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Manuel Cuesta Morúa

Constitución, Cambio, Generaciones
La cuestión no es la de la continuidad generacional, sino la del margen de experimentación y de errores excusables que le está permitido a la generación que asume un poder que continúa siendo simbiótico y contiguo Continue reading
Elecciones, Sociedad civil, Represión, Disidencia
Este ensayo consta de tres partes, que se han publicado de forma consecutiva. Esta es la tercera y última entrega Continue reading
Elecciones, Sociedad civil, Represión, Disidencia
Este ensayo consta de tres partes, que se publicarán de forma consecutiva Continue reading
Elecciones, Sociedad civil, Represión, Disidencia
Este ensayo consta de tres partes, que se publicarán de forma consecutiva Continue reading

Hace al menos un par de años que sostengo intercambios informales con algunos amigos y amigas de mis tiempos universitarios, sin contenido político, sobre dos temas, entre psicológicos y culturales, que tienen que ver con los fundamentos de nuestra posible convivencia cívica, y con la proyección de nuestros comportamientos hacia los demás. Cada 15 días viene siendo la cosa. Y yo acudo sin falta o mejor dicho, siempre que puedo.

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Manuel Cuesta Morúa

Lo único cierto en Cuba en términos políticos es que el Gobierno acumula mucho poder pero carece de liderazgo. La clase de liderazgo que demanda un país cuando se enfrenta a un desafío económico, a uno cultural, sociológico, de información, del conocimiento y generacional; más los peligros evidentes de toda nueva época. Todos ellos podrían resumirse, por tanto, en el siguiente: ¿cómo logrará el Gobierno mantener un modelo político que se encuentra por debajo de la inteligencia básica, la experiencia acumulada de la sociedad cubana y el pluralismo cultural?

Ante ese dilema, el Gobierno ha sacrificado las opciones posibles de un nuevo liderazgo ante la metafísica de la Revolución.

Pero, 57 años después, ¿puede hablarse, más allá de un recuerdo y de un nombre, de Revolución cubana? Desde el punto de vista de la convicción –un soporte psicológico–, no cabe duda de que existe. Es el tipo de convicción que funda la existencia de las religiones y que solo cabe respetar en su dimensión específica. Pero desde el punto de vista de sus propuestas iniciales, la Revolución cubana hace tiempo ya que se disolvió en su único alcance asumible: la independencia y soberanía externas de Cuba. Quienes defienden al Gobierno de Cuba con el expediente de la Revolución, nunca contestan satisfactoriamente estas dos preguntas: ¿Es Cuba el único país donde existen la salud y la educación gratuitas? ¿Es legítimo que las actuales generaciones se planteen la necesidad de otra revolución? Una revolución que bloquea la posibilidad de otras futuras no está hecha por revolucionarios.

[[QUOTE:Desde el punto de vista de sus propuestas iniciales, la Revolución cubana hace tiempo ya que se disolvió en su único alcance asumible: la independencia y soberanía externas de Cuba]]Pero los revolucionarios no se rinden, ni siquiera ante la clara evidencia de que la Revolución cubana ya no existe porque, más allá de la convicción y de sus propuestas, ella fue, por naturaleza, conservadora. Pongo el ejemplo por excelencia para los seguidores de los estudios culturales y su relación con la naturaleza de los modelos políticos: frente a tres sujetos que por su condición antropológica darían contenido a toda revolución emancipatoria en el siglo XX, y dentro de sociedades diversas, el Gobierno cubano plantó una defensa activa que cerró las posibilidades de una modernización social, política y cultural coherente, en consonancia con la dinámica mundial: el feminismo, los negros y el movimiento homosexual. Eso constituyó una señal temprana de la naturaleza conservadora del proyecto del 59.

Por otra parte, el cierre de Cuba como respuesta inicial a la libertad que en los años 60 del siglo XX comenzaba a acercar a los ciudadanos de todo el mundo, la libertad de movimiento, fue el sello de ese conservadurismo que desconectó a los cubanos de su dinámica fundacional como país. Y su reacción ante el impacto de la tecnología fue y es antediluviana: comprobar el impacto político sobre el régimen de procesos tecnológicos que son democratizadores en sí mismos. Todavía hoy en Cuba se discute sobre estos asuntos, presentes aquí a pesar y contra las políticas del Estado, pero que están incorporados hace tiempo a la realidad de la mayoría de las naciones, desde Haití hasta Suecia.

Por su naturaleza, la Revolución cubana es la expresión última, en el siglo XX y lo que va del XXI, del proyecto criollo de modernización, con sus dos modelos más claros: el modelo ampliado de plantación-economía exportadora-poder, y el modelo restringido de hacienda-bodega-dominación, más anclado en la estructura de la conquista española de América. Ese proyecto de modernización inició su larga marcha por la invención hegemónica de Cuba en el siglo XIX. Y ese criollismo conservador se actualizó a través de una dictadura de benefactoría social que creó, con la Revolución cubana, el segundo Estado jesuita del hemisferio occidental, después del Estado del mismo tipo fundado por el doctor Francia en el Paraguay del siglo XIX.

[[QUOTE:Ese criollismo conservador se actualizó a través de una dictadura de benefactoría social que creó, con la Revolución cubana, el segundo Estado jesuita del hemisferio occidental]]Ahora, frente a la crisis, no tiene más imaginación económica que la de la recuperación de viejos modelos: el desarrollo del turismo, que fue un proyecto estrella y trunco de Fulgencio Batista, y el desarrollo de un puerto, el de Mariel, que fue el proyecto más "modernizador" posible de la metrópolis española.

Los más importantes logros de esa Revolución tienen que ver entonces con su capacidad para que la juzgaran a partir de lo que ella dice de sí misma, con su programa para detener la pobreza en los límites de la miseria que exhiben muchos países del Tercer Mundo y con su visibilidad confrontacional con la primera potencia del mundo: Estados Unidos. Nunca fue un proyecto de futuro.

Estos éxitos de imagen y de cohesión mínima alimentaron cierto romanticismo de izquierdas y de derechas, muchas veces en el límite de la obscenidad política, del oscurecimiento de la historia antes de 1959 y del racismo cultural, y una visión de frontera postimperialista por su oposición constante a las políticas de Estados Unidos. Ellos enmascararon la estructura conservadora de la sociedad que la Revolución animó, y el imperialismo revolucionario hacia el Tercer Mundo: en forma de misiones militares o de misiones médicas y educativas.

La revolución conservadora, durante 57 años, ha triunfado. Ello permite entender cómo se convirtió en un movimiento de expectativas decrecientes, que hizo de la cartilla de racionamiento una virtud, del afán de modernización una contrarrevolución y del intercambio con Estados Unidos un problema de seguridad nacional. Esto último, llevado al límite, ha significado un debilitamiento cultural del país frente al desafío que representa Estados Unidos en términos de continuidad cultural de la sociedad cubana –podríamos hablar ya de la fruta madura cultural– y un agotamiento del proyecto criollo en su incapacidad para darle seguimiento y continuidad a sus políticas en una época de plena globalización. En la medida en que este proyecto criollo ha pretendido identificarse con los fundamentos de Cuba, pone en peligro también la viabilidad de la nación.

Como proyecto criollo, con un pie puesto en la estructura de la España colonial, la Revolución cubana es un proyecto de hegemonía y dominación que ha legitimado la "contrarrevolución", solo que aquella hecha por los revolucionarios en el poder.

[[QUOTE:En la medida en que este proyecto criollo ha pretendido identificarse con los fundamentos de Cuba, pone en peligro también la viabilidad de la nación]]El contrato original de 1959 se actualiza en 1961 perfilándose como socialista; lo vuelve a hacer en 1976, con una Constitución que establece la hegemonía y superioridad de los comunistas; se rompe en 1980 con los sucesos de la embajada del Perú y del Mariel; vuelve a actualizarse en 1992, con la admisión de otro universo moral dentro del partido comunista y con la laicización constitucional del Estado; se quiebra una vez más en 1994, con los eventos del Malecón de La Habana; y trata de reactualizarse con la liberalización de los mercados agrícolas, y de otras áreas, que más tarde son distorsionados.

A lo largo de todos estos momentos, el Gobierno ha hecho lo uno y lo contrario para sostenerse en el poder, independientemente de que unas prácticas económicas, sociales o políticas hayan estado en contradicción absoluta con las anteriores o posteriores. Todo en nombre de la Revolución cubana. Cada una de estas "revoluciones" y "contrarrevoluciones" hechas desde el poder le han divorciado cada vez más de la sociedad y le permitieron, finalmente, en 2002, replantear su relación orgánica con los ciudadanos.

Sí, "dentro de la revolución, todo", pero "dentro de la contrarrevolución, también": epílogo del proceso político iniciado en 1959.

Incapaz de hacer la crítica de sus fundamentos –a diferencia de las democracias representativas, la Revolución cubana no permitió una discusión a fondo de sus pilares, lo que explica su falta de democracia– el Gobierno emprende en 2002 una reforma constitucional –una auténtica contrarreforma política– que fue la última y definitiva ruptura del proyecto criollo con los ciudadanos cubanos.

[[QUOTE:Cada una de estas “revoluciones” y “contrarrevoluciones” hechas desde el poder le han divorciado cada vez más de la sociedad y le permitieron, finalmente, en 2002, replantear su relación orgánica con los ciudadanos]]Al declarar constitucionalmente la irreversibilidad del "socialismo", el Gobierno pulveriza los precedentes constitucionales de la fundación de Cuba. Desde nuestros orígenes como proyecto de nación, estos asimilaron, sin contradicción, esa unidad de súbdito y soberano que está en la base del ciudadano moderno. Súbdito de la ley, soberano para conformarla, los cubanos perdimos con esa contrarreforma la condición de ciudadanos y la relación orgánica con un Estado que solo sabe y le importa justificarse a sí mismo. A partir de aquí quedó claro que para el Estado los cubanos somos únicamente fuente de deber, no de soberanía. Así, la naturaleza republicana de Cuba se disuelve, estableciéndose un "contrato" político para impedir todo contrato futuro. Una aberración que debe tener pocos precedentes en la historia constitucional del mundo.

Si se quiere entender, entonces, por qué la relación de los cubanos con su Estado es fundamentalmente cínica, donde se supone que debe existir una relación ética, la razón puede encontrarse en esa fluidez estática que la Revolución cubana ha establecido con su sociedad, hecha a base del supuesto de que lo que es no es, pero debe seguir siendo como si fuera, para lograr la supervivencia mutua en medio del apagón del futuro y la suspensión de toda perspectiva estratégica.

La complicidad y el engaño mutuo sociedad-Estado vienen a forjar, durante 57 años, ese modus vivendi que ha disuelto más de una esperanza y ha colocado al país en un callejón sin salida. La corrupción como zona de tolerancia compartida tanto por el poder como por los ciudadanos, en medio de una tensión vital, es el ejemplo claro del progresivo hundimiento nacional y de la desmoralización en picada de las bases decentes de la convivencia.

[[QUOTE:La complicidad y el engaño mutuo sociedad-Estado vienen a forjar, durante 57 años, ese modus vivendi que ha disuelto más de una esperanza y ha colocado al país en un callejón sin salida]]La última definición, dada por Fidel Castro el primero de mayo de 2000, de lo que es la Revolución cubana, reducible a la frase, "cambiar todo lo que deba ser cambiado", cuando una revolución se define por cambiarlo todo, solo viene a confirmar el diagnóstico: durante 50 años ella viene haciendo un costoso tránsito desde la justificación por sus esencias a la justificación por sus circunstancias. En tal sentido, "contrarrevolución" y "revolución" son palabras al vacío fijadas en el vocabulario general de la sociedad para el control psicológico. Fuera de esto, y solo para una ínfima minoría de hombres y mujeres honestos, tienen un sentido de comunión en la obra y defensa de un pasado, que no contradice la respuesta a esta pregunta: ¿qué es en definitiva la Revolución cubana? Esto: el poder y sus circunstancias, definidos ambos por una picaresca de Estado, que se actualizó, en el recién concluido VII Congreso del partido comunista, con un mal chiste monárquico: nuestro bipartidismo llevará unos mismos apellidos, Castro Ruz. De esta picaresca irresponsable de Estado debemos pasar a la reconstrucción responsable de un proyecto nacional que se ancle en algo menos metafísico y más prometedor: un Estado democrático de derecho.

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Manuel Cuesta Morúa

Ofrezco, para compartir críticamente, una visión discutida en más de un lugar sobre lo que considero la deconstrucción progresiva y puntillosa de nuestro proyecto nacional. Cuba no es todavía una nación, sino un proyecto inconcluso. Lo hago en dos partes, no solo por las necesidades editoriales de un periódico, sino también para no cansar demasiado a los lectores con una escritura que puede llevar al tedio. Insisto, sin embargo, porque como muchos cubanos, siento la pulsión vital por mi país, tal como fue descrita por Manolín, el médico de la salsa, en su texto directo y de primer plano.

Siempre es necesario pensar un país, pero después del fiasco de un Congreso escolástico, en el que los contenidos sustanciales de las palabras fueron las palabras mismas, pensar la nación, pluralmente, constituye un imperativo de supervivencia.

¿A dónde va la nación cubana? Casi todo el mundo coincide, para decirlo popularmente, en que estamos seriamente embarcados. Y como del embarque hay que salir de un modo razonable y civilizado, creo es necesario pensar y discutir, leer y releer, y sobre todo imaginar.

[[QUOTE:La nación cubana no la define un grupo autoelegido, sino el ciudadano: el único legitimado para tales empresas]]Como hemos sido atrapados por procesos políticos muy duros, la gente se acostumbró y dejó impresionar e intimidar por la idea de que Cuba pertenece a un grupo "muy especial" de personas que se dan en llamar revolucionarios. Cubanos y extranjeros, todos, hemos aceptado esta clasificación, que puede tener mucha densidad y categoría, pero que no coincide con la cultura y la nacionalidad cubanas, que son las dos primeras condiciones de pertenencia a Cuba y a cualquier nación, y por encima de las cuales todo lo demás puede ser daño o beneficio colateral, según el ángulo de posición.

Todavía hoy, después del desgaste casi grotesco de todos los significados más respetables del concepto de revolución –lo de la Venezuela de Nicolás Maduro es de espanto–, mucha gente se pone a la defensiva por desear cambios para Cuba, diciendo que ellos o no son contrarrevolucionarios o no quieren trabajar a favor del "imperialismo" sin percibir que el término contrarrevolución en Cuba puede adquirir ya la misma connotación que mambí, peyorativamente empleado por los españoles en el siglo XIX para referirse a los insurrectos cubanos, es decir a los independentistas. Esto vendría a significar que todavía están atrapados por la clasificación de los otros, sin discernir que el poder de la semántica coincide aquí, no tan extrañamente, con el poder de las armas. Y así no se vale. Al menos en el campo de las palabras y de las ideas. Al debate de las ideas en América Latina le ha faltado fuerza mental. Del lado de los demócratas.

En todo caso, más allá de esta discusión, la pregunta fundamental que debe hacerse para no dejarse impresionar por la violencia psicológica del poder es quién define qué. Y la nación cubana no la define un grupo autoelegido, sino el ciudadano: el único legitimado para tales empresas. La Revolución como fuente de derecho es una concepción reaccionaria. Lo que se pasa por alto, quizá de manera oportunista, es que llega el momento en el que las revoluciones se hacen del poder, y ahí desafortunadamente no han diferido ni de las formas ni de las justificaciones de los modelos políticos más tradicionales. En muchos casos –el de Cuba es especial en este sentido–, han revivido modos y fundamentaciones que se suponían sepultadas por la modernidad. Una ironía simpática es que, una vez en el poder, las revoluciones utilizan sin tapujos y profusamente los conceptos de subversión y estabilidad para defenderse de sus adversarios. Los conceptos políticamente menos revolucionarios que podrían existir y que harían aplaudir a Metternich, aquel canciller austriaco que logró la confabulación más estruendosa y fina contra la Revolución francesa.

La segunda cosa esencial es la constatación de que el ciudadano es el legitimador por excelencia, si queremos evitar el regreso a los Estados de origen más o menos divino.

[[QUOTE:El ciudadano es el legitimador por excelencia, si queremos evitar el regreso a los Estados de origen más o menos divino]]Necesitamos en Cuba definir un nuevo país por la historia, por los sujetos políticos y culturales, y por la mentalidad de sujetos y actores en y para un proyecto nacional inclusivo. Esta definición, desde luego, debe incluir una consideración sobre el contexto internacional para explicarnos nuestras opciones y posibilidades como nación, algo que en Cuba es fundamental, porque la nuestra se ha definido históricamente en términos negativos. A quién no debemos pertenecer, más que a quién pertenece la nación, es un antiguo dilema no resuelto.

Cuba dejó pasar, a fines de los años 90 y principios de los años 2000, el comienzo de la nueva era, que en mi perspectiva se inició con el final del apartheid en Sudáfrica.

El fin del apartheid en Sudáfrica fue la cruda expresión política de ese movimiento cultural, que mostró la inviabilidad ética de las hegemonías culturales en territorios poblados de diversidad. La solución reconciliatoria de Nelson Mandela captaba el mensaje de que el nuevo contrato sudafricano no podía basarse en una nueva hegemonía que arrinconara a las diversas tradiciones dentro de una misma nacionalidad.

En el hemisferio occidental ese nuevo contrato empieza por Bolivia, con el ascenso de Evo Morales al poder como representante de la América ancestral olvidada y expoliada. Y aun cuando este ha venido repitiendo el mismo esquema de hegemonías contra el que luchó, su importancia está ahí: el hemisferio occidental se abre a ese movimiento cultural que define la nueva legitimidad de los contratos sociales y políticos del futuro: la diversidad cultural vehiculada a través del ciudadano político.

La última y más vigorosa expresión de ese movimiento fue el ascenso de Barack Obama al poder en Estados Unidos. Su llegada introdujo un matiz que confirma la irreversibilidad de ese movimiento cultural: el ascenso de las minorías culturales, dada su capacidad para construir mayorías, al campo legítimo de las decisiones políticas.

[[QUOTE:En julio de 2006 parecía que las autoridades cubanas se acercaban a la sociedad para entrar en esa nueva era. Diez años después, desaprovechan irresponsablemente la oportunidad]]La nueva era comienza pues con dos poderes conectados: el poder de la diversidad para la reconstrucción civil de los Estados y el poder de la imaginación que esta diversidad provee para la solución de los problemas que el mundo ha heredado del exceso de hegemonías fundadas en criterios de superioridad. Es el triunfo claro de la nueva antropología y de su estética asociada, lo cual tiene pocos precedentes globales.

Cuba, necesitada de firmar este nuevo contrato para estructurar un nuevo país, se aleja peligrosamente de esta corriente global, 57 años después del fracaso de su propio esquema de hegemonías.

En julio de 2006 parecía que las autoridades cubanas se acercaban a la sociedad para entrar en esa nueva era, y para dar los pasos iniciales en dirección a este nuevo contrato. Diez años después, desaprovechan irresponsablemente la oportunidad, solo para contemplar cómo Estados Unidos le tomó la iniciativa dentro de este movimiento cultural, incluso dentro de Cuba.

Más allá del contraste o la comparación entre las dos sociedades, el asunto es capital desde el punto de vista estratégico, debido al diferendo político y cultural que enfrenta al Gobierno cubano con la clase política estadounidense, y a la importancia de las decisiones políticas de Washington para el tipo de respuestas defensivas del Gobierno de Cuba.

[[QUOTE:El hecho de que cada vez más ciudadanos estén dispuestos a dejar atrás la ciudadanía revolucionaria a favor de la doble ciudadanía es una muestra de desconfianza en las posibilidades de Cuba como nación]]La parálisis en el proyecto –que no proceso– de "cambios estructurales y conceptuales" que exige el país viene a reflejar, en todo caso, tanto la falta de imaginación de la actual hegemonía política de Cuba como su incapacidad para absorber la fuerza, los elementos y las consecuencias civiles de nuestra propia diversidad cultural, lo que estaría poniendo en peligro la continuidad de Cuba como nación viable en el mediano y largo plazos.

El peligro es también inmediato, aunque sus consecuencias sean estratégicas. La pérdida acelerada de confianza en el Gobierno acelera la pérdida del tiempo-confianza en la sociedad y, lo más importante, la confianza-país. El hecho de que cada vez más ciudadanos estén dispuestos a dejar atrás la ciudadanía revolucionaria a favor de la doble ciudadanía es una muestra de desconfianza en las posibilidades de Cuba como nación. Un mensaje de que en Cuba se puede vivir como español, francés, norteamericano o italiano, es decir, como ciudadano global, pero no como cubano.

Hay aquí una primera ruptura fundacional que en estos momentos se enfrenta a otros dos peligros: el primero, la ausencia de liderazgo y visión del Gobierno para afrontar los desafíos del país en una época global; y, el segundo, su perseverancia metafísica en la idea de una Revolución que aceleradamente va perdiendo sus registros sociales para fortalecer sus registros punitivos. Esa Revolución se apoya en la policía más que en la filosofía. Da primero un pan para ofrecer más tarde el castigo.

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Manuel Cuesta Morúa

Hubo un Congreso, y de espaldas al Partido Comunista, la nación cubana vació esa legitimidad por la autoridad que los poderes largamente ejercidos obtienen por su sola presencia. Pero de espaldas a la nación cubana, el PCC dejó claro que se rearma conservadoramente para su próxima nueva guerra: la que emprenderá en solitario, ya sin el concurso de la hostilidad yanqui, contra dos objetivos: la realidad misma y la sociedad cubana.

Continuar diciendo que el Partido Comunista Cubano tiene legitimidad constituye una petición de principio contestada por un dato: el 3% de rating que tuvo el discurso inaugural de Raúl Castro. Poder y legitimidad no significan la misma cosa.

El VII Congreso del Partido Comunista fue esa puesta en escena litúrgica para la recuperación conservadora de la élite cubana, cogida en su propia Trampa 22. Entre dos opciones, reforma o contrarreforma, la dirigencia elige un aparente camino intermedio que instrumenta los eufemismos ‒perfeccionar, actualizar‒ con el objetivo de capturar la renta global que se pueda producir en la Isla para mantener intacta la dominación extraeconómica sobre las dos terceras partes de la sociedad. Con ello pospone la evidencia del desastre para la era post biológica de la llamada generación histórica y así se libra de la responsabilidad mediante la transferencia del dilema.

[[QUOTE:Justo en el momento en el que se perfila una nueva “conceptualización del socialismo” en Cuba, la élite del Partido se oculta de sus militantes y los aleja de la ardua tarea de repensar su modelo]]Irónico. Un tercio del país puede sentirse más libre porque puede vivir en los márgenes de esa renta global que permite el control del resto de una sociedad marginal. La paradoja es doble: la protoburguesía cubana viene a ocupar el lugar que correspondía al proletariado en el ámbito de las lealtades revolucionarias y ahora canta La Internacional. Mientras tanto, los "obreros", desfilan el Primero de Mayo para librarse del castigo que puede recaer, no sobre sus cuentas en el banco sino sobre sus magros bolsillos.

¿A qué se reduce la visión de Estado de la élite? A una prosaica visión de poder sin sólidos contenidos conceptuales o ideológicos. Por eso esta vez no hubo pantomima deliberativa. En el VI Congreso, los Lineamientos del Partido Comunista pasaron por la discusión aparente de los militantes de base y un sector extendido de acompañantes ideológicos. Pero aquel debate figurado era prescindible visto desde la continuidad conceptual del "socialismo cubano". Sin embargo, justo en el momento en el que se perfila una nueva "conceptualización del socialismo" en Cuba, la élite del Partido se oculta de sus militantes y los aleja de la ardua tarea de repensar su modelo. Sin darnos cuenta, o dándonosla, asistimos de tal modo a un golpe de Estado ideológico que refuerza el dominio de la minoría mínima tanto sobre la hegemonía de la minoría comunista como sobre las mayorías sociales en Cuba.

El proceso que describe este VII Congreso es alienante. El Partido Comunista se reconstruye como trinchera civil contra la sociedad y desestima la política y su sentido para intentar renacer como un partido teológico sin teología, instalado en el futuro a la manera de un Qom tropical, que no administra, pero fija los límites de acción política y de opción cívica para los cubanos sin las responsabilidades del Gobierno cotidiano. Una mala pretensión, típicamente contracultural, que se aferra al Artículo 5 de la Constitución. Ese mismo que ni siquiera el Politburó recordaba.

¿Qué necesita para ello? Legitimar la violencia política, como hicieron Raúl Castro en su discurso inicial, y muchos delegados en sus intervenciones durante el Congreso aupando a los mecanismos de represión. La condición necesaria para ello es la reinvención de Estados Unidos, Obama mediante, su convidado de piedra, como enemigo blando y amable.

[[QUOTE:La élite, no sin cierto cinismo, introduce una discriminación generacional intentando pasar el testigo a una generación menos heroica y por tanto menos legitimada en términos revolucionarios]]Divorciado del principio de realidad, o frente al pánico, el partido de los mil se entretiene en el absurdo sociológico: limitar a 60 años la posibilidad de entrar a su Comité Central. Esto en un país artificialmente envejecido que aumenta su esperanza de vida.

Acostumbrada a discriminar, ahora la élite, no sin cierto cinismo, introduce una discriminación generacional que elimina a toda una generación vital, entre 60 y 70 años, de la conducción burocrática y simbólica de los destinos de su sediciente socialismo, intentando pasar el testigo a una generación menos heroica y por tanto menos legitimada en términos revolucionarios. La intención es tan clara como impropia de la política. Pretende ir sin pausa pero sin prisa, alejando la presión política de la generación que sigue, pero introduce una ruptura generacional al interior del Partido Comunista que solo seguirá debilitando las energías que necesitaría para institucionalizarse como organización que difícilmente logra desprenderse de sus ataduras al carisma.

El asunto es preocupante, al menos para algunos, porque se trata de un Partido-Estado que, aunque carece de visión estratégica, finge tenerla. Y lo menos que necesita el país en medio de una crítica transición en crisis es el juego mágico de aprendices de brujo.

La noticia aleccionadora es que el mensaje del partido de los mil no ha sido recibido por el partido de las mayorías. Cada vez menos silenciosas.

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Manuel Cuesta Morúa

En muchos sentidos, las elecciones en Perú reflejan de algún modo el proceso de maduración democrática en América. Participé en los comicios de 2016 como observador internacional en una invitación compartida del Instituto Político para la Libertad (IPL) de Perú y el Centro de Asistencia para los Procesos Electorales (CAPEL), con sede en Costa Rica, en una tercera experiencia después de las de Argentina y España, a cuyos procesos electorales también asistí.

Era la primera vez que dos representantes de la plataforma ciudadana #Otro18 lograban estar presentes en un proceso electoral como observadores internacionales. Esto ha permitido mirar a las urnas desde un nuevo ángulo para calibrar la fortaleza del sistema electoral de forma íntegra.

[[QUOTE:El voto es obligatorio, con las multas correspondientes para quienes no asistan, pero noté más compromiso cívico que miedo al daño en el poder adquisitivo]]La Integridad Electoral es, grosso modo, un concepto que permite analizar las elecciones desde una concepción que va más allá del día en que se vota. Se analiza las condiciones de la competencia electoral, el grado de independencia de los organismos que participan en el proceso, la independencia y libertad de los ciudadanos para elegir y ser elegidos, el papel de la prensa, el respeto a los derechos humanos, el equilibrio en la participación de los candidatos, y claro está, el proceso mismo que va desde la convocatoria hasta el cómputo de los votos y la emisión de los resultados, pasando por las condiciones logísticas.

La Integridad Electoral va a la calidad del proceso. Antecede a las elecciones, las sigue y atiende al momento postelectoral, es decir, a cómo la ciudadanía percibe el proceso mismo. Este concepto sostiene que los sistemas electorales son perfectibles. No hay uno dado para siempre, sino que todos tienen que evolucionar, reajustarse a las condiciones tecnológicas ‒y esto es lo fundamental‒ a los cambios en el contexto. Lo principal es la calidad de la representación y la claridad de las elecciones.

Va muriendo, pues, la idea de que unas buenas elecciones se reducen a la participación, la tranquilidad, la competencia y la transparencia el día de la votación.

Partiendo de este concepto, pude observar que las elecciones en Perú comenzaron mucho antes de su convocatoria, a fines de 2015.

Estuve en Trujillo, el centro más importante de la región La Libertad, al norte de Perú. En la Organización Nacional de Procesos Electorales (ONPE) vi de cerca la arquitectura electoral bien engrasada para la convocatoria de este mes de abril. Conversé con los magistrados de la Junta Nacional de Elecciones (JNE) y con la Organización de Procesos Electorales, encargados de fiscalizar la votación y de garantizar la logística necesaria.

El voto es obligatorio, con las multas correspondientes para quienes no asistan, pero noté más compromiso cívico que miedo al daño en el poder adquisitivo. Las multas responden, en todo caso, a las clases sociales: 29 soles (la moneda oficial) para los más pobres, 90 para las clases medias y 193 para los sectores económicamente privilegiados. Probablemente 29 soles pueden ser muy importantes para el 20% de la franja más baja de la sociedad peruana; no obstante, el 80% de los más de 23 millones de peruanos que se volcaron a las urnas podría muy bien asumir una multa, para ellos simbólica, como castigo al sistema.

De aquí extraje una primera conclusión: la democracia es una virtud cívica en Perú, a pesar de la violencia política remanente. Asistimos a un concurrido mitín, antesala del cierre de campaña de Pedro Pablo Kuczynski. La participación de miles de sus seguidores fue una muestra de que la convicción democrática está por encima, probablemente, de la capacidad política, comunicativa, quizá de visión, de sus líderes.

[[QUOTE:Hubo equilibrio en el tratamiento de los candidatos y pluralidad editorial, con argumentos para todos los gustos ideológicos]]Noté que el liderazgo de los partidos está por debajo del liderazgo y compromiso cívico de los peruanos, un dato que solidifica el suelo de la democracia en ese país, aunque no debe perderse la perspectiva de la importancia y el valor del liderazgo político en democracia. Mi duda es si los candidatos presidenciales estaban a la altura de sus ciudadanos.

Se satisface así una segunda condición de la integridad electoral: el espacio político para la expresión cívica de los ciudadanos. Esto es un elemento sustancial para favorecer la relación entre sociedad civil, ciudadanía y partidos políticos: la transparencia electoral.

El comportamiento de la prensa es el tercer elemento imprescindible para la Integridad Electoral. El Comercio, La República y Perú 21, pese a sus claros respaldos a uno u otro candidato, cubrieron bastante objetivamente el desarrollo de la jornada. Lo mismo sucedió en los medios televisivos. Equilibrio en el tratamiento de los candidatos y pluralidad en el tratamiento editorial, con argumentos para todos los gustos ideológicos.

Perú eligió. Y, como tituló en su portada del lunes 11 el diario La República, de izquierda, el electorado se volcó a la derecha. Si se suman los votos obtenidos por Keiko Fujimori (39,55%), Pedro Pablo Kuczynski (22,11%) y Alan García (5,92%), más del 67% de los peruanos votó por la continuidad, mientras Verónika Mendoza, la candidata del Frente Amplio (izquierda) sólo obtuvo el 18, 5% del favor de los electores.

La segunda vuelta, entre Fujimori y Kuczynski, el 5 de junio, definirá el rumbo de Perú para los próximos cinco años.

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¿Qué sentido tienen eso de revolucionarios y contrarrevolucionarios, cubanos buenos y cubanos malos: Cuba es de todos los cubanos Continue reading
El filme Conducta muestra que solo hay nuevos valores donde no se producen rupturas con el pasado. El mañana puede ser peor Continue reading
La Declaración en defensa de la democracia de esta organización es incompatible con un partido único en Cuba Continue reading
55 años después: La complicidad y el engaño nos han llevado a un callejón sin salida Continue reading
Desde enero 2013, Cuba quedó al frente de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), organismo impulsadO por Hugo Chávez como alternativa a la Organización de Estados Americanos (OEA) Continue reading
Esos tipos no pueden cerrar las portañuelas, a la vez que encierran en la cárcel a las jineteras y golpean a las Damas de Blanco Continue reading
Praga, el Dalai Lama y el Foro 2000 Continue reading
No es solo ético, es también práctico. Recordar fortalece. Al menos nos evita pasar por tontos Continue reading
Al elogiar la violencia del Moncada, presidentes latinoamericanos contradijeron ideas que dicen defender Continue reading
En el discurso oficial encontramos metáforas violentas como las cargas al machete o el darle duro al enemigo Continue reading
Falta de compromiso de gobiernos latinoamericanos con democracia cubana refleja debilidades del comportamiento democrático con sus propias sociedades Continue reading
Transición Socialista o la izquierda revolucionaria que carece de ideas, antes y después de perder también sus paradigmas Continue reading
Aún con mayor urgencia que herramientas para la libertad de expresión, en Cuba necesitamos cultura democrática Continue reading
La violencia en Cuba se distingue por la legitimidad que le otorga el Estado con su participación brutal Continue reading

"Para los negros cubanos, la revolución no ha comenzado." Esta expresión, sacada de la nota que el ensayista Roberto Zurbano escribió para The New York Times hace un par de semanas, ha causado pánico intelectual en medio de la poética revolucionaria, se escriba en prosa o en verso.

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Al colocar a un gobernante en el lugar de Dios, Venezuela sustituye la política por la idolatría Continue reading
Actitud de izquierda ortodoxa de Brasil contra la bloguera es, ante todo, una agresión a la nacionalidad cubana Continue reading
Crecen las minorías que se abstienen en las votaciones, y ello revela deslegitimación del régimen cubano Continue reading
Con Cuba al frente de CELAC, el realismo político en relaciones internacionales está perdiendo el rumbo en Latinoamérica Continue reading
Un siniestro proyecto machista que intenta someter a las mujeres a condición infrahumana Continue reading
RepresiónEn Cuba la ley fue ilegítima para proteger al ciudadano contra el poder del Estado en la figura de un camillero Continue reading
Visita de Benedicto XVI, ReaccionesLa Iglesia católica cubana es responsable espiritual, aunque no culpable, de la nerviosa persecución de disidentes desatada por el Gobierno en cada rincón posible de la Isla Continue reading