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hombre nuevo

"¿Y nosotros no queremos construir el socialismo?" Continue reading
Mientras escribo, intento explicarme a qué lugar fue a parar ese niño tan feliz, ese que ya cumplió 54 Continue reading

Ernesto Guevara, allá por la primera década de la revolución cubana, aspiró a la aparición de un hombre especial, el hombre imprescindible para la construcción del socialismo con su carga de justicia social, ilustración y quizás otros atributos ineludibles para una mente egocéntrica que creía haber ganado, en la lucha guerrillera, una clarividencia definitiva. A aquel hombre lo definió como el hombre nuevo.

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¿Histeria colectiva? ¿Mala leche? ¿Falta de educación formal? Continue reading

Una de las tantas cosas que necesita Cuba es el retorno de las normas de urbanidad. Lamentablemente, la sociedad va en sentido contrario, aunque  personalidades e instituciones de relieve internacional le den el visto bueno a los programas de educación que surgieron con el advenimiento del proceso revolucionario.

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Un país es como una gran familia, conformada de miles y miles de pequeñas familias que comparten costumbres y gentilicio. Y como toda particular estirpe tiene una cabeza, los países tienen en sus gobernantes a una suerte de patriarcas. ¿Pero qué pasa cuando estos jefes no son buen paradigma, ni siquiera para su más pequeña prole personal?

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El "hombre nuevo" revolucionario que diseñaron el Che Guevara y Fidel Castro para el siglo XXI está totalmente desconectado de la revolución, se opone frontalmente a ella, o tiene como meta irse del país para vivir en el capitalismo.

El Che no vivió lo suficiente para constatar la inviabilidad de crear en el laboratorio estalinista una raza superior de hombres-corderos, pero Fidel Castro sí vive y cosecha en silencio desde Punto Cero los resultados de tan colosal idiotez.

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Acaba de morir en La Habana a los 77 años de edad, monseñor Carlos Manuel de Céspedes, vicario de la Arquidiócesis de La Habana y párroco de la Iglesia de San Agustín, en Marianao. Carlos Manuel de Céspedes era un hombre ilustrado, de linaje independentista y republicano. Soñaba con la reconciliación de todos los cubanos, creía en el perdón y el entendimiento, valores que tomaron cuerpo en la metáfora de la "Casa Cuba", que difundió a través de la revista Espacio Laical.

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Escribo estos papeles con un pie en la sepultura. Supongo que es el izquierdo, pero no estoy seguro. No tengo la menor experiencia en este incómodo trámite de morirme. En todo caso, quiero, antes de que tal cosa ocurra, aclarar ciertos aspectos de mi vida que merecerán la atención de los historiadores. Les voy a facilitar la tarea.

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Duanel Díaz Infante
Lewisburg, Pensilvania

Hay pocas noticias de los tres meses que Ernesto Guevara pasó de incógnito en Praga en 1966. A la manera de Bulgakov, podría imaginarse una conversación entre él y el Diablo, mientras recorren esas calles antiguas.

Crónicas y apuntes de viaje sobre la Cuba de los sesenta documentan un hecho curioso: el que, a causa del relativo aislamiento internacional del país, los viajeros pasaran casi siempre por Praga antes o después de visitar la isla caribeña contribuyó no poco al contraste entre la Revolución cubana y el "socialismo que venía del frío". En el imaginario de los turistas revolucionarios, la mágica no es Praga, sino Cuba; la ciudad bohemia representa a la vez la melancolía de la vieja Europa y el socialismo burocrático de las democracias populares, todo eso frente a lo cual resplandecía la Revolución Cubana. Cuando Cortázar regresó de su viaje a la Isla en 1964, "en Praga había 16 bajo cero"; en una carta a Antón Arrufat el escritor argentino añoraba el calor y la intensidad cubana. "Europa me parece de golpe como un cubo de cristal". (Cartas, Buenos Aires, Alfaguara, 2000)

La ventajosa comparación con la anomia post-estalinista de aquella Praga gris, anterior a la "primavera" de 1968, alimenta así esa mitología primera del castrismo que es la "revolución con pachanga": un socialismo diferente, "mágico", "negro", donde la circunstancia tropical impidiera la congelación estalinista. Praga no solo era la fría Europa, sino también ese "socialismo duro" que, según Cortázar, era el "peligro" que acechaba a la Revolución en la Isla.

De vuelta de un viaje a Cuba, Mario Vargas Llosa escribía: "¿En qué estaba la diferencia? No tanto en el alto nivel de vida de los checos, en su desarrollo industrial, en su saneada y sólida economía, que contrastan rudamente con las enormes dificultades materiales a que debe hacer frente Cuba, en razón de su situación de país subdesarrollado y sometido a un rígido bloqueo, como en la visible apatía, teñida de escepticismo político, de las gentes, el nulo fervor revolucionario detectable a simple vista, en la actitud de conformismo e incluso de simple resignación tranquila con que el hombre de la calle parece asumir su condición de ciudadano de un país socialista, que desconciertan brutalmente a quien acaba de emerger del electrizante clima de entusiasmo y tensión que se vive en Cuba". ("Crónica de Cuba", Cuba: una revolución en marcha, Ruedo Ibérico, 1967)

Sin solución de continuidad, en estas frases de Vargas Llosa se pasa a la segunda mitología de la Revolución Cubana, la del "hombre nuevo". El fervor revolucionario, la virtud de los jóvenes comunistas movilizados en la defensa y la producción, todo ello parecía dar cuenta de la renovación humana en curso en la Isla, lo cual contrastaba con la persistencia del hombre viejo en Praga, a veinte años de la instauración del régimen comunista. "La problemática planteada por los jóvenes praguenses —diagnosticaba Roque Dalton—, era una mescolanza de misticismo, religiosidad, anticomunismo, esnobismo, nihilismo; o sea una cantidad de formas ideológicas que el imperialismo exporta para el consumo de los pueblos que él mismo se encarga de oprimir." (Mario Benedetti, Cuaderno cubano)

Fueron justo esos demonios "burgueses", síntomas bien conocidos del "siglo decadente y morboso", los que encontró Ernesto Guevara cuando llegó a Praga en la primavera de 1966, tras el fracaso de su expedición en el Congo. No iba, como en 1960, en representación del Gobierno cubano, así que su conocimiento de la vida cotidiana del país centroeuropeo pudo ser mayor. Acerca de los tres meses que el guerrillero permaneció de incógnito en la capital checa las biografías revelan poco; desde la ficción el escritor argentino Abel Posse ha entregado en Los cuadernos de Praga algunas claves muy valiosas.

Persiguiendo "el fantasma de Guevara" que "merodeaba cerca de los ventanales del café Slavia, o por el lado de la isla de Kampa", Posse novela el desencuentro entre el celo revolucionario del argentino y el hastío de los jóvenes checos fascinados por Occidente. Como el guerrillero se hace pasar por un hombre de negocios uruguayo-español, tiene para ellos el aura de quien proviene del otro lado de la Cortina de Hierro.

La estudiante con que flirtea el pequeñoburgués Vázquez Rojas (nombre adoptado por Guevara) encarna la contradicción del socialismo real: los que debían ser nuevos, nacidos tras el establecimiento del socialismo, son espiritualmente viejos. El falso empresario confiesa que nunca entendió El castillo ni El proceso; Rosevinge le dice que si viviera allí lo comprendería: "todo parece organizado, racional, pero la vida es un absurdo".

Gran paradoja: es Kafka, prototipo de aquella alienación burguesa contra el cual se había definido la doctrina del realismo socialista, y no Lenin ni Marx, el autor en quien se reconocen los jóvenes checos. No el "reflejo" preconizado por la estética marxista-leninista, sino el espejo curvo —expresionista, existencialista— de la narrativa kafkiana, les devolvía la imagen exacta de esa pesadilla cómica que era el socialismo real. Un mundo donde, paradójicamente, la reificación "burguesa" proliferaba. ("La Cosa pensaba al hombre y, desde luego, lo concebía como una cosa. No como sujeto de la historia, sino, necesariamente, como su objeto", explicaría Sartre en "Le socialisme qui venait du froid", su prólogo a la antología de escritores checos Trois generations, escrito tras la intervención soviética.)

La respuesta de Guevara a esa realidad acaso inesperada del socialismo cosificado (tras su recorrido por varios países socialistas en 1960, el entonces ministro de industrias había hablado del "continente de las maravillas"), se encuentra en los "Cuadernos de Praga", unos manuscritos confeccionados durante su estancia en la ciudad bohemia. En esas glosas críticas a la versión de 1963 del Manual de Economía Política de la Academia de Ciencias de la URSS, Guevara hace un último esfuerzo teórico por marcar una cierta distancia de la ortodoxia post-estalinista. En su "A modo de prólogo", aparece un fragmento de una carta a Fidel Castro en abril de 1965, donde escribe: "El comunismo es un fenómeno de conciencia, no se llega a él mediante un salto en el vacío, un cambio de la calidad productiva, o el choque simple entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción." (Apuntes críticos a la Economía Política)

Allí mismo, Guevara afirma que "Conciencia más producción de bienes materiales es comunismo", frase que recuerda, desde luego, la célebre definición por Lenin del comunismo como "la electrificación más los soviets". Significativamente, Guevara sustituye en la fórmula leninista la forma del poder (la democracia popular de los consejos obreros), por un elemento de carácter moral como es la "conciencia comunista", que se podría definir en el registro tradicional, entre ético y religioso, del sacrificio y el altruismo.

Motivada por la observación de la decadencia pequeñoburguesa de los jóvenes checos, esta acentuación de lo moral reflota, curiosamente, ciertas influencias latinoamericanas de Guevara. Las lecturas de José Ingenieros, señaladas por varios estudiosos del argentino, son muy visibles aquí; sobre todo del Ingenieros de Los nuevos tiempos y El hombre mediocre, que justo tras la crisis de la Primera Guerra Mundial, proclama que "las clases trabajadoras son la más robusta esperanza para la regeneración moral de la Humanidad" (Los nuevos tiempos). Otra influencia directa, que ha sido menos señalada, es el libro Uno y el universo, de Ernesto Sábato, cuya lectura había impresionado mucho a Guevara en su juventud, según él mismo confesara en una carta al escritor argentino.

"El socialismo, tal como ha sido expuesto por sus teóricos —marxistas o no— es algo más que la nacionalización de la producción y del consumo: es un movimiento profundamente moral, destinado a enaltecer al hombre y levantarlo del barro físico y espiritual en que ha estado sumido todo el tiempo de la esclavitud", escribía Sábato, y en este pasaje el énfasis de las cursivas es tan importante como la aclaración entre guiones. En su reivindicación de la raíz moral del movimiento, Sábato incluía a los socialistas utópicos, tan escarnecidos por los padres del marxismo, pero también a autores de fin de siglo como Sorel, quien contra lo que en un célebre artículo llamó "la descomposición del marxismo", preconizaba el socialismo no como verdad científica sino como medio para cumplir los auténticos valores de la humanidad, humillados por la mediocridad burguesa.

Pero es un hecho que en el discurso de Guevara este énfasis en el factor moral no implica en modo alguno una tendencia a la "liberalización" del socialismo real; por el contrario, la desavenencia del guerrillero no era tanto contra el estalinismo como contra las reformas asociadas a la relativa desestalinización emprendida por Jrushov, como refleja inequívocamente el "gran debate" sobre la economía socialista en 1963-1964. De hecho, es significativo que Guevara haya criticado en varias ocasiones a Lenin por haber introducido algunas formas de mercado capitalista en la NEP (Nueva Política Económica).

En 1964, Guevara hablaba de "la alegría" que embarga al individuo al "sentirse un engranaje que tiene sus particularidades propias —necesario aunque no imprescindible para el proceso de producción— y un engranaje consciente, un engranaje que tiene su propio motor y que cada vez trata de impulsarlo más para llevar a feliz término una de las premisas de la construcción del socialismo: el tener una cantidad suficiente de bienes de consumo para ofrecer a toda la población". Si esta idea de la felicidad colectiva es evidentemente una de las piedras angulares del discurso estalinista, la metáfora a que recurre Guevara resulta demasiado parecida a la famosa metáfora estaliniana de los individuos como "dientes de la rueda" —ambas reflejan el culto comunista de la tecnología, un culto que, a diferencia de la modernización capitalista, implica una ingeniería social, esto es, la afirmación de la violencia como dispositivo en la "construcción" de la nueva humanidad, que Stalin compartía con otros teóricos bolcheviques como Bujarin y Trotski.

Es justo ahí, en la cuestión medular del "hombre nuevo", donde las creencias de Guevara pudieron haber sido retadas por los demonios de la ciudad bohemia. No ya lo burocrático o pequeñoburgués de su presente socialista, sino los sitios medievales y barrocos de la "Praga mágica", repletos de advertencias sobre el pecado original y la fugacidad de la vida. La leyenda del Golem, por ejemplo, ¿no entrañaba también, de cierto modo, una alegoría del fracaso del intento humano de emular a la divinidad, de esa progresiva sacralización de la humanidad en que consiste, según explicara Camus en El hombre rebelde, el impulso revolucionario que avanza de 1789 (y 1793) a 1917 (y 1936)?

Si, desde el culto jacobino a la Diosa Razón a las "revoluciones ateas" del siglo XX, el norte de la tradición radical no es otro que la creencia revolucionaria en la regeneración humana, el Diablo, personaje muy praguense, bien podría aparecerse en alguna esquina de la Malá Strana o de la Ciudad Vieja para recordarle a los optimistas y a los falsos optimistas, como en la gran novela de Bulgakov, que los hombres "son frívolos"[i], que les gusta el dinero y son egoístas, de manera que todo el proyecto basado en la fe en la perfectibilidad humana chocaba contra el muro de una naturaleza bastante más refractaria de lo que los revolucionarios habían previsto.

Abel Posse ofrece un diálogo entre Vázquez Rojas, el pequeño burgués cuya identidad adopta Guevara, y el propio Guevara, el jacobino: "Amigo Guevara: esa aparentemente absurda fuerza del capitalismo liberal proviene del reconocimiento de la mediocridad de la condición humana". A la manera de Bulgakov, se podría imaginar una conversación en torno a este tema entre el Diablo, en uno de sus muchas apariciones, y Guevara, mientras recorren las estrechas calles de la ciudad antigua.

Desde la Torre de la Pólvora, por la calle Celetná llegan a la Plaza Vieja; allí se detienen frente al reloj astronómico con sus célebres alegorías. En francés (el extraño artista que dice estar de visita en la ciudad, invitado por la Unión de Escritores y Artistas Checoslovacos, no sabe español), el personaje explica a Vázquez Rojas que el hombre que sostiene un espejo representa la Vanidad; la Avaricia es el comerciante judío con su bolsa; la Lujuria el turco con su mandolina, la Muerte el esqueleto que, cada vez que el reloj marca la hora, tira de la cuerda que hace sonar la campana. Absorto, como quien descifra un teorema, ahí percibe Guevara el proton seudos, esa mentira milenaria que el comunismo busca superar, los límites que la imaginación radical había tentado en sus momentos de mayor euforia. "¿Qué piensa?", le pregunta el Diablo que sabe, desde luego, que el hombre de negocios es el guerrillero famoso, el de la futura leyenda.

Guevara recuerda algo que le comentara Sartre cuando se reunieron en marzo de 1960 en su despacho del Banco Nacional de Cuba; en uno de sus viajes a la URSS un escritor soviético le había dicho al filósofo francés que la verdadera tragedia sobrevendría cuando, superadas en el comunismo todas las contradicciones sociales y satisfechas todas las necesidades materiales, el hombre tuviera que enfrentarse finalmente a su propia finitud. Pero Guevara no cita ahora Sartre, sino a Trotski, a quien ha estado leyendo en estas últimas semanas de ocio. Sobre todo el último capítulo de Literatura y revolución.

En el cenit del utopismo bolchevique, Trotski anuncia en esas páginas la futura superación de la frontera no solo entre el arte y la industria, sino también entre el arte y la naturaleza. El hombre reconstruirá la tierra, si no a su imagen y semejanza, por lo menos según su propio deseo. "A través de la máquina, el hombre en la sociedad socialista dominará totalmente a la naturaleza", pero "lo hará tan bien que el tigre ni siquiera percibirá a la máquina, o sentirá el cambio, sino que vivirá como lo hacía en los tiempos primigenios". El comunismo será la conquista de una nueva armonía, también en el nivel biológico: "el hombre emancipado" tendrá mejores órganos, tejidos más desarrollados, lo cual permitirá "reducir el miedo a la muerte a una reacción racional del organismo hacia el peligro".

Tantas veces las ha leído, que Guevara puede recordar pasajes enteros: "Es difícil predecir el alcance que el autodominio del hombre del futuro puede alcanzar o las alturas a las que puede llevar su tecnología. La construcción social y la autoeducación psicofísica serán dos aspectos de un único proceso. Todas las artes —literatura, drama, pintura, música y arquitectura— le otorgarán una forma bella a este proceso. Más exactamente, la estructura en la que la construcción cultural y autoeducación del hombre comunista serán encerradas, desarrollará todos los elementos vitales del arte contemporáneo al punto más alto. El hombre se volverá inconmensurablemente más fuerte, más sabio y más sutil; su cuerpo se hará más armónico, sus movimientos más rítmicos, su voz más musical. Las formas de la vida se harán dinámicamente dramáticas. El tipo humano promedio se elevará a las cumbres de un Aristóteles, un Goethe, o un Marx."

"Son frívolos", lo interrumpe el otro. "Y perecederos", añade señalando al esqueleto con la guadaña. "¿No ha notado usted que la ciudad está llena de relojes? Aquí mismo, en esta plaza, hay varios, y por todos lados, siempre los relojes. No para decirnos la hora, sino para recordarnos la muerte, que cada hora es otro paso hacia ella. ¿Sabe cuándo se construyó esta torre, el reloj, los emblemas? La codicia, la lujuria, la vanidad de hace cinco siglos: ¿acaso ve cosa otra alrededor? ¿ha encontrado entre los jóvenes de Praga algún hombre 'más fuerte, más sabio y más sutil'?"

"La culpa de todo es de Lenin", replica Guevara, exaltado. "La NEP: él reintrodujo el capitalismo, la palanca del interés material y ahí se jodió todo. Si algo nos enseña esta historia es que no se puede construir el socialismo con las armas melladas del capitalismo. Pero todo no está perdido: vaya a visitar Cuba; allá pronto desaparecerá el dinero."

"¿Acabar con el dinero?", dice su interlocutor, mientras Guevara vislumbra la sombra de un inmenso gato negro pasando como un bólido por una esquina de plaza. "Vaya disparate; si el dinero representa toda, o por lo menos buena parte de la libertad que nos es concedida. El dinero es tiempo futuro. Una moneda simboliza nuestro libre albedrío."[ii]

A los experimentos en esa isla lejana, casi sin historia, el Gran Escéptico opone la solidez de las piedras; al sueño futurista de Trotski, la experiencia inscrita allí. El hombre conoce demasiado la ciudad como para ser un extranjero, pero lo extraño no es eso: parece que hubiera presenciado las defenestraciones y asistido a la corte de Rudolf II, habla del pintor Arcimboldo como si lo hubiera tratado. En ese recorrido hacia atrás, los veinte años de dominación comunista en Praga aparecen como un experimento tan fallido como el del malhadado Judá León (ya recorren el Barrio Judío), pero seguramente menos legendario; un vano esfuerzo que caería por su propio peso, restableciendo el curso natural de las cosas.

El argentino-cubano es ahora quien niega: no, no existe esa naturaleza humana de la que hablan los reaccionarios; es la sociedad viciada por la división de clases lo que pervierte al hombre. "Esa historia que usted celebra es alienación", dice, "los edificios son alienación, las estatuas del Puente de Carlos", que ahora atraviesan, "son alienación".

"¿Y la belleza?", pregunta el otro. "¿Alienación?"

"Sí, puro espectáculo, el poder del que se ha privado al pueblo desde que existe la propiedad privada, que se le devuelve entonces como grandeza petrificada. La clave no está allí, en la contemplación, en la jaula invisible de la cultura burguesa, sino en el trabajo liberado. Del trabajo liberado surgirá la nueva humanidad."

Una risa diabólica lo interrumpe. Con una voz distinta, como de otra persona ("¿quién carajo es este tipo?", se pregunta Guevara), proclama: "El hombre es humano más o menos del mismo modo en que la gallina vuela. Cuando le dan una buena patada en el culo, cuando un auto la hace bailar, vuela hasta el techo, pero enseguida repica en el barro y vuelve a picotear la mierda. Es su naturaleza, su ambición. Para nosotros, en la sociedad, es exactamente lo mismo. Solo dejamos de ser profundamente inmundos cuando sobreviene una catástrofe. Cuando todo se arregla más o menos, lo natural retoma la carrera. Por eso mismo, a una Revolución hay que juzgarla veinte años más tarde."[iii]

Luego desaparece, como por arte de magia. Guevara llega a pensar que todo fue un espejismo, un sueño. Pocos días después, abandona Praga.



[i] " —¿Qué dice usted, messere? —preguntó Fagot al del antifaz.

     —Bueno —respondió aquel pensativo—, son hombres como todos... Les gusta el dinero, pero eso ha sucedido siempre... A la humanidad le ha gustado siempre el dinero, sin importarle de qué estuviera hecho: de cuero, de papel, de bronce o de oro. Bueno, son frívolos... Pero, ¿y qué?..., también la misericordia pasa a veces por sus corazones... Hombres corrientes, recuerdan a los de antes, sólo que a éstos les ha estropeado el problema de la vivienda... —y ordenó en voz alta—: Póngale la cabeza." (El Maestro y Margarita, Arte y Literatura, La Habana, 1989, p.153-154)

[ii]   "El dinero es abstracto, repetí, el dinero es tiempo futuro. Puede ser una tarde en las afueras, puede ser música de Brahms, puede ser mapas, puede ser ajedrez, puede ser café, puede ser palabras de Epicteto que enseñan el desprecio del oro; es un Proteo más versátil que el de la isla de Pharos. Es un tiempo imprevisible, tiempo de Bergson, no duro tiempo del Islam o del Pórtico." (Jorge Luis Borges, "El Zahir")

[iii] Louis-Ferdinand Céline, Mea culpa, 1936. Traducción de Mariano Dupont.

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