cuándo? No lo dice. Son encuestadores, no magos. 

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Carlos Alberto Montaner

¿Se puede calificar de populista a la Revolución cubana? Se puede y debe hacerse. Enseguida lo veremos.

En diciembre 19 del 2016 The Economist admitía que la palabra populismo significaba muchas cosas. Servía para caracterizar a Donald Trump, presidente de Estados Unidos, al comunista español Pablo Iglesias, líder de Podemos, al violento presidente filipino Rodrigo Duterte, inductor de las ejecuciones de cientos de personas acusadas de narcotráfico, o incluso a Evo Morales, presidente de Bolivia y portavoz de los cocaleros de su país, lo que lo hubiera convertido en víctima de Duterte si hubiera sido filipino.

Esas aparentes contradicciones no deben sorprendernos. El populismo no es exactamente una ideología, sino un método para alcanzar el poder y mantenerse en él.

[[QUOTE:La palabra populismo servía para casi todo. El vocablo, dotado de una sorprendente elasticidad semántica, había evolucionado notablemente desde que fue acuñado en Estados Unidos]]El populismo le sirve a la derecha y a la izquierda, a ciertos conservadores y a los comunistas. Incluso, pueden recurrir a él formaciones democráticas dispuestas a ganar y perder elecciones, como sucede con el peronismo argentino o el PRI mexicano, u otras, como el chavismo venezolano, que lo utilizan para alcanzar el poder y, una vez encumbrados, se afianzan contra todo derecho en la poltrona presidencial y arman verdaderas dictaduras.

En todo caso, la palabra populismo servía para casi todo. El vocablo, dotado de una sorprendente elasticidad semántica, había evolucionado notablemente desde que fue acuñado en Estados Unidos en la última década del siglo XIX para designar a un sector rural del Partido Demócrata adversario de los más refinados republicanos, entonces calificados de elitistas alejados de la realidad del pueblo agrícola norteamericano. En esa época, como ocurría en el resto del planeta, más de la mitad de la población norteamericana obtenía su sustento de tareas relacionadas con el campo.

Pero más que sustituir esa acepción de la palabra –el rechazo a las élites– , se le fueron agregando otras características, sin que desapareciera el desprecio por los intelectuales, por las personas adineradas, los núcleos cercanos al poder, y todo aquel que se desviara del culto por el "pueblo verdadero".

De alguna manera, ese viejo rencor hincaba sus raíces en la Revolución francesa y la devoción popular por los sans-culottes, aquellos jacobinos radicales que odiaban hasta la manera de vestir de nobles y burgueses enfundados en unos ajustados bombachos de seda –los culottes– y pusieron de moda el áspero pantalón de los trabajadores.

Aunque no se llamara populismo, ésa fue la actitud de Stalin cuando recetó e impuso el "realismo socialista" –una fórmula ajena y refractaria a cualquier vanguardia– para proteger la esencia nacionalista del pueblo ruso, lo que lo llevó a calificar de estúpida la ópera Macbeth de Dmitri Shostakóvich porque estaba, decía, infestada de cosmopolitismo.

Lo verdaderamente revolucionario y de izquierda era lo que conectara con la esencia campesina y viril del pueblo ruso.

En ese sentido, en Estados Unidos eran populistas los que se burlaban de los eggheads que rodeaban al presidente John F. Kennedy. O en Camboya los matarifes empleados por Pol-Pot para asesinar o reeducar a millones de estudiantes y maestros procedentes de las ciudades.

[[QUOTE:La Revolución Cubana también tiene algo de ese salvaje primitivismo anti-establishment]]Incluso, fueron populistas los patriotas maoístas que perseguían a los sospechosos de mil desviacionismos, incluidos los que utilizaban gafas para subrayar su superioridad intelectual en la China de Mao durante la Revolución Cultural. (Hasta eso, utilizar lentes, llegó a ser considerado un síntoma de decadencia durante el espasmo maoísta-populista de la Revolución Cultural china).

La Revolución Cubana también tiene algo de ese salvaje primitivismo anti-establishment. Durante décadas fue desechada la corbata burguesa y el trato respetuoso de usted. Lo revolucionario eran la guayabera o la camisa varonil, la ropa de mezclilla de los obreros, la palabra compañero o compañera para dirigirse al otro, porque se había desterrado del lenguaje y de las apariencias todo lo que pudiera calificarse de elitista.

Lo revolucionario, lo propio del "hombre nuevo", algo que los niños aprendían muy pronto en la escuela, era a ser como el Che, una persona que proclamaba como una virtud la falta de aseo.

Es decir, la Revolución prefería a los niños desaliñados, desinteresados de los signos materiales, refractario a las colonias y a los desodorantes, porque un verdadero macho no necesita de esos aditamentos feminoides. La "gente verdadera", que eran los revolucionarios, no sucumbían a esos comportamientos ultraurbanos y pequeñoburgueses de la "gente falsa".

Los diez rasgos universales del populismo

Tal vez uno de los mejores acercamientos al tema, uno de los intentos más certeros de definir de qué estamos hablando cuando mencionamos la palabra populismo, es el del profesor de Princeton Jan-Werner Müller en su breve libro What is populism, publicado en el 2016 por la University of Pennsylvania Press de Filadelfia.

En esencia, se mantiene la definición original de quienes desprecian a las élites corrompidas por la dolce vita de inspiración occidental, pero se agregan otros diez factores como:

1. El exclusivismo: sólo "nosotros" somos los auténticos representante del pueblo. Los "otros" son los enemigos del pueblo. Los "otros", por lo tanto, son unos seres marginales que no son sujetos de derecho.

2. El caudillismo: se cultiva el aprecio por un líder que es el gran intérprete de la voluntad popular. Alguien que trasciende a las instituciones y cuya palabra se convierte en el dogma sagrado de la patria (Mussolini, Perón, Fidel Castro, Juan Velasco Alvarado, Hugo Chávez).

3. El adanismo: la historia comienza con ellos. El pasado es una sucesión de fracasos, desencuentros y puras traiciones. La historia de la patria se inicia con el movimiento populista que ha llegado al poder para reivindicar a los pobres y desposeídos tras siglos de gobiernos entreguistas, unas veces vendidos a la burguesía local y otras a los imperialistas extranjeros.

4. El nacionalismo: una creencia que conduce al proteccionismo o a dos reacciones aparentemente contrarias. El aislacionismo para no mezclarnos con los impuros o el intervencionismo para esparcir nuestro sistema superior de organizarnos.

5. El estatismo: es la acción planificada del Estado y nunca el crecimiento espontáneo y libre de los empresarios lo que colmará las necesidades del pueblo amado, pero necesariamente pasivo.

6. El clientelismo: concebido para generar millones de estómagos agradecidos que le deben todo al gobernante que les da de comer y acaban por constituir su base de apoyo.

7. La centralización de todos los poderes: El caudillo controla el sistema judicial y el legislativo. La separación de poderes y el llamado check and balances son ignorados.

8. El control y manipulación de los agentes económicos, comenzando por el banco nacional o de emisión, que se vuelve una máquina de imprimir billetes al dictado de la presidencia.

9. El doble lenguaje: La semántica se transforma en un campo de batalla y las palabras adquieren una significación diferente. "Libertad" se convierte en obediencia, "lealtad" en sumisión. Patria, nación y caudillo se confunden en el mismo vocablo y se denomina "traición" cualquier discrepancia.

10. La desaparición de cualquier vestigio de "cordialidad cívica". Se utiliza un lenguaje de odio que preludia la agresión. El enemigo es siempre un gusano, un vendepatria, una persona entregada a los peores intereses.

La Revolución cubana encaja perfectamente en ese esquema

El marxismo-leninismo admite estos rasgos populistas sin grandes contradicciones. De alguna manera, la pretensión marxista de haber descubierto las leyes que gobiernan la Historia es una perfecta coartada pseudocientífica para que afloren los síntomas.

Exclusivismo

La revolución cubana es exclusivista. "Fuera de la Revolución, nada", dijo Fidel en 1961 en su discurso Palabras a los intelectuales. Y enseguida apostrofó: "dentro de la revolución, todo". Sus líderes no tienen el menor remordimiento cuando advierten que "la universidad es sólo para los revolucionarios". O cuando cancelan y persiguen toda opción política que no sea la que ellos preconizan. O cuando alientan a las turbas a que persigan y les griten a los desafectos o a los gays que "se vayan", porque los cubanos no tienen derecho a vivir en el país si no suscriben la visión oficial definida por la Revolución o si no tienen la inclinación sexual de los "verdaderos cubanos". Todo el que no es revolucionario es "escoria". Es despreciable y, por lo tanto, extirpable.

En Cuba ni siquiera ha sido posible inscribir verdaderas ONGs extraoficiales (y la oposición lo ha tratado) porque el Gobierno ha estabulado a la sociedad en varias instituciones exclusivas – Comités de Defensa, Federación de Mujeres Cubanas, Confederación de Trabajadores Cubanos, Federación de Estudiantes, etc. --, presididas por el Partido Comunista y su ala juvenil. Ya lo dijo Fidel: "fuera de la Revolución, nada" y "a los enemigos, ni un tantico así".

Caudillismo

El caudillismo es y ha sido la seña de identidad más evidente de la Revolución cubana. Fidel Castro, desde 1959 hasta su forzado retiro en el 2006 debido a una grave enfermedad, hizo lo que le dio la gana con la sociedad cubana. A partir de ese momento, se transformó en la inspiración de su hermano Raúl, escogido por él para sucederlo en el trono, algo que oficialmente ocurrió en el 2008, pero que en realidad no culminó hasta el 25 de noviembre de 2016, cuando Fidel, finalmente, murió tras 90 años de una vida agitada.

Fidel, con la permanente complicidad de Raúl, lo hizo todo de manera inconsulta: desde cambiar el sistema económico del país introduciendo el comunismo, lo que implicó la desbandada de los empresarios y el empobrecimiento de la sociedad, hasta convertir la nación en un nuevo satélite de la URSS, sacando a los cubanos de su hábitat cultural latinoamericano. Ejerciendo su omnímoda voluntad, llevó a los cubanos a pelear en interminables guerras africanas, mientras desarrollaba decenas de "focos" revolucionarios, como el que le costó la vida al Che Guevara en Bolivia en 1967. Fidel, y luego Raúl, no sólo han sido los caudillos. Han sido los amos de una plantación de verdaderos esclavos.

Adanismo

El adanismo ha sido parte esencial del discurso de la Revolución cubana. El sustantivo proviene de Adán, el primer hombre sobre la tierra según el mito bíblico. Nunca hubo verdaderos cubanos, gallardos e independientes, hasta que triunfó la Revolución. Ahí comenzó la verdadera historia de la patria y de los patriotas.

Entre José Martí, muerto en 1895 combatiendo a los españoles, y Fidel Castro, Máximo Líder de la Revolución desde 1959, hay un total vacío histórico. Para subrayar esos nexos, Fidel Castro dio órdenes de que a su muerte lo sepultaran junto a Martí. Así se hizo en noviembre de 2016.

En ese fantástico relato adánico, la Revolución es la única heredera de los mambises independentistas que se enfrentaron a los españoles. La república fundada en 1902 no existe. Fue una pseudorepública fantasmal subordinada a los yanquis, descalificada por la Enmienda Platt que autorizaba la intervención de Washington en caso de que se interrumpiera el curso democrático. (La Enmienda Platt fue derogada en 1934, pero ese dato no obsta para que una de las frecuentes acusaciones a la oposición sea la de plattista).

Los ataques a la pseudorepública se llevaban a cabo en todos los frentes, incluido el del entretenimiento. Uno de los programas más populares de la televisión cubana se titulaba San Nicolás del Peladero, emitido semanalmente por la televisión entre los años 60 y 80 del siglo pasado. Era un pueblo imaginario de la Cuba prerrevolucionaria, gobernado por un alcalde del Partido Liberal, tramposo y deshonesto, pero los conservadores no le iban a la zaga. El propósito era caricaturizar la época y burlarse de la República. Era reforzar en el pueblo la idea de que la historia real y gloriosa del país independiente comenzó en 1959.

Nacionalismo

Fidel Castro y sus cómplices nunca se molestaron en explicar cómo se podía hacer una revolución comunista en Cuba sin renunciar al nacionalismo, pero igual sucedía en la URSS, donde se cultivaban sin tregua ni pausa las raíces de la madre patria Rusia aunque ello fuera profundamente antimarxista.

El nacionalismo, pues, proclamado con fiereza, ha sido una de las señas de identidad de la Revolución cubana, y muy especialmente desde la desaparición de la URSS. Sólo que el nacionalismo conduce inevitablemente al proteccionismo en el terreno económico, aunque en el político el régimen cubano, mientras protesta airado contra cualquier acción o crítica sobre o contra la Revolución, invariablemente calificada como "injerencista", al mismo tiempo proclama su derecho a inmiscuirse en los asuntos de cualquier país mientras repite la consigna de que "el deber de cualquier revolucionario es hacer la revolución".

Estatismo

Hay un estatismo económico, que es el más difundido, que supone, contra toda experiencia, que le corresponde al Estado crear y preservar las riquezas. Ahí se inscriben las expresiones "soberanía alimentaria", control de las "empresas estratégicas", las "nacionalizaciones" (que son, realmente, estatizaciones), o el fin de la plusvalía, como quería Marx, por medio de la transferencia al sector público de las actividades privadas.

La Cuba comunista, como nadie disputa, ha sucumbido a esos planteamientos estatistas al extremo de haber sido la sociedad más estatizada del perímetro soviético, especialmente desde que en 1967 decretó la confiscación de casi 60.000 microempresas (todas las que había) en lo que llamó la Ofensiva revolucionaria. Pero acaso eso, con ser radicalmente injusto y empobrecedor, no es lo más grave. Al fin y al cabo, el populista es casi siempre estatista, especialmente si se coloca a la izquierda del espectro político.

Lo más pernicioso es el razonamiento, fundado en la expresión "razón de Estado", acuñada por Maquiavelo, quien le llamara Arte dello Stato (Discursos sobre la primera década de Tito Livio), que comienza por admitir que a la patria se le sirve "con ignominia o con gloria", lo que lleva a los gobernantes populistas a cometer cualquier crimen o violación de la ley amparándose sin recato en el patriotismo. La revolución es un Jordán que limpia cualquier exceso.

Esa coartada, esa "razón de Estado", les sirve a los gobernantes populistas para cometer toda clase de crímenes. No dicen, como Maquiavelo, que lo primordial es proteger al Estado, sino algo muy parecido porque la idea de revolución se ha confundido, a propósito, con la de nación, caudillo, y pueblo.

En Cuba todo se justifica con proteger a la Revolución, sinónimo de Estado. Y ese todo incluye desde encarcelar a decenas de miles de ciudadanos, como el Comandante Huber Matos, hasta asesinar a Oswaldo Payá o a decenas de personas que huían a bordo de una vieja embarcación llamada 13 de marzo, en la que viajaban numerosos niños. Para ellos son gajes del oficio, peccata minuta que se redimirá en el futuro radiante que les espera a los cubanos cuando llegue el comunismo.

Clientelismo

Fidel Castro, lector de Mussolini e imitador de su discípulo Perón, sabía que lo primero que debe hacer un gobernante populista es crearse una base de apoyo popular asignando privilegios a sabiendas de que a medio plazo eso significará la ruina del conjunto de la sociedad.

En 1959 comenzó por congelar y reducir arbitrariamente el costo de los alquileres y de los teléfonos y electricidad en un 50%, al tiempo que decretaba una reforma agraria que transfería a los campesinos en usufructo (no en propiedad) una parte sustancial de las tierras.

Esto le ganó, provisionalmente, el aplauso entusiasta de millones de cubanos (que era lo que perseguía), aunque destruyó súbitamente la construcción de viviendas y paralizó las inversiones en mantenimiento y expansión, tanto de la telefonía como de las redes eléctricas y de la conducción de agua potable, lo que luego sería una catástrofe para la casi totalidad de la sociedad. (Lo de "casi" es porque la nomenklatura, acaso el 1% de la población, suele estar a salvo de estas carencias tercermundistas).

Fue entonces, a partir del primer reclutamiento clientelista, cuando en cientos de miles de viviendas los cubanos agradecidos comenzaron por colocar en sus hogares letreros que decían "Fidel, esta es tu casa", a los que luego agregaron otro más obsequioso que demostraba que le habían entregado al caudillo cualquier indicio de juicio crítico: "Si Fidel es comunista, que me pongan en la lista".

En todo caso, esa primera fase sería provisional, en la medida en que se creaba el verdadero sostén de la dictadura: los servicios de inteligencia, para lo que tuvo abundante ayuda soviética. En 1965 ya la contrainteligencia controlaba totalmente a la sociedad cubana, dedicada a desfilar bovinamente en todas las manifestaciones, mientras la inteligencia se dedicaba a fomentar los focos revolucionarios en medio planeta.

El clientelismo revolucionario, por supuesto, no se consagró solamente a los cubanos. Los extranjeros útiles como caja de resonancia (Sartre, García Márquez, por ejemplo), o por los cargos que desempeñaban (el chileno Salvador Allende, el mexicano López Portillo, entre cientos de casos) eran cortejados y ensalzados en una labor de reclutamiento tan costosa como eficaz a la que le asignaban decenas de millones de dólares todos los años. A su manera, también eran estómagos o egos agradecidos.

Centralización de poderes

En Cuba no existe el menor vestigio de separación de poderes. Durante los primeros años de la Revolución el Consejo de Ministro, cuyo factótum era Fidel, se ocupaba de legislar al tiempo que despedían a los jueces independientes y nombraban a "compañeros revolucionarios" en esos cargos.

Los comunistas no creen en la separación de poderes. Los cubanos le llaman a la Asamblea Nacional del Poder Popular, el Parlamento de la nación, los niños cantores de La Habana. Se trata de un coro afinado y obsecuente que jamás ha discutido una ley o hecho una proposición crítica.

Son convocados dos veces al año por periodos muy breves para refrendar las decisiones del Ejecutivo, que hoy son, claro está, las de Raúl, como hasta su muerte fueron las del Comandante. De acuerdo con la famosa frase mexicana atribuida al líder sindical oficialista Fidel Velázquez con relación al PRI: "el que se mueve no sale en la foto".

El Poder Judicial es, igualmente, una correa de transmisión de la autoridad central. Si el pleito tiene algún componente ideológico, la sentencia se estudia y genera en la policía política. Incluso, cuando se trata de un delito común, pero el autor es un revolucionario o un desafecto connotado, esa circunstancia se toma en cuenta.

Cuando el comandante Universo Sánchez, un líder histórico de la Revolución, asesinó a un vecino por un pleito personal, la condena fue mínima, dados los antecedentes políticos del delincuente. En Cuba todos son iguales ante la ley ... menos los héroes revolucionarios o los opositores.

Control económico

En Cuba no hay el menor factor económico aislado de las órdenes de la cúpula dirigente. Como no existe el mercado, el Gobierno decide el salario y el precio de las cosas y servicios. Y como el Banco Central o Nacional es un apéndice del Ministerio de Economía, sin la menor independencia, ahí se fija arbitrariamente el valor de la moneda, el monto de los intereses o la cantidad de papel moneda que se imprime.

Por otra parte, las empresas extranjeras que operan en el país, siempre asociadas al Gobierno, tienen que reclutar a sus trabajadores por medio de una entidad oficial que les cobra en dólares, pero paga los salarios en pesos, confiscando a los trabajadores hasta el 95% de lo que obtienen.

Asimismo, el país posee dos monedas: el CUC y el peso corriente y moliente. El peso convertible o CUC, equivalente al dólar americano, es canjeado a 24 pesos por CUC, lo que quiere decir que los trabajadores cubanos perciben un salario promedio mensual de 20 dólares, el más bajo de América Latina, Haití incluido. A esto se agrega un elemento terrible: el 90% de los bienes o servicios que los cubanos aprecian sólo se pueden adquirir en CUC.

Doble lenguaje

La utilización del doble lenguaje está en la raíz misma de la Revolución. Eso quiere decir que la palabra justicia en una sociedad como la cubana quiere decir el derecho del "pueblo combatiente" a aplastar como si fuera una alimaña a cualquier compatriota que se atreva a criticar a la Revolución.

Quiere decir recurrir a los eufemismos más descarados. La "libreta de racionamiento" pasará a llamarse "libreta de abastecimientos". Los campesinos enfrentados al régimen serán denominados "bandidos". Durante el prolongado periodo de falta de combustible que detuvo a los pocos tractores y obligó al Gobierno a volver a la carreta tirada por bueyes se calificó como "el regreso a las gloriosas tradiciones agrícolas".

Pero ese doble lenguaje a veces se convierte en mentiras puras y duras, como las que se vierten en las estadísticas oficiales para tratar de maquillar el desastre económico introducido por el castrismo.

Fin de cualquier signo de "cordialidad cívica"

El concepto de "cordialidad cívica" es consustancial a la democracia. Consiste en respetar a quien tiene ideas diferentes a las nuestras. En Cuba la noción de cordialidad cívica es tabú.

En un régimen como el cubano no existe (ni puede existir) una oposición respetable. Y no la hay para poder negarle el derecho a utilizar cualquier tribuna o para evitar cualquier forma de negociación con la oposición. ¿Cómo tratar con personas tan singularmente malvadas? Ése es el propósito de desacreditarlas.

Todos los disidentes son vendepatrias y gusanos al servicio del imperialismo yanqui. Cualquier grupo de personas que desee agruparse para defender una idea diferente a las que el gobierno preconiza oficialmente, inmediatamente es vilipendiado y ofendido.

En Cuba, además, la ofensa personal es parte del primer círculo represivo. La mayor parte de las personas rehuye el enfrentamiento verbal, y mucho más si éste constituye el preludio a la agresión, como suele suceder antes de los actos de repudio, verdaderos pogromos organizados por la policía política contra los opositores.

Colofón

Reitero lo dicho. No puede haber la menor duda. La dictadura cubana encaja perfectamente en el molde del populismo de izquierda. Basta repasar esas diez categorías. Lo comunista no quita lo populista.

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Nota de la Redacción: Este texto es parte del libro colectivo El Estallido del Populismo, que se presentó el pasado martes en la Casa de América, en Madrid. Los coautores son, entre otros, Álvaro Vargas Llosa, Yoani Sánchez, Mauricio Rojas, Roberto Ampuero y Cayetana Álvarez de Toledo.

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Carlos Alberto Montaner

Puro papel mojado. De nada sirvió la Carta Democrática Interamericana solemnemente firmada en Lima en 2001 por los 34 países miembros de la OEA. Sesenta muertos, cientos de heridos y torturados y más de dos mil detenidos, pero la Organización de los Estados Americanos no pudo ponerse de acuerdo para condenar al régimen de Venezuela tras la deriva totalitaria adoptada por Nicolás Maduro.

Casi todos los países del CARICOM, que son aproximadamente los mismos de Petrocaribe, la Odebrecht venezolana, corrompidos a punta de petrodólares, le vendieron al chavismo la conciencia democrática y la compasión por los muchachos que luchan y mueren por la libertad.

Formaron un club de estómagos agradecidos, secretamente coordinados en este evento por la cancillería venezolana controlada por los hábiles operadores políticos de la Dirección de Inteligencia cubana, presidida por el general Eduardo Delgado Rodríguez, para oponerse a la resolución presentada por EE UU, Canadá, México, Perú y Panamá, aportando una declaración alterna, totalmente anodina, que no tenía otro objeto que impedir la mayoría calificada que exigía el reglamento de la OEA para forjar una declaración conjunta.

La población combinada de los 15 Estados afiliados al CARICOM es apenas un 5% del censo de las naciones decididas a censurar a Maduro, pero la ficción democrática que impera en la OEA determina que el voto de Monserrat, una excrecencia geológica con menos de 6,000 habitantes poseedores de una bandera, un himno, una gasolinera y dos farmacias, vale lo mismo que el de Brasil.[[QUOTE:Fueron secretamente coordinados por la cancillería venezolana, controlada por la Dirección de Inteligencia cubana, para oponerse a la resolución presentada en la OEA]]

Es decir, Raúl Castro y Nicolás Maduro súbita y hábilmente dotaron de política exterior a unos minúsculos países que carecían de ella, con el objeto de bloquear la acción de unas naciones que pretendían cumplir con el compromiso moral contraído por todos en la Carta Democrática Interamericana.   

Este resultado era predecible. La OEA es una institución geográfica que surgió impulsada por la Guerra Fría. No obstante, su arquitecto, Estados Unidos, perdió interés en el organismo. Especialmente desde que, en diciembre de 1989, la institución se le escapó de las manos y condenó a Washington por la invasión a Panamá, efectuada para terminar con la narcodictadura criminal del general Manuel Antonio Noriega.

Los hechos se precipitaron tras el asesinato de un oficial norteamericano destacado en la Zona del Canal y la violación de la esposa de otro por cuenta de los militares norieguistas. La invasión, finalmente, le trajo la democracia al país. Pocos meses después, el Gobierno legítimo de Guillermo Endara, inspirado por el vicepresidente Ricardo Arias Calderón, desmilitarizó a Panamá, cancelando para siempre unas Fuerzas Armadas que sólo habían servido para tiranizar al pueblo y estimular el tráfico de drogas.

Deberían existir sanciones para los diplomáticos y los Estados miembros que violan los compromisos que habían jurado defender. No es posible que funcionarios y políticos comprometidos con el cumplimiento de los derechos humanos y las reglas de la democracia liberal acaben respaldando a la dictadura de Maduro por un puñado de barriles de petróleo y otros oscuros negocietes.[[QUOTE:No es posible que funcionarios y políticos comprometidos con las reglas de la democracia liberal acaben respaldando a la dictadura de Maduro por un puñado de barriles de petróleo]]

Fue premonitoria la reciente amenaza del senador Marcos Rubio a República Dominicana, Haití y El Salvador si no respaldaban posturas democráticas dentro de la OEA. Tras el reciente espectáculo, acaso algunos legisladores republicanos y demócratas propicien en Estados Unidos la aprobación de una ley bipartidista por la que se castigue de oficio a quienes ignoran o traicionan los compromisos previamente contraídos en las instancias internacionales.

Ya se sabe que negarles las visas de acceso a Estados Unidos a los políticos y funcionarios corruptos, la confiscación de sus recursos mal habidos, o decretar la imposibilidad de adquirir propiedades en el país, tienen un fuerte efecto disuasorio sobre las conductas reprobables de estos bandidos de cuello blanco. Sería una forma legítima de contribuir a la decencia y a la seriedad de la región.  

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