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Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner

El asunto es más grave. El régimen chavista de Nicolás Maduro, sin duda, ha violado todos los incisos de la Carta Democrática Interamericana de la OEA y merece ser sancionado, pero suspender a Venezuela de la Organización de los Estados Americanos es poca cosa y, tal vez, llega muy tarde. El daño que ha sufrido esa sociedad ha sido muy profundo.

Peor que tratar de convertir a Venezuela en otra Cuba, es haberla transformado en otro Congo, un país caótico y desorganizado, dominado por jefecillos locales que viven a punta de cuchillo. Venezuela, además de ser un Estado forajido que agrede a los demás, es un Estado fallido que incumple sus propias leyes e ignora sus instituciones, del que ha desaparecido el principio de autoridad, la capacidad de reprimir se ha atomizado en mil centros violentos, y el aparato estatal no responde a las órdenes de quienes, supuestamente, mandan.

[[QUOTE:Peor que tratar de convertir a Venezuela en otra Cuba, es haberla transformado en otro Congo, un país caótico y desorganizado]]

Maduro, un señor que dice tonterías y baila salsa, dirige precariamente uno de esos centros. “Por ahora” es el más poderoso, pero sólo provisionalmente. Está a su alcance encarcelar a Leopoldo López o a Antonio Ledezma, porque la oposición actúa dentro de unos esquemas republicanos pacíficos y predecibles, pero Maduro no puede controlar a los miles de venezolanos de rompe y rasga, los malandros a los que el chavismo armó y les dio patente de corso para que desvalijaran y aterrorizaran a lo que llaman “la burguesía”, es decir, las personas empeñadas en tener una vida decente y normal.

Es la anomia total. La absoluta falta de principios, valores y normas civilizadas. Aunque quisiera, que no es el caso, Maduro tampoco puede impedir la producción y tráfico de estupefacientes. Esa, desde la perspectiva chavista, es solo una zona más de enriquecimiento. El narcotráfico apenas es una variante del delito. Lo practican muchos generales coludidos con los capos de la droga, e incluso sus propios parientes más cercanos, como sucede con sus narcosobrinos. Hay unos ladrones de cuello blanco que roban en PDVSA. Otros crean empresas de maletín para intermediar en las compras del Estado o reciben cuantiosas coimas de compañías como Odebrecht. En el fondo, son iguales.

¿Cómo llamarlos al orden si el chavismo ha sido una inmensa máquina dedicada a delinquir? El desalmado que mata a una muchacha para robarle un teléfono celular siente que lo que él hace no es peor que aprovecharse de las relaciones personales para obtener dólares a precios preferentes y enriquecerse por medio de cambios tramposos. Cada uno rebaña lo que puede y como puede. El perraje, que es impresentable, usa la navaja o la pistola para extorsionar o matar a cualquiera y huir de la escena del crimen a bordo de una moto. El bandido sofisticado utiliza un bolígrafo de oro, tiene cuenta en un paraíso fiscal, y se prepara para abandonar Venezuela en su propia avioneta tan pronto el barco comience a hundirse. Uno y otro se hermanan en la impunidad y en el desprecio por el país en que nacieron.

[[QUOTE:Raúl Castro está dispuesto a pelear hasta el último venezolano y ordenará a Maduro que resista y se atrinchere en el discurso antiimperialista]]

¿Qué más puede ocurrir en Venezuela? Dada la infinita incapacidad del régimen y la creciente pérdida de autoridad, puede suceder cualquier cosa. Ya está sucediendo. El default y la consecuente desaparición del crédito para importar alimentos están a las puertas. Como resultado de ello, es previsible una hambruna que mate a miles de venezolanos o los deje en puro hueso y pellejo. La ausencia prolongada de electricidad y agua potable no es descartable. Tampoco la aparición de unas infecciones monstruosas e incontrolables. Seguirá, in crescendo, la desesperante hiperinflación que va agregándoles ceros a los precios y puede llegar a cifras incalculables, como sucedió en Alemania en los años veinte del siglo pasado o en la década de los ochenta en países andinos del vecindario como Perú, Bolivia y Ecuador.

¿Cómo se le pone fin a esta pesadilla? Es difícil creer que Maduro se acoja al sentido común y busque una solución colegiada junto a la oposición, que es la infinita mayoría del país. Raúl Castro le ordenará que resista y se atrinchere en el discurso antiimperialista. Raúl está dispuesto a pelear hasta el último venezolano. Todo lo que le interesa a La Habana es continuar con el ordeño de la vaca lechera. No veo a Nicolás Maduro perdiendo unas elecciones y colocándole la banda presidencial a Henrique Capriles, a María Corina Machado, y mucho menos a Leopoldo López.

Se cumplirá, sin embargo, un dictum propio de estas situaciones: mientras más dure, y mientras mayor sea la destrucción de los fundamentos nacionales, más dolorosa y sangrienta será la cura.

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El daño que ha sufrido esa sociedad ha sido muy profundo Continue reading
El secretario general de la OEA se ha enfrentado a la dictadura que impera en Venezuela Continue reading

Carlos Alberto Montaner

Steve King, congresista republicano de Ohio, tuiteó: “No podemos reconstruir nuestra civilización con los hijos de otros países”. A lo que le respondieron, contrariados, dos congresistas cubanoamericanos, también republicanos, Carlos Curbelo e Ileana Ros-Lehtinen. Ileana precisó: “la diversidad es nuestra fuerza”. La polémica fue reflejada en El Nuevo Herald.

Ahí está el núcleo de un debate permanente: la naturaleza humana, es decir, animal, reivindicada por King, frente a la racionalidad artificial surgida en el curso de nuestra civilización. Es la uniformidad contra la diversidad. Son los nexos genéticos frente a las relaciones fundadas en el derecho. Es la lógica de la raza, de la sangre, de Hitler, versus la de los derechos naturales y, si se quiere, la de la tradición judeo-estoica-cristiana.

[[QUOTE:La consigna de hacer “otra vez grande a Estados Unidos” no es sólo una cuestión económica o industrial. Es también que el país sea de nuevo, esencialmente, blanco, norte-europeo y uniformemente angloparlante]]

El racismo, es cierto, aumenta notablemente en el mundo. Se demuestra en los crecientes episodios de antisemitismo. Ocurre en Francia, en Holanda, en España, en Italia. La consigna de hacer “otra vez grande a Estados Unidos” no es sólo una cuestión económica o industrial. Es también que el país sea de nuevo, esencialmente, blanco, norte-europeo y uniformemente angloparlante, como le gustaría al congresista Steve King.

Así era la clase dirigente norteamericana cuando se fundó la República a fines del siglo XVIII, mítica época dorada en la que se dieron cita los Padres Fundadores. Así fue hasta que llegó a la Casa Blanca un señor afro-anglo-americano llamado Barack Hussein Obama, el presidente número 44 de la nación.

Hoy tal vez caben en esa definición estrecha de Estados Unidos, pero menos, los judeoamericanos, los italoamericanos, los grecoamericanos, y el resto de las adherencias que han inmigrado en masa a Estados Unidos en los últimos 150 años, pero el núcleo duro de la identidad estadounidense, el que genera el estereotipo más enérgico, es el mítico anglosajón ilusionado con la victoria de Donald Trump, como le ocurre al congresista Steve King, descendiente de irlandeses, alemanes y galeses.

El racismo es un rasgo inherente a la naturaleza humana. Los niños nacen sin experimentarlo, y así evolucionan durante los primeros años de vida, hasta que, paulatinamente, van adquiriendo una identidad. Ésa es la madre del cordero. Tan pronto se perfila y afianza el yo comienza el impulso ciego por segregar o liquidar al otro, al diferente, al que realmente no forma parte del grupo ni comparte esa identidad primaria.

La identidad nos hace racistas porque vamos dejando de ser individuos en abstracto para formar parte de una tribu que se identifica por el color de la piel, el tipo de cabello, la forma de los ojos,  el idioma que utilizamos, la entonación con que lo hablamos, la gesticulación que empleamos, las creencias religiosas, la mitología o relatos compartidos, y otros mil detalles que van formando y conformando a los miembros del grupo.

El antropólogo José Antonio Jáuregui, un catedrático especialmente inteligente, intuía que ese comportamiento de acercamiento “identitario” formaba parte de una estrategia natural de la especie para poder prevalecer en el complejo y agresivo curso de la evolución.

Las personas integradas en una tribu tienen más posibilidades de reproducirse y entregar sus genes a sus descendientes. Para lograrlo, el cerebro nos guía en la dirección debida por medio de los neurotransmisores con estímulos placenteros o dolorosos. Somos, decía Jáuregui, “esclavos de nuestros cerebros’.

El nacionalismo y el fanatismo deportivo –casi siempre hermanados– serían una expresión de este fenómeno. (Hace pocas fechas, cuando los catalanes ganaron un improbable partido de fútbol con cinco goles, los sismógrafos de Barcelona registraron el triunfo con un punto en la escala de Richter por los saltos de alegría que dieron al unísono decenas de miles de barceloneses felices, súbitamente unificados por el paroxismo provocado por la victoria del equipo local).[[QUOTE:¿Cómo pudo ganar la presidencia un mestizo con nombre árabe y orígenes parcialmente africanos si las sociedades permanecen atadas por esos lazos antiguos e invisibles?]]

¿Cómo pudo ganar la presidencia un mestizo con nombre árabe y orígenes parcialmente africanos si las sociedades permanecen atadas por esos lazos antiguos e invisibles? Porque, al menos provisionalmente, había triunfado la concepción republicana (en el buen sentido de la palabra) de la especie: todos somos iguales ante la ley. Fue el triunfo del republicanismo, un bendito artificio basado en la hermosa superstición de que es el acatamiento de la Constitución lo que hace estadounidenses a los “americanos”.

En eso estamos. Luchando contra un extendido pasado que se pierde en el tiempo para que las personas no sean prejuzgadas por el color de la piel, los dioses en los que creen, los deseos sexuales que los dominan y el resto de los elementos que constituyen la identidad.

Eventualmente se logrará y habremos desterrado el racismo para siempre. Pero necesitamos mucho tiempo para que la razón gane ese combate. Al fin y al cabo fuimos animales millones de años y sólo hace 25 siglos que Zenón el Estoico, un extranjero pelirrojo, pequeño y patizambo, se atrevió a decir en Atenas que las personas tenían derechos más allá del parentesco y del sitio de nacimiento. Apenas un rato.


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Las FARC han aprovechado las conversaciones de paz para duplicar los cultivos Continue reading

Carlos Alberto Montaner

Hay que admitir que el populismo suele estar a la derecha y a la izquierda. The Economist la gran revista británica, describe magistralmente la confusión. El presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, que ha liquidado a cientos de vendedores de drogas, es populista. Pero también lo es, y en grado sumo, el boliviano Evo (Ego) Morales, cocalero inveterado que ha multiplicado por cuatro las tierras dedicadas a ese cultivo.

El populismo son creencias y conductas que hermanan a figuras erróneamente situadas en bandos opuestos. Fidel Castro, comunista hasta el último minuto de su vida, y Juan Domingo Perón, cuasi fascista formado en la Italia de Mussolini, en donde fue attaché militar del gobierno argentino, eran primos hermanos ideológicos y se profesaban una mutua admiración.

El profesor de Princeton Jan-Werner Müller, en su breve libro What is populism, publicado en el 2016 por la University of Pennsylvania Press de Filadelfia, se acerca al tema acertadamente. De sus páginas extraigo once categorías que distinguen a cualquier sociedad populista, pero hago la aclaración de que no todos estos rasgos deben estar presentes para calificar de esa manera a un gobierno.[[QUOTE:Incluso, se puede ser un demócrata, como fueron el argentino Raúl Alfonsín o el primer Alan García (o el primer Carlos Andrés Pérez), y presentar características populistas]]

Incluso, se puede ser un demócrata, como fueron el argentino Raúl Alfonsín o el primer Alan García (o el primer Carlos Andrés Pérez), y presentar características populistas. En todo caso, esos datos aislados no son suficientes para calificar a un gobierno de populista. Es necesario que coincidan seis o siete síntomas de los más graves para determinar que se trata de un régimen de esa naturaleza.

Estos son los once rasgos definitorios:


1.     Antielitismo: se culpa a la élite política, económica, o simplemente urbana, de colocarse de espaldas a las necesidades del pueblo. En Camboya llegaron a ejecutar maestros por saber leer y escribir. En China, durante la Revolución Cultural de Mao, apresaron a personas por llevar lentes. En Cuba hubo épocas, especialmente en los años sesenta, en que el uso de corbatas equivalía a identificarse con la burguesía explotadora.

2.     El exclusivismo: sólo “nosotros” (quienes detentan el poder) somos los auténticos representante del pueblo. Los “otros” son los enemigos del pueblo. Los “otros”, por lo tanto, son unos seres marginales a los que se puede y se debe castigar.

3.     El caudillismo: se cultiva el aprecio por un líder que es el gran intérprete de la voluntad popular. Alguien que trasciende y supera a las instituciones, y cuya palabra se convierte en el dogma sagrado de la patria (Hitler, Mussolini, Perón, Fidel Castro, Juan Velasco Alvarado, Hugo Chávez).

4.     El adanismo: (por Adán) la historia comienza con ellos. El pasado es una sucesión de fracasos, desencuentros y puras traiciones. La historia de la patria se inicia con el movimiento populista que ha llegado al poder para reivindicar a los pobres y desposeídos tras siglos de gobiernos entreguistas, unas veces vendidos a la burguesía local y otras a los imperialistas extranjeros.

5.     El nacionalismo: una nefasta creencia en la propia superioridad que conduce al proteccionismo o a dos reacciones aparentemente contrarias. El aislacionismo para no mezclarnos y contaminarnos con los diferentes, o el intervencionismo para esparcir nuestro “magnífico” modo de organizarnos, lo que da lugar a sangrientas aventuras.

6.     El estatismo: o la acción planificada del Estado, y nunca el crecimiento espontáneo y libre de la sociedad y sus emprendedores, lo que supuestamente colmará las necesidades del pueblo amado, necesariamente pasivo.

7.     El clientelismo: concebido para generar millones de estómagos agradecidos que le deben todo al gobernante que les da de comer y acaban por constituir su base de apoyo.

8.     La centralización de todos los poderes. El caudillo o la cúpula dominante controla el sistema judicial y el legislativo. La separación de poderes y el llamado check and balances son ignorados.

9.     El control y manipulación de los agentes económicos, comenzando por el banco nacional o de emisión, que se vuelve una máquina de imprimir billetes al enloquecido dictado del Ejecutivo.

10.  El doble lenguaje. La semántica se transforma en un campo de batalla y las palabras adquieren una significación diferente. “Libertad” se convierte en obediencia, “lealtad” en sumisión. Patria, nación y caudillo se confunden en el mismo vocablo y se denomina “traición” cualquier discrepancia.

11.  La desaparición de cualquier vestigio de cordialidad cívica asociado a la tolerancia y la diversidad. Se utiliza un lenguaje de odio que preludia la agresión. El enemigo es siempre un gusano, un vende-patria, una persona entregada a los peores intereses.

Ahora le toca a usted, lector, discernir si el gobierno de su país es a) perdidamente populista, b) moderadamente populista, c) nada o casi nada populista. Vale la pena hacer ese ejercicio.


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El 24 de mayo Rafael Correa abandonará la presidencia de Ecuador. Falta poco. No se desesperen. Lo entiendo: ha sido largo y doloroso. Lleva una década en el poder. Ese día comenzará a gobernar quien gane la segunda vuelta del 2 de abril. Si los demócratas de la oposición se mantienen unidos, Guillermo Lasso deberá sucederlo en el cargo.

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Objetivo: Conquistar el poder y mantenerse en él Continue reading

Carlos Alberto Montaner

Hace bien el presidente Donald Trump en respaldar a Israel, pero no debe cancelar la idea de la creación de un estado palestino.

El apoyo de Washington ha ido incrementándose con cada gobierno que ha pasado por la Casa Blanca. Eso es moralmente justo y políticamente conveniente. Al fin y al cabo, el Estado judío es la única democracia existente en esa torturada zona del planeta.

Pese al espaldarazo inicial de Truman en 1948 para la creación de Israel y de un estado palestino por medio de una resolución de la ONU, a la que se unió la URSS gobernada por Stalin, acaso entusiasmado por los orígenes socialistas del país que estaba naciendo, la verdad es que en los años de Eisenhower no hubo simpatías especiales por el estado judío. Es a partir de esa administración cuando se inició, realmente, el respaldo a Israel.[[QUOTE:¿Por qué no ha sido posible la solución de dos Estados, uno israelí y otro palestino? Básicamente, por la incapacidad de los árabes de aceptar que los judíos se reinsertaran en ese territorio que un día les perteneció]]

¿Por qué no ha sido posible la solución de dos Estados, uno israelí y otro palestino? Básicamente, por la incapacidad de los árabes de aceptar que los judíos se reinsertaran en ese territorio que un día les perteneció, y al cual volvieron acosados por la inveterada costumbre de sus enemigos de maltratarlos, expulsarlos o asesinarlos a su antojo.

Los judíos más cultos y europeizados, de donde partió el impulso sionista, no llegaron festinadamente a la conclusión de crear en Palestina, en la tierra de sus antepasados, un Hogar judío que acabó transformándose en un Estado judío, sino fue el producto de una amarga necesidad impuesta por siglos de incomprensión y rechazo.

Fue un claro sacrificio realizado por un puñado de idealistas. ¿Quién en su sano juicio abandonaría la vida razonablemente cómoda del Imperio Austro-Húngaro, de Londres o París, incluso de las aldeas de Polonia, por la polvorienta aventura de fabricar un destino mejor en el Medio Oriente pobre e insalubre de finales del XIX y principios del XX?

¿Qué buscaban aquellos primeros sionistas convocados por el periodista Theodor Herzl? Procuraban crear un sitio propio, sin miedo a los pogromos, en el cual ser judío no fuera un estigma, porque estaban hartos de la discriminación, de las persecuciones, de los capirotes y de las miles de injurias y calumnias sufridas a lo largo de los siglos que ya presagiaban lo que luego sería el nazismo.

Para quien quiera entender la historia de lo ocurrido en la llamada Tierra Santa, que bien pudo ser llamada Tierra Sangrienta, le recomiendo un libro titulado Mi tierra prometida, excepcionalmente bien escrito por el periodista Ari Shavit. Me lo recomendó y obsequió mi amiga Alicia Freilich. Es estupendo.

Ahí están todas las claves y todos los hechos. Los asesinatos y las barbaridades cometidos por unos y otros, por los judíos y por los palestinos. No es una obra del choque entre buenos y malos, sino del enfrentamiento entre dos derechos y dos visiones excluyentes que generaban un desencuentro tal vez inevitable.

Netanyahu lo dijo claramente en su visita a Washington: nadie duda que los chinos proceden de China y los japoneses de Japón. ¿Es tan difícil entender que los judíos provienen de Judea?

Pero ahí no termina el razonamiento. Tampoco sirve el argumento de que jamás existió una nación palestina. Existe ahora, surgió en contraposición al sionismo, animada por su ejemplo, y es necesario abrirle un espacio, pero siempre y cuando esa sociedad admita que los judíos constituyeron un Estado con el que deben convivir en paz.

Esto fue lo que la ONU aprobó en 1948, dando por sentado que ambos Estados estaban condenados a entenderse, algo inmediatamente desmentido por la guerra desatada por varios países árabes, milagrosamente derrotados por Israel.[[QUOTE:Los judíos llegaron para quedarse y la existencia de Israel trasciende la idea del hogar de una etnia enquistada en una nación extraña, como pretenden algunos árabes]]

Pero ésa sigue siendo la clave de un conflicto que no comenzará a solucionarse hasta que los palestinos acepten que no pueden extirpar a los israelíes de la faz de la Tierra. Los judíos llegaron para quedarse y la existencia de Israel trasciende la idea del hogar de una etnia enquistada en una nación extraña, como pretenden algunos árabes.

Una patria común palestina sería confinar a los judíos en un nuevo gueto a la espera del pogromo definitivo. Eso no tiene sentido. Tampoco lo tendría al revés. Los palestinos tienen que aprender a ceder y de nada les vale invocar un derecho que, de existir, se tropieza con una realidad inconmovible. No hay otra solución, a largo plazo, que la existencia de dos naciones.

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Carlos Alberto Montaner

Me parece bien que el presidente electo Donald Trump le respondiera la llamada a Tsai Ing-wen, presidenta de Taiwán. Lo cortés no quita lo prudente. Se trata de una mujer educada e inteligente. Taiwán, pese a todo, es una isla aliada de Washington con la que existen vínculos históricos muy fuertes en el orden económico y militar.

En realidad, ese gesto de cortesía no pone en peligro la política de “Una China” proclamada desde tiempos de Jimmy Carter. El presidente de Estados Unidos tiene derecho a hablar con quien desee y la diplomacia China no debiera ser tan quisquillosa y sensible por asuntos simbólicos.

No obstante, resulta mucho más peligroso amenazar a ese país con sanciones económicas y tarifas arancelarias debido a la balanza comercial favorable que China posee con relación a Estados Unidos, como si las transacciones comerciales arrojaran una suma-cero en las que uno gana todo lo que el otro pierde. Francamente, yo pensaba que Donald Trump tenía una mejor comprensión de los fenómenos económicos.

A Estados Unidos, en números grandes, no le perjudica contar con una enorme fábrica en el Pacífico que les suministra bienes a los consumidores norteamericanos, entre un 30 y un 40% más baratos que si fueran productos equivalentes fabricados en Estados Unidos, a cambio de un papel moneda totalmente hegemónico que no tiene otro respaldo que el inmenso prestigio del país emisor.[[QUOTE:La preocupación por la balanza comercial es una manía mercantilista que fue descartada desde fines del siglo XVIII por pensadores como Adam Smith]]

Es verdad que algunos trabajadores norteamericanos pierden sus empleos debido a la competencia china, pero el ahorro por los bienes adquiridos en ese país se transforma en otros empleos creados en Estados Unidos. No en balde el nivel de desocupación de la fuerza laboral norteamericana es de apenas un 4.6%. La globalización de la economía es una bendición general, aunque pueda ser una maldición particular. Si hay un país que no debe quejarse de ella es Estados Unidos.

La preocupación por la balanza comercial es una manía mercantilista que fue descartada desde fines del siglo XVIII por pensadores como Adam Smith. Una parte sustancial de los beneficios que obtienen los chinos (o las compañías norteamericanas que allí fabrican) los emplean en la adquisición de bienes norteamericanos, en la compra de bonos del tesoro de Estados Unidos y en sostener a decenas de miles de estudiantes asiáticos en el sistema universitario norteamericano.

Otra parte muy importante se destina a la adquisición de soja argentina, cobre chileno o petróleo mexicano, entre muchos commodities, países que, a su vez, compran productos norteamericanos, completando un círculo de comercio globalizado que no es posible desglosar claramente. No obstante, ¿es tan difícil entender que el sofisticado escáner o el avión Boeing adquirido por México o Chile en Estados Unidos es la consecuencia de una transacción previa entre ese país y China? La globalización es precisamente eso.[[QUOTE:China es, además, el mayor tenedor extranjero de deuda norteamericana: cerca de un billón y un tercio de dólares]]

China es, además, el mayor tenedor extranjero de deuda norteamericana: cerca de un billón y un tercio de dólares (trillón y un tercio si lo decimos en inglés), seguido de cerca por Japón. Si comenzara una guerra comercial entre Washington y Pekín, y los chinos pusieran a la venta sus bonos o una parte de ellos, Estados Unidos deberá hacer más atractiva su deuda aumentando los intereses, lo que repercutiría terriblemente en el pago total y obligaría al país a aumentar los impuestos para hacerles frente a las obligaciones, dado que la deuda norteamericana ya sobrepasa el 106% del PIB.

Y queda, claro, el ángulo moral. Existe la soberanía del consumidor que el señor Trump, el señor Sanders y todos los proteccionistas deberían aprender a respetar. Si a un consumidor le da la gana de adquirir una camisa o una computadora china, alemana o canadiense, es totalmente injusto y arbitrario obligarlo a desistir de su elección mediante la aplicación de aranceles que encarezcan el bien en cuestión.

Como también es una perversión de la economía de mercado que Trump llame al CEO de Carrier y le ofrezca ventajas económicas para permanecer en Estados Unidos. Esos subsidios, que salen del bolsillo de todos los contribuyentes, son contrarios a la esencia de un sistema basado en la competencia en precio y calidad que rechaza cualquier forma de favoritismo.

El presidente de Estados Unidos no es un monarca absolutista que elige a los cortesanos que desea premiar en detrimento del resto de los productores, como tampoco ostenta la facultad de preferir a unos trabajadores en lugar de otros. Esa nefasta práctica, que tiene mucho de “welfare corporativo”, de “capitalismo de amiguetes” (crony capitalism), y que es una de las peores variantes del populismo clientelista, es contraria a las reglas de la Organización Mundial del Comercio que Estados Unidos contribuyó a crear.[[QUOTE:Asimismo, es absurdo y peligrosísimo que Donald Trump vea a China como un enemigo]]

Asimismo, es absurdo y peligrosísimo que Donald Trump vea a China como un enemigo, y que en el pasado le haya parecido razonable que países como Japón y Corea del Sur fabriquen armas atómicas para defenderse de un hipotético ataque nuclear. La proliferación de este tipo de armamento aumenta exponencialmente el riesgo de una guerra que no se circunscribirá al sudeste asiático: será planetaria.

Graham Allison, profesor de Harvard, le ha llamado La trampa de Tucídides al riesgo de que una gran potencia pretenda aniquilar por temores infundados a una potencia emergente. Fue así, según el general e historiador Tucídides, como Esparta desató contra Atenas la Guerra del Peloponeso hace 2400 años. Ojalá Trump no caiga en esa trampa contra China. Sería devastador para todos. 

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Parece evidente que la Rusia de Putin pasará a ser el gobierno 'amigo' de la nueva administración Continue reading
Carlos Alberto Montaner, 10 December 2016 — Raúl Castro is on his own. Gone is his mentor, his paternal figure, the man who molded his life and led him at gunpoint — literally — from insignificance to the nation’s leadership. But he did so brusquely, reminding him every so often that he despised him for … Continue reading "Raul Castro at the Crossroads / Carlos Alberto Montaner" Continue reading

Carlos Alberto Montaner

Raúl Castro se quedó solo. Se le fue su mentor, su figura paterna, el hombre que le moldeó la vida y lo llevó a tiros, literalmente, desde la insignificancia hasta la cabecera del país, pero lo hizo bruscamente, haciéndole ver, a trechos, que lo despreciaba por sus limitaciones intelectuales. Eso nunca dejó de dolerle.

Desde hace muchos años Raúl sabía que Fidel era el problema esencial de la revolución -su arbitrario voluntarismo, sus tercas necedades, sus improvisaciones, su odiada manera de perder el tiempo en conversaciones y peroratas interminables-, pero también sabía que sin él no habría habido revolución. Lo admiraba, por una parte, y por la otra lo rechazaba. Había algo monstruoso y fascinante en una persona que hablaba ocho horas consecutivas sin hacerle la menor concesión a la vejiga propia o a la del indefenso interlocutor.

No obstante, la vida le había enseñado a Raúl que existía un problema aún de mayor calado: el marxismo-leninismo, en el que creyó a pie juntillas en su juventud, y por el que mató sin limitaciones, era un planteamiento equivocado que conducía al empobrecimiento progresivo.[[QUOTE:Si Fidel hubiera sido diferente, o si las relaciones con Washington hubiesen sido mucho mejores, nada esencial habría cambiado]]

Si Fidel hubiera sido diferente, o si las relaciones con Washington hubiesen sido mucho mejores, nada esencial habría cambiado. La improductividad del sistema no dependía de los errores o del carácter del líder, ni del embargo económico, sino de la inadaptación del sistema a la naturaleza humana. Siempre fracasa.

Lo mismo había ocurrido en la URSS, en Alemania oriental, en Checoslovaquia, en Polonia. Daba igual que los sujetos fueran eslavos, germánicos o latinos. Rumania tenía “trato de nación más favorecida” por Estados Unidos.

No importaba que el comunismo se ensayara en sociedades de raíces cristianas, islámicas o confucianas: fallaba inevitablemente. Tampoco dependía de la calidad o de la formación de los líderes. Los había de diferentes plumajes: abogados, sindicalistas, profesores, maestros, incluso obreros encumbrados. Ninguno servía.

A Raúl le era sencillo, además, confirmar que la economía de mercado, con su modo simple de premiar a los emprendedores y castigar a los abúlicos daba grandes aunque desiguales frutos. Su propio padre, el gallego Ángel Castro Argiz, era un vivo ejemplo: llegó a la república  cubana sin un centavo, muy joven, incluso sin estudios, pero cuando murió en 1956 dejó una fortuna de ocho millones de dólares y un negocio agrícola organizado en el que trabajaban decenas de personas. Dejó una familia rica educada en buenos colegios católicos.

El asunto que se le plantea a Raúl es cómo desmontar el disparate generado por su hermano y por él mismo hace casi sesenta años sin que lo sepulten los escombros del sistema inservible. A estas alturas, sabe que sus “lineamientos”, que es como les llaman en Cuba a sus reformas tímidas, a veces pueriles, son unos parches mal colocados en un insalvable sistema socialista agravado por la gerencia militar en todas las actividades económicas importantes del país, pero ha dicho, una y otra vez, que no sustituyó a su hermano para enterrar el socialismo, sino para salvarlo.

Supongo que ya sabe que el comunismo no tiene salvación. Hay que enterrarlo. Fue lo que descubrió Mijail Gorbachov cuando se empeñó en rescatarlo desplegando sus reformas drásticas -la Perestroika-, dotándola de una atmósfera transparente de discusión sin miedo -la Glasnost-, convencido de que podía ser el mejor sistema productivo creado por los seres humanos.

En pocos años su operación de salvación hundió el comunismo, pero no por la torpeza de los gestores, sino por la insolvencia del sistema y por la mala formulación teórica del marxismo-leninismo. La planificación centralizada era un disparate. La condena de los mecanismos de producción en manos privadas era contraproducente. Los comités de asignación de precios no tenían la menor relación ni con las necesidades de las gentes ni con la realidad. La presencia constante de la policía política destruía la convivencia y generaba todo tipo de malestares psicológicos.[[QUOTE:Cuando Raúl Castro leyó Perestroika, el libro de Gorbachov, se entusiasmó tanto que ordenó una edición privada para sus oficiales]]

Cuando Raúl Castro leyó Perestroika, el libro de Gorbachov, se entusiasmó tanto que ordenó una edición privada para sus oficiales. Fidel se enteró, lo regañó de forma humillante y mandó recoger los ejemplares. A Fidel no le interesaba el bienestar material del pueblo sino la permanencia en el poder. El gorbachevismo -dijo-  conduciría a la desaparición del comunismo.

Tuvo razón, pero a medias. Raúl está ante la misma disyuntiva que enfrentó Gorbachov, pero con el agravante de que hoy casi nadie, menos los idiotas profundos, piensa que el comunismo es rescatable. Al menos, ninguno de los pueblos que ha conseguido abandonarlo ha reincidido. Aprendieron su amarga lección. Por ahora, los síntomas son de que Raúl mantendrá el mismo rumbo estalinista trazado por su hermano, pero hay una diferencia: Fidel ya no está vivo. Lo enterró en un enorme pedrusco en el cementerio de Santa Ifigenia. Si no rectifica es un cobarde.

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Muerto Fidel Castro, tibio todavía su cadáver, surgen varias preguntas urgentes. ¿Cómo fue posible el castrismo? ¿Por qué Cuba se convirtió en la única dictadura comunista de América Latina? ¿Cuál era la esencia de un régimen que ha durado más de cinco décadas, convirtiéndose en la dictadura más larga de la historia de América Latina? ¿Habrá un castrismo sin Castro?

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Según se ha anunciado, el nuevo acuerdo de paz no se someterá a plebiscito popular Continue reading
¿Qué sucederá entre EEUU y el gobierno castrista tras la elección del candidato demócrata? Continue reading

La Feria del Libro de Miami se ha convertido en una actividad muy importante en español e inglés. La cobija el Miami Dade College, una de las universidades norteamericanas que más hispanos educa en el mundo y la mayor de Estados Unidos. De los 165.000 estudiantes que posee, las tres cuartas partes son "latinos", casi todos escapados o descendientes de los diferentes naufragios latinoamericanos.

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Luego de una muy agresiva campaña electoral Continue reading
Coincide con los mil días que lleva preso el opositor Leopoldo López Continue reading
¿Por qué casi 60 millones de norteamericanos lo convirtieron en el próximo presidente de Estados Unidos? Continue reading
Ni los medios de comunicación ni los analistas políticos pudieron predecirlo Continue reading
El secreto está en el funcionamiento de las instituciones Continue reading

El 6 de noviembre los nicaragüenses vuelven a las urnas. Probablemente reelijan a Daniel Ortega. Lo apoya una parte sustancial del país. El líder sandinista ha tomado todas las avenidas para que eso suceda. Primero modificó la Constitución para que la reelección inmediata fuera posible. Antes se prohibía.

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Carlos Alberto Montaner

La noche posterior al tercer debate presidencial, Hillary Clinton y Donald Trump participaron en una cena de gala dedicada a recoger fondos para fines caritativos organizados por la Iglesia Católica. Se sentaron muy próximos, sólo separados por el arzobispo de New York.

Trump aprovechó la oportunidad para continuar atacando a Clinton. La audiencia lo abucheó. Eso no se hace. Nunca había ocurrido nada semejante. La tradición era que los candidatos utilizaran el humor, se rieran de ellos mismos y mostraran un rostro humano, es decir, frágil, contradictorio. Hay que cuidarse de las personas que no saben burlarse de sí mismas. Como Stalin, como Fidel Castro, como Mao.

Eso hubiera estado muy bien. Riendo se entiende la gente. Aunque en la historia política norteamericana no han faltado riñas, y hasta duelos a muerte (cuando tal cosa era lícita), la tónica general ha sido el trato respetuoso. Uno no tiene que amar a su adversario, pero sí debe tratarlo con cortesía. Es posible que algunos califiquen esa actitud de hipocresía, pero se equivocan.[[QUOTE:Dos de los grandes presidentes republicanos, Abraham Lincoln y Ronald Reagan fueron famosos por su sentido del humor]]

Dos de los grandes presidentes republicanos, Abraham Lincoln y Ronald Reagan fueron famosos por su sentido del humor. Reagan no lo perdió ni cuando supo que padecía Alzheimer. Cuentan que se quedó callado, como asimilando el diagnóstico, sonrió y dijo: “bueno, no es tan mala la noticia. Conoces gente nueva todos los días”.

Hace muchos años me lo explicó Adolfo Suárez, primer presidente de gobierno durante la transición española: uno de los secretos de su éxito era la “cordialidad cívica”. Fue así como logró sentar en la mesa a los comunistas y a los franquistas, a los republicanos y a los monárquicos, a los socialistas y a los liberales. “Los ataques personales les cierran la puerta a los compromisos y una buena parte de la política es hacer o solicitar concesiones”.  

En política las formas son tan importantes como el fondo. Acaso eso explica el creciente rechazo al candidato republicano. Tras afirmar en ese tercer debate que no había nadie más respetuoso con las mujeres que él mismo, le llamó a Hillary Clinton “nasty lady”, algo así como “señora asquerosa” en español. Volvió a repetir la expresión en la cena de marras. Previamente la había amenazado con encarcelarla si llegaba a la presidencia.

Lo que ha descarrilado la candidatura de Trump son las formas: sus insultos, sus exabruptos, su gesticulación intimidatoria, siempre a punto de propinarte una bofetada. Tras el tercer debate, CNN hizo la clásica encuesta sobre ganador o perdedor y el 52% le otorgó el triunfo a Hillary, mientras sólo el 39 opinó que Trump había sido el mejor. Trece puntos de diferencia.

Sin embargo, cuando se contrastaban las opiniones de ambos en la mayor parte de los temas (“quién ha estado mejor en economía, inmigración, salud, etcétera.”) los dos contendientes estaban muy próximos. A veces ganaba Hillary y otras Trump. Incluso, él obtuvo un punto más en materia de sinceridad.[[QUOTE:No en balde 50 estrategas republicanos y otros tantos ex congresistas habían declarado que Trump no era apto para ejercer la presidencia de Estados Unidos]]

¿Por qué, no obstante, la visión general resultaba más favorable a Hillary? Evidentemente, por las formas. Ella parecía más presidenciable, más fiable, más educada. Mucho más prudente, que es una de las mayores virtudes que puede tener una persona con mando, especialmente si está a su alcance la destrucción del planeta.

Casi nadie ponía en duda que había mentido innumerables veces, o que hubiera borrado miles de emails, pero sus formas eran correctas, y consiguió convencer a los espectadores de que era un peligro depositar en manos tan irascibles como las de Trump la posibilidad de desatar una guerra nuclear. No en balde 50 estrategas republicanos y otros tantos ex congresistas habían declarado que Trump no era apto para ejercer la presidencia de Estados Unidos.

Tras estas elecciones, que está a punto de perder, aunque las hubiera ganado con casi cualquier otro candidato, el Partido Republicano tiene una tarea muy urgente que realizar. Antes que buscar a un nuevo líder tiene que recuperar el sentido del humor. Sin cordialidad cívica es muy difícil vivir en democracia. 

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Carlos Alberto Montaner

Los brasileños Lula da Silva y Dilma Rousseff pueden acabar en la cárcel por corrupción. Especialmente Lula. También el español Mariano Rajoy y la argentina Cristina Fernández de Kirchner si les prueban las acusaciones que penden sobre sus cabezas.

¿Para qué seguir? En este momento hay más de 30 jefes o ex jefes de Estado europeos y latinoamericanos presos, expatriados o sospechosos de peculado, malversación, lavado de activos y otras formas más brutales de apoderarse de los recursos de la sociedad para beneficio personal o para fomentar la clientela política. Ni siquiera cuento a los africanos y a muchos asiáticos porque la lista sería interminable.

El esquema usual consiste en un triángulo delictivo. Hay unos políticos o funcionarios que tienen la autoridad de otorgar jugosos contratos del Estado y hay unos empresarios capaces de ejecutar esos proyectos, pero no de ganarlos en licitaciones abiertas, limpias y realmente competitivas, sino por medio de trucos y componendas. Entre ellos suele actuar un bagman que negocia con los empresarios a nombre de los políticos, recibe el dinero de la coima, lo reparte y se queda con una tajada.

[[QUOTE:Los bienes y servicios así facturados suelen tener un sobreprecio que oscila entre un 3 y un 30% que acaban pagando las sociedades mediante sus impuestos]]Los bienes y servicios así facturados suelen tener un sobreprecio que oscila entre un 3 y un 30% que acaban pagando las sociedades mediante sus impuestos. No hay almuerzo ni robo gratis. La tendencia es que con cada gobierno sea mayor el porcentaje de la corrupción y sean más las personas involucradas en el saqueo. La corrupción, como las infecciones, se agrava y propaga progresivamente por el cuerpo social.

Ese encarecimiento, no obstante, no es lo más costoso. Lo peor es la creciente pudrición del Estado de Derecho. Si los políticos lo hacen, ¿por qué no los policías, los militares y cualquier funcionario en el ámbito de su desempeño profesional? Todo acaba por tener su precio: desde la simple obtención de un certificado hasta el permiso para construir una fábrica que beneficiará al conjunto de la sociedad.

Nada de esto es nuevo. El Nobel de Economía Douglass North les llama “sociedades de acceso limitado”. Así ha sido siempre y así sucede en las tres cuartas partes del planeta. Lo realmente extraño y novedoso es la pulcritud en los manejos del dinero público. Durante milenios, desde el comienzo de los Estados, ha existido el contubernio entre los productores de recursos y la clase dirigente que administra la cosa pública. Unos y otros se necesitan y retroalimentan.

En las sociedades de acceso limitado ni siquiera existía la conciencia del delito. Formar parte de la aristocracia significaba no pagar impuestos y se premiaban las acciones en beneficio de la Corona con privilegios especiales. A Hernán Cortés, antes de privarlo de casi todo, le retribuyeron sus servicios de conquistar México con un título nobiliario y ciertos impuestos de 20.000 indios. Lo natural era la asignación de tratos preferentes.

Eso comenzó a cambiar en 1776 cuando los norteamericanos se separaron de Inglaterra, rompieron con el monarca Jorge III,  declararon que todos los hombres eran iguales ante la ley, abolieron los privilegios y proclamaron la República. Sin darse cuenta, al cancelar los abolengos habían creado la primera “sociedad de acceso abierto” fundada en el mercado y la meritocracia.

[[QUOTE:Hoy existen unas 25 o 30 naciones que ajustan su comportamiento a las normas legales establecidas en los códigos]]Es verdad que las mujeres y los negros quedaban fuera de la ecuación, algo que a trancas y barrancas  se corregiría posteriormente, pero se modificó sustancialmente la relación entre la sociedad y el Estado. Las personas se habían transformado en ciudadanos dueños de la soberanía, legitimados porque eran los taxpayers, mientras los políticos y funcionarios se convirtieron en humildes servidores públicos que recibían sus salarios del pueblo. El dinero era el gran factor de legitimación y había que manejarlo escrupulosamente.

A partir de ese ejemplo otras sociedades fueron copiando la estructura política estadounidense, pero no todas entendieron que el éxito no radicaba en inspirarse mecánicamente en la Constitución de 1787 forjada en Filadelfia, sino en suscribir los principios éticos que animaron la primera República moderna.

Hoy existen unas 25 o 30 naciones –las sospechosas habituales de siempre, encabezadas por las escandinavas– que han internalizado los principios morales de las sociedades de “acceso abierto” y ajustan su comportamiento a las normas legales establecidas en los códigos. Es un proceso lento que, con el tiempo, abarcará a todo el planeta.

La clave está en el Poder Judicial. El juez federal brasileño Sergio Moro tiene contra las cuerdas a los políticos y empresarios de su país, más o menos como el juez italiano Antonio di Pietro en la década de los noventa del siglo XX desató la operación Manos Limpias y 1.233 políticos, empresarios y funcionarios corruptos acabaron tras las rejas, desplomándose de paso toda la estructura política posterior a la II Guerra mundial.

Poco a poco, en el resto del mundo sucederá lo mismo.

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Carlos Alberto Montaner

Ganó batallas después de muerto, como se cuenta del Cid Campeador. Juan Manuel Santos obtuvo el Premio Nobel de la Paz a los cinco días de haber perdido el plebiscito en el que la mayoría de los colombianos rechazó los acuerdos suscritos con las FARC.

¿Qué sucedió? Probablemente, la decisión final haya sido tomada hace varias semanas por los miembros del Comité Noruego del Nobel. Se daba por seguro que Santos ganaría el plebiscito por un amplio margen y el Premio reforzaría su autoridad moral.

El lunes 3 de octubre, cuando supieron en Oslo que Santos había fracasado, era muy tarde para revocar la selección. Ya todo estaba dispuesto y encaminado. Al fin y al cabo, el testamento de Alfred Nobel ordenaba que se galardonara a quien “más o mejor” haya luchado por la paz. De acuerdo con el veredicto de los colombianos, Santos no lo había hecho bien, pero llevaba varios años de esfuerzos.

No obstante, la concesión del Nobel llega en un momento extraño. El presidente Santos no acaba de aceptar que los acuerdos de paz fueron anulados por la decisión soberana del pueblo colombiano. En el plebiscito se les preguntaba si aprobaban o rechazaban los pactos consignados en el documento de 297 páginas y, contra todo pronóstico, los rechazaron. Esos acuerdos no existen, salvo como experiencia para comenzar de cero una nueva negociación.

Santos pudo fragmentar los pactos en diversas categorías y establecer un referéndum para que el pueblo decidiera lo que le parecía bien o mal, pero, como audaz jugador de Póker que es, decidió jugárselo todo a la carta del plebiscito, convencido de que no podía perder.[[QUOTE:Con el objeto de triunfar, Santos comprometió todos los recursos del Estado, dispuso ingentes sumas de dinero para propaganda]]

Con el objeto de triunfar, comprometió todos los recursos del Estado, dispuso ingentes sumas de dinero para propaganda, alineó tras su proyecto a figuras como el papa Francisco, al canciller norteamericano John Kerry, el rey de España Juan Carlos I, y hasta organizó una curiosa ceremonia en Cartagena en la que todos vistieron de blanco, el color de la paz, incluido Timochenko, el jefe máximo de las FARC, dueño de una espeluznante y violenta biografía.

Los partidarios del NO, en cambio, apenas tuvieron recursos, pero se movieron febrilmente por medio de las redes sociales, convencidos de que, si se aprobaban los acuerdos firmados en Cartagena y en La Habana, no sobrevendría la paz, sino un esperpento totalitario como el venezolano o el cubano. Se estaban jugando el modelo de Estado. Las FARC iban a lograr por otros medios lo que no habían conseguido por las armas.

Los acuerdos de paz suspendían la separación de poderes, anulaban el código penal, terminaban con el principio democrático de que todos los ciudadanos eran iguales ante la ley, y le otorgaban graciosamente a los narcoguerrilleros, además de subsidios cuantiosos, varios escaños en el parlamento, mientras los crímenes atroces cometidos por las FARC quedaban impunes bajo el manto benévolo de una justicia transitoria que tenía todos los síntomas de convertirse en injusticia permanente.[[QUOTE:Las medidas se parecían sospechosamente a las tomadas por Hugo Chávez en Venezuela para desmontar el Estado de Derecho propio de las democracias liberales]]

Por otra parte, las medidas se parecían sospechosamente a las tomadas por Hugo Chávez en Venezuela para desmontar el Estado de Derecho propio de las democracias liberales. Santos, incluso, sería dotado de una especie de “ley habilitante” que le serviría para guiar a la nueva Colombia por una senda parecida. No en balde, los asesores de las FARC, que acabaron siéndolo de todos, eran los mismos comunistas españoles que construyeron la jaula jurídica en Venezuela.

¿Por qué fracasó Santos con su plebiscito si lo tenía todo “atado y bien atado”? Al menos, por cinco razones: porque su popularidad es de apenas un 21%, la más baja de todos los presidentes democráticos; porque la situación económica del país es muy mala y los colombianos le pasaron la cuenta; porque el NO lo encabezaron Álvaro Uribe, el político más valorado del país, y el respetado expresidente Andrés Pastrana; por la inmensa tarea pedagógica de figuras como Fernando Londoño, Plinio Apuleyo Mendoza e Iván Duque; y porque los acuerdos, realmente, eran muy perjudiciales para el país.

Ojalá que Santos advierta que no puede ignorar la voluntad de sus compatriotas expresada en las urnas. Recibió el Nobel de la Paz, no un permiso para hacer lo que le dé la gana.

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